Red Voltaire
Dólar

¿Fin de la hegemonía?

La caída del dólar ante el euro ha sido contundente desde octubre de 2000 hasta finales de 2004: la moneda europea se valorizó en un 65%: de $ 0,82 a $1,36 y, según la revista conservadora The Economist, prevee que pronto llegará a 1,70 dólares. La devaluación de la moneda universal se refleja en el alza de precios del comercio internacional en dólares, pero ¿cuál es la importancia de su caída para el mundo y EE.UU. en particular?

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George W. Bush, en esa época candidato presidencial republicano, recibiendo billetes de dólares en apoyo al colegio Charleston, 11 de febrero 2000.

La devaluación de la moneda universal se refleja en el alza de precios del comercio internacional en dólares, pero ¿cuál es la importancia de su caída para el mundo y EE.UU. en particular? André Gunder Frank, en su artículo «Meet Uncle Sam: marching on without clothes» publicado en internet, señala que el poder hegemónico de EE.UU. se sostiene sobre el dólar y el Pentágono. Entonces, con su caída estaría en juego su hegemonía. Otro tanto hace Fred Bergsten, director del Institute for International Economics en Washington, quien advierte en el The Economist del 11 de septiembre de 2004 sobre las consecuencias nefastas para la economía mundial en general, especialmente EE.UU.

Sin duda, cada vez más autores de la élite norteamericana temen la caída del imperio con el fin de la era del dólar como moneda-reserva internacional: Peter Peterson, Secretario de Comercio de Nixon, advierte en la revista conservadora Foreign Affairs, en su edición de sept.-oct. 2004, sobre el inminente peligro del colapso del dólar y la posible caída del imperio. Lo mismo hace Harold James, autor de The end of globalization: Lessons from the Great Depression y quien compara la caída británica por el hundimiento de la libra esterlina en septiembre de 1931 con la caída estadounidense a partir de la actual crisis del dólar. Y Robert Samuelson afirma en Newsweek, ISSUES 2005, que con el actual déficit fiscal gringo peligra el dólar como moneda-reserva, y desde ya se vislumbra que el imperio se hace incapaz de imponer su voluntad al mundo.

Es arriesgado predecir el ocaso del imperio, afirma Fred Kaplan (The New York Times, en-05), pero -aclara- las señales a fines del año 2004 son ominosas.

Como potencia económica, EE.UU ya no establece reglas del juego, y menos domina el actual juego de poder. Como potencia militar tiene una capacidad armamentista de primer orden pero cada vez le es más difícil traducir esta supremacía en influencia. La amenaza de un colapso tiene connotaciones políticas. El euro se diseñó para desafiar al dólar en lo financiero y comercial, mientras la rivalidad EE.UU-China es una ambición política explícita en lo productivo.

Euro vs. dólar

Pese al aparentemente rápido éxito militar en Iraq, el dólar estadounidense aún debe mostrar beneficios como paraíso monetario. Muchos cambistas esperaban el fortalecimiento del dólar con las noticias de una victoria, pero el capital ahora huye del dólar, sobre todo hacia el euro. La guerra en Iraq era una necesidad estratégica para la continuidad del poder estadounidense por otras cuantas décadas, pues al reposar su dominación en la superioridad militar y el dólar, para EE.UU resulta estratégico preservar su moneda como la de reserva, privilegio logrado a finales de la Segunda Guerra.

Desde la crisis de petróleo, EE.UU logró en 1975 que la OPEP aceptara comercializar su petróleo sólo en dólares. Un acuerdo militar secreto para armar a Arabia Saudita fue la contrapartida (internet, William Engdahl, «Un nuevo siglo americano: Iraq y la guerra oculta entre el euro y el dólar»). Hasta noviembre de 2000, ningún país de la OPEP violó la regla de los precios en dólares. Los europeos, en especial Francia, alentaron a Saddam Hussein a desafiar a EE.UU transando el «petróleo por comida» de Iraq sólo en euros, que estaban en una cuenta especial de Naciones Unidas del principal banco francés, BNP.

