I

La nueva Era de la Humanidad

Al acercarse los años finales del primer lustro del siglo XXI, podemos constatar con esperanza que se está construyendo una nueva era de la humanidad. Esta nueva era se caracterizará por el colapso del imperio hegemónico mundial de Occidente, encarnado en su última representación, el gobierno de los Estados Unidos en su forma más decadente: George W. Bush y su mafia de mercaderes mentirosos y corruptos.

Es posible que nazca una nueva visión de las relaciones mundiales fundamentada en la formación de bloques regionales cuyas relaciones estarían basadas en la solidaridad y el intercambio, convirtiendo las desigualdades económicas en fuente de colaboración entre estados para así resolver el peor flagelo de la humanidad: el hambre que genera violencia social, miseria material y espiritual.

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Miguel Angel BIazzi, Interludio

II

Civilización, Progreso y Pueblos Elegidos

Desde finales del siglo XVIII, la burguesía triunfante con la Revolución Francesa impuso a la sociedad una visión del mundo basada en la aceptación de los cambios políticos como un hecho normal del desarrollo de la sociedad, y del poder popular como fundamento de la soberanía de las naciones. De esa nueva visión del mundo nacieron las tres ideologías decimonónicas que habrían de dominar posteriormente las luchas políticas del siglo XX: el conservatis¬mo, el liberalismo y el socialismo.

La consideración de los cambios políticos como un proceso normal del desarrollo social se sumó hacia mediados del siglo XIX con la ideología del progreso social y la teoría de la evolución, biológica o social. De esta manera, se conformó el darwinismo social, paradigma que ha servido para justificar la hegemonía mundial y la expansión colonialista de las potencias capitalistas que conformaban y conforman la civilización occidental.

La ideología del Darwinismo Social consideraba que todos los organismos y sociedades humanas progresaban naturalmente desde las formas más simples de organización hasta las más complejas. En su razonamiento lógico circular, las formas sociales más adaptadas, las más capaces, se hallaban en la parte superior de aquella estructura jerárquica; ello significaba que pueblos más perfectos eran los que habían logrado progresar hasta alcanzar los peldaños más altos de la escala evolucionista.

Referida al mundo político, dicha ideología permitía sostener que aquellas naciones que durante un largo período habían producido el mayor número de individuos altamente desarrollados intelectualmente, energéticos, valientes, patriotas y benevo¬lentes, serían naturalmente las llamadas a dominar a las menos favorecidas, las menos desarrolladas. Este concepto que subyace el pensamiento racista que fundamenta la noción de pueblo británico y del estadounidense como los elegidos por Dios para guiar la Humanidad, se apoya en un axioma según el cual los logros de la raza anglo-sajona, de la cual descienden los ciudadanos británicos y los estadounidenses no han sido superados por ninguna otra raza que haya existido jamás.

III

Civilización, Progreso y Recursos Energéticos

De lo anterior se deduce que los pueblos que vivimos en la periferia de esa raza privilegiada que dicen ser los anglo-americanos, somos todos pueblos bárbaros, menos desarrollados. Según los pensadores griegos y romanos de la antigüedad clásica, como fue el caso de Tito Lívio, los bárbaros eran enemigos del Estado metropolitano, cuya autoridad imperial muchas veces desconocieron hasta finalmente llegar a liquidar el Imperio Romano mismo. Un pensamiento similar parece fundamentar la actual terminología utilizada por los voceros del Departamento de Estado de U.S.A. para desprestigiar a quienes no se humillan ante sus órdenes. Esto se evidencia cuando dicen repetidamente a través de los medios que el proceso de liberación nacional que lidera el Presidente Chávez tiene como finalidad última desestabilizar el Estado Metropolitano, esto es, el estadounidense.

Por supuesto, desconocer la autoridad imperial que Estados Unidos dicen tener por derecho sobre América Latina desestabiliza las bases mismas del imperio, abriendo el camino para reconstruir la Patria Grande y reformular nuevos bloques y alianzas regionales entre los latinoamericanos.

