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La última quincena de octubre ha sido crucial para el devenir del mundo. Dicho así parece ‎grandilocuente, sobre todo si se tiene en cuenta que, en apariencia, en esa quincena no ocurrió ‎nada anormal. Sólo en apariencia. Porque lo que ocurrió, sin ser anormal, fue significativo y ‎tuvo lugar en China con la aprobación de una ley muy significativa sobre el control de las ‎exportaciones y la celebración del Pleno del Comité Central del Partido Comunista. Lo que allí ‎se decidió tiene tal relieve que va a reconfigurar el mundo.‎

China está inmersa en una guerra comercial-tecnológica impuesta por Estados Unidos ‎desde 2018. Una forma astuta, y demoledora, de responder a todos y cada uno de los ‎movimientos agresivos de Estados Unidos ha sido adoptar un planteamiento que ha dejado estupefacto al mundo occidental: «la doble circulación». En contra de lo que han dicho algunos ‎en Occidente, no es una medida a corto/mediano plazo para hacer frente a “las dificultades” ‎‎(bonita neolengua) que le crea a China la agresión de Estados Unidos sino que es una nueva estrategia ‎económica que marca un giro casi total de lo que China ha sido hasta ahora y que afecta ‎de lleno a la economía mundial.‎

‎ ‎ Sin cerrarse a las inversiones occidentales o renunciar a las exportaciones, China mira ‎decididamente hacia el interior del país (producción, distribución y consumo) con la ‎determinación de reducir su dependencia de la tecnología foránea ‎y de los mercados financieros. ‎En pocas palabras: China ya no seguirá siendo la “fábrica del mundo”.‎

Con esto no hace más que adoptar formalmente una política que ya venía aplicado desde hace ‎algún tiempo y que ha acentuado a raíz de la pandemia de Covid-19, con prácticamente la ‎totalidad de los países occidentales culpando a China de sus propios errores y carencias e ‎iniciando un incipiente proceso de traslado de sus industrias de China hacia otros países asiáticos ‎como Vietnam, Tailandia, Malasia o Camboya aunque, y es justo decirlo, algunos lo hacen a regañadientes ‎y para eludir las sanciones (ilegales según el derecho internacional) de Estados Unidos, seguir ‎comerciando con China y no perder su cuota de mercado en el único país que levanta la cabeza ‎tras la pandemia. ‎

No obstante, China viene a decir “lo queréis así, pues adelante”. Estamos a finales de año y va a ‎ser muy significativo conocer cuál es el porcentaje del comercio exterior chino en 2019. ‎Como dato, en 2018 representó el 32% de su Producto Interior Bruto (PIB). Cuánto haya ‎descendido ahora nos dará una idea de lo que supone esta medida para el mundo.‎

‎ ‎ Al mismo tiempo, hay quien no sólo se está disparando en el pie sino también en la cabeza. ‎Es el caso de la Unión Europea, que en su suicida vasallaje a Estados Unidos (al cual supedita ‎su relación no sólo con China, sino también con Rusia) está perdiendo mercados a gran ‎velocidad. Debido a la pandemia, y a la paranoia occidental antichina, la Unión Europea ‎ha perdido el puesto de primer socio comercial de China, lugar que ahora ocupan los países de ‎la Asociación de Estados del Sudeste Asiático (ASEAN) y que en estos 10 meses de 2020 se ha ‎quedado muy cerca de los 500 000 millones de dólares en comercio.‎ ‎ ‎ ‎

El gran golpe

‎ ‎ ‎ La quincena crucial comenzó el 13 de octubre de 2020, día en que se aprobó una ley de control ‎de exportaciones que, al mismo tiempo, autoriza el gobierno chino a «tomar contramedidas» ‎contra cualquier país que «abuse de las medidas de control de las exportaciones» y represente ‎una amenaza para la seguridad nacional y los intereses de China. ‎

Dicho así, lo anterior parece una ley como tantas, pero lo que hay detrás es la prohibición de ‎vender sustancias estratégicas (especialmente las llamadas “tierras raras”) y tecnología a ‎empresas extranjeras que podrían representar una amenaza para la seguridad nacional de China.‎

‎ ‎ Hasta este momento estábamos acostumbrados a oír esa cantinela viniendo de Estados Unidos. ‎Que ahora China la asuma también indica cómo están las cosas y cómo ha decidido China que ‎le da igual quién gane las elecciones estadounidenses. Los dos candidatos son antichinos y ‎sólo difieren en que uno prefiere ir solo (Trump) mientras que el otro (Biden) busca ‎rodearse de vasallos. ‎