El movimiento monetario de Iraq era pobre, pero de difundir la política podría crear pánico de venta de dólares en la banca central y los productores de la OPEP. En noviembre 2000, Iraq hizo efectiva esa política, Irán en 2002, y en diciembre Norcorea cambió sus reservas a euros. Casualmente, esos países son números 1, 2 y 3 en el «Eje del Mal».

Rusia ya exportaba en 2001 la mitad de petróleo y gas en euros, y había negociaciones para que el comercio bilateral con la UE fuera en euros. Para Estela Dawson, la presencia del euro en las reservas internacionales subió en 45% en 1999-2003, logrando 20% de las reservas internacionales en 2003.

Existía el peligro de que los países de la OPEP adoptaran el euro en bloque, lo cual significaría la caída libre del dólar. Esto causa pánico en EE.UU, que considera que los países que atemorizan su élite son terroristas y merecen entrar al «Eje del Mal». La «guerra contra el terrorismo» es cortina de humo: lo de Iraq fue una advertencia: EE.UU mostró, a punta de misil, su disposición para evitar una caída brusca del dólar.

Si bien la guerra en Iraq no daba resultados político-militares, EE.UU prosiguió en 2004 la guerra euro-dólar, y en noviembre de ese año dejó que el dólar cayera cuando el Banco Central ruso anunció sustituir parte de sus reservas por euros. La fábula oficial: EE.UU mejorará así su posición comercial, pero la caída del dólar no reducirá el déficit comercial, ya que el déficit en la cuenta corriente no deja de crecer. Baja es la «productividad de trabajo». EE.UU es tan poco competitivo que importa (de China) productos a un 30% o menos de lo que le valdría producirlos.

El valor agregado de esas importaciones al PIB gringo alcanza el 70%, al venderlas al 100% de su valor en el mercado interno, sin que cueste trabajo alguno. Y por tener una moneda de reserva mundial, EE.UU importa a crédito gratuito, mostrándo alta productividad de trabajo y ganancias. Al caer el dólar no podrá competir (con China), no caerán sus importaciones, y lo tumbará ese mágico «valor agregado» con su «fabulosa» tasa de ganancia.

A tiempo que la FED dejó caer al dólar a fines de noviembre 2004, Bush logró en diciembre que el Congreso subiera el techo del déficit fiscal a U$8,2 billones, beneficiando a transnacionales y capital financiero de USA. El Dow Jones subió al instante. Tal política cambia un aumento en la ganancia privada por un gigantesco incremento en la deuda. Con el Dow Jones en subida se alimenta por ahora la economía especulativa.

Así, la FED esperaría que el exterior siga invirtiendo dólares en acciones de la bolsa neoyorquina para mantener el nivel del dólar algo más, como se vislumbra en 2005. Pero la deuda gringa no para. Bush transfiere parte del costo de la guerra a sus acreedores extranjeros (internet, Alex Wallenwein, «Gold and the US saving bomb»).

Oriente sostiene a EE.UU.

La caída del dólar no es amenaza externa sino peligro con causa interna. La amenaza no es que el euro quiera sustituir o no al dólar sino que el sistema económico mundial descansa en una derrumbable pirámide invertida de deudas. El peso mayor de la deuda mundial está en los propios EE.UU, con riesgo de colapso financiero. Sumando deuda pública y privada acumulada, EE.UU debe U$ 38 billones, casi el PIB mundial. La deuda del gobierno federal es de U$ 7,5 billones, 65% del PIB, y el Congreso acaba de subir su techo a $ 8,2 billones. La mitad de esta deuda es de EE.UU al exterior.

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En intereses, paga U$ 300 mil millones al año. La deuda de los Estados y gobiernos locales es de U$ 1,6 billones, ascendiendo la deuda pública a U$ 9,1 billones. La deuda privada acumulada de los hogares de USA (hipotecas, tarjetas de crédito, etc.) alcanza U$ 9,6 billones; la empresarial U$ 7,6 billones y la del sector financiero U$ 11,7 billones (internet, André Gunder Frank, “Uncle Sam marching without clothes”, y MW Hodges, “U.S. Foreign Affairs trade and reserve report”).

