Red Voltaire
Historia: entrevista a un general soviético que luchó en la Segunda Guerra Mundial

Filipp Bobkov: «nuestra victoria salvó a los pueblos de Europa del exterminio físico»

El próximo 9 de mayo se celebrará 60 años de la finalización de la Segunda Guerra Mundial y la Victoria sobre el fascismo. La ideología nazi fue un terror y una barbarie nunca antes vista en la historia humana, la cual pretendía además conquistar el mundo y exterminar los pueblos de la Tierra. La armada que destruyó prácticamente sin ayuda la maquinaria nazi fue el ejército soviético. La Red Voltaire presentará una serie de artículos al respecto en esta conmemoración, aprovechando la apertura de archivos históricos inéditos de la Segunda Guerra Mundial.

| Moscú (Rusia)
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Una célebre foto de I. Ozerskii tomada en el año 1941 y titulada «La difícil ruta de la Guerra» muestra a un soldado raso ruso yendo al frente a combatir a las tropas hitlerianas, una época que marcaron los más duros y sandrientos momentos de la Segunda Guerra Mundial por destruir la barbarie nazi.

El invierno y la primavera de 1945 entraron en la historia de la Gran Guerra Patria como período de triunfales operaciones del Ejército Soviético de liberación de los pueblos de Europa frente a los invasores nazis.

En enero y febrero, el Segundo Frente de Bielorrusia desarrolló la ofensiva del Vístula al Oder, que tuvo por resultado la liberación de Varsovia y de toda Polonia. El 13 de febrero concluyó la operación estratégica de Budapest, llevada a cabo por el Tercer Frente de Ucrania, quedando libre la capital de Hungría. Para aquella época ya habían sido liberadas Rumania, Bulgaria y Yugoslavia, las tropas soviéticas se acercaban a Viena...

Del papel que el Ejército Soviético desempeñó en la liberación de los pueblos de Europa del yugo nazi el comentarista en temas militares de la agencia de noticias rusa RIA Novosti, Víctor Litovkin, conversa con el general ruso del Ejército Filipp Bobkov, participante de la Gran Guerra Patria, o más comunmente llamada en el resto del mundo Segunda Guerra Mundial.

Victor Litovkin: Al comenzar nuestra plática, quisiera hablar de un hecho que me sorprendió muchísimo. Cuando se conmemoraba el 60 aniversario de la liberación del campo de concentración de Oswiecim (complejo de Auschwitz), ciertos responsables de las delegaciones gubernamentales y algunos de los periodistas occidentales que lo cubrían mostraron asombro al enterarse de que lo habían hecho precisamente los soldados y oficiales soviéticos. ¿Por qué ello significó una revelación para ellos? ¿Acaso una gente bastante bien instruida no debe saber quién liberó a Europa del Este?

Filipp Bobkov: Ello no tiene nada de extraño. El papel que el Ejército Soviético desempeñó en la liberación de Europa frente al nazismo se rebajaba siempre, tanto durante la Segunda Guerra Mundial como en la época postbélica.

Ello se expresó en lo de dar largas a la apertura del segundo frente, en lo de cubrir de modo inconsecuente y a menudo superficial los acontecimientos que se desarrollaban en el frente del Este, el soviético. Nuestros aliados, especialmente Gran Bretaña y Churchill en persona, procuraban demostrar que eran ellos quienes desempeñaron el papel fundamental en la victoria sobre la Alemania nazi.

Es sabido que, por ejemplo, Roosevelt ya en abril de 1942 escribió a Churchill: El pueblo de usted y el mío exigen abrir el segundo frente, para aliviar la carga que soportan los rusos. Nuestros pueblos no saben que los rusos matan más alemanes y destruyen más material de guerra de ellos que EE UU y Gran Bretaña juntos.

Roosevelt estaba preparado para abrir el segundo frente. Pero Churchill era de otro parecer. Él abría «segundo frente» ora en Grecia, ora en Italia ora en alguna otra parte, pero nunca contra las fuerzas alemanas básicas, para extenuar a la Unión Soviética y su Ejército. El segundo frente fue abierto realmente sólo después de la Conferencia de Teherán, en 1944, con el desembarco de las tropas anglo-estadounidenses en Normandía. Además, según lo creo yo, por haber comprendido los aliados que podríamos liberar a Europa sin la ayuda de ellos.

