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La tapa de la revista Time

El 24 de febrero de 1992 el prestigioso periodista Carl Bernstein publicaba en la portada de la revista Time su artículo «Holy Alliance», en cuyo título recuperaba con acierto este término histórico para aplicarlo a la hasta entonces insólita alianza entre Estados Unidos y el Vaticano en su cruzada conjunta de dimensiones morales, sociales y políticas.

El proceso está descrito con detalle en el libro que en 1996 publicaba junto al periodista italiano Marco Politi, Su Santidad. Juan Pablo II y la historia oculta de nuestro tiempo, para el cual manejaron un volumen colosal de información, entre la que destacan los documentos desclasificados de los servicios secretos (ex) soviéticos, y los cientos de entrevistas a los principales protagonistas de la historia (incluyendo a los hombres cercanos al papa, a Reagan y a los colaboradores de éste). Seguiremos esta obra en gran parte de nuestra exposición.

Cuando Reagan asumió la presidencia en enero de 1981 ya se habían producido los primeros contactos estratégicos entre el gobierno de Estados Unidos y Juan Pablo II, a través de Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad nacional del presidente Carter (con quien ya se había entrevistado Wojtyla en junio de 1980) y polaco de origen.

La administración Reagan mantuvo a Brzezinski como asesor para Polonia, lo cual implicaba un trato directo con el papa.

En 1981, en plena huelga de Solidaridad y con las tropas soviéticas concentrándose en la frontera polaca (de lo cual la CIA informó al papa), el Vaticano difundió el rumor de que si la URSS invadiera Polonia, el papa viajaría a su país natal.

En una reunión entre Juan Pablo II y el embajador soviético en Roma, Moscú se comprometió a no intervenir en seis meses si el Vaticano frenaba a Solidaridad respecto a la convocatoria de nuevas huelgas. Reagan y el papa dosificaron hábilmente sus declaraciones y estrategias para, mediante el clásico procedimiento de dar «una de cal y otra de arena», irritar, apaciguar y finalmente desarmar a los soviéticos en cuanto al caso polaco.

La propia encíclica Laborem Exercens (1981) parece diseñada para proporcionar un fundamento teórico a sindicatos como Solidaridad, que ’contó a partir de entonces con un documento papal hecho a la medida de sus luchas.

Cada viernes por la noche, el jefe del cuartel de la CIA en Roma llevaba al palacio Papal los últimos secretos obtenidos con satélites espías y las escuchas electrónicas por los agentes de campo de la CIA.

Ningún otro líder en el extranjero tenía acceso a la información que el Papa recibía. Eso permitió al más político de los pontífices imprimir su estilo bien definido en la iglesia y la sociedad laica.

La diplomacia papal, centro de una burocracia vaticana muy centralizada, se había involucrado en los acontecimientos internacionales mucho más profundamente que a lo largo de sus 500 años de historia.

La cruzada anticomunista de Reagan y Wojtyla atacó también a los regímenes izquierdistas de América central. Pio Laghi, delegado papal en Washington, y el cardenal de origen polaco John Krol (quien llegó a rezar públicamente en dos convenciones del Partido Republicano), fueron los contactos en esas operaciones.

En diciembre de 1982 el Congreso forzó al presidente a firmar la ley que prohibía a la CIA y al Departamento de Defensa apoyar a las fuerzas paramilitares de la Contra (cuyo objetivo era derrocar a los sandinistas en Nicaragua), por lo que la administración Reagan organizó otros mecanismos (ilegales) de financiación de los contras, lo cual condujo finalmente al escándalo Irán-Contra (muy poco recordado estos días entre tanto homenaje laudatorio al difunto).

Reagan buscó la alianza con la jerarquía de la Iglesia Católica Romana nicaragüense (a la que la CIA denominaba «la Entidad»), que estaba enfrentada a los sectores pro sandinistas de la llamada «Iglesia del Pueblo».

Ya en 1981 la CIA canalizó secretamente su apoyo económico y sus informes secretos sobre el gobierno a la jerarquía católica, en especial al arzobispo Miguel Obando; cuando en 1983 la Comisión de Inteligencia del Congreso de los Estados Unidos descubrió estas transferencias, presionó a Casey para que dejara de realizarlas, pero la CIA siguió desviando grandes sumas a «la Entidad» a través del teniente coronel Oliver North, miembro del Estado Mayor del Consejo Nacional de Seguridad.