Eso y menos bastaría para que en otro país la moneda se desplome y la nación viviera una severos ajustes estructurales. Pero desde 1945, como moneda de reserva y pago mundial, el dólar brinda a EE.UU «subvenciones globales», amenazadas al disputarse su liderazgo. Casi el 60% de U$ 1,5 billones diarios de transacciones internacionales se hacen en dólares, ante un 37% en euros; la mitad de U$ 9 billones de exportaciones mundiales anuales de bienes y servicios son en dólares, y dos tercios de los U$ 2,8 billones de las reservas mundiales son en dólares, ante un 20% en euros. La bolsa de valores de EE.UU tenía al iniciarse el 2000 un valor aproximado de U$ 13 billones, y el mercado de bonos U$ 22 billones.

Los dos mercados representan U$ 35 billones. Así, alrededor de un tercio del comercio en certificados de valores se da en dólares. Los extranjeros tienen el 23% (U$ 8 billones) del total de los certificados de valor en EE.UU. (internet, MW Hodges, “U.S. Foreign trade and reserve report” y Frank Shostak, “Does the Fed fight inflation”).

Al tener la moneda mundial y endeudarse exteriormente, EE.UU se endeuda en su propia moneda, que puede emitir. Al emitir para pagar deudas, se exporta el efecto inflacionario. Ningún otro país puede hacer lo mismo. Si alguno emitiera descontroladamente, sufriría un grave proceso inflacionario interno. Pero EE.UU recibe crédito gratuito de casi todos los países que depositan sus reservas internacionales en papeles de valor en dólares. El déficit acumulado en la balanza comercial de EE.UU alcanza unos U$ 6 billones, más del 50% del PIB. Las importaciones de EE.UU llegan hoy al 15% del PIB y las exportaciones a un 8%, y la brecha sigue creciendo (Barry Downs y Hill Matlack, 12, 2004, internet).

Los consumidores a crédito son los que más elevan las importaciones. Hoy, el 21% del consumo gringo es de productos importados, y un 25% del déficit comercial de EE.UU se debe al comercio con China, cuyo Banco Popular con el de Japón -además de otros bancos centrales de Asia que sostienen un superávit crónico en la balanza comercial con EE.UU- acumulan reservas internacionales de U$ 2,2 billones. Para mantener la demanda efectiva de los productos orientales, lo han hecho en su gran mayoría en dólares USA. En los 18 meses de junio 2003 a diciembre 2004, las reservas extranjeras mundiales en dólares aumentaron en un billón de dólares (Luis Uchitelle, “Alto nivel de deuda en EE.UU hace que algunos pronostiquen crisis”, La Nación, diciembre 2004).

Cualquier país con fuerte déficit en la balanza comercial está obligado a controlarlo, garantizando al menos el pago de intereses. Pero EE.UU, al recibir capital gratis en reservas internacionales, puede aumentar su déficit fiscal. Para garantizar su hegemonía, se lanza a una costosa guerra en Iraq y evita que el euro destrone al dólar, pues la economía de guerra favorece a su industria militar, su único sector económico competitivo. En vez de subir impuestos para costear la guerra, los bajó en beneficio del 5% más rico de EE.UU. Así, la empresa privada doméstica ganó con un déficit fiscal creciente.

La mitad de la deuda pública gringa la financian países que mantienen sus reservas en dólares, y la otra mitad se la cobran a los trabajadores de EE.UU. La mitad de esta deuda es negociable en el mercado de bonos y certificados de Tesorería. Casi la mitad negociable (7,5 billones de dólares) está en manos de inversores extranjeros y, a la vez, más del 50% de esas inversiones extranjeras está en manos asiáticas. La otra mitad de la deuda son fondos no negociables, de los que más del 40% proviene del fondo federal de seguro social, hoy en bancarrota. De ahí la política cínica de Bush de privatizarlo. Además, los inversores extranjeros tienen el 13% de las acciones y el 24% de las obligaciones privadas negociables.

Al depreciarse el dólar, las reservas internacionales de Asia perderían valor. La conservación de las reservas asiáticas en dólares permite por ahora que EE.UU siga importando productos y servicios. Pero las pérdidas subirán. Con los ingresos de sus exportaciones, Asia logra más bonos en dólares y financia a crédito la gran demanda gringa de productos asiáticos. El problema de los asiáticos se agravará, pero si éstos diversifican sus reservas al comprar otras divisas, provocarían una caída rápida del dólar. Todos quieren seguir ganando y todos creen que pueden salvarse. Al caer el dólar, el primero que venda podrá salvarse, pero la masa de capital que llegue sufriría enormes pérdidas.