Hoy podemos ver que, bien sea debido a procesos naturales y geológicos, o quizá a secretos designios de la voluntad de Dios, la mayor parte de los principales recursos energéticos y materias “primas que mueven y mantienen la vida del bloque de países que se llaman "civilizados", se hallan en territorios situados, con excepciones, fuera del ámbito territorial del denominado Primer Mundo, en países donde vivimos los pueblos que aquéllos consideran como "bárbaros. Esto es verdad –particularmente- en relación con el petróleo y el gas, recurso energético que mueve y sostiene la economía, la industria, las finanzas, la cultura y la calidad de la vida cotidiana de los países del llamado primer mundo y en general de la sociedad mundial. Pensando incluso en el futuro, las fuentes de energía alternativa y el futuro sustento de la vida de la era post-petrolera, el sol y el agua, se hallan también en la región tropical del planeta, habitada por pueblos "bárbaros".

Por las razones ya expuestas, desde la década de los años cuarenta, el paradigma del Progreso, del evolucionismo social, del darwinismo social dejó de ser explicado, tal cual decía John D. Rockefeller Sr., dueño de la gran transnacional Standard Oil Company, como una expresión de las leyes naturales y divinas [4]. Dentro de esta nueva versión de la ideología neocolonial, el Progreso pasó de ser una cualidad etérea determinada por la excelencia ética e intelectual de un pueblo escogido, a convertirse en una calidad concreta, en una magnitud relacionada con la capacidad que tuviesen los pueblos: a) para aumentar la energía controlada (apropiada, consumida) per capita y por año, b) por el aumento de la eficiencia o la economía de los medios para controlar la energía o ambos. Una sociedad ( civilizada ) progresa, según dichas premi¬sas, en la medida que aumente el consumo de energía no humana y abandone el uso de energía humana ( bárbaros ). De ello se sigue que el progreso se evaluaría a) como la relación existente entre el producto y el trabajo humano invertido para lograrlo (costo beneficio), b) según como se incremente la cantidad de bienes y servicios que sirven para satisfacer las necesidades producidas por, o extraídas de, cada unidad de trabajo humano (mayor plusvalía) [5].

Dicho en otras palabras se trata de aumentar el nivel de explotación del trabajador. El progreso social se aceleraría, pues, en la medida que, disminuyendo el capital invertido, se pueda incrementar la plusvalía extraída de cada trabajador(a).

Los teóricos de la escuela estadounidense de la Culturología consideraban la evolución de la sociedad como un proceso mediante el cual la utilización de los recursos del planeta por parte de la materia viviente se hacía más y más eficiente, determinando que se produjese un flujo máximo de la energía total extraída del ambiente utilizando al máximo la capacidad de la fuerza de trabajo.

Otros teóricos modernos del evolucionismo social añadieron una importante consideración a dicho concepto, estableciendo que si bien la evolución de la materia y del universo marchaba hacia un aumento en la organización y la concentración de la energía, la cultura y la vida marchaban hacia una creciente heterogeneidad  [6]. Ello implicaría que el proceso de concentración y organización del uso de la energía en estas circuntancias no determinaría necesariamente la construcción de un sistema social hegemónico sino de diversos sistemas sociales no hegemónicos, tal como está ocurriendo hoy día con la formación de un mundo multipolar.

Hacia finales del siglo XX, sociedades capitalistas del primer mundo desarrollaron el concepto de la llamada Mundiali¬zación, con el globalismo como ideología que justifica su expansión neocolonial [7], bien sea mediante tratados asimétricos de comercio -tales como al ALCA- o simplemente la ocupación militar de los países, como es el caso de Irak y Afganistán. El objetivo fundamental de la Globalización es controlar y concentrar en manos de las transnacionales la explotación de los recursos de punta tales como la energía fósil (petróleo y gas), el agua y la biodiversidad existentes en los territorios ocupados por los pueblos (bárbaros) de su periferia, utilizar su fuerza de trabajo barata para extraerle el máximo de plusvalía con poca inversión, y disminuir la contaminación de sus propios espacios ubicando las maquilas en los territorios de los "bárbaros".

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Miguel Angel BIazzi, fogones

Las ganancias obtenidas en los países pobres por las transnacionales se reciclan a través de los centros de poder financiero de los países metropolitanos y se vuelve a invertir especulativamente como préstamos en los mismos países pobres. De esta manera, se estrecha la dominación neocolonial y se agranda la brecha existente entre la minoría de países ricos y la mayoría de países pobres, convirtiendo la desigualdad y la injusticia social en una especie de orden natural que le asigna a los pueblos pobres (bárbaros) el papel de consumidores de mercancías, sin ninguna capacidad de decidir sobre su destino.