V.L.: Si le he entendido bien, usted quiere decir que el papel de libertadores de Europa de hecho nos fue impuesto.

F.B.: Habíamos mostrado al mundo entero que podríamos liberar a mitad de Europa sin la ayuda de los aliados. Entonces éstos cayeron en la cuenta de ello y empezaron a desarrollar enérgicas acciones en el continente europeo, para no quedar sin nada y demostrar que precisamente ellos eran los libertadores de Europa. Ello se manifestó también a la hora de firmar la capitulación de Alemania. Los aliados, no se sabe por qué, decidieron hacerlo, aunque con nuestra participación, pero a un nivel muy bajo. Pero luego, a insistencia de Stalin, se vieron obligados a acudir a Berlín. Mas no llegó ninguno de los comandantes en jefe de los aliados, sólo segundas personas...

Era una forma más de rebajar el aporte hecho por el Ejército soviético a la victoria sobre el nazismo. También hoy día, cuando se conmemora la liberación de Oswiecim, olvidan que lo hicieron combatientes soviéticos. Quisiera llamar la atención sobre un detalle más relacionado con ese horroroso campo de muerte. Los aliados bombardearon intensamente territorios del Reich hitleriano, de hecho arrasaron Dresde. Pero no arrojaron ni una bomba sobre la vía férrea que conducía a Oswiecim, por la que llevaban a la gente hacia la muerte. Los aliados no hicieron nada para hacer pararlo, aunque sabían muy bien lo que sucedía en Oswiecim, y no sólo en ese campo.

Prosiguiendo nuestra conversación sobre Oswiecim, quiero decir que en ningún otro hay tantos testimonios de las atrocidades del nazismo: se guardan muletas, ropa y calzado de niños, diversos objetos que se quitaban a los prisioneros. Todo ello se expone, y los visitantes ven qué y cómo sucedía allí. Por ejemplo, en Buchenwald, según lo recuerdo yo, de las pruebas materiales de los crímenes nazis queda sólo una lámpara de mesa, cuya pantalla está hecha de piel humana. Y lo demás, son fotos y estampas.

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Niños gitanos, judíos, eslavos en un campo de la muerte nazi a la espera de ser gaseados.

Los polacos mantienen Oswiecim en una forma muy espectacular. Ellos saben con qué les amenazaba el nazismo.

V.L.: Polonia era el segundo Estado, después de la Unión Soviética, que sufrió más que otros de la ocupación alemana. Perecieron casi seis millones de polacos, fueron exterminados unos seis millones de judíos...

F.B.: Sí, Hitler decía abiertamente: luego que liquidemos a los judíos, deberemos hacer lo propio con los ucranios, los lemkis, los gorakis, sin hablar ya de los polacos. Los nazis no ocultaban sus planes de exterminar a los polacos. Ello está anotado en "Mein Kampf" y se escuchaba ya en intervenciones de los dirigentes del Reich de preguerra. También esa circunstancia se silencia hoy día, no sé por qué razón.

Cuando se conmemoraba el 60 aniversario del desembarco de los aliados en Normandía, si no estuviese presente nuestro presidente, no descarto que nadie se habría acordado del papel que jugó Rusia en la Segunda Guerra Mundial.

Así sucedió, por ejemplo, durante la celebración del 50 aniversario de esa operación. Ni fuimos invitados. Pero la dificultad más grande con que los aliados chocaron en el frente occidental eran los combates de Ardennes. Faltaba poco para que los nazis los destrozaran por completo. Desesperados, ellos se dirigieron a través de Churchill a Stalin, pidiendo organizar una operación en el Este, para distraer un poco las fuerzas alemanas y contener la afluencia del relevo a éstas...

Stalin y su Cuartel General tomaron la decisión de lanzar ofensiva en el Frente del Este, en el Vístula, dos semana antes de lo previsto. Por aquellas fechas en Moscú se encontraba una delegación militar estadounidense, con el mariscal de aviación Tedder a la cabeza, y Stalin le dijo a éste:

«Si vemos que nuestra ofensiva no se desarrolla como quisiéramos, no la vamos a hacer parar, para no permitirles a los hitlerianos trasladar sus unidades del frente del Este al del Oeste, con el fin de aumentar su presión en Ardennes».