Si los países asiáticos adoptaran el euro como opción substitutiva de reserva internacional, la importación gringa se reduciría y la importación europea subiría. La adquisición masiva de euros como reserva internacional en vez de dólares aumentaría el precio del euro aún más. En términos geopolíticos, la confrontación transatlántica resulta menos directa con la sustitución del dólar por una canasta de monedas, sin excluir al dólar. El euro no representa puerto seguro, y EE.UU hará lo posible para demostrarlo. Más probable es la sustitución del dólar por una canasta de monedas en que estén el euro y el yen, y eventualmente el yuan junto al dólar. El papel del oro como reserva internacional es ascendente.

Peligrosas tasas de interés

Los gobernantes pueden intervenir e intervienen para posponer la crisis. Es más: al posponerla con una creciente pirámide invertida de deudas, será más profunda. La caída libre del dólar es cosa de tiempo, y la detonación puede darse no en el Golfo Pérsico sino en EE.UU, y en 2005 con la caída de la burbuja inmobiliaria. La recesión mundial anunciada con la crisis bursátil de 2000 y 2001 se amortiguó al intervenir con una baja general de las tasas de interés mundial, a partir de su baja permanente en EE.UU.

Un aumento de las hipotecas, con bajas tasas de interés en el sector inmobiliario, liberaba dinero para consumo. La baja de las tasas de interés permitió usar más intensivamente la tarjeta de crédito. Así, la creciente deuda privada de los hogares mantiene la demanda efectiva nacional en EE.UU. El consumo privado representa el 70% de la demanda total en la economía estadounidense.

La deuda privada de los hogares de USA en los últimos años llega al 90% del PIB (The Economist, diciembre 11, 2004). En la UE, esta cifra es del 50%. Es decir, mientras se fomente la demanda nacional por consumo con bajas tasas de interés, se puede mantener a flote la economía, pero esta tendencia no puede ser infinita.

La baja en las tasas de interés originó una nueva ola especulativa: la de bienes raíces, que dura varios años y es insostenible. Nunca en la historia del capitalismo los precios de inmuebles subieron tanto en términos reales y en tantos países a la vez. En 11 de 20 países industrializados, el aumento relativo en el precio de inmuebles en el último año era de dos dígitos. Los precios de inmuebles están entre 40 y 60% sobre su valor en Australia, EE.UU, España, Francia, Holanda, Irlanda, Nueva Zelanda y Reino Unido. Si a la lista se agregan países como China, Rusia y Sudáfrica, donde los precios de inmuebles en 2004 también subieron a una tasa de dos dígitos (The Economist, sept.-04), las dos terceras partes de la economía mundial enfrentan una crisis inmobiliaria.

La economía de EE.UU se hunde

Algunos piensan que la alza de inmuebles no llegará a su fin. Pero el FMI advierte que todo lo que sube el mercado inmobiliario mundial en los últimos años tendrá que caer. Japón ofrece un cuadro ilustrativo y alarmante de lo que puede suceder mundialmente al terminar la ola especulativa: durante el boom especulativo de siete años que antecedió a la recesión japonesa que estalló en 1991, sus propiedades subieron un 36%. Pero los precios han caído en 35% desde entonces, con un período de recesión crónica. En la ola especulativa de los últimos siete años en las naciones nombradas y que son las dos terceras partes de la economía mundial, el precio de las propiedades subió más que en Japón: superior al 100% en países como África del Sur, Nueva Zelanda, España, Reino Unido, Irlanda y Australia, y más del 50% en EE.UU, Italia, Suecia, Bélgica, Holanda y quizá China.