En cualquier caso, los chinos saben que el tiempo juega a su favor. Si gana Biden le darán ‎unos meses para que revierta la política contra China impulsada abiertamente por Trump (aunque ‎Obama también dio pasos en esa línea de enfrentamiento que Trump ha acelerado). Eso ‎explica la utilización de la palabra “abuso” en la ley aprobada. Si gana Trump, el tiempo será muy ‎limitado puesto que en la primera sesión de la Asamblea Popular Nacional de 2021 (hay que tener ‎en cuenta cuándo comienza el año chino, que no es el nuestro) se dará la luz verde definitiva a la completa aplicación ‎de la nueva ley, que rompe de forma definitiva con la costumbre de ‎Estados Unidos de imponer sus leyes más allá de sus fronteras ‎ ‎

Si además se tiene en cuenta que China exporta el 70% de todas las tierras raras que ‎se comercializan en el mundo (y se supone que el 95% del total está en su territorio, aunque ‎constantemente se descubren nuevos yacimientos, por ejemplo, en Corea del Norte o ‎en Vietnam) se entenderá lo que esta medida implica ya que las llamadas tierras raras son ‎imprescindibles para todo, desde móviles hasta misiles. Es algo así como “sin tierras raras ‎no hay chips”.‎

‎ ‎ La importancia de esta ley reside en que es la primera de ese tipo que China adopta desde que ‎ingresó en la Organización Mundial de Comercio (en 2001). Mientras que Estados Unidos ha ‎estado elaborando a su antojo este tipo de leyes, en contra del mantra liberal del «libre ‎comercio», China se ha mantenido siempre dentro de lo estricto y abogando por “el libre ‎comercio”. Así fue hasta ahora. Con esta ley China aplica el “ojo por ojo”, es decir devuelve a Estados Unidos sus golpes más duros; sólo que con este golpe Estados Unidos queda fuera de la ‎circulación directamente. China le dice a Estados Unidos que ya no puede seguir imponiendo ‎reglas de comercio internacional de forma unilateral y a su antojo y que ya no puede seguir ‎sustentando esa actitud en la capacidad militar, en sus bases militares, ni en sus alianzas.‎

‎ ‎ Desde que Estados Unidos inició la guerra económica contra China con los aranceles, en 2018, ‎hemos venido asistiendo a un intercambio de represalias de unos y otros hasta dejar la cosa en ‎algo parecido a un empate, en el que los dos lados pueden presumir de victoria. De hecho, alguien ‎como Bloomberg ha tenido que reconocer (el 30 de octubre de 2020) que el cumplimiento ‎por parte de China del acuerdo llamado «Fase 1» está permitiendo a Estados Unidos enfrentar ‎la pandemia en cuanto a recursos y ventas, sobre todo agrícolas. Pero esta ley china, ‎si se aplica del todo –y eso va a depender de lo que haga Estados Unidos de aquí a febrero o ‎marzo de 2021– modificará toda la geopolítica tal como la conocemos de forma irreversible.‎

‎ ‎ China ha esperado muy pacientemente su momento y este ha llegado de la mano del Covid-19. ‎Antes de la pandemia, Occidente ya estaba muy afectado y perdiendo hegemonía; ahora está ‎hundido y las perspectivas son de un hundimiento aún mayor. Sólo hay que echar un vistazo al ‎último informe del FMI (fechado el 16 de octubre de 2020) cuando habla de que la crisis ‎provocada por la pandemia va a durar mucho más de lo esperado y que sólo un país se salva: ‎China.‎ ‎ ‎ ‎

El XIV Plan Quinquenal

‎ ‎ ‎ Es en este marco en el que hay que situar el otro gran movimiento: la aprobación en el ‎‎19º Pleno del Comité Central del Partido Comunista Chino (del 26 al 29 de octubre de 2020) del ‎‎14º Plan Quinquenal (2021-2025), que debe ser formalmente adoptado en marzo de 2021 por la ‎Asamblea Popular Nacional.‎

‎ ‎ Si hay algo obvio en el mundo en que vivimos es que el estado de la economía mundial depende, ‎especialmente, de qué camino va a tomar China y a qué ritmo va a ir su economía. De ahí la ‎importancia del 14º Plan Quinquenal.‎