En septiembre de 1983 el Senado estadunidense, al revocar el edicto que en 1867 cerró la misión diplomática en los Estados Pontificios, abrió la vía a una nueva etapa. Reagan nombró a William A. Wilson como primer embajador, no ante el Estado del Vaticano, sino ante la «Santa» Sede, contra la opinión de las voces tanto laicistas como evangélicas y católicas que se oponían a semejante medida.

De este modo el país que mejor había representado el principio democrático de separación iglesias-estado reconocía el carácter político-religioso del Vaticano y abría las puertas a la discriminación religiosa por razones políticas, en un proceso que podría atentar contra la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos.

Los opositores al cambio de política alegaron el carácter religioso de la autoridad papal como obstáculo para el establecimiento de relaciones diplomáticas, y esgrimieron que el propio Pio Laghi, delegado «apostólico» en Washington, había señalado que «la autoridad de la Santa Sede es espiritual y moral y no depende del poder secular»; a lo que el Departamento de Justicia respondió que «sea cual fuere la fuente de la autoridad de la Santa Sede, o su punto de vista respecto a dicha fuente de influencia mundial, [...] el hecho es que [...] la Santa Sede posee una gran influencia en el escenario de la diplomacia mundial».

El senador Richard Lugar, quien propuso la enmienda para abrogar la ley de 1867, elogió al papa Juan Pablo II por haber convertido al Vaticano en una «significativa fuerza política en favor de la decencia mundial».

Wilson dijo que su posición de embajador tenía su razón de ser en el hecho de “percibir profundamente el llamado a una búsqueda de moralidad” y del «reconocimiento y comprensión del papel de la religión en los asuntos internacionales».

El propio Reagan declaró que «ningún bien duradero es posible en la esfera pública sin una renovación espiritual constante. En el presente la voz más poderosa a favor de esa renovación es la del papa Juan Pablo II, el papa católico romano».

El siguiente embajador de Reagan, Frank Shakespeare, afirmó que entendía su función como un intercambio de información entre el Vaticano y el gobierno de su país, y añadió: «El conocimiento y los intereses de la Santa Sede cubren un amplio espectro, y en muchos casos sobrepasan al conocimiento y los intereses de los Estados Unidos, por ejemplo, en áreas tales como las Filipinas, las Américas, Polonia, Chescoslovaquia, Europa oriental, la Unión Soviética, el Medio Oriente y Africa».

En atención al papa, Reagan bloqueó las multimillonarias ayudas estadounidenses a los programas de planificación familiar en todo el mundo. Wojtyla, por su parte, apoyó con su silencio la instalación por parte de la OTAN de nuevos misiles en Europa occidental Cuando la Academia de las Ciencias vaticana preparó un informe muy crítico con la Iniciativa de Defensa Estratégica de Reagan (la «Guerra de las Galaxias»), el papa, atendiendo a los requerimientos de Vernon Walters, el vicepresidente Bush y el propio Reagan, echó atrás el informe.

En el Líbano, la administración Reagan adoptó políticas que favorecían los intereses de los católicos maronitas.

Otro de los intereses comunes de la «Santa Alianza» fue el modelo de transición diseñado para Chile: la Iglesia Católica Romana y Washington impulsarían a Pinochet a convocar elecciones, asegurándole la inmunidad por sus crímenes y el cargo de comandante de las Fuerzas Armadas.

Para ello Juan Pablo II contaba con su nuncio, Angelo Sodano, y designó a Juan Francisco Fresno como arzobispo de Santiago; a diferencia de su antecesor Raúl S. Henríquez, Fresno era complaciente con el régimen. En la visita papal a Chile (abril de 1987), una vez más, el dictador no escuchó ninguna palabra de reprobación de labios del papa

Las ideas teológicas de Reagan sobre el fin de los tiempos son también dignas de consideración. Esperaba que en sus días se cumplieran los acontecimientos narrados en Ezequiel 38 y 39, que él, siguiendo las corrientes dispensacionalistas, identificaba con una guerra nuclear que se correspondería con el bíblico Armagedón.

El fundamentalista George Otis, presidente honorario de Christians for Reagan, declaró que «Reagan reconoce el hecho de que esta nación tiene una oportunidad única de influir en la llegada de la Era del Reino».

En 1980 afirmó: «Puede que seamos la generación que vea el Armagedón», y poco después le comentó a Jerry Falwell: «Jerry, nos estamos dirigiendo rápidamente hacia el Armagedón».

A pesar de que Juan Pablo II ha censurado en numerosas ocasiones el materialismo de las sociedades capitalistas, en ningún momento de los ocho años de reaganismo se pronunció desde el Vaticano crítica alguna hacia la política económica de Reagan; incluso, según declaraciones de los propios colaboradores papales, Wojtyla persuadió a los obispos norteamericanos a que suavizaran sus críticas hacia la política económica del gobierno estadounidense.

