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Es la primera escuela que pone a funcionar un grupo piquetero en Argentina, construida por los vecinos del barrio y mantenida con los recursos que sacan de los diversos emprendimientos productivos que pusieron en pie: panadería, talleres de serigrafía y de costura. Para el movimiento piquetero, es un paso de gigante en un doble sentido: lo da el único grupo que nunca aceptó subsidios estatales para sus miembros desocupados y se produce en un momento de agudo reflujo de las luchas de ese sector.

Es un primer paso al que, tal vez, le sigan otros en la misma dirección por parte de otros grupos que se atrevan a encarar uno de los desafíos más importantes que puede abordar un movimiento: tomar la educación en las propias manos. La generalización de una experiencia como la que iniciaron en La Juanita, es una posibilidad incierta: nada asegura que vaya a suceder así. Sin embargo, como demuestran los movimientos populares en nuestro continente, estos primeros pasos son tan inciertos como necesarios.

El 7 de setiembre de 1979, apenas 110 familias ingresaron a Macali, un área fiscal apropiada por una empresa maderera en Río Grande del Sur, en plena dictadura militar brasileña. Estas familias eran el remanente de un contingente mayor de campesinos sin tierra que en los sesenta habían ingresado en la reserva indígena de Nonoai, de donde fueron expulsadas en 1978 por los propios indios. Luego de varios intentos fallidos y de la realización de varias asambleas de quienes se mantenían acampados cerca de la reserva, con el apoyo de la Comisión Pastoral de la Tierra y con mucha incertidumbre por delante, el centenar de familias planificó la ocupación.

La noche del 6 de setiembre llegaron en camiones hasta Macali, ingresaron en la madrugada, instalaron una cruz con la bandera de Brasil y construyeron sus primeras viviendas. Observar las fotos de aquellos precarios ranchitos de madera techados con pasto seco, contrasta vivamente con la organización que tendrán los campamentos de los sin tierra años más tarde.

La policía militar intentó desalojarlos pero las mujeres y los niños formaron barreras en torno a las barracas para impedirlo. Finalmente, el gobierno estadual les entregó la tierra. Fue la primera ocupación victoriosa de este nuevo período, representó el reinicio de las luchas por la tierra y contribuyó a la formación del Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST). En los meses siguientes, se produjeron varias ocupaciones que contaron con la solidaridad de la población, pero el movimiento como tal quedó constituido recién en 1984.

Aquellas 110 familias no sabían que estaban comenzando a escribir una de las más singulares historias de lucha de América Latina. En setiembre de 1981, cuando la dictadura argentina era comandada por el general Viola, unas cien familias ocuparon dos hectáreas en San Francisco Solano, en el partido de Quilmes, una zona que el entonces obispo Novak definió como "una ciudad sitiada por el hambre". Los ocupantes marcaron catorce manzanas y construyeron sus viviendas dejando espacios para calles y equipamientos comunitarios, y en asamblea bautizaron al nuevo barrio como La Paz. Al hacerlo así, rompían con la tradición de las villas, donde la agregación individual genera una trama caótica y reproduce la exclusión. Con ello, revelaban una organización previa: en efecto, los ocupantes pertenecían al incipiente movimiento de las comunidades eclesiales de base, de las que se habían formado más de 60 en la zona.

A partir del 4 de noviembre mil familias ocuparon 102 hectáreas en la misma zona, formando los barrios Santa Rosa, Santa Lucía y El Tala, y desde el 27 de noviembre unas 3.500 familias más ocuparon 109 hectáreas formando los barrios San Martín y Monte de los Curas, actuando siempre bajo el mismo patrón. La organización colectiva estaba impulsada por el sacerdote Raúl Berardo, quien había estado poco tiempo atrás en el sur de Brasil y conocía los primeros pasos que estaba dando allí el movimiento sin tierra. Se empeñó en que los primeros ocupantes de una modalidad que luego se conocería como "asentamientos", demarcaran los lotes (20 pasos por 11) donde se instalaba una sola familia bajo la consigna de "no hacer villa".

Cuando llegaron las topadoras para destruir las precarias viviendas, Berardo se puso en la primera fila, las mujeres y los niños detrás y más atrás los hombres y las viviendas. Ese día, mediados de noviembre de 1981, la represión cedió, pero se instaló un cerco policial desde el 1 de diciembre que duró seis meses, hasta que fue retirado al comenzar la guerra de las Malvinas. En ese tiempo murieron catorce niños por diarrea sin poder contar con atención médica. En pocos años, los asentamientos como forma de ocupación colectiva y planificada de tierras para construir sus viviendas y crear otra ciudad dentro de la gran ciudad, se extendió por todos los rincones del Buenos Aires pobre, pero saltó fronteras y llegó a Uruguay, Paraguay y a otros países del continente.

La escuela del MTD de La Matanza es la primera que ponen en marcha los piqueteros. Los sin tierra tienen ahora unas mil quinientas escuelas en las 22 millones de hectáreas que abarcan sus asentamientos, donde estudian 150 mil niños con unas cuatro mil maestras, muchas de ellas formadas por el propio movimiento. Pero empezaron por una sola escuela. Los seis primeros asentamientos de Solano se convirtieron, con el correr de los años, en una suerte de modelo de ocupación y organización, incluso para los ocupantes de tierras que en 1986 crearon los primeros asentamientos en Laferrére (La Matanza),. donde está la escuela del MTD. Hoy hay miles de hectáreas ocupadas por pobres sin techo y sin trabajo, y en muchos de esos espacios nació, creció y se desarrolla el movimiento piquetero, encabezado ahora por los hijos y los nietos de aquellos pioneros, que luchan por una vida digna, producen sus alimentos y cuidan la salud de forma colectiva. Y ahora, de a poquito, también enseñan a sus hijos.

En los dos primeros casos las ocupaciones, que fueron el primer paso de movimientos tan diferentes, se produjeron bajo dos dictaduras militares feroces, en momentos en los que el movimiento social vivía un fuerte repliegue, y contribuyeron a relanzar el movimiento popular sobre nuevas bases. La iniciativa de La Matanza se produce en momentos en los que el movimiento social argentino vive también un repliegue importante, aunque a diferencia de los casos anteriores gobiernan el país personas que realizan un discurso -y a veces también una práctica- progresistas.

Los que ocuparon la hacienda Macali y los que crearon los primeros asentamientos en Solano, no sabían que detrás de ellos vendrían miles y miles de miles. Hoy, los pioneros en materia escolar son los miembros del MTD de La Matanza. No saben, no sabemos, si el movimiento se encamina a tomar en sus manos la cuestión de la educación. En todo caso, la iniciativa vale la pena. Es parte del crecimiento interior del movimiento, cuando las mejores energías están volcadas hacia la experimentación, con resultados por lo tanto inciertos, en vez de repetir lo ya sabido y mil veces probado, aún cuando se sepa que es un camino estéril.

El movimiento social no crece por acumulación, como el capital. Al parecer, algunas experiencias potentes como las de Macali y Solano, entre muchísimas otras, resuenan en algún momento sin que sepamos muy bien porqué. Otras manos, en lugares a veces distantes, pero impulsadas por idéntica necesidad de vida, toman iniciativas inspiradas en las experiencias previas. Saben el paso que están dando, pero nunca tendrán la certeza de que será seguido por otros. Siempre estamos dando el primer paso.