‎ ‎ Aquí hay que hacer una breve reflexión porque los planes quinquenales chinos parten de los planes ‎quinquenales soviéticos, pero no funcionan exactamente como aquellos porque los chinos han ‎aprendido mucho tras la desaparición de la URSS, han estudiado mucho las causas de esa ‎desaparición y han emprendido muchas variables que han permitido a China llegar a donde está ‎llegando. Es decir, los chinos están siendo menos rígidos que los soviéticos. Por ejemplo, en este ‎‎14º Plan Quinquenal hay una «combinación flexible» de capital público y privado, aunque ‎destacando que «es el Estado el sujeto principal de la economía y quien establece ‎las condiciones económicas». O sea, el interés de las empresas privadas está subordinado al ‎Estado, como ha quedado palmariamente comprobado con la pandemia y cómo la enfrentó ‎China.‎

‎ ‎ Estando las cosas como están, con una guerra económica abierta por Estados Unidos, con una ‎tendencia cada vez mayor a la desglobalización y con una recesión económica occidental ‎sin precedentes, China ha puesto sus cartas encima de la mesa (aunque aún no se conozcan ‎todas). Queda claro tras el anuncio de este plan que China opta abiertamente por convertirse ‎en la economía más grande del mundo (que ya lo es) y, sobre todo, en «una sociedad de altos ‎ingresos» en los próximos 5 años. Es decir, apunta a llegar, o a superar, la cifra de 10 700 euros ‎de renta per cápita que el Banco Mundial o el FMI (Fondo Monetario Internacional) sostienen que ‎supone la categoría de país de altos ingresos. En la actualidad, China está un poco por encima de ‎los 8 500 euros.‎

‎ ‎ Pero no toda la población china dispone de tales ingresos, como es lógico (al igual que ‎en Occidente, esta media es bastante engañosa porque iguala a los muy ricos y los muy pobres). ‎Según los datos oficiales, la población total de China es de 1 400 millones de habitantes pero unos 600 millones de chinos –que representan más o menos el mismo porcentaje de población rural que hay en el país– ‎ganan sólo 120 euros al mes. Hacia ellos se vuelca este 14º Plan Quinquenal, que ‎debe aplicar una política expansiva, con aumento del gasto público para garantizar la salud, la ‎educación y las pensiones entre otras cosas. Esta es la razón por la que se va a relajar, hasta casi ‎desaparecer, el permiso de residencia que restringe el movimiento de los trabajadores que ‎emigran a las ciudades. Es hacia el aumento de la calidad de vida de este sector que se vuelca ‎todo el planteamiento porque implica, también, un incremento sustancial de los salarios.‎

‎ ‎ Sin ello no se puede potenciar el consumo en los niveles que busca China con su estrategia de ‎‎«doble circulación». Pero China tiene en sus manos todas las cartas para lograrlo porque gracias ‎al Partido Comunista, gracias al control absoluto del Estado sobre todos los sectores estratégicos ‎‎(energía, telecomunicaciones, crédito, trasporte, etc.) y, sobre todo, gracias a su soberanía ‎monetaria, el triunfo está asegurado.‎

‎ ‎ Y aquí está la otra cuestión relevante porque, al optar por la estrategia de «doble circulación», ‎China apuesta de lleno por el consumo interno frente a las exportaciones. Esto permitirá ‎a China impulsar el desarrollo socioeconómico de su población tanto a corto como a mediano ‎plazo y –lo más importante– libre de presiones externas.‎

‎ ‎ Este Plan Quinquenal establece que la prioridad absoluta para China son la economía nacional y ‎el logro de objetivos tecnológicos que mejoren su desarrollo. En otras palabras, la inteligencia ‎artificial se convierte en elemento clave para lo anterior con su aplicación a gran escala, incluso ‎en las áreas rurales. Porque lo que implica es ni más ni menos que «reemplazar las tecnologías ‎estadounidenses en áreas centrales» de la economía y para ello se incrementa la inversión ‎en Investigación y Desarrollo del 2,2% actual a un 3% del presupuesto estatal. Un porcentaje que ‎Estados Unidos es incapaz de asumir.‎

‎ ‎ Estados Unidos tal vez había previsto este movimiento y ha estado intentando impedirlo con ‎todas sus fuerzas. Pero ha llegado tarde, muy tarde. Pocos discuten hoy que todas las acciones ‎agresivas contra Huawei, TikTok, WeChat y similares no han logrado los resultados que ‎se pretendían y que hay “consecuencias colaterales” (Ver The Asia Times, edición del 30 de ‎octubre de 2020) que no se esperaban, como el hecho de que han afectado a muchas empresas ‎estadounidenses.‎

