Red Voltaire
La Iglesia Ortodoxa de Serbia se opone a la incorporación del país a la OTAN

Monseñor Artemije Radosavljevic denuncia el genocidio en agravio de Kosovo y Metohija

No sólo el Departamento de Estado norteamericano presiona en este momento para fragmentar Serbia con una pugna artificial por un Kosovo independiente. El organismo central de la diplomacia norteamericana espera asimismo que Belgrado se incorpore a la OTAN no obstante que esta alianza militar hace no mucho lanzaba sus bombas sobre la inerme población yugoslava. Para Monseñor Artemije Radosavljevic, está en curso una nueva catástrofe sobre el territorio yugoslavo. Nos lo explica en este pronunciamiento salido de su pluma.

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Como es bien sabido, somos originarios de Serbia, de Kosovo, de Metohija, la Jerusalén serbia, el baluarte de la espiritualidad, de la cultura y la nación serbias. Es allí donde se encuentran nuestras raíces; es allí donde la identidad espiritual de nuestro pueblo se ha construido, donde están situados numerosos sitios sagrados (unos mil trecientos entre iglesias y monasterios), erigidos a lo largo de un milenio. Un sitio que hoy a causa de las operaciones militares lanzadas por la OTAN está en grave peligro de desaparición con los últimos vestigios de nuestra existencia.

¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Cómo es posible que algo así haya sido posible en este principio del siglo XXI?

En efecto, ha sido posible. Ha sido posible precisamente gracias a las operaciones de la OTAN llevadas a cabo bajo la batuta de Washington y Bruselas. La OTAN -Organización del Tratado del Atlántico del Norte- es la unión en la que se asocian Europa y América del Norte, fundada en 1949 con la misión de garantizar la libertad y la seguridad de todos sus miembros con procedimientos políticos y militares. Noble propósito si hubiera sido real en el caso de Yugoslavia, y en este caso su misión sería digna de la más alta estima. Desgraciadamente, esa misión ha sido dejada atrás desde el final de la Guerra Fría, en la década de los años 90 (caída del Muro de Berlín y disolución de la Unión Soviética). A partir de entonces, a fin de justificar su permanencia, la OTAN se puso a buscar una nueva razón de ser, y a la vez instaurar nuevas prioridades.

Muy lejos de estar al servicio de la libertad y la seguridad de los países que son sus miembros, la OTAN se convirtió a partir de ese período en un agresor de la libertad de otros; ha violado la seguridad de un país que no representa el menor peligro para ella. Ya vosotros os habéis dado cuenta, ya habéis adivinado que me refiero a la guerra desatada por la alianza militar contra la República socialista de Yugoslavia (es decir, Serbia y Montenegro) en 1999. Fue una guerra aérea en la cual «las facciones en conflcito» en ningún momento se habían confrontado entre sí. Fue sin duda una guerra sui generis, la primera del nuevo cuño en la historia de los conflictos armados.

Durante 78 días, sin solución de continuidad, la OTAN destruyó a mi patria de manera injustificable, violenta y despiadada, lanzando sobre su suelo bombas y misiles de todo tipo, reduciendo a cenizas sobre todo a entidades civiles (hospitales, maternidades, barrios residenciales, líneas eléctricas, puentas, fábricas) más que a posiciones militares y convirtiendo deliberadamente a los trenes y los autobuses repletos de pasajeros en objetivos y matando así a más de 2 mil 500 civiles.

Todo esto ha causado un terrible daño a mi pueblo. Pero lo que le ha herido más, de manera incomparablemente mayor, ha sido la explicación cínica, la supuesta «justification» de su furia bestial, cuando se atrevieron a decir que las operaciones no estaban dirigidas contra el pueblo serbio sino contra el gobierno instituido en Belgrado, mientras las víctimas civiles inocentes eran clasificadas con dos palabras monstruosas: «daños colaterales», una expresión de tal manera odiosa que incluso los medios informativos internacionales la declararon «las peores palabras» pronunciadas en 1999.

Fue con una alegría extrema que los asesinos de la OTAN lograran ensombrecer el cielo de Kosovo y Metohija, al aportar su apoyo aéreo a la organización terrorista conocida con el nombre de « Ejército de Liberación de Kosovo », para luego lanzar sobre la tierra sagrada de ambas regiones todos los proyectiles imaginables, como las bombas de fragmentación (que se supone que están prohibidas) y misiles «mejorados» con uranio "empobrecido", cuyos efectos devastadores son resentidos aún dentro de esas dos regiones, sin discriminar a ninguno por razones de nacionalidad -entre los que están incluidos los contingentes de la OTAN y los soldados de la KFOR. Son numerosos de entre ellos los que padecen las secuelas de la radiación.