De darse la crisis inmobiliaria, se presentará la primera crisis global en el capitalismo, con un impacto difícil de imaginar. Ocurrirá al empezar a subir más o menos aceleradamente las tasas de interés. La Reserva Federal de EE.UU ha subido desde junio de 2004 la tasa de interés. En medio año, la tasa se duplicó al pasar de junio a diciembre del 1 al 2,25%. Tanto William Engdahl (¿Un nuevo siglo americano?: Iraq y la guerra oculta entre el dólar y el euro), como Eric Hommelberg (Gold and inflation negative real rates) esperan que para los préstamos a largo plazo en EE.UU rijan tasas de dos dígitos. Si esa alza en las tasas de interés no causa una caída inmediata en los precios de los inmuebles, la misma provocaría una brusca contracción en la capacidad de consumo, y una contracción en los préstamos hipotecarios y de crédito en general limita inevitablemente la demanda. Una caída brusca en la demanda causará fuerte recesión en EE.UU. El 21% de la demanda gringa son importaciones. Cuando ese consumo se contrae bruscamente, también lo harán las importaciones. El realce en el consumo no estimuló la producción en EE.UU: fomentó la importación de Asia. El consumo a crédito disparó el déficit en la balanza comercial de EE.UU. Los países asiáticos no cobraron sus exportaciones sino que mantuvieron el dinero en EE.UU como préstamo. Buena parte del saldo a su favor lo invirtieron en bonos del Tesoro gringo como reservas internacionales. Su finalidad es financiar la demanda efectiva.

Crisis global del sistema

El riesgo, con la devaluación del dólar, es la progresiva desvalorización de la inversión asiática. Para atraer los dólares que cubran el déficit, la reserva federal sube las tasas de interés, haciendo caer la demanda en EE.UU, y las importaciones asiáticas. Entonces, Asia retirará sus dólares y el precio del dólar colapsará. La gran oferta de productos y servicios buscará mercados por doquier y a cualquier precio. La deflación o caída de precios es consecuencia inevitable. Para evitar la crisis, EE.UU presiona a la Unión Europea para que introduzca una política más laxa y sus ciudadanos compren a crédito e hipotequen su futuro. Ello será factible si EE.UU acepta que el euro sustituya al dólar como moneda-reserva. Pero, aunque en Europa la deuda hipotecaria de los hogares es más baja que en EE.UU, el alza en los precios de sus inmuebles (entre 100% y 150%) es el doble que en EE.UU (65%) en los últimos siete años (The Economist, dic.-04).

Hay presiones para que el Banco Central Europeo (BCE) baje las tasas de interés, pues hacerlo pospondría teóricamente la crisis, aunque fomentaría la deuda hipotecaria y dispararía los precios inmobiliarios. Las tasas de interés real en la UE, restando el efecto inflacionario, ya están por debajo de 0 en la UE. La crisis desde la caída en la demanda del consumidor, en otras palabras, resulta inevitable. El proceso deflacionario derivado recorrerá el mundo y no en último lugar al continente asiático. A partir del euro encarecido, las exportaciones europeas serán afectadas. Así, la crisis gringa generará reacciones en cadena, desembocando en crisis global que significa una crisis de las transnacionales que para la colocación de sus productos y servicios depende del mercado internacional. Esto significa una crisis bursátil mundial, y por primera vez una crisis del sistema como tal.

Al perderse la confianza en una economía, no hay moneda de reserva que brinde puerto seguro. La compra de oro y otros metales será espectacular. Su precio, que en los últimos años muestra signos de aumento, se disparará, y la especulación en metales se acentuará. Cuando ello ocurra, el refugio de capital no fomentará demandas efectivas de bienes y servicios sino que las contraerá más. La especulación en el mercado de metales preciosos acentuará la sobreproducción. El proceso deflacionario recorrerá el mundo como nunca en el capitalismo. Con ello, la depresión mundial será tan profunda que se generalizará la crisis de pago de las deudas en el mundo. Al caer los ingresos y aumentar las obligaciones, el encadenamiento en la crisis de pago llevará al colapso del sistema financiero global.

Ver también: Supremacía del dólar.

El tendón de Aquiles de los Estados Unidos.

La instauración del mundo unipolar se hace actualmente a través del conflicto iraquí y la destrucción de la ONU. Pero la guerra en Irak esconde otra guerra: la del control de la moneda.

Wim Dierckxsens

Investigador del Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI) en San José de Costa Rica y miembro del Foro Mundial de Alternativas (FMA)

 
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