La entronización del neoliberalismo, de la ideología de la mundalización neocolonial vino aparejada con la teoría del supuesto fin de la historia [8], ya devenida obsoleta, con lo cual se pretendía poner término a la vieja concepción liberal de la naturalidad de los cambios sociales. De acuerdo con esta tesis, la relación de desigualdad social y económica entre el núcleo de países ricos del primer mundo y los países bárbaros de su periferia quedaría, pues, sellada por una ley de hierro cimentada en la superioridad tecnológica y militar del mundo desarrollado.

IV

Cambio Social, Progreso y Socialismo

El Manifiesto Comunista de Carlos Marx también recogió y reformuló en 1847 las propuestas liberales de la Ilustración sobre la naturalidad de los cambios sociales, pero expresados específicamente como el concepto de la lucha de clases:

"…los comunistas apoyan en los diferentes países todo movimiento revolucionario contra el estado de cosas social y políticamente existente…tienen la conciencia de defender ante todo los intereses de la clase obrera por ser la clase que más sufre… Desean mejorar las condiciones materiales de la vida para todos los miembros de la sociedad, hasta para los más privilegiados… no cesan de llamar a la sociedad entera sin distinción, y así mismo se dirigen con preferencia a la clase dominante. Porque, además, basta comprender su sistema para reconocer que es el mejor de todos los planes posibles de la mejor de todas las sociedades posibles…"

Hacia mediados del siglo XIX, la Liga de los Comunistas consideraba que ya existían condiciones revolucionarias en diversos países del hemisferio norte que formaban parte del mundo industrial desarrollado de la época : Estados Unidos, Inglaterra, Suiza, Polonia y sobre todo Alemania la cual se encontraba en vísperas de una revolución burguesa que acentuaría la lucha de clases, preludio, a su vez, de una revolución proletaria. La crisis del capitalismo que precipitó la Primera Guerra Mundial, determinó que la revolución proletaria se produjese en la Rusia Zarista, con un territorio enorme, pero uno de los países tecnológica y socialmente más atrasados de la Europa de entonces.

La tarea del movimiento revolucionario soviético no fue fácil, ya que no se trataba de construir el socialismo sobre las bases del progreso organizativo alcanzado por la clase proletaria en su victoria sobre la revolución burguesa del capitalismo industrial, como hubiese ocurrido si la revolución se hubiese producido en alguno de los países desarrollados como Alemania.

El concepto de revolución elaborado en el siglo XIX por Marx, Engels y otros pensadores marxistas, partía de una concepción evolucionista lineal según la cual las nuevas fases del progreso se iniciarían partiendo desde la forma anterior más compleja. Según esta premisa, la etapa del socialismo industrial, fase superior del progreso social, sólo podía, pues, desarrollarse en los países industriales más avanzados.

El triunfo de los bolcheviques en una sociedad campesina y atrasada como la rusa, contrariamente a lo que esperaban Marx y Engels, planteó un grave problema teórico a sus dirigentes. El Poder Soviético se vio obligado a construir desde su base la infraestructura de una sociedad moderna, al mismo tiempo que enfrentaba militar y económicamente las burguesías de los países capitalistas donde debería haber surgido la revolución proletaria.

Razonando sobre aquel dilema, Trostky [9], avanzó la premisa que el llamaba "el privilegio del atraso histórico". Según dicha premisa, las naciones o civilizaciones "subdesarrolladas" tienen un potencial para evolucionar del cual carecen las naciones desarrolladas. Aunque se vean obligadas a ir a la zaga de los países mas "desarrollados", el privilegio de aquellas "históricamente más atrasadas" es el poder adoptar cualquier conocimiento producido por las más avanzadas. De acuerdo con la ley del Desarrollo Desigual y Combinado, los países "atrasados" no tendrían que repetir obligatoriamente todas las etapas y procesos cumplidos por los "desarrollados", adaptando sus últimos descubrimientos a su propio nivel de retardo histórico tal como está haciendo Venezuela con la ayuda de Cuba en los campos de la organización social, la salud, la educación, el deporte y la producción agrope¬cuaria, entre otros, donde su desarrollo era deficitario.