Han mentido al afirmar que la serie de bombardeos llamada «Angel de la Misericordia», fue organizada para prevenir una catástrofe humanitaria de la que no hubo rastro en ningún momento, pero que fue invocada para justificar su agresión contra nuestro país (y dirigida con sobrada maestría por los dirigentes albaneses de la ALK / UÇK).

Pero eso no es todo. Los crímenes cometidos por la OTAN contra nuestro pueblo alcanzaron su plena expresión apenas al finalizar la «guerra», es decir, en el momento en que las fuerzas de la KFOR entraron en Kosovo y Metohija, sobre la base de la resolución del Consejo de Seguridad y del Tratado (militaro-técnico) de Kumanovo, firmado el 10 de junio de 1999. La KFOR tenía encomendada la tarea, según ese tratado, de atemperar la agresividad de las facciones en conflicto, de establecer un ambiente seguro y de desmilitarizar a la UÇK. De acuerdo a la resolución 1244 del Consejo de Seguridad, la KFOR llegó a Kosovo y Metohija para asegurar la convivencia pacífica y segura en beneficio de todos los habitantes de Kosovo, y a la vez de facilitar el retorno incondicional y seguro de los refugiados y los desplazados.

Ninguna de esas tareas fue acometida. Exactamente después de la llegada de la KFOR y de las autoridades civiles de Naciones Unidas y de l’UNMIK no sólo las catástrofes humanas se produjeron sino que culminaron en una depuración étnica sin precedente. El genocidio, único en su género en agravio de la población serbia en tiempo de paz, inconcebible en la historia de la humanidad, se consumó bajo el auspicio de la KFOR y de la UNMIK, cuyos miembros se pusieron al servicio de los extrémistas albaneses y de la organización terrorista UÇK, a la que se permitió perseguir y ejécutar a los dos tercios de la población serbia cristiana (250 mil personas), así como otras comunidades no-albanesas : romos, gitanos, ashkalis y gorancis.

La Convención sobre el genocidio, emitido por Naciones Unidas indica: que en la Convención, el término «génocidio» significa cualquier acto cometido con la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, específicamente en casos como:

(a) El asesinato de miembros del grupo; (b) La inflicción de daños corporales o mentales graves a los membros de ese grupo; (c) La imposición déliberada al mencionado grupo de condiciones de vida tales que signifiquen su destrucción física, total o parcial; (d) La imposición de medidas tendentes a evitar los nacimientos en el seno de dicho grupo; (e) La transferencia por la fuerza de niños perenecientes a dicho grupo a otros centros de población.

Las hipótesis mencionadas en la Convención de la ONU tipifican el genocidio cometido en agravio del pueblo serbio de Kosovo y Metohija en los ocho años pasados, en presencia y bajo la protección de las tropas de la OTAN.

Permitidme recordaros que la historia de Kosovo y Metohija es una historia triste y cruenta, con una duración de muchos años. Todo comenzó con la célebre batalla de Kosovo Poljé en 1389, que aún no ha terminado. Durante el largo periodo transcurrido, no ha habido más que unos días en paz y soleados, que representan, rigurosamente hablando, una veintena de años. El tiempo restante, los otros siglos transcurridos son los pasados en la oscuridad del yugo turco, sobre la cruz del sufrimiento. Los historiadores ya han comenzado a analizar los hechos y numerosos libros ya han sido llevados al público por autores locales y extranjeros.

Una plétora de testimonios dan fe de que cada nuevo periodo fue más duro, arduo y cruento que el precedente. El lamento de la vieja Serbia, de Nikola Popovic, decribe los cien últimos años del dominio turco. Y si bien se trata de la descripción del yugo otomano, no olvidemos que los principales responsables de los crímenes y la violencia de hoy han sido los albaneses de Kosovo convertidos al islam. Al releer ese libro y al reflexionar sobre los acontecimientos desde junio de 1999, se puede tener la impresión de que nuestra historia se repite. Y en efecto sólo hay diferencias mínimas con el pasado y de intensidad. Pero la historia, en efecto, se repite ; es verdad y lo es hoy más que nunca.

Desde junio de 1999, Kosovo y Metohija han sido una vez más crucificados. Incluso antes de esa fecha, en 1941; esas dos regiones han sufrido enormemente; han sido inmoladas por el incendio y la intensidad de los sufrimientos: la violencia, el pillaje, los asesinatos, las violaciones y la persecución. Y no obstante estas injusticias, a lo largo de estos últimos años y bajo la «protección» de la OTAN y la administración de la UNMIK, toda la crueldad experimentada y registrada en los libros de historia ha sido rebasada.

