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Sumergida la sociedad mexicana en la «feroz lucha por el poder» y entrampada en las controversias y querellas intestinas y externas del foxismo que da traspiés con relación a Cuba, se dejan a un lado asuntos tan importantes como la deuda externa del país.

El Banco de México, haciendo gala de un espíritu responsable, que no podía ser menos pues para ello entre otras cosas existe y funciona, mantiene su observación sobre el asunto de la deuda externa, que rebasa todas las expectativas de la sensatez. México pagó sólo por intereses (llamado «servicio de la deuda») en la última década a los bancos acreedores, un tanto casi igual de recursos al monto de la deuda del capital principal.

Entre 1993 y 2003 pagó México, según Banxico, 137 mil millones de dólares, que no alcanzan a disminuir la deuda total, que en ese mismo periodo aumentó hasta situarse, al cierre del año pasado, en 158 mil 200 millones de dólares. Esta última cifra significó, de acuerdo con el banco central, un crecimiento de la deuda total del 20 % en la década. Ha pagado México una cantidad casi igual a su deuda, pero sólo por intereses. La sangría de recursos es fenomenal, brutal, indecible. Pero el Fondo Monetario Internacional (FMI), en su reunión de abril pasado, descubrió que México, y en general América Latina que navega en las mismas turbulentas aguas, «debe» dedicar más recursos al desarrollo social, porque se presentan alarmas de malestar y estallidos sociales de no crecer el gasto social. No se ve cómo el FMI puede conciliar esta «recomendación» alarmista con su política de que los deudores deben pagar, sin chistar, las deudas contraídas.

Si México y América Latina entera tuvieran viabilidades presupuestales más libres, de manejo más autónomo de sus propios recursos, y no estuviesen atados a los dictados del FMI a favor de los bancos acreedores, otro gallo le cantara a la región. Se dirá que ese es el negocio de los bancos internacionales que dan créditos a los países en desarrollo: vender dinero y recibir intereses. No les interesa, por tanto, que la deuda total no decrezca mientras los países deudores paguen el «servicio de la deuda», o sea los intereses. Por el contrario, mientras la deuda total se mantenga o crezca, mejor negocio para ellos. Pero el dilema para los países en desarrollo es terrible. Obligados a atender necesidades de desarrollo, se endeudan en el exterior, pero no resuelven sino muy marginal o parcialmente algunos problemas para los cuales contrataron deuda.

Imaginemos nada más lo que con condiciones menos onerosas para nuestros países podría alcanzarse. La cantidad señalada por el Banco de México para el pago de los intereses de la deuda externa, podría significar el verdadero desarrollo del país. O cuando menos una parte sensible de esos descomunales pagos. La economía crecería, cosa que no está ocurriendo ahora, y tendríamos más recursos para seguir afrontando las obligaciones de la deuda general. El gobierno foxista «del cambio» ni siquiera ha puesto el dedo en el renglón de este asunto, como en alguna manera sí lo pusieron los gobiernos priístas anteriores aunque con resultados igualmente agraviantes para México. Pero cuando menos se intentaba algo, aunque sólo fuera para aflojar el dogal de los pagos obligatorios. Como el gobierno «del cambio» tampoco ha hecho ni hará nada para recuperar recursos del «gran robo del siglo XX», o Fobaproa, pese a los desplantes demagógicos electorales de Fox en esta querella.

El gobierno «del cambio» foxista se muestra absolutamente sordo y ciego ante esta situación. Sus operadores hacendarios, tecnócratas que también sirvieron al priísmo entonces en el poder, se limitan a «flotar» en las siempre turbulentas aguas de la economía internacional. «No meneallo», dicen. Y ahí la van pasando con pura pena y sin ninguna gloria. ¿Pero habrán pensado alguna vez en reconsiderar este problema? Por lo pronto, le echan la culpa a los legisladores como los autores siniestros de toda obstrucción al «cambio». Mas de reconsiderar la deuda externa, ni hablar, que eso es problema del FMI y los banqueros acreedores del exterior, especialmente norteamericanos, cuyos intereses son sacrosantos.