De esta manera, puede saltarse etapas, saltarse el cumplimiento de procesos productivos técnicos que otros países tardaron décadas para lograr, acelerando el desarrollo de sus fuerzas productivas. Los dirigentes revolucionarios soviéticos, particularmente Lenin, Trosky y Stalin pasaron largos años discutiendo y experimentando sobre la naturaleza del régimen social que debería adoptar la revolución proletaria, etapa que culminó, como todos sabemos, con el triunfo de la propuesta estalinista.

La construcción del socialismo en un solo país se fundamentó en el dominio, control y desarrollo de los vastos recursos naturales y humanos que existían en el territorio de la Unión Soviética, vía un proceso de enorme organización y concentración de la energía de las fuerzas productivas.

Debido a las circunstancias de aislamiento político, económico y tecnológico en las cuales se produjo el desarrollo de la sociedad soviética, éste se manifestó como un proceso específico para las condiciones históricas existentes en Rusia, razón por la cual no pudo tener éxito cuando se trató de imponer a otras naciones de Europa Central y Oriental.

Al no poder tener acceso fácil a las innovaciones científicas y tecnológicas que se producían en los países capitalistas, el costo material del desarrollo fue inmenso, cumplido a costa de la calidad de vida de los pueblos soviéticos. El proceso coercitivo de concentración y organización del uso de la energía fuese humana o no-humana, cono dijimos antes, no consolidó la construcción de un sistema social hegemónico, sino de diversos sistemas no hegemónicos que tuvieron sus epicentros en las diversas repúblicas soviéticas y países del bloque socialista, acelerándose la implosión de todo el sistema cuando ocurrió el colapso del poder soviético central.

En las sociedades de Europa Oriental que formaban la periferia de la Unión Soviética, existían también diversas y antiguas tradiciones culturales muy consolidadas. Existían igualmente burguesías financieras, industriales y campesinas que histórica, política y económicamente estaban muy vinculadas a los países de Europa Occidental, las cuales no habían sido derrotadas por el proletariado de sus respectivos países, sino sometidas por el poder soviético.

Tratar de cambiar súbitamente la naturaleza de dichas naciones, sólo era posible si se les encuadraba dentro de un sistema político que reprimiese las antiguas formas liberales burguesas, como efectivamente ocurrió, pero sin exito. Por esas razones, la ofensiva ideológica y mediática desatada por Estados Unidos, se dirigió particularmente a los eslabones más débiles del bloque socialista: Hungría, Polonia, Checoslovaquia y la República Democrática Alemana. El colapso de los regímenes impuestos a estas naciones se produjo cuando, luego de la muerte de Stalin, la integridad el Poder Soviético había comenzado a agrietarse.

La nueva dirigencia que asumió el poder luego de la desaparición de José Stalin, no tuvo la suficiente claridad ideológica para conducir los cambios sociales que se habían puesto en marcha dentro de la misma URSS hacia un sistema más democrático, el cual hubiese podido conservar los innegables progresos materiales y sociales logrados en siete décadas de construcción socialista.

Al colapsar súbitamente la URSS, sin que existiese un proyecto bien estudiado de transición hacia una situación histórica nueva, dejó al descubierto la debilidad teórica de la praxis socialista soviética, frente al poder material avasallante del capitalismo anglosajón y su ideología neoliberal liderada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Los centros académicos y las corporaciones transnacionales de Estados Unidos, ya habían comenzado a organizar desde la década de los años treinta del siglo XX think tanks con la participación de destacados(as) científicos(as) sociales: politólogos(as), sociólogos(as), antropólogos(as), economistas, etc. para investigar y teorizar la naturaleza de los cambios históricos, la dinámica de los sistemas culturales, tecnológicos y sociales desde la óptica tanto del positivismo y el neopositivismo, como del marxismo y los neomarxismos que se producían en Europa y en Estados Unidos, Asia y América Latina, como medio de producir una respuesta política y económica global frente a un eventual colapso del bloque soviético.