Y así fue. No fueron destacadas ningunas unidades del Este al Oeste. Al contrario, la sexta división de carros blindados de la SS y luego 16 divisiones de infantería fueron trasladadas del frente occidental al del Este. Y nosotros tuvimos que combatir contra ellas. Mientras que los aliados estuvieron calculando qué harían en lo venidero.

Los ingleses querían pasar a la ofensiva en el Norte, mientras que Eisenhower se inclinaba a librar combates en la parte sur de Europa y sostenía negociaciones para averiguar dónde los alemanes estaban dispuestos a capitular, sin realizar operaciones de combate. Ya por aquellas fechas los alemanes empezaron a entregarse enérgicamente a los aliados.

Así se desarrollaba la guerra. Pero el fundamental principio ideológico que se utiliza hoy sigue siendo el de antes: silenciar el papel cardinal del Ejercito Soviético en la Victoria sobre el nazismo. Usted sabrá que en vísperas del cincuenta aniversario de la Victoria, Román Karmen rodó una película destinada para el público extranjero, llamándola «Una guerra desconocida».

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Dos fotos del general Filipp Bobkov.

Los estadounidense en su mayoría sólo a partir de ese filme supieron que en Europa del Este hubo una guerra y que la Unión Soviética hizo en ella un papel que no era de los últimos.

Pasaron muchos años, y quizás me equivoque en ciertos detalles, pero cuando llegué a Oswiecim por primera vez, el guía habló con pormenores de cómo sucedía aquello, dijo que allí perecieron un millón 200 mil personas. Recordé muy bien esa cifra, porque antes había visitado Albania, cuya población era de un millón de personas. Pensé que en ese campo exterminaron más gente que toda la población albanesa. Los judíos liquidados constituían la mitad, y el resto eran representantes de otras 27 nacionalidades.

No lo digo para rebajar el dolor del Holocausto. Tenemos que recordarlo siempre. Los hitlerianos de veras exterminaron unos seis millones de judíos. Es una cifra inmensa, si la proyectamos a la numerosidad de toda la nación. Pero no se debe olvidar que, además de los judíos, tenían que desaparecer los eslavos, los gitanos y otros pueblos, en particular, los franceses, los serbios y los croatas...

Más tarde estudié archivos y descubrí que en Oswiecim habían perecido cuatro millones de personas, y no un millón doscientos mil. Cuando las unidades soviéticas entraron en el campo el 27 de enero de 1945, allí quedaban con vida sólo 2819 personas, de ellos los soviéticos eran 96.

En 1999, en la revista «Historia moderna y contemporánea» leí un artículo del científico alemán Dr. Wolfrem Werte. Él escribía que «la guerra del tercer Reich contra la Unión Soviética desde el comienzo mismo estuvo apuntada a apoderarse del territorio hasta los Urales, explotar recursos naturales de la URSS y someter a Rusia a un duradero dominio alemán. Exterminio físico planificado amenazaba tanto a los judíos como a los eslavos que poblaban los territorios soviéticos conquistados por Alemania entre 1941 y 1944. Sólo hace poco historiadores de la RFA se ocuparon de estudiar "otro Holocausto", cuyo víctima era la población eslava de la URSS, la que, junto con los judíos, fue proclamada "raza baja" y "objeto de exterminio"».

Lo escribió un alemán. Y cuando hablamos de Oswiecim no debemos olvidar que éste era sólo uno de los campos de muerte, donde exterminaban a personas de muchas nacionalidades.

Nuestra Victoria significó tanto liberación de Europa como salvación de sus pueblos de la liquidación física total. Hay algunos que dicen hoy día que no debíamos combatir, que era mejor entregarse a los alemanes y que entonces hoy viviríamos magníficamente, igual que se vive en Alemania, pero esas personas olvidan que ellas simplemente no existirían si hubieran triunfado los alemanes. Generaciones enteras habrían sido liquidadas físicamente.