‎ ‎ Este 14º Plan Quinquenal establece que lo anterior es la antesala del gran objetivo: un 2035 con ‎China como líder tecnológico mundial, aparte de su ya indiscutido estatus de principal potencia ‎económica, poniendo de manifiesto que el poder hegemónico de Estados Unidos está decayendo ‎muy rápidamente y tiene fecha de caducidad.‎ ‎ ‎ ‎

Recordando a Lenin

‎ ‎ ‎ Es evidente que el llamado «orden mundial» cambia en momentos de crisis, sólo hay que hacer ‎un repaso a la historia. Si hasta ahora estaba despedazándose el orden hegemónico ‎de Occidente, encabezado por Estados Unidos, la pandemia lo ha destrozado del todo. Vivimos ‎un momento histórico, viendo cómo el predominio de Estados Unidos decae exactamente igual ‎que cuando el imperio británico y el imperio francés se deshicieron tras la Segunda Guerra ‎Mundial, o el imperio español al final del siglo XIX.‎

‎ ‎ En 1916, en su libro Imperialismo, fase superior del capitalismo, Lenin hablaba de cómo la feroz ‎competencia entre los Estados capitalistas europeos por el control de los recursos y del comercio ‎llevó a la I Guerra Mundial. Y de cómo el imperialismo, directa o indirectamente, siempre impone ‎las reglas del comercio internacional para asegurar que el excedente económico fluya hacia ‎el poder imperialista. Supongo que no hace falta decir qué ha hecho Estados Unidos desde la ‎decadencia británica, tras la II Guerra Mundial, y en qué se ha basado su control sobre el mundo, ‎de forma especial tras la desaparición de la URSS.‎

‎ ‎ Y Estados Unidos ha hecho lo que ha hecho avasallando y humillando incluso a sus “aliados”, ‎como por ejemplo en la llamada “crisis asiática” de la década de 1990, aunque ya antes había ‎hundido a Japón, país que había superado a Estados Unidos en exportaciones manufactureras. ‎Japón tuvo que tragar, los países asiáticos vieron aquello y también agacharon ‎la cabeza, pero China no. ‎

China acepta la guerra económica y la lleva al mismo terreno de Estados Unidos. El anuncio de ‎la ley de control de las exportaciones y la potestad de adoptar contramedidas, junto a la adopción ‎del 14º Plan Quinquenal, que marca un futuro cercano, indican que Estados Unidos no puede ‎intimidar a China, como hizo y hace con Japón y con otros países; indican que Estados Unidos ‎no puede establecer las reglas comerciales y prohibir las empresas tecnológicas que lo superan, ‎y que, por el contrario, China sí puede relegar a Estados Unidos al baúl de la historia, donde ‎no será más que otro imperio que ha caído.‎

‎ ‎ Un apunte más para cerrar: 2035 no sólo será el año en que China se convierte en el líder ‎tecnológico mundial, también será el año en que China alcance el grado de «nación socialista ‎completamente modernizada».‎

‎ ‎ Y en este punto volvemos al eterno debate sobre si China es socialista o capitalista. Pero si ‎nos atenemos a lo que se conoce del 14º Plan Quinquenal, vemos que hay algo que no es ‎ni una cosa ni la otra porque estamos ante la fusión de la economía monetaria, del ‎keynesianismo, en sentido estricto, y de la planificación inicialmente soviética aunque remozada.‎

‎ ‎ Tal vez estamos ante algo parecido a la Nueva Política Económica (NEP) de Lenin. Tal vez. ‎La diferencia está en que Lenin concebía la NEP como un sistema transitorio, un «obligado ‎paso atrás» dentro del sistema socialista, y China lo considera un gran paso hacia adelante y ‎nada transitorio. La semejanza es que, en los dos casos, la economía permanece bajo ‎la dirección y planificación del Estado aunque secundada por el capital privado.‎

‎ ‎ Porque lo cierto es que en los últimos años –sobre todo tras la primera gran crisis capitalista ‎de 2008 y, especialmente, tras la llegada de Xi Jinping al poder, en 2013– se ha duplicado la ‎dependencia de la economía del sector estatal, las empresas estatales se han beneficiado de ‎políticas gubernamentales cada vez más favorables para hacerlas «más fuertes, mejores y más ‎grandes», como dijo el propio Xi. ¿Es esto “socialismo de mercado” o “socialismo con ‎características chinas”? Quizá.‎

Fuente: CEPRID Nodo50