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Ideología

El conjunto de ideas racionalmente procesadas y estructuradas con base en la lógica del pensamiento, es el método para establecer la ideología. Ese es el punto de partida para crear un sistema de ideas.

Nada puede impedir ni neutralizar la capacidad de la producción de las ideas de cada ser pensante. Ni la globalización, ni la postmodernidad, ni siquiera el dominio hegemónico del imperio, pueden agotar la creación intelectual. Nunca se acabará el conocimiento, ni se destruirán las representaciones que se hacen de los objetos que se estudian. Mientras el hombre piense, prevalecerá el talento para conceptualizar la realidad. El marco de referencia teórico que posee cada uno de los seres vivos, se comporta como el instrumento creador de los modelos que explican esa realidad. De tal manera, cada individuo concibe su propia realidad. La sustenta con base en sus propios juicios. Esa explicación juiciosa, creada desde su marco de referencia teórico, es el punto de partida para generar la ideología.

Podemos, entonces, afirmar que la construcción de la ideología se inicia con las relaciones que cada individuo establece a partir de su marco de referencia individual. Los datos observables al ser procesados y relacionados dejan de ser elementos abstractos, convirtiéndose en juicios ; y éstos, forman la representación de la realidad. La representación al expresarse, verbal o simbólicamente, se convierte en modelo.

Los modelos, como representación simplificada de un ente real o ideal, sintetizan el modo de pensar. Acto de producción intelectual que se sustenta en las creencias y valores del emisor del modelo.

Así surge en el campo de las representaciones mentales los sistemas relacionados. Y esa es la principal característica cognitiva de la ideología. A la que vamos a definir como el sistema de creencias, valores e ideas, que explican y legitiman el orden político-social de una realidad determinada, comunes a un conjunto de personas que viven dentro de una sociedad.

La ideología es vital para sostener cualquier proceso de cambio histórico. La ideología es la base que sirve de referencia para sustentar la moral y la ética humanas, concebir el desarrollo histórico del mundo, asumir posturas políticas ante los cambios existenciales y definir actitudes sobre los medios de producción. La ideología es el molde que le da forma a los principios rectores de la virtud humana, como lo son: la dignidad, la justicia, el honor, la lealtad, la solidaridad, la camaradería, la perseverancia y la honestidad, entre otros. Todos ellos forman la base orientadora de las actitudes que estimulan la lucha de cada individuo por alcanzar su realidad.

La Revolución Bolivariana, sistema político que comienza a instaurarse en Venezuela, en sustitución de la democracia representativa, es la nueva realidad de los cambios históricos. Ideológicamente se conciben estos cambios como la transformación de las relaciones de poder, las relaciones sociales y las relaciones de producción. En contraposición al sistema político de la democracia representativa (identificado como IV República y sistema puntofijista) que se sustenta en la manutención estructural; valga decir, perpetuar de manera inalterable las relaciones de dominio que ejercen las cúpulas sobre el colectivo. Condición perecedera, circunstancial y aberrante a la que se le identifica como reforma.

Por lo tanto, los dos sistemas políticos que se confrontan en la realidad política venezolana, tienen conceptualizaciones ideológicas radicalmente opuestas. Un modelo es revolucionario y el otro es reformista.

Transición

La confrontación de estos dos sistema políticos -quiebra del sistema de democracia representativa y nacimiento de la Revolución Bolivariana- nos exige detenernos a pensar. A procesar las ideas que percibimos de esta nueva realidad. A concebir la ideología que le de sustento al nuevo modelo político. Definir nuestro marco de referencia individual, para que podamos relacionar lo que observamos y, en consecuencia, emitir los juicios. Esto significa procesar el significado de los hechos sociales, las acciones políticas y las manifestaciones culturales con base en nuestros propios conceptos. Así se le va dando forma al pensamiento elaborado para iniciar la concepción ideológica. Saber lo qué queremos y por qué lo queremos. El reto de ahora, de los luchadores políticos revolucionarios, de quienes se identifican con el Proceso Revolucionario venezolano es producir la ideología de la revolución.

La necesidad imperante de la producción de la ideología revolucionaria, en esta fase de transición, obedece principalmente a la cultura reformista, la cual permanece vigente en casi todos los niveles de la gestión de mando. Concebido como «usufructuario del poder» el aparato burocrático del Estado funciona con un alto porcentaje de elementos contrarios al modelo revolucionario.

La reforma, opuesta a la revolución, no sólo está viva en la práctica clientelar del burócrata, sino que, ideológicamente, muchos militantes del Proceso no son portadores de la ideología revolucionaria.

La ideología es la arista teórica ausente en casi la totalidad del universo revolucionario venezolano. La ideología es el factor de poder que falta todavía por asimilar, procesar e internalizar para sostener, de manera inequívoca, la revolución bolivariana.

