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Destrucción, muerte en Gaza. ¿Lo de siempre? No. Por primera vez en las agresiones israelíes contra Gaza asistimos a un nuevo equilibrio estratégico entre las fuerzas palestinas que allí residen e ‎Israel. ¿Una afirmación fantasiosa o aventurada? Para nada. Los medios de propaganda (antes ‎llamados de comunicación) están repitiendo una y otra vez el mismo discurso y mostrando las ‎mismas imágenes en las que aparece la superioridad israelí. Sin embargo, Israel está sufriendo ‎como nunca un enorme daño social, político, económico y militar.‎

Antes de entrar a fondo en las razones del por qué esta agresión a Gaza es muy diferente de las ‎anteriores hay que hacer un par de apreciaciones que tienen que ver con las razones del ‎por qué de todo ello. ‎

Algunos han argumentado que es el enésimo intento del primer ministro Netanayhu de romper el ‎impasse que le impide estar al frente, de nuevo, del gobierno. Otros, que de lo que se trata es de ‎impedir que se concrete la causa judicial en su contra por corrupción. ‎

Nadie utiliza la argumentación, que sí circula entre los palestinos, referente a que es una forma de ‎reforzar a Al-Fatah de cara a las elecciones que prometió el llamado presidente palestino, ‎Mahmud Abbas, en enero de este año y que en abril volvió a posponer (las últimas elecciones ‎generales palestinas se hicieron en 2006 y las ganó por mayoría absoluta el Hamas ‎consiguiendo 76 de los 132 escaños). Formalmente, Abbas suspendió las elecciones ‎«hasta que se pueda votar en Jerusalén-‎Este»; en la práctica, lo hizo ante el temor de volver a perderlas puesto que Al-Fatah es lo más parecido a ‎una jaula de grillos que hay hoy en Palestina, con varias tendencias que pretendían presentarse ‎por su cuenta.‎

La excusa de Jerusalén-Este no es más que eso, una excusa, puesto que la mal llamada ‎‎«Autoridad Palestina» no ha movido ni un dedo ante las constantes pretensiones de Israel de ‎expulsar a los residentes árabes de esa ciudad. La penúltima, el intento de expulsar a 38 familias ‎del barrio de Sheikh Jarrah (favorecido por una resolución del Tribunal Supremo de Israel) y que, ‎como es habitual, Israel acompañó con el ataque a manifestantes y creyentes en la mezquita de ‎Al-Aqsa.‎

Hasta aquí, todo más o menos “normal”. Pero la respuesta llegó desde donde no se esperaba. ‎Desde Gaza, el Hamas (junto a la Jihad Islámica) dijo que atacaría si Israel no dejaba de reprimir a la ‎población de Jerusalén. Israel ignoró la advertencia suponiendo que sería una bravuconada. ‎No lo era. Israel respondió como siempre, atacando Gaza. Pero de nuevo se equivocó porque ‎no fue capaz de prevenir la intensidad de la respuesta palestina en forma de cientos de cohetes ‎que alcanzaron varias ciudades, incluyendo Tel Aviv. ‎

Aquí se comenzó a romper el mito israelí porque si bien es impensable una derrota militar, sí es ‎constatable el enorme daño que esos cohetes han causado, y están causando, en Israel. Y ‎no sólo en Israel, sino también en la propia «Autoridad Nacional» así como en la famosa ‎‎«comunidad internacional» donde el cuento de la «democracia liberal» ha saltado por los aires ‎‎–literalmente, con el bombardeo por parte de Israel de una sede de medios de comunicación ‎internacionales.‎

El daño causado por la resistencia palestina no se ve, o se oculta tras las imágenes, siempre ‎impactantes, pero es abrumador. ‎