Al escuchar tales conversaciones, me acuerdo de Smerdiakov en la novela de Los hermanos Karamazov, quien decía: si Napoleón nos hubiera conquistado, una nación inteligente habría anexado y sometido a su dominio a otra, muy estúpida, y aquí reinaría un orden completamente distinto. De la misma manera razonan hoy algunos de los jóvenes no muy inteligentes ni bien instruidos.

V.L.: ¿Existen en alguna parte las cifras exactas de cuántas personas liberamos y salvamos en los campos de concentración?

F.B.: Por supuesto, existe mucho material informativo dedicado a la guerra. Pero ya sin ojear tales libros, se sabe que liberamos a Rumania, Bulgaria, Checoeslovaquia, Hungría, Austria, una extensa parte de Yugoslavia, un pedazo de Grecia, Polonia, Alemania, un trozo de Dinamarca, la isla de Bornholm y Noruega del Norte. Además, en cierta medida salvamos a Finlandia. Gracias a nuestra presión, ésta dejó de participar en la guerra, resultado de lo cual sus tierras, aldeas y ciudades no conocieron bombardeos ni ataques de artillería.

No olvidemos que, al cumplir su sagrado deber libertador, el Ejército Soviético perdió cerca de 69 mil efectivos en Rumania, 600 mil en Polonia, 8 mil en Yugoslavia, 140 mil en Checoeslovaquia, más de 140 mil en Hungría, cerca de 26 mil en Austria y 102 mil en Alemania... Recuerdo eterno y gloria eterna a nuestros héroes.

Quiero hacer recordar qué otros campos de exterminio liberamos y cuántas personas perecieron allí a manos de los bárbaros nazis. Tampoco debemos olvidarlo. Los nazis tenían 20 campos básicos y cerca de un millar de sus sucursales.

Todos funcionaban como cadena de una fábrica de muerte. Tan sólo en Ucrania había 180 campos, y en Bielorrusia, 260. Precisamente allí fueron martirizados y murieron once millones de ciudadanos soviéticos, entre los que sólo cuatro millones eran militares.

Los más grandes eran: de Trostianez, cerca de Minsk (200 mil muertos); de Yanovski, en afueras de Lvov (200 mil muertos); de Salaspils, cerca de Riga, al que la presidenta de Letonia llama «campo de corrección laboral», allí murieron 100 mil personas, sin haberse «corregido» por lo visto.

En Daugavpils fueron exterminados 160 mil; en Panerjai, cerca de Vilnius, 100 mil; en el fuerte número 9 de Kaunas, 80 mil, y en el campo de Narva, Estonia, 30 mil. También hubo campos de exterminio en Austria y Alemania: Dachau, Sachsenhausen, Buchenwald, Mauthausen, Ravensbrück, Treblinka y Majdanek...

Allí estuvieron recluidos en total 18 millones de personas, de los que perecieron 11 millones, sin contar a los exterminados en el territorio de la Unión Soviética.

La liquidación de los «pueblos deficientes» constituía la base de los planes nazis, que se cumplían con la puntualidad alemana. Ya en 1924, Hitler escribía en Mein Kampf: «Vemos la solución de nuestros problemas en la conquista de nuevas tierras que podrían poblar los alemanes. Cuando hablamos de la conquista de tierras en Europa, nos referimos a Rusia y a los Estados dominados por ella».

Pero no fue Hitler quien lo inventó. Hace poco se supo que ya en 1914 existió el llamado «Memorándum secta», de la Alemania del Kaiser, en que se expresaba el deseo de concertar paz por separado con Bélgica y Francia, asegurando así la retaguardia, y enviar tropas alemanas a conquistar Rusia. Este era el sentido principal del documento, que, además, decía: «Es probable que dicha guerra nos cueste un millón de vidas. Qué importancia tiene, en comparación con ello, la expulsión de 20 millones de personas, entre las que abundan heces como los judíos, polacos, masures, lituanos, estonios y otros.

»Nos alcanzan fuerzas para hacerlo. Si proseguimos la expansión, Rusia tendrá que resignarse con la pérdida de terrenos. Si la energía sobrante acumulada en tres generaciones de los alemanes se invierte en colonizar al Este, será posible hacer paces con Inglaterra, si ella reconoce el status quo. Pero si Inglaterra decide librar guerra hasta el final y si nos hacen falta ciertas colonias, las vamos a conquistar. En el año 2000 el litigio no se decidirá, por lo visto, entre Alemania e Inglaterra, sino entre Europa, Asia y América». (Vuelvo a recordar que ello fue escrito en 1914).