La visión que del catolicismo romano tenía Ronald Reagan difería significativamente de la mantenida por los gobernantes del país hasta entonces.

Muy pocos católicos habían llegado a ocupar cargos de importancia en la administración, incluso bajo el mandato del único presidente católico de su historia, John F. Kennedy. Esta tradición comenzó a quebrarse con Reagan, quien, habiendo conseguido la mayor parte del voto católico, nombró a miembros de esta confesión para los puestos más importantes de la política exterior:

William Casey (director de la CIA), Vernon Walters (embajador extraordinario del presidente), Alexander Haig (secretario de estado), Richard Allen y William Clark (asesores de seguridad).

Reagan buscó, de manera abierta y encubierta a la vez, forjar unos vínculos estrechos con el papa y el Vaticano. «Quería que fuesen nuestros aliados, explicaría años más tarde».

De manera que, rompiendo con la tradición política de doscientos años, estableció relaciones diplomáticas con el Vaticano.

Este tipo de acuerdos políticos del Vaticano nos recuerdan que la moderna opulencia del Vaticano se basa en la generosidad de Benito Mussolini, quien gracias a la firma del tratado de Letrán entre su gobierno y el del Vaticano, otorgó a la iglesia católica una serie de garantías y medidas de protección.

La «Santa Sede» consiguió que la reconocieran como un estado soberano, se benefició de la exención impositiva de sus bienes como en beneficio de sus ciudadanos, tampoco tenían que pagar derechos arancelarios por lo que importaran del extranjero.

Se le concedió la inmunidad diplomática y sus diplomáticos empezaron a gozar de posprivilegios de la profesión, al igual que los diplomáticos extranjeros acreditados ante la Santa Sede. Mussolini se comprometió a introducir la enseñanza de la religión católica en todas las escuelas del país y dejó la institución del matrimonio bajo el patronazgo de las leyes canónicas, que no admitían el divorcio. Los beneficios que recibió el Vaticano fueron enormes entre ellos los beneficios fiscales, fueron preponderantes.

Aunque desde 1933, el Vaticano demostró su habilidad al entablar lucrativos negocios con los gobiernos fascistas. Al concordato de 1929, firmado con Mussolini, le siguió otro entre la Santa Sede y el 3er Reich de Hitler. El gestor Francesco Pacelli fue una de las figuras clave del pacto con Mussolini; Su hermano el cardenal Eugenio Pacelli, futuro Papa Pío XII fue el encargado de negociar como Secretario de Estado vaticano, la firma del tratado con la Alemania de Hitler.

Con esto vemos la contradicción de Juan Pablo II siendo un Papa que regaña con acritud a los sacerdotes de Nicaragua por mezclarse en cuestiones políticas y que simultáneamente concede su bendición para que enormes cantidades de dólares lleguen secreta e ilegalmente al sindicato Solidaridad de Polonia.

Durante su papado, no ha habido vacilaciones en la posición del Vaticano con respecto a temas polémicos como el control de la natalidad, el aborto y el divorcio. Tampoco ha estado en discusión el celibato de los sacerdotes o el papel de las mujeres en la Iglesia.

La «revolución» neoconservadora despega en Estados Unidos en los años 70, como reacción al «desmadre moral» suscitado por las «revoluciones» sociales de los años 60 (simbolizadas por la primavera del 68).

La victoria electoral de Reagan frente a Carter en 1980 marca la nueva tendencia social que desde entonces viene consolidándose en Estados Unidos y despertando en gran parte del mundo.

El mandato de Bush junior es la cosecha lógica de aquel proceso. La era Reagan presenció la consolidación definitiva de la «derecha cristiana».

Sin tener ejército y contar con menos de 700 millones de creyentes en el mundo, El Vaticano es un poder en sí mismo, el mismo Juan Pablo II estableció un pacto con las corrientes más conservadoras y reaccionarias jamás vistas dentro de la Iglesia Católica: El Opus Dei y los Legionarios de Cristo.

Bajo este escenario se ha desatado la lucha por el poder terrenal del Vaticano ahora que el señor Karol Wojtyla ha fallecido con pocas probabilidades de que llegue un Papa progresista no olvidemos que en el fondo el Vaticano es un Estado religioso.

Sus redes de poder no sólo tienen que ver con la fe sino con la conformación de los intereses de los grupos conservadores que hoy tienen más poder en el Vaticano ratificando su persecución a la ciencia y a las sociedades filosóficas que antes persiguieron.