En las dos semanas que lleva ya la agresión (en el momento de escribir esto), el daño económico ‎que sufre Israel es histórico. Nunca, en ninguna de las anteriores agresiones contra Gaza, y ‎ni siquiera durante las intifadas, se había logrado que las pérdidas de la bolsa de valores de ‎Tel Aviv llegasen al 28%, o que el 26% de las fábricas y empresas del área israelí cercana a Gaza ‎estén completamente cerradas, ni que en el resto del país las empresas y fábricas hayan ‎reducido sus operaciones un 17%, o que los principales aeropuertos (en Tel Aviv y Eliat) hayan ‎tenido que suspender todos sus vuelos. ‎

Por si todo ello fuese poco, el gobierno israelí mantuvo en secreto durante 10 días que ‎los cohetes de la resistencia estuvieron muy cerca de acertar en una de las plataformas marítimas ‎de extracción de gas natural. Fue el caso de la de Tamar, situada a 24 km de la ciudad (también ‎atacada) de Ascalón. Como consecuencia de ello todas las plataformas de extracción de gas de ‎la zona fueron cerradas. En su edición del 18 de mayo, uno de los principales periódicos israelíes, ‎‎Yedioth Ahronoth, lo cuantificaba diciendo que el monto económico de las pérdidas para Israel ‎es de 34 millones de dólares diarios, añadiendo que ya son «casi iguales a las pérdidas de ‎‎51 días de guerra en Gaza en 2014». O sea, esta vez Israel está perdiendo en un día lo mismo ‎que perdió en 51 días hace 7 años.‎

Es la primera vez que algo así ocurre y es una muestra del poder militar de la resistencia. Y ‎el mundo está viendo –aunque no lo muestre en sus imágenes– las capacidades de bloqueo que ‎supone una continuidad de la agresión. ‎

Esto representa un nuevo equilibrio estratégico que todo el mundo tiene que tener en cuenta. ‎Israel está atacando con una estrategia de fuego remoto y los palestinos están respondiendo con ‎lo mismo, con fuego remoto –además de la batalla de las ideas y de recuperar Jerusalén. Es un ‎intercambio de ataques con diferentes efectos: el destructivo físico de Israel y el destructivo ‎económico de la resistencia palestina. La duración de estas pérdidas, como bien recoge Yedioth ‎Ahronoth, es nueva, y son ya más de dos semanas. ‎

Estamos en un escenario que solo depende de cuál de los dos resista mejor el impacto de ‎los daños. Porque hay que tener en cuenta que los objetivos de Israel en Gaza son finitos –salvo ‎que nos cuenten que han destruido la casa del amigo del vecino del primo de algún ‎comandante ‎del Hamas o de la Yihad Islámica– mientras que no puede mantener durante mucho más tiempo ‎sus pérdidas económicas. ‎

Aquí hay que hacer un inciso: en el caso de la resistencia, un dato a tener en cuenta es el tamaño ‎de las existencias de cohetes y la media disparada hasta ahora es de unos 200 diarios. A medida ‎que se agoten, la intensidad de los ataques de respuesta decrecerá. Tal vez eso es lo que está ‎esperando Israel, que está obligado a poner fin a la agresión para reducir sus propias pérdidas, ‎no solo económicas sino en términos de imagen.‎

Porque las imágenes de Gaza están haciendo su trabajo. Las dirigencias de los países occidentales ‎están con Israel –lo cual destruye los mitos de la «democracia liberal»– pero las opiniones ‎públicas no. Esto se está viendo con mucha nitidez en los países árabes que han establecido ‎relaciones diplomáticas con Israel, países donde la censura es notoria aunque no puede con las redes sociales. ‎

Es el caso de Omán, Emiratos Árabes Unidos y Marruecos, especialmente. El resto de los países ‎árabes y musulmanes no pasan de las declaraciones, más o menos amenazadoras, pero simple ‎retórica. Sin embargo, si Hamas sobrevive, y lo hará, puede contar con aportes financieros ‎sólidos –que le van a permitir restituir su arsenal de cohetes y misiles– para restaurar Gaza ‎capitalizando las víctimas y reforzando su papel como principal organización palestina.‎