¡Kosovo y Metohija han sido crucificados! ¿Podemos acaso imaginar algo más desolador ante nuestra mirada? No se puede hablar de cara a la crucificción. en este caso sólo se puede permanecer silencioso, o llorar con lágrimas amargas. Y en particular Aquél que está en la Cruz que no puede hablar. El todo lo soporta y sufre. Y también ora por quienes lo han torturado: «Perdónales, Padre mío porque no saben lo que hacen». Esas fueron las palabras del Señor crucificado. Y nosotros, que hemos sido crucificados con Kosovo y Meohija, no osamos repetir esas palabras sagradas. Porque quienes nos torturan saben perfectamente lo que hacen y porqué lo hacen.

Y lo que han hecho los terroristas y los criminales de hoy -como los albaneses de Kosovo-, y lo que están a punto de hacer en Metohija, es bien sabido en el mundo entero. Han pasado ya ocho años desde que emprendieron sus fechorías abominables bajo la mirada del mundo, en presencia de la comunidad international, representada por los miembros de la UNMIK y de la KFOR en Kosovo y en Metohija.

Su presencia, no sólo en el papel de testigos, sino en el de instancia de gobierno y de autoridad inmediata, lejos de impedir los combates, no sólo autoriza sino tolera las actividades criminales. Incluso si la administración interina de la ONU está presente y es funcional en Kosovo y Metohija, incluso si las tropas de la OTAN (16 500 hombres) siguen aún estacionados en sus bases, hay aún centenares y miles de terroristas y criminales que caminan libremente por las aceras sin ser detenidos en Kosovo y Metohija. Muchos de esos criminales han sido miembros de instituciones kosovares que cooperan, con la legalidad de su parte, con la alianza militar.

El último libro de Iseult Henry, seudónimo de un miembro actual de la misión internacional en Kosovo y Metohija, Ocultar el genocidio en Kosovo – Un Crimen contra Dios y la humanidad, aborda el análisis de estos hechos de manera concreta y detallada. No es una cronología típica de los acontecimientos contemporáneos, ni una obra clásica de diplomacia, ni un simple relato periodístico. No. Es simplemente un libro de historias reales sobre lo que ha ocurrido en Kosovo desde el final de la guerra de 1999: robos, mutilaciones, profanaciones de lugares sagrados en iglesias y monasterios (más de 150). Abusos que fueron posibles por la tolerancia que les dio la OTAN. La fria distancia tomada por los soldados de la KFOR, la señal dada de manera intencional a las fechorías de la UÇK fue la señal dada al programa silencioso y metódico de eliminación de los indeseables. Este programa culminó con el pogrom de marzo de 2004, cuando Kosovo fue sometido a sangre y fuego mientras la OTAN se complacía contemplando la tragedia.

Nada mejor para entender el papel jugado por las fuerzas intervencionistas de la KFOR que el siguiente ejemplo: un maestro, Miomir Savic, del pueblo de Cernica, cercano de Gnjlan, se encontraba sentado en la terraza de una pequeña cafetería serbia acompañado de amigos. Los terroristas albaneses lanzaron una bomba contra el café y en seguida huyeron. La bomba hizo explosión hiriendo gravemente a Miomir, que comenzó a perder sangre a causa de las heridas en sus piernas. Hubo gente que acudió en su auxilio, pero los soldados estadunidenses de la KFOR les prohibieron aproximarse.

El herido permanece tendido en el suelo dos horas desangrándose. Varios socorristas albaneses, un cirujano y tres enfermeras llegaron del puesto de socorro de Gnjilane, quienes incluso suplicaron a la KFOR que les permitieran llevar socorro oportuno a Miomir, pero también a ellos los soldados de la KFOR les prohibieron acercarse al lesionado. Miomir permaneció, pues, tendido frente al café, desangrándose mientras la KFOR no sólo no hacía nada sino que prohibía que llegara el auxilio médico. Después de dos horas y media de espera y gravemente herido en las piernas, un hélicóptero aterriza, llevando en la mano equipo médico (había despegado del Campo Bondsteel). Sin embargo, para Miomir ya era demasiado tarde. Rodeado de GI’s, exala su último suspiro. Durante dos horas y media, esos soldados miraron cómo se desangraba, indiferentes, porque obedecían órdenes

No sólo los serbios cristianos y las demás minorías no albanesas son el blanco de los terroristas. Pasa otro tanto en relación a sus bienes: casas, lugares santos incluyendo a los cementerios cristianos. Muchos cementerios serbios sufrieron vandalismo, así en Kosovo como en Metohija: las cruces han sido rotas, los monumentos amputados, las osamentas exhumadas y dispersas por todas partes, mientras los cementerios eran destruidos. Los miembros de la UÇK hicieron la guerra no sólo a los vivos sino también a los muertos bajo la mirada vigilante de la OTAN, que ha vuelto los ojos hacia otro lado: en efecto, nadie ha sido llevado a comparecer ante un tribunal por sus crímenes. Incluso los muertos (serbios) deben desaparecer y por ello no pueden descansar en paz en Kosovo. Es posible lanzar una guerra contra los vivos, pero nadie ha podido declarar hasta ahora una contra los muertos. ¡Los muertos son invencibles !

