Hace ya alrededor de medio siglo que los países del Norte realizan cooperación para el desarrollo de los más pobres del Sur. Un primer balance tras todo este tiempo de intervención, que no es poco, muestra que el Tercer Mundo no ha variado sustancialmente su estado de pobreza crónica; al contrario, en la última década -merced a las políticas neoliberales globalizadas- ha empeorado. Tal y como han empeorado, a escala planetaria, la degradación medioambiental o la pandemia de Sida en curso.

¿Esto es culpa de la cooperación misma? Seguramente no. Nadie puede creer que esté destinada a terminar de raíz con los problemas que aborda. Es, en todo caso, un apoyo, una ayuda. Si los problemas continúan, eso escapa finalmente a la dinámica de la cooperación internacional. Desde la forma misma en que nace, cómo se concibe, cómo se desarrolla, sus posibilidades mismas de incidencia, todo decide que su papel histórico sea bastante modesto -por decirlo muy suavemente-.

Otros procesos de cooperación han tenido impactos más profundos que la actualmente destinada al Tercer Mundo: por ejemplo, el Plan Marshall de los Estados Unidos; y la subvención soviética a Cuba. El primero tuvo efectos decididamente importantes en la Europa devastada de la posguerra, dada su intencionalidad política: fueron cantidades inmensas de fondos frescos que buscaron -y consiguieron- impedir el avance soviético por el continente, cooperando en la reactivación de la industria destruida. La función de la ayuda estuvo clara, y los montos invertidos estuvieron acordes a las circunstancias (50.000 millones de dólares de los años 50, que serían muchísimo más en la actualidad). O el caso cubano: durante décadas, Moscú destinó un millón diario de dólares a subsidiar el azúcar de la isla, y con ello todo su proceso revolucionario, llegando incluso a ceder material militar nuclear como parte de la asistencia (ayuda que casi provoca una guerra mundial, valga aclarar). Con lo cual puede llegarse a la conclusión que no hay, en ningún caso, un espíritu absolutamente solidario y desinteresado tras las cooperaciones; siempre juegan agendas ocultas.

De todas formas se puede encontrar algo de ese espíritu filantrópico tras la ocurrencia de alguna catástrofe natural. Hay ahí una mayor espontaneidad en la ayuda, que responde a dinámicas humanitarias más o menos altruistas. Aunque no se debe olvidar que en más de un caso las donaciones se hacen con productos desechados en los países cooperantes, materiales sobrantes, medicamentos vencidos, que no ayudan mayormente a los receptores, o que incluso pueden crear problemas nuevos. En los procesos de cooperación que podemos ver en las últimas décadas desde el Norte opulento hacia los más necesitados del Sur encontramos un abanico muy amplio de posibilidades, por lo que sería injusto generalizar y decir que todo es beneficencia. Esto, de hecho, se da; pero junto a ella hay una buena cantidad de procesos genuinos, que tienen una importante incidencia en procesos locales, contribuyendo a generar movimientos de autogestión, defendiendo innegablemente derechos humanos, aportando a la organización comunitaria, manteniendo vivo un profundo y rico espíritu contestatario propositivo.

La duda que asalta inmediatamente es: ¿por qué, si de hecho existe una comprometida y solidaria actitud de muchos cooperantes, la situación de pobreza y marginación de quienes reciben ese flujo de ayuda no cambia? Las respuestas hay que buscarlas en un entrecruzamiento de fenómenos. Por lo pronto, y creo que esto es determinante, la cooperación no tiene como objetivo final cambiar nada estructuralmente. Es una ayuda para apagar fuegos, para evitar recalentamientos político-sociales que podrían tornarse inmanejables. Es, permítase la metáfora, un bálsamo, un colchón de amortiguamiento. (¿«Rostro humano» de los actuales ajustes neoliberales?)

Por otro lado, y como consecuencia de lo anterior, el polo que da -el donante, el financista- se mantiene como tal forzosamente con la presencia de aquél otro que recibe: si hay una mano dispuesta a pasar la limosna hay otra dispuesta a recibirla. Cóncavo y convexo: un polo necesita y se articula con el otro; no hay uno primero en términos temporales. Sin el uno no se da el otro. Y así se crea un circuito cada vez más autosuficiente, que se retroalimenta y perpetúa, independientemente de la resolución de los problemas de pobreza y marginación para los que, supuestamente, fue creado.

En este sentido la cooperación termina siendo un ámbito cerrado, con sus códigos propios donde, aunque sea evidente que no logra los cometidos oficialmente declarados -«estimular el desarrollo de los más pobres»- no se formula una genuina autocrítica.

«No hay que ser paternalistas», «debe buscarse la autosostenibilidad más allá de la retirada de la instancia de cooperación», «no dar el pescado en la mano sino enseñar a pescar», etc., etc. Las frases por el estilo se repiten hasta la saciedad, y aunque parezca que el mensaje implícito está claro en términos teóricos, vemos que -¿irremediablemente?- se incumple. ¿Cómo pretender la autosostenibilidad de un proyecto puntual (el huerto orgánico de un grupo de mujeres, o la radio comunitaria, etc.) si todas las circunstancias que forman el marco donde la cooperación se despliega condenan a la dependencia de los más débiles y favorecen el saqueo de los más poderosos? Entonces, si no termina de poner en marcha el desarrollo de quienes la reciben, ¿por qué se mantiene la cooperación? ¿Quién se beneficia entonces?

Este campo, como otras tantas instancias humanas, una vez puesto en marcha busca luego su eternización, más allá de la calidad y el impacto que puedan estar en juego en su propia dinámica. Así, se van dando círculos cerrados de «especialistas» en la materia, donde todos saben -sin declararlo- que hay reglas que respetar: tiene que haber pobres para que haya ayuda a los pobres; tiene que haber violaciones a los derechos humanos para que haya apoyo a los derechos humanos.

Una vez más: cóncavo y convexo. Las élites de técnicos internacionales que diseñan y supervisan los programas de cooperación se apoyan en las élites de técnicos locales que los ejecutan y sostienen. En alguna medida, la cooperación se mantiene a sí misma como un ámbito propio, independiente de la población meta. De hecho, estudios serios sobre el tema indican que apenas un 10 % de lo invertido llega realmente como beneficio a los supuestos destinatarios; el resto queda en el camino, en las élites (internacionales y locales), o no sale nunca de los países donantes (se condicionan las ayudas para comprar bienes y equipos producidos en el país que financia, se establecen mecanismos para destinar enormes porcentajes de las ayudas a equipos de supervisores que vienen de esos países, con lo que el círculo se cierra en sí mismo). El hecho de que aparezcan fondos para cooperar da como un resultado inmediato en las áreas que los reciben -resultado quizá no deseado, pero resultado al fin- la aparición de este fenómeno, relativamente reciente pero en constante aumento, de las ONG. Fenómeno que puede reafirmar -en algunos casos, no en todos- que la cooperación, en cierta medida, termina siendo un negocio para los que viven a su sombra. En un sentido muy general, y ante la posibilidad de un mundo aún más cavernícola del que tenemos, está claro que estas instancias de asistencia -parciales, interesadas, burocráticas- son siempre preferibles a proyectos de dominación imperial, de «raza superior» o de exterminio de «bárbaros y salvajes». Pero queda el sabor amargo en cuanto a que, lamentablemente, se podría hacer mucho más de lo que se hace si hubiera verdaderamente una voluntad de ayudar de forma solidaria a los más necesitados. ¿Cómo se reinventa la solidaridad?