No obstante, y aunque está por ver cómo va a asimilar el mundo árabe lo que está pasando, ‎si hay una revitalización de la resistencia o no –no sólo a nivel militar, sino popular–, el hecho es ‎que hay una nueva realidad sobre el terreno. Israel no logra crear una imagen de victoria –‎a pesar de los medios de propaganda y de que las imágenes de destrucción en Gaza son más ‎‎“impresionantes” que las de Ascalón, Asdod o Tel Aviv– y la batalla ya está en un sentido ‎paralelo que va más allá de los muertos porque está ligada al tamaño de las pérdidas. Y ‎para Israel son enormes esas pérdidas sin que eso tenga que ver con los muertos. Porque en esta ‎ecuación hay que introducir otro elemento: el Hezbollah libanés. Si en dos semanas Israel no ha ‎podido con Gaza, menos va a poder contra alguien mucho más preparado.‎

Y, por cierto, el mito de la famosa «Cúpula de Hierro» ha desaparecido, igual que desapareció la ‎imagen de eficacia de los misiles antimisiles Patriot en Arabia Saudita. Y eso ha sucedido ante ‎cohetes de no mucha precisión. Así que Irán está sonriendo. Si hay que hacer caso a lo que dicen ‎los propios israelíes, el 50% de los cohetes lanzados por la resistencia palestina han amenazado ‎áreas pobladas –de ahí los daños económicos– una proporción muy sorprendente y significativa ‎de cómo avanza la tecnología de la resistencia puesto que en la agresión de 2014 fue del 18%. ‎Por mucho que se diga que «casi el 90%» de los cohetes han sido interceptados, Israel es cada ‎vez más vulnerable y sus sistemas antimisiles son más permeables de lo que se dice. ‎

Es que ahora ha aparecido un hecho también nuevo: menos cohetes caen en campos vacíos y ‎están llegando cada vez más lejos. El hecho de haber alcanzado Tel Aviv, que está a 55 km ‎de Gaza, es un factor a tener en cuenta. Si hay que hacer caso también de los lenguajes, la ‎‎«conmoción y pavor» de los ataques de Israel contra Gaza es también la de los ataques de la ‎resistencia contra Israel (y aquí es curioso cómo Israel ha denominado a su agresión, «Guardián ‎de los Muros», y cómo lo ha hecho la resistencia palestina, «Espada de Jerusalén»). ‎El presidente de la Asociación de Ayuda Psicológica de Israel ha reconocido «un aumento ‎sin precedentes en el nivel de terror en la sociedad israelí, ya hemos recibido más de 6 000 ‎solicitudes de ayuda y tratamiento en varias partes del país». A eso hay que añadir que «más de ‎‎4 000 israelíes han solicitado una indemnización por daños a sus hogares, muebles, vehículos y ‎propiedades».‎

Netanyahu dijo no hace mucho, regodeándose del establecimiento de relaciones diplomáticas con ‎varios países árabes, que Israel no es una potencia regional sino una superpotencia. Puede que ‎lo que tuviese en mente es el «Gran Israel», el plan sionista de anexar partes de Líbano, ‎Jordania, Siria, Egipto, Irak y Arabia Saudita y que hoy pasaría por hacer de estos países vulgares ‎vasallos –algunos, como Egipto, Jordania, Omán, Marruecos, Emiratos Árabes Unidos y Arabia ‎Saudita, con quien Israel lleva hablando y negociando 15 años, ya lo son. ‎

Pero esos aires de superpotencia son vanos puesto que la resistencia palestina ha desnudado, ‎al tiempo que ha roto, su mito y su prestigio. Está pasando lo mismo que cuando los grupos ‎armados judíos atacaban al imperio británico –poniendo bombas en hoteles llenos de gente, ‎por ejemplo. Lo hacían no para derrotarlo, sino para romper su prestigio y su mito. Ahora Israel ‎recibe su propia medicina: los palestinos han roto el mito.‎

Fuente: CEPRID Nodo50