Bajo Europa ellos entendían a sí mismos, por supuesto, sin Inglaterra, la que, según ellos, ya no pintaría nada. Como es sabido, la «Europa vieja» tampoco les gusta mucho a los estadounidenses hoy día, pues siguen existiendo contradicciones entre ésta y EE UU.

He aquí una indicación que Himmler dio en una de las reuniones de altos mandos de la SS. Él dijo directamente: Uno de los objetivos de la campaña del Este es la liquidación de 30 millones de eslavos. Una orden dada por el comandante del cuarto ejército de carros blindados, Hepner, el 2 de mayo de 1941 decía que la próxima guerra sería continuación de la lucha de los germánicos contra los eslavos. O sea que la tarea del exterminio de otros pueblos se planteaba y formulaba muy claramente.

Preparándonos a celebrar el sesenta aniversario de la Victoria, tenemos que hacerlo recordar. Ello les hace falta no solamente a los rusos, sino también a los polacos y a todos los pueblos de Europa. No debemos olvidar que el nazismo entrañaba amenaza para toda la Humanidad. Es necesario que ello quede en la memora de todos nuestros descendientes.

V.L.: Lamentablemente, hoy día el recuerdo de las fechorías nazis y de su ideología infrahumana se evapora, no se sabe por qué. La gente hasta empieza a jugar a los nazis. El príncipe heredero de la Corona británica, Harry, asiste a un party en uniforme tropical nazi, llevando cruz gamada en una manga. Unos rufianes fascistoides salen a las calles de Alemania, Polonia y hasta aquí, en Rusia, la que perdió 27 millones de sus ciudadanos en la guerra desatada por Hitler... ¿Qué se debe hacer para erradicar esa peste? ¿En qué consiste el problema?

F.B.: No se debe meterlo todo en un mismo saco. El fascismo que renace, hay que dividirlo en varias categorías, creo yo. El fascismo alemán es un intento de tomar revancha. Me da la impresión - quisiera equivocarme - de que ciertas nacionalidades que últimamente se apresuraban a instalar su residencia en Alemania, dentro de poco van a sentirse muy incómodos allí.

En cuanto a los Estados como Inglaterra y EE UU, se trata de unas reminiscencias de los ánimos que existieron allí hasta durante la guerra. Son brotes que dan las raíces que no fueron extirpadas en la época postbélica.

Aquí tales ánimos se propagan entre las personas proclives al antisemitismo y entre las que sientes aversión a los caucasianos. Por una parte, es cuestión de la educación recibida, pero por la otra tal gente no comprende que a menudo la provocan a mostrar fobias con el fin de desestabilizar la situación en el país. En ello estriba el problema.

Nuestra desgracia principal consiste en no saber distinguir entre la lucha contra los terroristas chechenos y la actitud hacia el pueblo checheno como tal. De escuchar a ciertos políticos de nuestro país y de leer ciertas ediciones, topamos constantemente con la expresión: «esos chechenos»... Nadie, excepto, los máximos dirigentes del país, dice bien a las claras que no estamos luchando contra los chechenos, sino contra un ejército de mercenarios.

Los extremistas chechenos que están en boca de todo el mundo, en realidad no son todos chechenos. A éstos les corresponde un treinta por ciento, como máximo, y los demás son árabes, turcos y hasta eslavos... Es un ejército de mercenarios que practica el terrorismo internacional en Rusia. Ellos liberan operaciones de combate en un territorio que es extranjero para ellos.

¿Por qué estoy hablando de ello? Porque cuando debatimos este tema tocamos involuntariamente el problema de escisión entre las nacionalidades. Veamos la horrorosa tragedia de Beslán.

¿Cómo la cubrió nuestra prensa? En las primeras publicaciones no se cansaba de repetir que al cabo de cuarenta días los osetios volverían en sí y empezarían a vengarse. ¿Vengarse de quién? De los ingusios, porque los terroristas llegaron de parte de Ingusia.

