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Miraba, desde su frágil cuerpo de anciana al cóndor de la bandera ecuatoriana, flanqueado por la solitaria estrella de la bandera del caimán barbudo y del bello pabellón de la Patria Bolivariana.

Contenta estaba Nela, la Nela que se insertó con arrojo en el corazón del pueblo ecuatoriano durante la “revolución bonita”, cuando por un momento pasajero las fuerzas populares lograron arrancarle el poder a la oligarquía.

Contenta estaba Nela, porque, cuando sus cenizas ingresaron al Teatro Prometeo, los presentes le rindieron tributo entonando espontáneamente La Internacional, ese gran canto general de los oprimidos, por cuya liberación luchaba toda su vida.

Veía que los granos de maíz y la luz de las velas marcaron su camino hacia el altar, donde encontraba las mazorcas del maíz negro que tanto le gustaba.

Veía la canasta de frutas que siempre estaba en su casa, porque a Nela le encantaba su olor al igual que su florero favorito que nunca debía carecer de los símbolos de la vida, que son las flores.

“Las chismosas”, una hermosa arcilla peruana, una paloma del mismo material de la tierra, el collar de su casa maternal, las espigas de cebada de la hacienda del padre, en medio de pétalos de rosas, junto con un huipil de Guatemala, donde había arriesgado su vida en la construcción del Partido Comunista, y muchas muchas velas.

En su última carta, dirigida al Comandante Hugo Chávez, había dado fe de su inquebrantable voluntad de seguir el ejemplo de Manuela Sáenz y de los Libertadores:

“Este es el siglo de las revoluciones y no es una profecía, no. Si lleva multiplicidad la convicción de generaciones que lucharon y, no murieron en vano. Obligación de honor y Patria”.

¡Hasta la victoria siempre, Nela!