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En medio del estrépito de las consignas y contraconsignas, en el paroxismo dela ansiedad o la esperanza, ¿pueden los libaneses tomarse por un momento el tiempo necesario para reflexionar sobre las lecciones de la historia de su país a partir de 1832?

Esa fecha marca la entrada de las tropas egipcias de Ibrahim Pacha en el Líbano, recibidas con entusiasmo por los libaneses, en particular por las comunidades cristianas, para ser vilipendiadas menos de diez años más tarde cuando Gran Bretaña decide, contraviniendo los intereses franceses a los que se había aliado el emir Bachir Chehab, que era hora de reducir el poderío de Mohammed Ali y de confinarlo en Egipto.

Pocos libaneses saben que su capital fue furiosamente bombardeada por la flota inglesa en 1840, causando gran número de víctimas, para acelerar la partida de las tropas egipcias.

En la historia contemporánea del Líbano son numerosos los ejemplos de algunas facciones libanesas que piden el envío de tropas extranjeras o que solicitan más tarde su partida, a reserva de reclamar la presencia de otros ejércitos extranjeros para sacar a aquellos que ellos mismos habían llamado con anterioridad. Lamentablemente, esta síntesis de la historia del Líbano no es una caricatura de mal gusto sino el resultado objetivo de la condición de Estado tampón en la que permanece aprisionado el Líbano desde 1840: el régimen de doble kaimakamat (1842-1860), el de la Mutessarifia (1861-1914) o el del mandato francés (1919-1943) y finalmente el régimen surgido de los acuerdos de Taif, tal y como han sido aplicados.

En general, un Estado tampón es el que está situado en el centro de una zona de confrontaciones estratégicas entre potencias regionales o internacionales. Se caracteriza por la existencia de un poder «blando» o inestable y con frecuencia por una fragmentación social que no logra reducir. La naturaleza blanda del Estado tampón atrae a las potencias que lo convierten en sitio de cómodo enfrentamiento donde cada uno trata de marcar puntos y de reafirmar su poderío en detrimento de los demás.

Muchos Estados balcánicos fueron creados en el siglo XIX como Estados tampón y en su territorio se enfrentaron Rusia, Austria-Hungría, el Imperio Otomano, Francia e Inglaterra. Camboya y Laos se convirtieron en Estados tampón en el siglo XX en el marco de la guerra fría en el Extremo Oriente. Entre las dos guerras mundiales, Austria y Checoslovaquia se transformaron en Estados de este tipo.

Con respecto al Líbano, el estatuto de Estado tampón fue establecido aprovechando la desintegración del feudalismo tributario transcomunitario que administraba la montaña desde las invasiones de los mamelucos. Esta desintegración favoreció el surgimiento de comunidades religiosas como órganos políticos que sirvieron de base a la construcción de los diferentes regímenes constitucionales desde 1842. Cada comunidad se transformó oficialmente en clienta de una potencia regional o internacional y se vio atrapada en una densa red de relaciones culturales, políticas y religiosas con esta potencia.

Cualesquiera que hayan sido las circunstancias cambiantes de la región, el sistema comunitario establecido desde 1842 se perpetuó bajo formas diversas. Produjo «nacionalismos» libaneses muy diferentes, incluso incompatibles, inspirados por las ideologías nacionales de las potencias regionales o internacionales. El Pacto Nacional de 1943 trató de conciliar estas ideologías al preconizar la neutralidad geopolítica (ni Oriente, ni Occidente).

Para tratar de escapar a la lógica del Estado tampón, nuestros mejores pensadores políticos inventaron para el Líbano una noble función de mediador, de guión, de puente entre Occidente y Oriente, entre cristianismo e Islam. No se dieron cuenta, sin embargo, de que para ser un mediador respetado o un punto de encuentro y de conciliación entre fuerzas opuestas se precisa de una arquitectura particularmente sólida que soporte la masa de los conflictos geopolíticos más importantes sin ser arrastrado por ellos.

El sistema comunitario también produjo en nuestra «elite» gobernante una cultura política dominante que he llamado «la cultura de los cónsules», constituida fundamentalmente por el comadreo y la desinformación de los diplomáticos extranjeros en misión en Beirut. Para alguien familiarizado con los archivos diplomáticos europeos sobre el Líbano, lo que ocurre actualmente en este país no es muy diferente, en esencia, por no decir en la forma, de lo que sucedió durante las crisis del siglo XIX.

