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A la edad de 22 años era yo teniente primero y era jefe de sección de reconocimiento. Era el año 1943 y estábamos en Ucrania, manteniendo la defensa cerca de la aldea de Ivañkovo. Se estaban realizando los preparativos de una ofensiva y, por tanto, prácticamente todas las noches íbamos de reconocimiento a la retaguardia alemana.

Los alemanes tenían mucho miedo de nuestros golpes de mano, y en cuanto se ponía el sol se ponían a disparar al azar con balas trazadoras para tener cubierta la «zona neutral» entre las líneas de trincheras rusas y alemanas que tenían una distancia de 400 metros.

En cierta ocasión llegaron a nuestro regimiento tres tenientes bisoños, uno de los cuales fue destinado al servicio de reconocimiento. Al novato había que foguearlo. De noche Misha (que era el nombre de guerra de mi amigo kazajo Tadzhimukán Telekov) y yo lo llevamos con nosotros. Lamento no recordar cómo se llamaba pues lo conocí sólo una noche. Lo que sé a ciencia fija es que era un tártaro de Kazán, hombre muy inteligente y de amplia cultura.

Cuando bajo el manto de la noche, al pasar por un sendero abierto en el bosque, llegamos a un terreno llano a cuyo lado Norte pasaba la primera línea de los alemanes. Luego seguimos arrastrándonos bajo la lluvia de balas trazadoras. De repente comenzaron a oírse retazos de frases en alemán desde las trincheras.
Nos pegamos más fuerte a la tierra en silencio, esperando a que la luna se ocultase detrás de las nubes para luego empezar a hacer lo que queríamos.

De repente, desde las trincheras alemanas alguien entonó una melodía conocida con la armónica: era la canción del vaquero de la opereta «Rose Marie»: «...Flor de la pradera fragante...» Escuchábamos tendidos, y de pronto el tártaro empieza a entonar una canción con su voz fuerte y bonita. Yo me quedé helado... ¡Qué idiota, ahora sí nos matan a todos!

Pero los alemanes cesaron de disparar y empezaron a tocar más alto la armónica. Al terminar la canción, empezaron a aplaudir y gritar: «Otra, ruso...» Me orienté, y Misha y yo comenzamos a moverse a lo largo de las trincheras, pues teníamos la misión de detectar los emplazamientos de fuego de los alemanes.

En ese momento a la armónica se le unió un violín y empezó a tocar melodías de operetas de Kalman. Nuestro tártaro ya se incorporó y volvió a cantar. Otra vez siguieron aplausos y voces de aprobación. Mientras tanto, nosotros proseguimos con nuestra tarea.

Luego, entusiasmados, los alemanes pidieron otras canciones, por ejemplo, «Volga-Volga», acompañándole con el violín. La canción es larga y el solista la repitió, de modo que Misha y yo tuvimos bastante tiempo para dibujar todo el esquema de emplazamientos del enemigo.

La última canción de este extraordinario concierto nocturno era «Katiusha», también encargada por los alemanes. Pero todo terminó y nosotros comenzamos a arrastrarnos hacia nuestras posiciones. Por raro que pareciese, los alemanes nos dejaron irnos sin un solo disparo. En ellos se despertó algo humano.

Regresamos los tres a nuestras trincheras sanos y salvos, entregamos al Estado Mayor la información obtenida, mas acto seguido me cita el agente del servicio de seguridad y me dice: «¿Por qué habéis confraternizado con los alemanes?» Las posiciones de ambos bandos no eran muy lejos las unas de las otras, de modo que todos escucharon nuestro «concierto».

Me di cuenta de que tendríamos graves problemas, sobre todo el tártaro. El sentido de mi explicación como jefe del grupo se redujo a que se trataba de una estratagema. Luego el agente interrogó a Misha quien le dijo lo mismo, aunque no nos habíamos combinado para eso. Recibimos una advertencia, y al tártaro lo destinaron al conjunto de canción y danza del Frente. Luego supimos que antes de la guerra había sido solista de la filarmónica de Kazán.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)