La campaña arrancó oficialmente y, como siempre, las encuestadoras y los medios de comunicación arman la tarima de los favoritos. El objetivo ahora es encontrar al candidato que le haga calor a Rafael Correa, que les permita, en el mejor de los casos para ellos, hablar de la posibilidad de una segunda vuelta.

Ya no tienen rubor en brindarle espacio a Lucio Gutiérrez, a pesar de que dijeron de él lo peor que se puede decir de un político. Si existe la posibilidad de restarle fuerza a Correa y a la tendencia de cambio, para ellos el traidor se vuelve un mal necesario.

El otro binomio al que le apuestan es al de Marta Roldós y Eduardo Delgado, que aunque no es del todo agradable para ellos, puesto que alrededor de él se mueven algunos izquierdistas a los que Correa llama “infantiles”, puede significar una oportunidad de restarle votos y, sobre todo, de estructurar una oposición más fuerte, con presencia en la Asamblea Nacional.

En su propaganda, Roldós apela a la memoria de su padre, se muestra como víctima y abiertamente opositora a Correa, a quien mete en el mismo saco de los políticos neoliberales que el Ecuador ha tenido. Pero, ¿se puede afirmar realmente algo así?, ¿será creíble para la mayoría de ecuatorianos que aún respaldan a Correa? Se queja de que es un binomio marginado, blanqueado por el gobierno, que no le dieron la clave a tiempo, que está en desventaja en cuanto a difusión, etc., pero no presenta una propuesta concreta y clara de qué haría para que este proceso de cambios avance. Detrás de todo lo que dice o hace esta candidata está León Roldós, quien, todos saben, sería el poder real en caso de ganar su sobrina.

Medios, encuestadores y plumíferos de todo tipo están seguros que Correa ganará las próximas elecciones, a pesar de la persistente campaña de desprestigio que han llevado adelante en estos dos años, y a pesar de la estrategia conspiradora montada en asocio con el imperialismo en torno al caso Chauvín. Sin embargo, no tienen claro el futuro de su tendencia ideológica derechista.

Mientras Álvaro Noboa ha vuelto a su acostumbrado populismo descarado, en el que ofrece triplicar el bono solidario, Lucio Gutiérrez se quedó con su idea de que en su gobierno las cosas no subieron de precio. Ambas son políticas clientelares que les entregarán un porcentaje de votación de ecuatorianos engañados, pero que por el momento no logran golpear contundentemente a Correa. Esta elección, en el ámbito presidencial, se caracteriza por que todos los candidatos participantes, sin excepción, confrontan a Correa, y tienen como propósito fundamental crecer sobre la base de atacarlo. Está por verse si esta estrategia les dará resultado. De cualquier forma, de ninguno se escucha una propuesta de fondo sobre qué hacer con el país de aquí para adelante: ¿harán una nueva Constitución?, puesto que la mayoría de ellos considera que la aprobada en Montecristi, y apoyada mayoritariamente por el pueblo ecuatoriano, es lesiva a los intereses nacionales; ¿reimplantarán el neoliberalismo? Si es así, ¿por qué no lo dicen con todas sus letras? Incluso en la candidatura de Diego Delgado no se mira un programa de gobierno diametralmente opuesto o diferente al impulsado por el actual gobierno. Propone hacer, en muchos casos, lo que este Gobierno ha venido haciendo. La diferencia entre sus propuestas y las de Correa está en que él es opositor al régimen.

Por el lado de las fuerzas de la tendencia democrática, patriótica, progresista y de izquierda, la campaña muestra ante los ecuatorianos la opción de fortalecer la visión reformista aplicada hasta ahora, y la opción de profundizar los cambios, radicalizando el proceso con el concurso de los trabajadores y los pueblos.

Los ecuatorianos asistimos a unas elecciones que podrían redefinir el rumbo del proyecto político que hasta ahora está vigente. Marchar sobre el mismo terreno, únicamente recitando sobre el cambio y sin impulsarlo, sin conquistarlo, sería el mayor riesgo en las actuales circunstancias.