Los embajadores de las grandes potencias occidentales están siempre en el centro de la vida política del país, como lo estaban los cónsules en el siglo pasado. Los políticos libaneses obtienen una parte de su autoridad de sus vínculos más o menos estrechos con esta o aquella embajada o con tal o más cual jefe de Estado extranjero, árabe u occidental. Esta cultura de los cónsules es tan fuerte que pocos libaneses se dan cuenta de su ridiculez y de su incompatibilidad con un Estado plenamente soberano.

Además, el régimen comunitario presupone el consenso de las comunidades entre sí para que el Estado pueda funcionar. Debido a ello, la soberanía del Estado sigue siendo una soberanía condicional, dependiente de la buena comprensión entre potencias regionales e internacionales que administran la región ya que cada comunidad está encerrada en una compleja red de relaciones con una u otra de las potencias en cuestión.

Abandonar la condición de Estado tampón requiere por consiguiente cambios drásticos en nuestra cultura política y en las costumbres que de ella se desprenden, en las que la corrupción está siempre presente. Este cambio no se producirá a menos que el sistema comunitario quede atrás en beneficio del establecimiento de un Estado plenamente soberano en el verdadero sentido de la palabra. Para ello, las comunidades religiosas deben volver a la condición de comunidades espirituales y de organizaciones civiles para dejar de ser la base del orden público.

Esto no impide mantener barreras flexibles en la representación parlamentaria, que debe basarse absolutamente en el sistema de elección de base proporcional (y no en el escrutinio mayoritario), ya que es el único que se adapta a las sociedades plurales.

Es preciso asimismo que la hermosa juventud libanesa que se ha manifestado con tanto entusiasmo sepa adquirir una independencia intelectual y política con relación a la cultura ambiente que dictan familias políticas y sus hijos o los medios de comunicación locales que reflejan la «cultura de los cónsules». Para instaurar una verdadera democracia en el Líbano, esta debe tener el valor de juzgar, aunque sea moral y éticamente, las responsabilidades de los jefes de clanes y de milicias por los horrores cometidos durante quince años, tanto entre comunidades así como en el seno de estas.

Es necesario también que esta juventud a la que pertenece el futuro se dé cuenta que la tarea más urgente es construir una economía productiva basada en el conocimiento, las técnicas y las tecnologías de vanguardia. Solo una economía de este tipo puede asegurarles una vida a la altura de sus capacidades, aspiraciones y dinamismo. La continua fuga de cerebros mina la salud política, humana y económica del Líbano desde hace siglo y medio.

No es una fatalidad. En cambio, la progresiva transformación del Líbano en destino para el turismo sexual y en mercado de especulación en las esferas de los bienes raíces y de las finanzas, donde fortunas colosales, libanesas o árabes, adquieren lo mejor de nuestro territorio desde hace veinte años por colosales fortunas, libanesas o árabes, no constituye un terreno sobre el cual se pueda instaurar un Estado de derecho y plenamente soberano. Recordemos que el drama palestino se inició con las compras de tierras.

Es preciso finalmente que los libaneses tomen conciencia de que amar o admirar una cultura o una civilización, ya sea árabe u occidental, no implica someterse a los imperativos geopolíticos de los países y potencias que los invocan. Hay que crear una autonomía en la reflexión política sobre el futuro del Líbano y deshacerse con ese fin de los viejos esquemas y clichés que sirven de consignas vacías desde el siglo XIX.

Para no seguir soñando beatífica e inútilmente con desempeñar una vocación de república comercial y financiera es urgente ante todo darse cuenta de que el Líbano no está situado en Escandinavia o en una isla desierta, que Israel no es Italia y que Siria no es Francia. Hay que volver, en una palabra, a la sabiduría de los grandes pensadores libaneses como Michel Chiha, Georges Samné y Yoakim Mubarac quienes consideraron siempre con razón que el enemigo más temible seguirá siendo el Estado de Israel mientras se defina como un Estado judío, incapaz de aceptar la diversidad comunitaria de esta región del mundo.

Debemos saber también cómo mirar un mapa geográfico para comprender que no podemos convertirnos en antagonistas de Siria ni pedirle que venga al Líbano o salga de él según la conveniencia de la geopolítica regional del momento o la fantasía de tal o más cual facción. Lo hicimos con el Estado de Israel y pagamos un precio exorbitante. Un pequeño país de frágil textura social no juega con los poderosos sin impunidad, cualesquiera que sean los pequeños ardides o el maquiavelismo barato engendrados por la cultura de los cónsules y la situación de Estado tampón, tan provechosa desgraciadamente para una clase política que se reproduce a sí misma infinitamente gracias al carácter perpetuo de ese estatuto.