Jenny Cárdenas dijo alguna vez que nos estamos yendo a la mierda pero bailando. En Esito sería, la película de Julia Vargas Weise estrenada el miércoles pasado, sucede algo parecido aunque esa mierda se acarrea y termina por ser aceptada de modo cíclico como un “carnaval metafórico de la vida”, en palabras de la propia directora. La fiesta se acaba, la realidad golpea, llega el momento de las despedidas, y del retorno a la vida normal.

El largometraje registrado en digital reúne una serie de elementos del exótico perfil boliviano, y los exhibe de sobremanera concluyendo con cada una de las historias que inteligentemente entrelaza. Una sociedad aparentemente estancada, anacrónica y perniciosa, y que vive sus rituales con la única pasión que es capaz de motivar su existencia, la fastuosa celebración que implica devoción, entrega, repudio, arraigo, música, bebida, comida, y baile. Esito es Bolivia.

No por nada, hace exactamente un par de semanas, la Oficialía Mayor de Culturas se solazaba por la publicación de un folleto que anuncia las más de 500 Entradas paceñas.

Sinopsis, yap’s

Las limitaciones del formato digital (nitidez e iluminación) que se advierten apenas iniciada la historia, se pasan por alto ante la calidad estética que muestra el filme desde su primer cuadro en el que aparece una careta de diablo, imagen que bien podría simbolizar toda la carga narrativa de la película, pues qué mejor retrato que la del díscolo y tentador cornudo para explicar el pandemonio que se viene.

El guión parece tener como historia central la relación entre un músico argentino de conservatorio de nombre Gaude (José Cobrana), y un colega boliviano de una banda de Oruro que intenta un último contacto con su amigo, pues una enfermedad que acarrea desde sus trabajos en la mina empieza a pasarle la factura. El boliviano había quedado en la memoria del argentino por que aquel, en Buenos Aires, le aseguraba que retornaría a su tierra porque para él, la música era lo más importante.

Ese punto de ataque es soberbio y directo, con secuencias verosímiles y justas, logrando la total complicidad del espectador boliviano que reconoce de entrada aquellos sus rituales descritos.

Pero una vez que el argentino inicia la búsqueda de su viejo colega en Oruro, ciudad próxima a celebrar su Entrada de Carnaval, el hilo narrativo -gran logro de la guionista, que es la misma directora- se bifurca y en otras historias paralelas que se hilvanarán entre sí, pero continuarán girando sobre el mismo eje central, el gran corso folklórico, sin ningún tipo de omisiones.

Una de esas narraciones tiene por conflicto la relación de una pareja que representa la pugna entre el etnocentrismo occidentalizado, por un lado, y el apego a las tradiciones mitológicas o al ocio de los rituales folklóricos, como quiera entenderse. Un dilema tan engorroso en una sociedad como la nuestra.

Otro de los personajes secundarios con secuencia propia vive atormentado por su pasado -del que quisiera despojarse- presentado simbólicamente a través de sus pesadillas. El aturdido y despersonalizado individuo (Jimy López), de nombre Miguel Ayaviri cambiado a Mike, hace recuerdo a algunos pasajes del sargento Maisman en La nación clandestina de Sanjinés, al intentar vanamente sepultar sus raíces indígenas con un comportamiento de protocivilizado.

El marginado, aquel que vive a la sombra de la celebración pero que aún así es partícipe del acontecimiento mientras éste le permita soñar, también tiene su lugar a través de un costurero horripilante llamado Raimundo.

Otros personajes, muy bien construidos, alimentan lúdicamente al relato y en ningún momento la intervención de éstos es fallida. El papel de Gregorio por ejemplo -un hombre mayor empecinado en participar en la Entrada- es una metáfora del enorme significado que tiene, para un gran sector de la población, esta y todas las celebraciones paganas. Toda esa carga encasilla a la obra dentro del realismo crítico social, una especialidad y orgullo del cine boliviano.

Bailar o morir

La fotografía exhibe el colorido folklorista de tamaño acontecimiento, y los paisajes de una ciudad detenida en el tiempo, como es Oruro, que sólo cobra vida con el desenfreno que despierta la devoción hacia su sagrada patrona, la Virgen del Socavón. Es así como las diversas historias permiten soñar, sin reglas ni límites establecidos, a sabiendas de que toda aquella fantasía inevitablemente llegará a su fin.

La edición final introduce tanto planos generales como secuenciales, una de estas tomas, que imprime a los miles de músicos tocando en la diana orureña, es sencillamente estremecedora. Pero la directora también se preocupó por captar primeros planos y cortes de plano con el objetivo de conmover y acelerar el hilo narrativo. Por otro lado, la producción es digna de elogio, pues se presentan escenas muy bien montadas (pesadillas de Mike), e imágenes en La Paz, Oruro, del Teatro Colón en Buenos Aires, y Nueva York, algo poco habitual en una producción nacional.

La película también muestra algunas taras y mañas de la sociedad boliviana con un toque de humor criollo. El administrativo facineroso, el cura benigno e interesado, el cholo renegado, el negociante pagano, la mujer reprimida, el niño predestinado a una vida miserable, están presentes en la narrativa. Pero aquel contexto de libertinaje es también propicio para el romance de todo tipo (maduro, efímero, pasional, a la danza, a la comida, a la vida), en una suerte de contexto aparte, pues el carnaval es el stand by de un pueblo, en un país, de carácter indolente.

El hecho de contar con un modesto equipo actoral -lo cual no quiere decir que el desenvolvimiento de ellos haya sido poco eficaz, todo lo contrario- juega a favor de la película, pues la hace más verosímil y rutinaria que a lo que algunos directores nacionales nos tienen acostumbrados, cuando recurren a las mismas caras. Además de los ya nombrados, destacan la belleza colla y la actuación de Claudia Coronel, la actitud y juventud de Pablo Aguilar que hace del “feúcho”, María Peredo que encarna a la hermana huérfana, Judith Antezana quien se roba parte de la pantalla desde su papel de solterona que ve pasar otro carnaval sin el amor soñado, Edwin Morales, el viejo que se sale con la suya pese a la intoxicación alcohólica, y los niños Elmer Romero, el lustrabotas que sueña con tocar la trompeta, y Vanessa Herbas, con un fugaz pero encantador papel de titiritera. Y aunque lo de Gery Sandóval es a momentos exagerado (seguramente porque es más humorista que actor), todo el equipo de actores es un jubiloso acierto. Las soluciones de cada una de las narraciones son convincentes, pero la resolución final de la historia de Mike es la catarsis de Esito sería. El personaje nos enseña que podemos refinarnos, modernizarnos, pintarnos la cara, disfrazarnos, renegar de nuestro pasado y escapar a lugares lejanos, pero lo que jamás podremos hacer, lo dice bien claro, es escapar de nosotros mismos.