Conviene preguntar: ¿a quién le conviene azuzar a los osetios contra los ingusios? ¿Quién está interesado en agravar la situación en el Cáucaso del Norte, intranquila de por sí? Supongo que a aquellos que mantienen ese ejército de mercenarios, quienes los adiestraron y los mandaron a Beslán.

A veces tales ánimos van más allá. De esa misma índole es, por ejemplo, la carta absurda e inmoral al extremo que unos diputados de la Duma de Estado dirigieron a la Fiscalía General, exigiendo prohibir todas las organizaciones religiosas judías. Creo que también esos diputados se dejaron provocar. Alguien pretendió demostrar que en Rusia, igual que en otros países, se propagan ánimos fascistas.

Además, ello se hizo en las fechas en que conmemorábamos el 60 aniversario de liberación de Oswiecim, cuando nuestro presidente estaba allí y, al intervenir, habló del dolor que él siente por todo lo sucedido en ese campo de muerte y en nuestro país. Y si algo semejante a dicha carta aparece en Alemania o cualquier otro país, se dirá que sus autores se orientan a los fascistas de Rusia. No descarto que ello se hizo precisamente con ese fin.

Hace poco en un encuentro con periodistas me preguntaron cómo yo veía tales cartas. Respondí: ustedes escribieron hace poco de la primera explosión en el metro organizada hace treinta años por unos nacionalistas armenios. Todo el mundo lo ha olvidado ya, pero ustedes lo han hecho recordar, sin comprender que con ello puede dar idea a unos esquizofrénicos de que se puede repetir aquello.

Al cubrir uno u otro suceso, se debe reflexionar mucho, sopesando las consecuencias, pues lo principal consiste en no hacer daño, no empujar a una nueva desgracia y no atraerla.

En cuanto a los planes nazis de exterminio total de pueblos de Europa y de la URSS, debemos tener presente que Rusia es un país multinacional, y en ello, antes que nada, consiste su fuerza. No podremos vivir sin esta poderosa unión, sin la sincera amistad entre todos los pueblos de nuestro Estado, sin sentir confianza mutua.

¿Qué sirvió de base para nuestra Victoria? Precisamente, la fraterna amistad. En los años de la guerra nadie pensaba ni hablaba de ningunos problemas interétnicos.

V.L.: ¿Ni de la expulsión de los tártaros de Crimea, de los chechenos, los ingusios y los karachaevo-circasios del Cáucaso del Norte, de los turcos mesjetios de Georgia ni de los alemanes de la región del Volga?

F.B.: Ello es distinto. La guerra es guerra. Nadie se acuerda de que los estadounidenses expulsaron a los japoneses. Durante la Primera Guerra Mundial, el zar también desterró a los alemanes. Era una medida de precaución de un Estado en guerra. En cuanto a los tártaros de Crimea, los pueblos del Cáucaso del Norte y los turcos mesjetios, creo que fue una medida absolutamente infundada.

Su origen estaba en las emociones del Comandante en Jefe y la conducta de ciertos representantes de dichos pueblos en el período de ocupación. Pero el pueblo no puede responder por lo que hacen algunas de sus ovejas negras. Las hay entre todas las nacionalidades.

V.L.: Sí, también hubo rusos, ucranios y bielorrusos que servían de policías durante la ocupación alemana. Hubo traidores al mando del general Vlasov. Pero nadie culpaba por ello a todo el pueblo.

F.B.: Es cierto, y no pueden existir dos opiniones al respecto. Ello podía suceder debido a ciertas decisiones inspiradas en emociones desproporcionadas, pero tampoco descarto que alguno de los dirigentes del país, bajo la bandera de «luchar contra los traidores», resolvía otros problemas, que sólo él conocía. ¿Por qué expulsaron a los turcos de Mesjetia?

Allí no había ocupación alemana, ellos no cooperaban con los nazis. Es más, todos sus hombres combatían en la guerra. Imagino su estado, cuando después de haber tomado Berlín, ellos, en vez de regresar a sus hogares, tenían que dirigirse a la desértica estepa, donde luchaban por sobrevivir sus ancianos padres, sus esposas y niños?

