JPEG - 19.1 KB
Guayasamín, Ternura, 1989

Las misiones sociales y productivas han demostrado avanzar en la superación de los distintos problemas estructurales que la sociedad venezolana padece. Por ahora se ubican como una de las tantas alternativas que la revolución bolivariana esta ofertando para superar la severa exclusión social. De institucionalizarse las misiones pasarían a conformar parte de las nuevas formaciones sociales de la población venezolana.

Se trata de evolucionar hacia una nueva civilización, aminorando los distintos antagonismos que se han venido dando, superándolos en su esencia. Por ejemplo, la nueva producción social que viene en camino, basada en nuestra constitución bolivariana, nos exige satisfacer equitativamente las necesidades esenciales humanas desde las perspectivas del desarrollo sustentable.

Este nuevo socialismo abarca relaciones de otro tipo con la naturaleza y el ambiente, integrándose con otro nivel de desarrollo de la cultura material y espiritual. Los resultados de las actividades socioculturales de la sociedad de un nuevo tipo, han de tener implícito su papel en la solución de los problemas globales y locales ambientales que en nuestra época nos agobian. Estamos convencidos que allí se centra el nuevo progreso social o la nueva producción social de la humanidad.

Acá estamos en deuda con el proceso revolucionario bolivariano, la vanguardia ejecutiva debe, responsablemente y en serio, revisar su accionar por cuanto no vemos se le hayan presentado al presidente Chavez un caudal de ideas y propuestas alternativas de avanzada en el devenir del proceso revolucionario, como puede serlo la endogeneidad.

La civilización del trópico

El Presidente Chavez en el Aló Presidente del 15 de marzo último retomó el pensamiento del brillante pensador merideño Alberto Adriani de conocer, evaluar e investigar lo que es, contiene e implica "la civilización del trópico". Adriani percibía que el cinturón tropical que sustenta sólo el 7% del territorio del planeta posee unas envidiables condiciones materiales, ambientales, ecológicas, culturales y sociales dignas de ser potenciadas como las bases materiales del desarrollo económico social, entendiéndolo desde la perspectiva del nuevo socialismo que debemos inventar.

En la "civilización del trópico", se concentran 87 países (incluyen islas), catalogados como subdesarrollados. Albergan una población de más de 752.156.418 habitantes, con más de 500 expresiones culturales, significantes variantes religiosas y múltiples actividades productivas que parten de sus recursos naturales. Principalmente, el 85% de la biodiversidad total que se consigue en el planeta Tierra se concentra en el cinturón tropical. Se calcula que unos 10 millones de especies viven sobre la tierra, y los bosques tropicales albergan entre 50% al 90% de ese total.

Se ha estimado que la biosfera contiene 2.4 x 1012 toneladas métricas de fitomasa (materia verde húmeda y seca), que en términos energéticos representan más de 1.0 x 1018 kilocalorías. El 28% de esa fitomasa del planeta se encuentra fijada en los bosques, de los cuales un poco más de la mitad son bosques o selvas tropicales donde la producción de fitomasa constituye cerca de 30 toneladas métricas por hectárea.

Así, se estima que 56% de materia vegetal está localizada en las zonas tropicales del planeta, como una productividad primaria calculada en 1.72 x 1011 toneladas métricas anuales, que significan una tasa de formación de fitomasa de 6% a 7%. De ésta, 60% se produce en la zona intertropical, y el 45% en el trópico cálido húmedo [1].

La riqueza tropical latinoamericana nos presenta cifras que debemos utilizar racional y ambientalmente: el 23% de la tierra es potencialmente arable; 12% de los suelos son cultivables; 17% de las tierras son aptas para crianza; 23% de los bosques (46% de selvas tropicales); 31% de agua superficial utilizable; 19 % del potencial hidroeléctrico mundial usable y sólo mantiene el 8% de la población del mundo. [2].

En Latinoamérica se han decretado países megadiversos: Brasil, Colombia, México, Perú, Ecuador y Venezuela, sostienen el mayor número de especies mamíferas, aves y plantas del mundo. Brasil es considerado el país del mundo con mayor biodiversidad de especies, cultivadas son aproximadamente 55.000 especies, seguido por Colombia con alrededor de 45.000. Estas cifras son significantes si tenemos en cuenta que en Europa no existen más de 13.000 especies y en Norteamérica se calcula que 23.000. Perú alberga 84 de los 103 tipos de zonas de vida que existen en la tierra. En la Amazonia noroccidental se han aprovechado unas 2.000 especies de plantas para la producción de medicinas naturales. El río Amazonas contiene, según se estima, 3.000 especies de peces, o sea apenas el 25% que el número total de mamíferos del mundo. Por otra parte, la biodiversidad del agua dulce es una de las que menos se conoce en el mundo.

Se calcula que unos 10 millones de especies viven sobre la tierra, según estimaciones más precisas, los bosques tropicales albergan entre 50% al 90% de ese total.

La alta productividad de los ecosistemas tropicales se explica no sólo por la abundancia de recursos energéticos y de agua, sino también por las características de la inmensa diversidad genética que sus plantas poseen, las cuales se encuentran en jaque y perseguidas por las empresas trasnacionales fármaco-alimentaria-transgénicas. Este sector liderizado por la empresa Monsanto invierte inmensas, multimillonarias sumas de dólares en investigaciones aplicadas sobre el conocimiento del oro verde, como ellos llaman a la biodiversidad, sin permitir a través de diferentes medios que nosotros, la civilización del trópico, podamos potenciar nuestra propia riqueza.

¿Ciencia y tecnología para el trópico?

