Los noticieros nos dan cuenta de la corrupción que día a día se cocina en la administración pública con el petróleo y derivados, con la electricidad, telefonía, salud, aduanas, coyoterismo, educación, en fin. La cocina se llena de humo, apesta; las protestas surgen en los graderíos, las masas se inquietan, los viejitos sacan fuerza de no se sabe dónde para sentirse jóvenes y reclamar un aumento en su pensión. La noticia negra amarga el horizonte en la vida de los ciudadanos.

Me pongo a leer Las Catilinarias de Juan Montalvo, escritas entre 1880 y 1882. La voz del ambateño se adentra y llega a los recovecos de la conciencia y me estremece hasta la médula al encontrar un Ecuador humillado por un gobernante llamado Ignacio Veintemilla, a quien Montalvo llama Ignacio de la Cuchilla. “Leyes... ¿para qué las quiere Ignacio de la Cuchilla? “¿Con qué derecho habéis descendido armados a estas tierras que no son vuestras?” le dijo un romano a Breno que se presentaba en Italia blandiendo la pica de los galos. “Nuestro derecho lo traemos en la punta de nuestra espada”, contestó el bárbaro. No le preguntemos a Ignacio de la Cuchilla con qué derecho está ahí mandando a su manera sin Dios ni ley; con qué derecho está imponiendo contribuciones exorbitantes a los pueblos; con qué derecho se lleva a su gazapina las arcas públicas; con qué derecho proscribe a los patriotas, los escritores, los varones eminentes; con qué derecho manda a medianoche asesinar a los mejores; con qué derecho suprime escuelas, quita renta a los colegios, amenaza a las universidades; con qué derecho pone las aduanas y las administraciones en manos hombres sin fe ni probidad....”

Parece que el tiempo se hubiera detenido, que no hubieran transcurrido los 125 años que nos separan de don Juan. En la Quinta Catilinaria Montalvo fustiga con su pluma una parte, una pequeña parte de la corruptela existente en el gobierno de Ignacio de la Cuchilla, investido de poderes extraordinarios.

“Non furtum facies, rezan las tablas de la ley; no robarás. El que roba quebranta, pues, un mandamiento e incurre en la cólera divina. El legislador no dice: No robarás a tu padre ni a tu madre; no robarás a tu hermano; no robarás a tu prójimo; dice: No robarás, esto es, no robarás a nadie, ni a tu padre ni a tu madre, ni a tu prójimo, ni al Estado. Robar a la nación es robar a todos; el que la roba es dos, cuatro, diez veces ladrón: roba al que ara y siembra, roba al que empina el hacha o acomete al yunque; roba al que se une al trabajo común con el alma puesta en su pincel; roba al agricultor, al artesano, al artista; roba al padre de familia, roba al profesor; roba al grande, roba al chico. Todos son contibuyentes del Estado, a todos roba, y todos deben perseguirle por derecho propio y por derecho público. ¿Conque el sudor de la frente del pueblo es para los apetitos y gulas de hombre, un mal hombre, que está cultivando la soberbia y engordando la codicia? Si no puede haber Estado sin contribuciones generales, las contribuciones desvíadas de su objeto son fraudes que el magistrado prevaricador comete en contra de los ciudadanos cuyo fuero surte por ley tácita: los ciudadanos, tráiganle al Banco de la República, y si no por bien, por mal, tómenle cuenta del robo, y de la traición, y de la sangre, y de la infamia convertida por él en princesa de exensiones”.

“Doce mil pesos es sueldo razonable en republiquilla cuyos gobernantes han de ser modestos y considerados: doce mil han tenido todos los presidentes en la nuestra, desde su fundación, y a ninguno le había ocurrido pedir el duplo: Ignacio Veintemilla se asignó el duplo, esto es, veinticuatro mil pesos, amén de mil percances, adehalas, alcabalas, pisos, castillerías, montazgos y tributos: erró poco de pedir chapín de la reina. No sabemos para lo que serán los veinticuatro mil ojos de buey, pues coge aparte para comer, para beber, para vestirse; aparte para sus criados, sus cocineros, sus echacuervos; aparte para sus caballos: sus caballos, sí, señores, sus caballos tienen sueldo aparte. Su sobrina, sueldo de general; su sobrino, idiota a quien dan de comer en pilón de piedra maíz molido, sueldo de capitán. Las tres arpías que tanto le han ayudado en su obra de opresión, corrupción y dilapidación, ¿no tienen cada una un sueldo de coronel? ¿No sería cosa extraña esta ridiculez en pueblo tan apocado y envilecido que sufre en paciencia las extravagancias injuriosas de ese Cayo Calígula a la rústica? Entretanto las escuelas van cayendo, porque los maestros se van a buscar la vida; la aulas no se cierran por puro pundonor de los catedráticos; la universidad está amenazada de muerte, por falta de la subvención indispensable. Ecuatorianos, oh ecuatorianos éste es vuestro dictador; guayaquileños, oh guayaquileños, este ésta es vuestra obra”.

Montalvo parece que hubiera renacido y estuviera presente en el Ecuador de hoy. Su palabra nos hace enrojecer, pero además nos infunde coraje para frenar los malos manejos de los gobernantes. Pueblo que no reacciona ante los abusos del poder, merece los gobernantes que escoge o... le dan escogiendo.