Además, hay que agregarle a la fase de transición, que el modelo Revolucionario no se materializa por la vía violenta. El nuevo paradigma de tomar el poder por la vía electoral, hace aún mucho más difícil el tránsito hacia las metas de la Revolución. Este inédito Proceso, no tiene una cartilla pre-elaborada que permita su funcionamiento como un manual de procedimientos. Se está inventando la Revolución, la cual no es sólo el momento actual. Es por supuesto éste y los otros que vendrán a continuación. Esta etapa preliminar, va acompañada de logros y errores, de imperfecciones, de ensayos, de viabilizar la ruta hacia el objetivo. Pero, sin duda, las fases subsiguientes abrirán las brechas que le darán fluidez a la participación directa del colectivo nacional y a su crecimiento político. No obstante, esto demanda claridad ideológica y conciencia revolucionaria.

Dentro del marco teórico que debe producir cada individuo, se debe considerar a la Revolución como paradigma de la emancipación del pueblo. Lo que exige entender a su vez, que la Revolución es también el estadio de la sociedad que asume: (I) la proyección del talento creador del revolucionario, (II) la liberación de amplísimos sectores sociales nunca antes tomados en cuenta, (III) la búsqueda de caminos de justa prosperidad individual y colectiva; y, (IV) el nuevo modelo político que le pertenece a todo el pueblo.

La génesis de la revolución bolivariana de Venezuela se sustenta en los siguientes factores emocionales: (I) como fuente primaria de inspiración surge el pensamiento emancipador de Simón Bolívar; (II) su tesis ideológica es la democracia directa (todo el poder para el pueblo); y (III) la base espiritual de su búsqueda es el bien común con base en la buena voluntad del ser humano y el amor al prójimo.

Reforma o Revolución

La transición actual da inicio a una nueva etapa del Proceso Revolucionario. Lo que implica definiciones ideológicas para tomar la ruta correcta en este cruce de caminos: reforma o revolución. La reforma es la continuidad del modelo político de la democracia representativa. Es mantener vivo el espíritu pragmático y clientelar del usufructo del poder. Es proseguir el ejercicio del mando sustentado en la fascinación del poder. Es ser tolerantes con los adversarios que siguen dentro del mando de gestión gubernamental y mantener relegados, fuera de todo tipo de influencia política, a quienes mantienen sus convicciones revolucionarias. Es, en síntesis, dirigir de espaldas al pueblo.

Por su lado, la revolución, cuyo modelo político es la democracia directa significa, antes que nada, transformar el poder en instrumento del pueblo. Es transferir la toma de decisiones a las comunidades organizadas. Es gobernar con base en los derechos de la participación del pueblo. Es darle consistencia constitucional a los actos soberanos del colectivo nacional (actos constituyentes). Es reconocer el derecho que tiene el militante, activista o revolucionario identificado con el Proceso, para expresar sus opiniones y que éstas sean respetadas. Es también aceptar las decisiones de la base, en todo lo concerniente al ámbito de su competencia. Es, de manera concluyente, darle todo el poder al pueblo. Esto es revolución. Cualquier conducta o decisión que se adopte fuera de este marco conceptual no es revolución, es reforma.

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Por lo tanto, la conducta reformista es la expresión contrarrevolucionaria, pura y simple. Por eso sostengo que la coyuntura en la cual nos encontramos exige la definición ideológica de manera inequívoca. O estamos en un Proceso revolucionario y, en consecuencia, hay que ir a los cambios estructurales de la génesis social para que tome las decisiones el pueblo; o, el Proceso es la continuidad de la reforma pragmática que apunta hacia la perpetuidad de la democracia representativa.

En la situación actual que abre la nueva etapa del Proceso, se destacan los hechos relevantes de este instante: (I) oposición reaccionaria, (II) demanda de golpe, (III) nuevo orden mundial (EE.UU., en su nueva fase imperial), (IV) delicada situación económica, (V) inconsistencia ideológica de la mayoría de los gestores del poder público, (VI) estructura del Estado articulada al modelo de democracia representativa, lo que niega el desarrollo del modelo político revolucionario, (VII) prácticas ilícitas que estimulan los antivalores revolucionarios, (VIII) amplios sectores comunitarios desatendidos por los gobiernos locales y regionales que obligan la desesperación y desencanto del pueblo.

La etapa actual tiene que finalizar con las elecciones constitucionales de agosto del 2004. Elecciones para ir a la toma del poder local y regional como acto revolucionario. Es decir, ganar los cargos regionales y locales para transformarlos en instrumentos del pueblo y no como acto burocrático para usufructuarlos. La toma del poder regional y local tiene que darle respuestas a las demandas del pueblo. Por esta vía se corregirán los desvíos y deberán repararse los hechos reformistas que han atentado contra las expectativas de pueblo.