Llegada a Kosovo con el supuesto propósito de hacer la paz, la OTAN ha transformado al país en un infierno; sólo los albaneses están a salvo y lo han obtenido todo. Los serbios y las otras poblaciones no han ganado nada excepto sufrimientos y destrucción. ¿De qué clase de paz se trata, si no se puede hablar la propia lengua en la calle? Sólo es posible hacerlo en la intimidad del hogar ; si no se puede admitir y practicar su propia fe porque el lugar de culto se encuentre atrás de alambradas o haya sido destruido ; y si no se puede regresar al pueblo natal? ¿Qué clase de paz es esa en la que en el curso de unos años alguien hace desaparecer todo vestigio de vuestra cultura y que da como explicación que todo ha sido por vuestra causa?

Para terminar hago esta última pregunta : Después de todo eso ¿para qué entrar en la OTAN? Desde luego, un dilema sigue en pie, en espera de respuesta : ¿Acaso la OTAN no emprendió esta guerra con el único propósito de permitir que los rufianes y charlatanes pudieran violar el hogar de sus legítimos propietarios?

¿Acaso la OTAN emprendió esta guerra con el fin de asegurar que los cristianos de Kosovo no pudieran enterrar a sus muertos en cementerios cristianos y para que no pudieran visitar las tumbes de sus familiares difuntos?

¿Acaso la OTAN entró en guerra para evitar que los serbios que han permanecido en Kosovo y Metohija ya no puedan dormir seguros?

¿Acaso la OTAN comenzó la guerra para vigilar que cualquiera pueda tomar posisión de los bienes los bienes en lugar de quienes los han poseído legalmente?

La lista de preguntas similares es interminable y todas conducen a la que es fundamental: ¿por qué ?

Pero esto aún no termina. Hoy mismo, la OTAN (Estados Unidos y la Unión Europea) ha concentrado todo su poder para consagrar los esfuerzos de los terroristas albaneses por los crímenes perpetrados en Kosovo y en Metohija y recompensarles por ello concediéndoles un Kosovo independiente, violando así todos los acuerdos acuerdos internacionales, todas lss resoluciones de la ONU y todas las leyes generalemente acatadas en relación a la integridad territorial y la soberanía de todos los países que son miembros de la ONU, y Serbia uno de los primeros países que formaron parte de la organización internacional. Tal solución que se pretende imponernos, implica la separación de Kosovo y de Metohija de Serbia, es decir, de una separación entre el estado serbio y el pueblo serbio en su integridad. Esto no será jamás aceptado.

Está en marcha un plan para someternos a una extorsión insolente para hacernos aceptar un Kosovo independiente (en esto consiste la propuesta de Matthi Ahtisaari) y a cambio otorgarnos nuestro ingreso en la OTAN. Esto Serbia no lo aceptará jamás. Las víctimas de los bombardeos de la OTAN, en 1999, y las víctimes caídas bajo el golpe de los criminales de la UÇK, bajo la «protección» de la OTAN, nos exigen que no les olvidemos y no les traicionemos. Esas víctimas ya ocupan un lugar en nuestra conciencia, y es nuestro deber moral preservar su paz eterna y permitir que sus almas reposen en paz con el mensaje que han depositado, al mismo tiempo que su vida, al pie del altar de su patria. De tal manera, no podremos jamás vivir en compañía de sus asesinos. Muchos serbios públicamente se preguntan: ¿por qué hemos de caer en los brazos de aquellos bajo cuya mirada y supuesta «protección» alrededor de dos mil 500 mártires serbios fueron asesinados sin que un solo asesino haya sido sometido a proceso por ello? El puebo serbio tiene el sentimiento de que vale más desaparecer de la superficie de la tierra que aceptar esa adhesión.

Debe rechazar esa posibilidad en la medida en que un hombre (y una nación) sin honor, sin coraje y dignidad nacional queda reducido a la nada y sólo merece ser escupido.

Unirnos a la OTAN, sería la peor solución, el peor desastre y la peor humillación para el pueblo serbio de toda su historia.

Estamos seguros de que Serbia no permitirá jamás que se le imponga este camino.

S. B. Mons. Artemije Radosavljevic Arzobispo de Raska y Prizren de la Iglesia Ortodoxa Serbia.

Artículo bajo licencia Creative Commons

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