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Si soporta la contradicción es porque no dispone de herramientas de poder para imponer su punto de vista en los corazones y sus mentes.

Pero con poder, el fundamentalista mata en nombre del pacifismo, asesina para preservar la democracia y tortura en defensa de la libertad.

El fundamentalista es un demente que llega al extremo de proclamar orgullosamente su salud mental. Y cree que sus enemigos están desprovistos de razón. Sólo el está en lo cierto. En su cabeza no hay lugar para la duda, la pregunta o la autocrítica. Aunque tenga educación se cree superior a sus interlocutores. Y cree que la humanidad sería mucho mejor si muriesen todos lo que no piensan como él, sobreviviendo apenas aquellos que coinciden con su visión de mundo.

El fundamentalista es, por naturaleza, un terrorista. Aunque no ate bombas a su cuerpo y no haga explotar edificios, jamás admite que sus subalternos tengan una opinión contraria, que la mujer lo desdiga, o que un amigo quiera desmentirlo. Desde lo alto de su “belvedere”, donde solo hay un lugar para una única persona -él-, el fundamentalista mira todas las cosas convencido de que solo sus ojos visualizan la amplitud y la profundidad de lo real.

No soporta la dialéctica. Maniqueísta, divide el mundo entre el bien y el mal. Para el, no hay purgatorio, solo cielo e infierno. Sectario, no admite matices, consideraciones o reticencias. Imprime a su palabra peso definitivo. Y, vencida su razón, reacciona con emoción y ataca con violencia a quien osa disentir con él.

Amós Oz, un escritor israelí, define al fanático -sinónimo de fundamentalista- como a una criatura bastante generosa, altruista, pero interesado, ya que insiste en salvar nuestra alma, liberarnos del pecado, redimirnos, mejorar nuestros hábitos alimentarios.

El fundamentalismo es una enfermedad senil de la infantilidad intelectual. Sus argumentos son pueriles y su lógica, malvada. Reduce la pluralidad a la estrecha unicidad de su óptica; impone el monopolio de su tesis; odia la diversidad; hace de la retórica un arma para destruir, no los argumentos ajenos sino la buena fama de quien no se somete a la opulencia de su verba. Está convencido de que entre el y Dios no hay intermediarios ni mediaciones.

El fundamentalista confunde su momento personal con su tiempo histórico. Cree que siglos de dudas e indagaciones convergen en su tiempo presente, en el cual él trae la luz capaz de provocar epifanías. El no debate, vocifera; no propone, determina; no discierne, delimita; no opina, juzga; no sugiere, ordena; no discorda, censura; no concilia, condena.

El fundamentalista es por naturaleza dictatorial. Nada le incomoda tanto como la diversidad de ideas y la variedad de prácticas. Su medida del mundo es el mismo, porque ve la realidad más desde su propio ombligo que desde sus ojos.

Irreductible en su punto de vista, no se da cuenta de que tiene la vista atada a un punto. Piensa que abarca todas las dimensiones de lo real. Adora los sofismas, confunde lo legal con lo justo, hermana pobreza con ignorancia. Es la víctima de esa alucinación persecutoria que identifica fantasmas amenazadores en todas partes. Está movido por una mórbida tendencia a la venganza. Su único placer es el dolor de quienes no quiere.

El fundamentalista siente horror al misterio y muere de miedo de que descubran sus flaquezas. Es individualista y solo se junta con el grupo si se le da el papel de mentor o gurú. A las pruebas científicas que contrarían sus convicciones, responde con argumentos subjetivos. En fin, es un aburrido, no de galochas sino de tacos altos. Y carece de sentido de humor.