Los(as) intelectuales de izquierda, particularmente los latinoamericanos(as), fueron tomados por sorpresa por el colapso del campo socialista y posteriormente de la Unión Soviética. Perdidas las referencias ideológicas frente al poderoso movimiento totalitario neoliberal que parecía haber sellado toda salida progresista, toda posibilidad de salvar la utopía socialista, muchos(as) optaron por pasarse alegremente, con armas bagajes, al campo del antiguo enemigo capitalista.

V

En 1987 nuestro gran amigo, el desaparecido sociólogo ecuatoriano Agustín Cueva [10], acuciado por la agonía teórica del pensamiento de izquierda en Europa y en América Latina, escribía: "… Nada garantiza que nuestra razón de pueblos oprimidos y subdesarrollados vaya a salir triunfante, al menos en el corto plazo; más esa dosis de incertidumbre inherente a toda lucha tampoco justifica el que claudiquemos de antemano …". Su incertidumbre reflejaba el escepticismo sobre la posibilidad real de contener la formidable expansión económica del capitalismo neoliberal, encarnada para entonces en el régimen hegemónico mundial liderado por Margaret Thatcher y el antiguo artista de cine Ronald Reagan. El colapso del Bloque Socialista, cuyas señales ominosas habían comenzado a manifestarse a raíz de la rebelión de Hungría en 1951 y la Primavera de Praga en 1968, sumergió a los(as) pensadores(as) y dirigentes políticos vinculados a la izquierda marxista en una actitud mezcla de desencanto y desconfianza hacia el futuro que les había prometido el socialismo del siglo XX.

En América Latina, el colapso de la antigua utopía socialista promovió también el ascenso político de una clase político-empresarial neoliberal integrada por antiguos comunistas y socialistas economistas, sociólogos(as), filósofos(as), etc., asocia¬dos(as) con bandas de administradores y gerentes " yuppies " formados e indoc¬trinados en universidades estadounidenses.

Esta claque de funcionarios y gerentes comenzaron a desmantelar y a regalar prácticamente a las transnacionales las empresas productivas y los servicios estatales de salud, educación, comunicaciones, los ahorros de los(as) trabajadores(as), etc., cuya construcción y desarrollo le había costado a los gobiernos nacionales millardos de dólares. Argentina fue un caso emblemático de este pillaje organizado de las propiedades y bienes pertenecientes a los pueblos. México, libre-asociado al Área de Libre Comercio de Estados Unidos y Canadá, representó, además, la triste claudicación de los principios de una Revolución Social que había sido señera para todos los pueblos de América Latina. Por el contrario Venezuela, considerada hasta entonces por muchos latinoamericanos, norteamericanos y europeos como una simple estación de gasolina en el Caribe, fue testigo el 27 de Febrero de 1989 de la primera Rebelión Social contra el neoliberalismo: el Caracazo.

Progreso y liberación nacional

El 4 de Febrero de 1992, día de la rebelión liderada por el comandante Hugo Chávez contra el gobierno neoliberal de Carlos Andrés Pérez, quedará en los anales de la historia de Venezuela como el punto de quiebre que marca el final de nuestro estatus como república libre asociada a los Estados Unidos y el inicio del proceso de descolonización, de liberación nacional y de la inclusión social de la mayoría de pobres que desde hacía siglos estaba excluida de la vida misma.

El camino recorrido pasa por la conquista del gobierno por la vía electoral, la creación de un nuevo proyecto de democracia participativa, protagónica y socialista plasmado en la Constitución Bolivariana de 1999. La conquista del poder entre 2002 y 2003, el cual estaba en manos de una oligarquía político empresarial estrechamente asociada a las corporaciones transna¬cionales que gobiernan Estados Unidos, está marcada fundamentalmente por la recuperación por nuestro pueblo de Petróleos de Venezuela, la consolidación del sistema impositivo, la estabilización política y social del modelo social de gobierno boliva¬riano y la recuperación de nuestra soberanía como país liberado de la neocoloni¬zación imperialista.