En cuanto a la gente de Vlasov, teníamos una noción bastante deformada de lo que le pasó al ejército del general Vlasov. Hubo en período en que se le atribuía demasiada cantidad de gente. En una ocasión conversé con un oficial que durante la guerra tenía bajo su mando una pequeña unidad. Él empezó a contarme cómo ellos combatían contra Vlasov. Me asombré bastante y le dije: Regresaste del frente, después de haber perdido la pierna en 1942. Pero en aquel entonces todavía no existió lo de Vlasov.

Estrictamente dicho, el ejército de éste se reducía a dos divisiones. Además, ellas no participaban en los combates que se libraban en el frente soviético. Sólo en una ocasión, por insistencia de Hitler, un regimiento de ellos fue lanzado contra los guerrilleros de Bielorrusia. Y la mayoría pasaron del lado de éstos. Después de ello no les dejaban combatir en ese frente.

Las primeras operaciones en que ellos tomaron parte eran las que se desarrollaron en Praga. A Vlasov le plantearon la tarea de detener a nuestras unidades hasta la llegada de los estadounidenses, pues los hitlerianos querían que precisamente éstos tomaran la capital de Checoeslovaquia.

Pero su plan fracasó. Nosotros tomamos Praga, arrestamos a Vlasov, y con ello terminó su historia. En el ejército alemán sirvió no solamente la gente de Vlasov. Existían unidades enteras formadas de traidores.

Participé en unos combates en que en retaguardia nuestra penetraban tanto alemanes como rusos vestidos del uniforme soviético, que empezaban a despedazarnos. Así sucedió cerca de Spas-Demensk, provincia de Kaluga.

También otros ciudadanos de nuestro país servían en el ejército de Hitler, pero fundamentalmente en puestos administrativos, sin portar armas. Más tarde a todos ellos empezaron a llamar «vlasovistas».

Recuerdo una conversación que tuve con el escritor Anatoly Kalinin. Estuvimos debatiendo su novela El eco de la guerra, en la que se llama precisamente así a todos los traidores.

Le pregunté: ¿para qué escribe usted de esa forma? Leyendo eso, se puede llegar a pensar que ellos eran mucho más numerosos que en realidad. Así surgían todo tipo de mitos y leyendas.

Por ejemplo, los adeptos de Bandera, cuando les reprochan hoy día su colaboración con los nazis, responden: ¿Ustedes tenían todo un ejército de Vlasov, y nosotros cuántos éramos? Si no me equivoco, bajo el mando alemán en total sirvieron no más de doscientos mil soviéticos: los cuerpos turkmeno y calmuco, los nacionalistas ucranios supeditados a la SS, las divisiones estonia y letona de la SS y un pequeño batallón georgiano formado de ex prisioneros de guerra.

Es una cifra insignificante de traidores, comparada con el Ejército soviético de once millones de efectivos. Además, no toda aquella gente lo hacía por consideraciones ideológicas, no todos eran adversarios del poder soviético, la mayoría eran víctimas de las horribles circunstancias que provocaba la guerra.

Hace falta que de la guerra se diga solamente la verdad, por muy amarga que sea. Porque sin esa verdad, no importan sus páginas concretas, no habría nuestra gran Victoria.

Víctor Litovkin reconocido periodista ruso, especialista en asuntos militares, colaborador de de la Revista Militar Rusa. Víctor Litovkin y la agencia de noticias Ria Novosti nos presentan con motivo del 60 Aniversario de la Gran Victoria sobre el fascismo y la ideología nazi, Conmemoración que tendrá lugar el 9 de mayo 2005 a Moscú, una serie de reportajes y entrevistas inéditas, emanadas tanto de los archivos y documentos históricas, tanto de testimonios o personalidades aún vivas y que participaron a esta gran conflagración mundial.

Viktor Litovkine

Viktor Litovkine Sirvió por 30 años en el Ejército Rojo y alcanzó el grado de coronel. Ex jefe de la sección Defensa en el diario Izvestia (de 1999 a 2002), y posteriormente en la agencia RIA-Novosti (de 2002 a 2007). Actualmente es redactor jefe adjunto en la Indépendant Military Review. Autor de numerosos libros y documentales.

 
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