Considero como una de las fortalezas a la hora de diseñar alguna planificación que involucre al trabajador ecuatoriano, su fervor por laborar, su entusiasmo e iniciativa a toda prueba, capaz de resolver cualesquier limitación o problema, con tal de hacer efectiva la actividad que se le encomienda.

Se dice sardónicamente que el único artesano que entrega la obra a tiempo es el peluquero, para referirse a la malacostumbre de nuestra ancestral impuntualidad, a ello se le han sumado una serie de tergiversaciones que ponen al obrero ecuatoriano como: irresponsable, poco creativo y falto de actitud para con el trabajo; ello, consecuencia de otra también costumbre: repetir algo, así sea mentira, hasta darle el casi peso de una realidad . Pero es indudable que, en el Ecuador, la noble tradición del trabajo la conservamos por los siglos de los siglos, lo que ha servido para confrontar las adversidades de la naturaleza, y más particular y cotidianamente, los ciclones sociales y económicos en que se constituyeron los sectores dominantes del poder, para devastar la vida y los anhelos de los pueblos de este geografía.

Escuchaba a una socióloga española, argumentar porqué los empleadores, allá, privilegian contratar la mano de obra ecuatoriana, decía la cientista: “… un obrero, pintor español, no realiza su trabajo si no tiene todo el pertrecho técnico y de seguridad: andamios, escaleras, brochas, cinturones, etc., pero ocurre que esa misma obra, un pintor ecuatoriano la encara, supliendo las necesidades materiales con puro ingenio; así, si la brocha no llega donde él quiere, la amarra a un madero y cumple con la pintura, etc….,- que conste que no se hace una apología de la inseguridad del trabajo -. Yo, sin irme a España, cuando voy camino a mi oficina por las calles Colón o Rumichaca, tengo la oportunidad de evidenciar en las angustiosas inflexiones de plomeros, albañiles, electricistas y todo - oficios, la urgencia por llevar el alimento a la casa, acompañada de la convicción de que es el trabajo la única actividad que permite existir o mejor dicho supervivir a él, su mujer y sus hijos.

La estadística lacerante de uno de cada diez ecuatorianos en el desempleo absoluto, es un tema que merece la reflexión, junto a la obligación de plantearnos la solución de este problema, puesto que, como lo repiten los infantes carameleros en los buses, EL TRABAJO DIGNIFICA, LA DESOCUPACION DESTRUYE, la cantinela es dicha con la vivencia de su hambre y marginación.

Me luce que para las élites del poder tradicional, el asunto de los desempleados es parte del paisaje, el que incluso puede ser llevado a la plástica, y hasta presentarse ufanamente en los salones a la hora del cóctel o la conversación vespertinas de sus consortes.

La Constituyente no va a terminar con los problemas de la explotación capitalista, pero al menos deberá sensibilizarse con pobres tan pobres como en Irak, pero sin guerras arma en mano, si no con la estentórea lucha entre los que todo lo tiene o lo niegan, hasta el empleo, con los que nada tienen y solo quieren trabajar y vivir con dignidad.

La solución del problema del empleo empieza por la visión que se tenga de la sociedad: o de aprovechamiento individual, mezquino y concentrador, o de participación del colectivo social en los beneficios, no solo en las pérdidas.

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