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No basta demandar que las tropas estadounidenses salgan de Irak, dice la autora. Hace falta que el movimiento contra la guerra exija que Estados Unidos pague reparaciones al pueblo iraquí y que “ofrezca apoyo concreto a las demandas políticas que surgen de Irak” y a programas como el de las raciones de alimentos. “El fracaso en desarrollar una plataforma creíble más allá de “fuera tropas” podría ser una de las razones por las que el movimiento antiguerra se mantiene estancado, aun cuando la oposición a la guerra se profundiza”.

Resulta que la tienda Pottery Barn ni siquiera tiene una regla que diga: “Tú lo rompes, tú lo pagas”. Según un vocero de la compañía, “en la rara ocasión en que se rompe algo en la tienda, se asume como pérdida”. Sin embargo, la inexistente política de una tienda que vende sacacorchos de 80 dólares aun ejerce más influencia en Estados Unidos que las Convenciones de Ginebra y la Ley de Guerra Terrestre del Ejército Estadounidense combinadas.

Bob Woodward [director adjunto de The Washington Post] apuntó que Colin Powell evocó “la regla de Pottery Barn” antes de la invasión, y John Kerry juró lealtad a esta regla durante el primer debate presidencial. Y la regla imaginaria aún es el instrumento no punzante favorito para golpear a cualquiera que se atreva a sugerir que ya llegó la hora de retirar las tropas de Irak: claro que la guerra es un desastre, argumentan, pero no la podemos parar ahorita -si tú lo rompes, es tuyo-.

Si bien no citó por nombre a la cadena de tiendas, Nicholas Kristof dejó el argumento claro en una reciente columna en The New York Times. “Nuestra equivocada invasión dejó a millones de iraquíes desesperadamente vulnerables, y sería inhumano abandonarlos ahora. Si nos quedamos en Irak, aún hay algo de esperanza de que los iraquíes lleguen a disfrutar de la seguridad y de mejor vida; pero si nos salimos, estaremos condenando a los iraquíes a la anarquía, el terrorismo y la hambruna, y costará las vidas de cientos de miles de niños durante la próxima década”.

Comencemos con la idea de que Estados Unidos ayuda a proveer seguridad. Al contrario, la presencia de sus tropas provoca la violencia cotidiana. La verdad es que mientras permanezcan las tropas, toda la estructura de seguridad del país -las fuerzas de ocupación, los soldados iraquíes y los oficiales policíacos- estará exclusivamente dedicada a rechazar los ataques de resistencia, dejando un vacío en lo que respecta a cubrir la seguridad de los iraquíes de la calle. Si las tropas se salieran, los iraquíes aún se enfrentarían a la inseguridad, pero podrían dedicar recursos locales a restablecer el control de sus ciudades y barrios.

En cuanto a prevenir la “anarquía”, el plan estadounidense de llevar elecciones a Irak parece diseñado para prender una guerra civil -una guerra civil que justifique la actual presencia de las tropas estadounidenses sin importar quién gane los comicios. Siempre quedó claro que la mayoría chiíta, que desde hace más de un año convoca a elecciones inmediatas, nunca iba a aceptar una demora en el calendario electoral. También queda claro que al destruir Fallujah para prepararla para las elecciones, gran parte del liderazgo sunita se vería forzado a convocar a un boicot de las elecciones.

Cuando Kristof asegura que las fuerzas estadounidenses deberían de quedarse en Irak para “salvar a cientos de miles de niños” de la hambruna, es difícil imaginar a qué se refiere. El hambre en Irak no es simplemente un efecto secundario de la guerra -es el resultado directo de la decisión estadounidense de imponer brutales políticas de “terapia de Humor por Kalvellido shock” a un país que ya estaba enfermo y debilitado por 12 años de sanciones.

La primera acción de Paul Bremer como administrador civil fue despedir a 500 mil iraquíes, y su principal logro -por el cual se le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad- fue supervisar el proceso de “reconstrucción”, que sistemáticamente robó sus empleos a los necesitados iraquíes y se los otorgó a empresas extranjeras, lo cual provocó que la tasa de desempleo llegara a 67%. Y el peor de los shocks aún está por venir.

El pasado 21 de noviembre, el grupo de países industrializados conocido como el Club de París finalmente dio a conocer su plan para la impagable deuda de Irak.

En vez de perdonarla simplemente, el Club de París expuso un plan de tres años para amortizar 80%, siempre que los futuros gobiernos iraquíes se adhieran al estricto programa de austeridad del Fondo Monetario Internacional. Según los primeros borradores, el programa incluye “la restructuración de las empresas estatales” (léase: privatización), un plan que, según el Ministerio de Industria iraquí, requerirá el despido de otros 145 mil obreros.

En nombre de “las reformas del libre mercado”, el FMI también quiere eliminar el programa que provee a cada familia iraquí de una canasta de alimentos -la única barrera contra la hambruna para millones de ciudadanos. Hay presión adicional para eliminar las raciones de alimentos que llegan de la Organización Mundial de Comercio (OMC), que, por pedido de Washington, está considerando aceptar a Irak como miembro -siempre y cuando adopte ciertas “reformas”-.

Miseria planeada

Seamos claros: Estados Unidos rompió a Irak y no está en el proceso de repararlo. Simplemente continúa rompiéndolo por otros medios. No sólo usa F-16 y Bradleys, sino también el armamento menos deslumbrante: las condiciones del FMI y la OMC, seguidos por unas elecciones diseñadas para transferir la menor cantidad de poder a los iraquíes. Esto es lo que el afamado escritor argentino Rodolfo Walsh (asesinado por la junta militar en 1977) describió como “miseria planeada”. Y mientras más se quede Estados Unidos en Irak, más miseria planeará.

Pero si quedarse en Irak no es la solución, tampoco lo son los simples llamados a sacar a las tropas y gastar el dinero en escuelas y hospitales en casa. Sí, las tropas deben salirse, pero esa sólo puede ser una de las tablas de una plataforma antiguerra creíble y moral. ¿Qué hay de las escuelas y los hospitales en Irak -los que se supone que Bechtel iba a reparar y que nunca lo hizo? Las fuerzas antiguerra se muestran reticentes a hablar acerca de lo que los estadounidenses le deben a Irak. Rara vez usan la palabra “compensación”, sin mencionar una más cargada: “reparaciones”.

Las fuerzas antiguerra también han fracasado en ofrecer apoyo concreto a las demandas políticas que surgen de Irak. Cuando la Asamblea Nacional Iraquí condenó enérgicamente el acuerdo del Club de París, que forzaba al pueblo iraquí a pagar las “odiosas” deudas de Saddam y que les robaba su soberanía económica, el movimiento antiguerra prácticamente se quedó callado, a excepción del tenaz pero poco apoyado Jubilee Irak. Y si bien los soldados estadounidenses no protegen a los iraquíes de la hambruna, las raciones de alimentos sí lo hacen -Así que, ¿porqué la protección de este tan necesitado programa no es una de las demandas centrales?

El fracaso en desarrollar una plataforma creíble más allá de “fuera tropas” podría ser una de las razones por las que el movimiento antiguerra se mantiene estancado, aun cuando la oposición a la guerra se profundiza. Los gobernantes estilo Pottery Barn tienen razón en algo: romper un país debería acarrear consecuencias a quienes lo rompieron. Ser dueño del país roto no debería de ser una de ellas, ¿pero qué tal pagar las reparaciones?