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¿Qué cosas podría hacer? Podría, para empezar, saldar algunos "déficit" que su condición minoritaria en el Parlamento le impidió concretar. Podría impulsar (y aprobar) el voto de los uruguayos en el exterior. Podría impulsar (y aprobar) la despenalización del aborto. Podría no aprobar el acuerdo bilateral con Estados Unidos que el presidente Batlle se apresuró a firmar en esta semana y que va, claramente, en contra de los intereses del Mercosur. Podría aprobar la ley de cuotas en listas partidarias para las mujeres. Podría aprobar una ley de financiamiento de partidos y campañas,que asegurara que todos tuvieran las mismas probabilidades de acceder a los medios masivos. Y todo esto lo podría hacer sin gastar un peso. En realidad, hay muchas cosas que se pueden hacer sin plata. Y si no, que lo diga la propia izquierda, que contra viento y marea ha crecido a contrapelo de la legislación electoral, de los pocos recursos disponibles, y de una actitud bastante poco amigable del resto del elenco político (que fue desde el rechazo a su aparición en el espacio político hasta la descalificación más profunda y absoluta en este último tramo de la campaña electoral).

Hay cosas para las que con una mayoría simple y un comportamiento disciplinado de su propia base, alcanza: por ejemplo, para aprobar su ley de presupuesto y, si lo quiere, contrabandear en ella todas las medidas de reforma del Estado que se le ocurran, como hicieron blancos y colorados hasta ahora. Se espera que no lo haga, se espera que "consulte" a los otros: se espera, en suma, que sea "distinto". Pero ¿cómo los elencos de los partidos tradicionales pueden esperar de los otros algo que ellos no hicieron (sino que inventaron, reinventaron y repitieron hasta el cansancio)? El sentimiento de amenaza anida justamente allí: en el saber, a ciencia cierta, hasta qué punto se pueden hacer cosas teniendo la "sartén por el mango".

Pero hay muchas cosas que se pueden hacer sin disponer de mayoría parlamentaria, y esto lo supo el Sanguinetti de la primera administración posdictadura, que hizo del veto un instrumento recurrente de su estrategia gubernamental. Hay cosas que sólo con disponer del Ejecutivo la izquierda está en condiciones de hacer. Entre ellas, decidir otra orientación en materia de política externa, en la difícil triangulación ALCA-Mercosur.

También, impulsar todas las renegociaciones y acuerdos que quiera con el FMI, y decidir, por sí y ante sí, todos los programas y préstamos para las políticas sociales que necesite. Para esto no precisa mayorías parlamentarias: a veces olvidamos que estas mayorías pueden precisarse para ponerle el nombre a una calle, pero no para contraer una deuda con el Fondo.

Esto es lo que está en juego, y más. Están en juego todas las direcciones de los entes autónomos, incluyendo todas las empresas del Estado. Están en juego cosas tales como tener un correo público eficiente o un Hospital de Clínicas que no se caiga a pedazos, fruto de la desidia y el abandono. Está en juego el gran "test" de la democracia: que ganen los otros, y la democracia siga en pie. Uruguay no ha pasado tan a menudo este test como sería deseable: la mayor parte del siglo XX estuvo gobernada por los colorados. Los blancos estuvieron en el gobierno sólo tres períodos. La izquierda estaría de estreno absoluto.

Más allá de lo que resulte el domingo, hay algo que está claro: si la izquierda ha crecido como ha crecido, es porque la sociedad uruguaya ha mostrado una enorme voluntad para cambiar. ¿Está el sistema político en condiciones de absorber este cambio? Si uno juzgara por la campaña "sucia" que ha desarrollado el Foro Batllista contra la izquierda, parecería que la clase política enfrenta más resistencia a cambiar que lo que la propia sociedad evidencia.

Extracto de un nota publicada en el semanario Brecha