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¿Para dónde vamos?

Hay quienes dicen que esta es la buena noticia: habrá menos guerreros. Pero hay quienes nos preguntamos cuánto tiempo durará su disminución antes de convertirse en su aumento.

Acerca de la desmovilización no sabemos aún, ni el cómo porque los interrogantes sobre la impunidad no han sido respondidos, ni el dónde porque los lugares elegidos dejan muchas dudas sobre su factibilidad. Solo se nos insiste en que es ya, dejando en claro que la improvisación es la norma. Pero cuando ésta incluye la ignorancia de las comunidades aledañas a los sitios beneficiados por semejante inyección de mano de obra no calificada para labores distintas de las armas, además de la inseguridad económica de los convertidos a la civilidad, uno tiene qué preguntarse: ¿para dónde vamos?

Los escenarios no son brillantes. La inclusión del paramilitarismo dentro de la sociedad es un signo de los tiempos, pero eso no significa que sea la solución deseable porque, en pocas palabras, vamos hacia más de lo mismo. Y como lo mismo es la fuerza en vez de la política y la exclusión en vez de la democracia, más de lo mismo se traduce como aumento de la pobreza por un lado y su correspondiente concentración de la riqueza por otro. Esta tendencia ni es nueva, ni original en el caso colombiano, donde se vienen señalando las desigualdades desde hace rato en su peor forma de conflicto social armado. Lo que sí es nuevo y original es que los valores que hacen posible la convivencia y que se trataron de codificar en la Constitución de 1991, vayan siendo transformados con esa estrategia guerrera y excluyente. Por desgracia, la metamorfosis de los valores mina también la resistencia de quienes defienden los bien comprobados principios de la justicia, la dignidad personal y la libertad.

El miedo

Esa sustitución de los valores de la convivencia por los de la seguridad se demuestra en primer lugar en la prevalencia del miedo. Así como Uribe Vélez logró ser elegido gracias a su promesa de derrotar el miedo, Bush fue también reelegido por la misma razón, y Uribe cuenta con ser reelegido mediante idéntico motivo. Y la paradoja del cuento es que al elegir la fuerza como instrumento para obtener la seguridad, uno y otro combaten el miedo con el miedo. En esta forma hemos entrado en la espiral del miedo, como sin darnos cuenta de que ese túnel no tiene salida.

El individualismo

La segunda muestra de la metamorfosis es la prevalencia del «sálvese quien pueda». Como toda estrategia terrorista, también las empleadas por los dos presidentes aludidos, provocan la pérdida momentánea del buen sentido que se presenta en casos de explosiones o de golpes de mano sorpresivos. La reacción instintiva de la fuga. En este caso, la fuga hacia adelante: que la paguen mis nietos con tal de que me salve yo. La cual en muchos casos ha sido escaparse literalmente del país, pero en otros muchos consiste en la defensa de los bienes personales sin el menor asomo de solidaridad, como lo demuestran muchos de los procedimientos legislativos y judiciales del momento actual en lo tocante a bienestar social, los cuales no tienen la menor consideración por los futuros problemas que su egoísmo conlleva. Esos los tendrán que resolver los que vengan.

Los derechos humanos

Por enésima vez hay que señalar que la hostilidad contra los defensores de los derechos humanos es la marca de fábrica del paramilitarismo. Y las nuevas estrategias para dilatar los homicidios y posponer los secuestros se apoyan sobre el desplazamiento gota a gota, el bloqueo económico y la presión psicológica. Es la prevalencia del «todo vale» porque ni la vida humana es más importante que la propiedad privada, ni la persona humana es más valiosa que el fruto de sus manos. Perdidos estos puntos de referencia que llamamos los derechos humanos no tenemos más alternativa que la lucha de las especies. Este parece ser hoy el escenario más probable para Colombia donde las prioridades se inclinan cada vez más por el enriquecimiento rápido y cada vez menos por el desarrollo humano integral y sostenible.