Si antes (IV República) las elecciones eran consideradas como acto contra-revolucionario, hoy en día (hacia la V República) es todo lo contrario. Hugo Chávez inició el acto revolucionario al tomar Miraflores. Ahora, para profundizar el Proceso, hay que ir a las gobernaciones, alcaldías, asambleas legislativas, concejos municipales, juntas parroquiales, a fin de cambiar el modo de gestión. Pasar de la reforma «obligada» aceptando el hecho de la transición entre 1999 y el 2004, para ir ahora a la revolución; tanto en su modo de dirección, (con el pueblo y para el pueblo), como en la identificación ideológica (democracia directa). Hay que convertir las elecciones en acto revolucionario para tomarlo y colocarlo al servicio del pueblo. Sólo así se justifica el proceso político como revolucionario.

La revolución como cambio estructural

Por todo lo expresado, entonces, precisemos y reiteremos lo que entendemos por Revolución. Antes que nada hay que enfatizar que Revolución es cambio de estructura. De hecho, el modelo político del proceso bolivariano, implantándose en Venezuela, es revolucionario. La Revolución busca, con el cambio de estructura, crear un nuevo sistema político. Por su parte, la estructura es la dimensión del funcionamiento social donde se dan las relaciones de los factores genéticos, que producen los actos visibles (hechos observables). La estructura es la génesis de los fenómenos. Una revolución actúa sobre la estructura. Mientras que la reforma opera solamente a nivel de los fenómenos (lo visible). La reforma no transforma la estructura. Reforma es contrario a revolución. El modelo político de la democracia representativa es reforma. No busca el cambio del sistema político. La revolución se dirige a crear un nuevo sistema de relaciones que establezca una nueva institucionalidad.

La democracia representativa se fundamenta en la representación del pueblo. Por el contrario, una revolución no tiene representantes. Solo voceros. En la revolución las decisiones la toma directamente el pueblo, no los representantes. En Venezuela, la representación devino en cúpulas que se apropiaron del poder y se aislaron del pueblo.

El Estado de la democracia representativa no es revolucionario. Ha sido concebido para satisfacer objetivos de las cúpulas reformistas. Todo el aparato burocrático del Estado de la democracia representativa - gobernaciones, alcaldías, concejos municipales, institutos autónomos y demás unidades políticas burocráticas - es reformista. Su acción está destinada a los reparos inocuos, débiles mejoras, pero sin tocar la base de sustento (estructura). El Estado reformista impuso una cultura política basada en el funcionamiento clientelar. El Estado reformista, aunque existe la Constitución Bolivariana de 1999, está vigente todavía. En pleno surgimiento del modelo bolivariano, el Estado reformista es el órgano que regula al colectivo nacional. Contradicción y antagonismo que produce la etapa actual de la transición hacia la revolución.

La revolución, para que pueda alcanzar su propio camino - direccionalidad y viabilidad - tiene que operar a nivel de la estructura de la democracia representativa. Tiene que cambiar y erradicar el Estado vigente. Tiene que sustituir todas estas unidades políticas burocráticas que someten al pueblo. En la revolución, las organizaciones del pueblo tienen que reemplazar al aparato burocrático estatal. Los gestores del Estado (burócratas) no serán quienes decidan. Serán solamente instrumentos del pueblo. El poder de las decisiones recaerá sobre el pueblo. El pueblo -todos los estamentos sociales, organizaciones de la comunidad, expresiones natas del colectivo, factores de intermediación- concebirá la nueva organización del Estado. El pueblo, además de las expresiones de participación instituidas en la Constitución del 99, tiene que inventar otras formas de organización y de toma de decisiones, para la conducción de su propio destino. La esencia de la revolución surge del poder creativo del pueblo.

Actualmente, la democracia representativa tiene todavía un espacio muy importante en la realidad venezolana. A la cultura reformista se han asimilado muchos «revolucionarios». Destaca en ellos el analfabetismo ideológico, lo que produce debilidad para consolidar el Proceso. La debilidad ideológica es una actitud contra-revolucionaria. Hecho que minimiza la posibilidad de consolidar la acción revolucionaria de quienes luchan por establecer el bien común de la sociedad y la emancipación el pueblo.