Chavez no se cansa de motivarnos y alentarnos en avanzar en la independencia científica y tecnología que este proceso revolucionario exige. Una ciencia y tecnología con pertinencia social, que rompa con la fatua y ridícula hegemonía elitista e individualista de muchos científicos venezolanos que se han consolidado en letargos rincones del saber universitario y lamentablemente no han podido trascender y avanzar en los nuevos conocimientos científicos particularmente en el área de la agricultura. Los profesionales investigadores del agro venezolano en su mayoría, no han valorado en su justa dimensión las condiciones de nuestra biodiversidad agrícola tropical, no quieren aceptar los importantes avances que entre los pequeños productores con mínimos recursos, está aportando la biodiversidad en la recuperación y mantenimiento de los suelos, en la protección de las cuencas hidrográficas y la receptividad frente a estrategias integradas de control de plagas. Más aún, en su justa dimensión no hemos valorado ni investigado las bases materiales necesarias para el surgimiento y desarrollo de una nueva u otra formación socioeconómica, basada en formas alternativas del manejo integral y aprovechamiento de los recursos del trópico. En la biodiversidad agrícola estudiada e investigada en otros países tropicales encontramos otra riqueza más.

Por ejemplo en el Caquetá, Colombia, se identifican aproximadamente unas 75 especies cultivadas en las chacras (conucos). De las plantas cultivadas sobresalen 17 especies de hortalizas y 21 de frutales. Los cultivos que presentan mayor diversidad intraespecífica son yuca brava (56), yuca dulce (20), mafafas (8), piña (35), guacure (20) y chontaduro (13) [3]. En la misma Colombia, en diferentes pisos agroecológicos, se encuentran 284 especies de frutales [4]. En el Perú más de 40 especies vegetales se encuentran en 18 zonas agroecológicas diferentes.

En México, estudios sobre el uso múltiple en las zonas tropicales cálido-húmedas corroboran un esquema de producción para una sola comunidad campesina, la cual en un área de producción de 1.200 hectáreas podría aprovechar hasta 435 especies de vegetales y animales y obtener casi 800 productos de los cuales 299 son alimentos [5]. En Venezuela, en el pie de monte barinés se han reportado el uso de 62 especies de plantas vegetales manejadas en tres hectáreas.

Sostenemos que gran parte del desarrollo de las fuerzas productivas del proceso revolucionario venezolano, deba fundarse en el conocimiento de las condiciones naturales de los ecosistemas, de los ciclos geohidrológicos, de energía y de nutrientes, así como las cadenas tróficas de las especies florísticas y faunísticas, de sus transformaciones biotecnológicas (no transgénicas) y del uso termodinámicamente eficiente de la energía.

Se basa en la posibilidad de optimizar la productividad primaria de los ciclos biológicos (con un ahorro considerable de energía en la producción) y de generar tecnologías apropiadas para transformar esos recursos de modo eficiente, elevando la productividad ecotecnológica de los procesos productivos así como evitando los efectos ecodestructivos y las economías externas generadas por los procesos tecnológicos altamente capitalizados (1), como es el caso del monocultivo agrícola.

Por ello, los nuevos enfoques de la agroecología refuerzan el desarrollo humano interior, las capacidades de las comunidades productivas para lograr un desarrollo endógeno fundado en el aprovechamiento integrado de los bosques y de las selvas tropicales, bajo los principios de la autogestión comunitaria y el uso ecológicamente sustentable de los recursos naturales.

La diversificación de la producción

La civilización del trópico se fundamenta en "la diversificación de la producción" y se materializa en la agricultura tropical sustentable. Es de allí que comenzaremos a hacernos menos dependientes de la renta petrolera y de la economía extractiva, la que nos ha hecho también depender de la importación de aproximadamente 70% de los alimentos que consumimos.

La nueva sustentabilidad económicasocial -que se expresa en el preámbulo y en 34 artículos de nuestra constitución- necesariamente debe basarse en los principios de gestión ambiental y en el manejo integrado de los recursos. Debe ser una economía fundada en la diversidad biológica de la naturaleza y de la riqueza cultural del trópico; equilibrada, justa y productiva.

Una economía que nos permita el derecho al disfrute, en la obligación ética y ecológica de administrar, desde lo micro, lo cotidiano y lo local, los ingresos y las riquezas con sentido de justicia, honestidad y sustentabilidad, para preservar nuestros espacios regionales. Para que lo que hagamos podamos disfrutarlo social y económicamente en el presente, garantizándo las mejores condiciones de vida para las generaciones del futuro.

Esta nueva economía venezolana, emerge en un proceso revolucionario; priorizando los actores populares como los trabajadores, campesinos pobres, las capas medias, sectores burgueses que no están vinculados a sectores monopólicos y al capital transnacional. Plantea, asimismo, nuevas alianzas estratégicas entre la propiedad estadal y la forma asociativa de producción, de autogestión, con formas de propiedad colectiva o mixta.

La propiedad privada debe comenzar a expresar su función social, fundada en la solidaridad y no en la promoción de la máxima ganancia, la cual depende y se afianza en el egoísmo, lucro y beneficio desmedido, en la ventaja y especulación, valores promovidos por la ideología neoliberal y liberal, contrarios a los de la civilización del trópico.

[1] Leff, Enrrique « Ecología y Capital», Siglo XXI, México. 1994

[2] Comisión de Desarrollo del ambiente de America Latina y el Caribe. Nuestra Propia Agenda. BID.1990

[3] Velez German. «Las Chacra: Patrimonio Colectivo de las Comunidades Indígenas». Diversidad Biológica y Cultural, Colombia 1998

[4] Núñez Miguel Ángel, « Manual de Tecnicas Agroecológicas». PNUD-IPIAT, Venezuela 1997.

[5] Toledo Victor « Ecología y Autosuficiencia Alimentaria», Siglo XXI, México. 1995