Red Voltaire
Repuesta a una difamación

Carta abierta al Centro Simon Wiesenthal

Alain Benajam miembro y administrador de la Red Voltaire dirige una carta abierta al Centro judío Simon Wiesenthal para responder a la propaganda que ha realizado dicha organización acusando al presidente venezolano Hugo Chávez falsa y manipuladoramente.

| Paris (Francia)
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Sitio web del centro Wiesenthal

Se acaba de traspasar un límite cualitativo en la utilización del martirio judío para presentar bajo una apariencia agradable tanto al imperialismo norteamericano como al colonialismo israelí. Esta infamia, y he sopesado el término, ha sido cometida lamentablemente por el Centro Simon Wiesenthal, lo que conlleva graves consecuencias.

Los intentos de utilización del holocausto no son nuevos, aunque en algunos años, se han salvado dos etapas.
El Departamento de Estado norteamericano lo ha usado ampliamente para difamar a sus oponentes, pero esta arma mediática sólo la esgrimía contra personas más o menos aisladas, nunca contra movimientos populares, hasta el sangriento 11 de septiembre de 2001, cuando, traspasando un primer límite, la aplicó a todo cuestionamiento de su versión de los atentados, y, más tarde, a cualquier impugnación de la invasión a Irak. _La segunda etapa consistió no sólo en utilizar el horror nazi, sino también a los que realmente lo combatieron, como el Centro Simon Wiesenthal, sellando así la quiebra espectacular de su honorable y saludable combate.

Retomemos los hechos. El Centro Simon Wiesenthal acusa de antisemitismo al presidente de la República Bolivariana de Venezuela y pide a los Estados del MERCOSUR que suspendan el proceso de integración de su país al mercado común latinoamericano mientras no haya presentado excusas públicas. La acusación no proviene de cualquier periodista a quien le hayan encargado el trabajo, sino de una honorable institución, lo que le confiere total credibilidad.

Ahora bien, el presidente de Venezuela no es otro que Hugo Chávez Frías. Para muchos, el heredero de Simón Bolívar, el «Libertador», que libró el continente de la opresión española. Es el continuador del Che Guevara y Fidel Castro, que rechazaron al imperialismo norteamericano. Es el hijo de los teólogos de la liberación, que ven en el Imperio Norteamericano el descendiente del Imperio Romano del que Cristo habría querido liberar a la humanidad. Es una figura legendaria no sólo para los venezolanos o los latinoamericanos, sino para todos los que luchan contra el imperialismo y el colonialismo, ya sean palestinos, iraquíes u otros.

La acusación de antisemitismo se nutre de una cita trunca, falsificada y retirada de su contexto. Así, el Centro Simon Wiesenthal atribuye de forma mentirosa a Hugo Chávez el haber estigmatizado a los judíos como un pueblo deicida y como acaparadores de las riquezas del mundo, cuando en realidad denunciaba a una clase social transnacional explotadora de los hombres.

Hay además algo de ridículo en la aserción del Centro Simon Wiesenthal, según la cual Hugo Chávez, revolucionario hábil y prudente, designaría con frecuencia a los judíos como causa de las desgracias del mundo en lugar del imperialismo que no ha dejado de combatir. ¡Y es en esta sustitución donde se sitúa la infamia! Los nazis no buscaban otra cosa cuando hacían de los judíos los chivos expiatorios, sino ocultar las verdaderas responsabilidades, lavar la culpa de los opresores.

La maniobra es ahora visible. Es tanto más repugnante por cuanto está asociada a un intento de sabotaje del MERCOSUR a cambio de llevar adelante el proyecto de explotación imperial: El Área de Libre Comercio para las Américas que George W. Bush no pudo imponer en la cumbre de Mar del Plata. ¿Cómo puede el Centro Simon Wiesenthal brindar cualquier tipo de apoyo al presidente George W. Bush, quien ha aceptado heredar dinero ensangrentado de la fortuna amasada por su abuelo, el nazi Prescott Bush, mediante la explotación de la mano de obra esclava del campo de concentración de Auschwitz? [1]

Redefinamos posiciones. Israel, de acuerdo con el único criterio de apreciación por todos compartido, el derecho internacional, es un Estado colonialista porque mantiene colonias, según sus propios términos, fuera de sus fronteras internacionalmente reconocidas. Estados Unidos es imperialista, pues emprendió una guerra en Irak calificada de «ilegal» por el Secretario General de la ONU, mantiene allí sus tropas y se apropia de las riquezas. Todo hombre amante de la paz, la justicia y la libertad debe combatir la política llevada a cabo por ambos Estados.

Recurrir a los calificativos de antisemita y negacionista para aplicárselos a todo oponente al imperialismo norteamericano y al colonialismo israelí se ha vuelto un procedimiento común para descalificarlos y excluirlos del debate público. Se ha visto en el plano internacional con Nelson Mandela y con Mohamad Mahatir. En Francia con Thierry Meyssan, Tariq Ramadan y Dieudonné Mbala Mbala, aunque han sido sus detractores y no ellos quienes han sido condenados por los tribunales franceses.

Con esta retórica, se trata de enrolar a los judíos en el campo del colonialismo. Así, su religión exigiría que el ejército israelí ocupara los territorios palestinos y llevara a cabo allí sus excesos; que Estados Unidos esclavizara y saqueara a la antigua Babilonia. Quienes combatieran estos horrores se opondrían a la religión de los judíos y por lo tanto serían antisemitas.
De esta forma, los judíos deberían cargar con la responsabilidad del imperialismo y del colonialismo, y pagar por ello. Es exactamente lo que el imperialismo trata de hacer y es en esta trampa en la que ha caído el Centro Simon Wiesenthal.

Los judíos de mi familia murieron combatiendo el fascismo y luego el colonialismo. Minoritarios y perseguidos, siempre se han colocado al lado de los más débiles. Esa es su vocación. Sin embargo, hoy se pretende desviarlos de este camino y reclutarlos como complemento del imperialismo.
Si nosotros, judíos, cometiéramos tal error, las víctimas cada vez más numerosas del imperialismo tendrían razones para odiarnos.

En ello radica lo infamante de la acción del Centro Wiesenthal.
Es infamante por ponerse de parte de la injusticia.
Es infamante por permitir a los verdugos erigirse en víctimas.
Es infamante por desacreditar la lucha contra el nazismo.
Es infamante porque desnaturaliza y vuelve común el antisemitismo y el negacionismo a riesgo de que sean aceptados.
Es infamante porque al manipular la memoria del holocausto, la ridiculiza.
Es infamante por dar la impresión de que todos los judíos apoyan al imperialismo.

Por lo tanto, es absolutamente necesario, por la memoria de los judíos que murieron masacrados y por la tranquilidad de los vivos, que el Centro Simon Wiesenthal, con seguridad equivocado, se excuse por esta terrible difamación.

[1] «Les Bush et Auschwitz, une longue histoire», por Thom Saint-Pierre, Voltaire, 3 de junio de 2003.

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