La ausencia de valores, creencias y principios sustentados en una nueva espiritualidad emocional, limita el avance lineal (dirección recta hacia la meta de alcanzar la revolución) del Proceso Revolucionario. La debilidad ideológica obliga a tomar caminos sinuosos. La recta se convierte en curvas y en giros que hasta llegan a los 360 grados para retornar al mismo punto de partida. Acciones que retardan el cumplimiento de las fases y etapas del proceso. La garantía del avance continuo, abriendo caminos rectos hacia la meta de la revolución es la ideología. Esto es el estímulo a las fuerzas interiores del ser para no dejarse seducir por la fascinación del poder reformista. Poder empleado para ser usufructuado. La ideología es la palanca para catapultar el avance de la revolución. Es el canal para construir el poder popular. He ahí el reto actual de los venezolanos: hallar los caminos de la revolución o quebrarse en el intento. Procede entonces acelerar la construcción de los marcos de referencia teóricos, para así sentar la base de los fundamentos ideológicos.

Método de lucha para alcanzar la revolución

La búsqueda por alcanzar la revolución siempre estuvo concebida bajo el método de la vía violenta. Los antecedentes del proceso actual hay que ubicarlos en la lucha armada de los años 60. Allí está el origen de lo que hoy se construye en Venezuela. Esos pioneros que a lo largo de más de tres décadas lucharon y hasta entregaron su vida, por la revolución, tienen que ser reivindicados. Su acción y su pensamiento influyeron en la vía revolucionaria. No obstante, el año 1997 marca un hito en la historia política de Venezuela. Me refiero a la Asamblea Extraordinaria del MBR-200 en abril de 1997, realizada en Valencia.

Las decisiones que en ese evento se adoptaron crearon un nuevo paradigma para hacer la revolución. Ya no sería la acción violenta el método revolucionario, sino el electoral. A partir de entonces la táctica cambia: (I) ir al gobierno por las elecciones; (II) crear una estructura político electoral (MVR), y (III) mantener vigente la estrategia de llevar adelante el modelo revolucionario (consolidar el poder popular).

Aunque el cambio de paradigma se inclinó por las elecciones, eso no significa que el modelo político revolucionario tiene que ser igual al representativo. Es más, hay que diferenciar muy bien, y con sus respectivas especificidades, entre lo que es ganar las elecciones como acto burocrático o tomar el poder como acto revolucionario (véase la explicación expresada arriba). Para ambos actos se emplea el método electoral. Pero, el burocrático es darle continuidad a la democracia representativa. Es mantener el Estado concebido para el usufructo del poder. Es seguir sosteniendo a los representantes electos como cúpulas y así materializar la “teoría del manguito”. Esta se refiere a darle un solo manguito al pueblo, mientras que las cúpulas se quedan con la mata entera, cargada de jugosos y dulces mangos. La misma mata que le pertenece al pueblo. Pero éste, adormecido por sus limitaciones, no la reclama. La oposición actual simboliza a la democracia representativa. Su acción está inmersa dentro del concepto de las cúpulas reformistas, que se apropian de la «mata de mango» del pueblo. Algunos «revolucionarios» que no se han dado cuenta todavía de las diferencias ideológicas entre lo representativo y lo revolucionario, asumen las elecciones como acto burocrático. Aspiran el poder no para el pueblo sino para usufructuarlo.

La diferencia del acto burocrático con respecto al acto revolucionario, es que lo electoral va a sustituir el método de tomar el poder. El acto revolucionario busca materializar la revolución, tal como se buscaba por la vía violenta antes de 1997. El acto revolucionario es colocar el gobierno al servicio del pueblo. Es darle viabilidad a la democracia directa (asambleas populares, cabildos abiertos, contraloría social, consejos locales de planificación, consejos comunales, asociaciones de ciudadanos). Es despertar al pueblo para consolidar el poder constituyente. El militante que acuda a las elecciones para tomar el poder y hacer del acto electoral un acto revolucionario, estará en sintonía con la base ideológica de la revolución. Ese será un militante que se convertirá en instrumento del pueblo y, por lo tanto, no decidirá nada de los asuntos públicos que le competen a la comunidad, sin la consulta popular. Como instrumento del pueblo, tendrá que estimular los canales de su participación directa y propendrá a crear las condiciones para sustituir el Estado de la democracia representativa, por el Estado de la Revolución Bolivariana.

El revocatorio para el Presidente Chávez, por ejemplo, es un acto burocrático. Es una llamado de la oposición para continuar con el modelo reformistas y contrarrevolucionario de la democracia representativa. Las cúpulas de la oposición, usufructuarias del poder toda la vida, manipulan al colectivo de la oposición. Su meta no es favorecer al pueblo, sino mantener sus privilegios como clase beneficiada del modelo representativo.

La definición ideológica nos conduce con holgura a desechar la reforma, asumir los factores emocionales de la revolución y alcanzar la tan necesitada unidad. Acto que de manera colectiva nos llevará a estar en vigilancia permanente, prestos a no dejarnos usurpar la consolidación del poder popular de la Revolución Bolivariana de Venezuela.