Este cambio ha servido para mostrar a nuestro(a)s compañero(a)s de todo el mundo que el socialismo venezolano del siglo XXI puede ser posible, una utopía concreta , enmarcado dentro de un proyecto de integración regional que reúne las posibilidades positivas y creativas de los pueblos de Cuba, Venezuela, Brasil, Uruguay y Argentina. De manera correlativa, la periferia del imperio se ha fracturado después de la Cumbre de los Pueblos en Mar del Plata, Argentina, mientras la metrópolis, Estados Unidos, se acerca al límite de sus posibilidades de expansión acosada por su enorme deuda externa e interna, la incapacidad manifiesta y la inmoralidad de su actual gobierno y la actitud soberbia y belicista de sus élites dirigentes que no alcanzan a comprender la realidad del mundo en el cual viven.

El futuro de Estados Unidos en esta hora, parece ser análogo al auge y caída de los imperios que le precedieron. Estados Unidos, sin embargo no será exterminado como lo fue Roma. Esperemos que simplemente cumplan para sí mismos con lo que reza la introducción de la Constitución de los Estados Unidos de América: "... establecer justicia, asegurar la tranquilidad doméstica, proveer para la defensa común, promover el bienestar general y asegurar las bendiciones de la libertad para nosotros y para la posteridad ..."

Para el logro de esos fines, sería necesario que los estadounidenses cambiasen su estilo de vida actual y se conviertiesen en el pueblo de gente austera, honesta, trabajadora y democrática que siempre fueron. Abolir las causas del belicismo, el despotismo y el militarismo que afectan la sociedad estadounidense actual, no significa cavar la tumba de su nación, sino de las élites irresponsables que, comandadas por George Bush, se convirtieron en émulos del nazifascismo.

La única manera de salvar a Estados Unidos de un colapso económico y social que nos afectaría a todos, es hacer que su gobierno cese de intervenir en la vida y los destinos de los otros pueblos del mundo, que cese de apoyarse en los sectores políticos más reaccionarios, sanguinarios y oscurantistas como es el caso en Venezuela y los otros países del mundo no desarrollado, que trate de abolir las tarifas y cuotas contra la importación de productos y servicios procedentes de países menos industrializados para que estos puedan, a su vez, competir o hasta complementar sus ventajas comparativas.

Si Estados Unidos aprende a compartir solidariamente con el resto de la Humanidad sus logros tecnológicos y científicos, ganará sin duda la raza humana, ganaremos todos, ganará la democracia mundial, se superarán las causas del terrorismo, la violencia y las tiranías. Si no lo hace, habrá desperdiciado estúpidamente su única posibilidad de supervivencia, nuestra posibilidad de supervivencia.

Muy probablemente las corporaciones que gobiernan a Estados Unidos, no aceptarán cambios sustanciales como los propuestos y la Humanidad continuará viviendo en terrible peligro de extinción por muchos años todavía. Sin embargo, para lograrlo es necesrio seguir luchando por la construcción social de una Nueva Era solidaria, libre, socialista y democrática para que pueda nacer otro mundo de libertad, de verdadera fraternidad ¡Feliz Navidad, Paz en la tierra para todos!

[1] Paul Wolfowitz, segundo hombre del Pentágono e ideólogo de la invasión a Iraq, pasó a dirigir el Banco Mundial en junio de 2005 cambiándole la prioridad a la lucha contra la pobreza por una pretendida lucha contra la corrupción y suspendiendo créditos aprobados a Kenya, Bangla Desh, India y Camerún.

[2] Paul Wolfowitz, segundo hombre del Pentágono e ideólogo de la invasión a Iraq, pasó a dirigir el Banco Mundial en junio de 2005 cambiándole la prioridad a la lucha contra la pobreza por una pretendida lucha contra la corrupción y suspendiendo créditos aprobados a Kenya, Bangla Desh, India y Camerún.

[3] Carlos Marx. 1948. El Manifiesto Comunista .

[4] Thomas Patterson. 1997. Inventing Western Civilization .

[5] Leslie White. 1959. The Evolution of Culture.

[6] Marshall Sahlins y Elman Service. Evolution and Culture.

[7] Samir Amín. 1997/8. Capitalism, Imperialism, Gobalization.

[8] Francis Fukuyama. 1992. El fín de la historia y el último hombre.

[9] León Trostky. 1963. La Revolución Permanente .

[10] Agustín Cueva. El Viraje Conservador: Señas y Contraseñas. Tiempos Conservadores: America latina en la Derechización de Occidente.

[11] Carlos Marx. 1948. El Manifiesto Comunista .