A 184 años del grito de libertad que dio nacimiento a la república como promesa de felicidad y prosperidad “por la voluntad general de sus pueblos”, el país se halla postrado por la marginación, la pobreza, el desempleo, la corrupción y el desaliento. Pese a las cifras macroeconómicas, aparentemente alentadoras, la gran mayoría de los peruanos no se ha visto beneficiada por la política económica de la administración Toledo ¿Qué está ocurriendo en el Perú? ¿por qué el progreso no alcanza al hombre común de a pie, a la ciudadanía que a pesar de su sacrificio y su trabajo honrado no puede construirse un futuro mejor? En síntesis ¿por qué la economía no mejora la vida de los peruanos? ¿qué o quiénes están fallando?

La organización institucional creada por la clase política nacional es uno de los factores fundamentales de la marginación y atraso del pueblo peruano

El grave problema que aqueja a la nación obedece al tipo de organización institucional creada por la clase política nacional. Un tipo de organización institucional liberal que no ha sufrido variación en los 184 años de vida republicana, salvo las interrupciones producidas por los gobiernos de facto, resultado directo, precisamente, de la organización institucional falaz creada por la clase dirigente. Y a pesar que en 184 años de historia universal el mundo ha sufrido cambios formidables que han llevado al género humano a alcanzar el desarrollo y la prosperidad en otras latitudes del planeta, el Perú no ha cambiado y ha persistido tercamente con la misma organización institucional patrocinada por la vieja clase política que dirige los destinos de la nación.

Fue esta clase política aquella que desde las alturas del poder institucional que la privilegia, y desde el instante mismo de su nacimiento, la que inició una campaña constante y asalariada de demolición permanente del país y de sus iniciativas individuales o corporativas. Ella, la clase política peruana, se perdió en la lucha fratricida de caudillos en los albores de la república y no produjo un Estado nacional sólido y una nación unida alrededor de objetivos comunes. Ella se perdió en la indiferencia y la imprevisión cuando las fronteras de la patria estaban desguarnecidas y produjo la catástrofe sangrienta de 1879. Ella nos llevó de la mano hacia una supuesta modernidad sin apellido con la fuerza prepotente de las bayonetas y la claudicación de la libertad o con su negativa intervención política que destruyó esfuerzos nacionales y privados que habrían estabilizado económicamente al país. Ella decidió liderar la apertura democrática de los ochenta, con políticas económicas eclécticas primero y estatistas después, porque no estuvo lo suficientemente preparada para atisbar los cambios dramáticos que ya se operaban en el mundo.

Ella (la clase política) nos llevó a la noche larga de la dictadura, que decidió administrar la política económica auspiciada por el Consenso de Washington en los noventas, y el resultado fue la bancarrota del sistema democrático y una prosperidad falaz fundada en la escandalosa subasta de los activos del Estado. Ella retornó al poder aparentemente aleccionada por once años de ostracismo político, pero únicamente para administrar las mismas políticas neoliberales de la dictadura y, a falta de empresas públicas que le prodigaran recursos, no tuvo la capacidad, imaginación o liderazgo para producir políticas nacionales consensuadas que permitieran, a largo plazo, satisfacer nuestras necesidades más urgentes y prosperar como nación.

Ella (la clase política) quiso luchar contra la corrupción y es parte y cómplice de esa lacra que lacera al país. Ella quiso descentralizar el país y solamente ha producido un híbrido monstruoso que aún absorbe el poder político y la economía en la capital. Ella, vencida por los plazos, se encuentra ahora negociando el Tratado de Libre Comercio con el gran país del norte, y se apresta, además, a administrar la aplicación de ese tratado y beneficiarse de sus posibles ventajas, si las tiene, a pesar de su evidente incapacidad y sus nefastos antecedentes como clase dirigente.

Así, en los 184 años de vida republicana ambos, la inoperante y anacrónica organización institucional del país que no representa a la mayoría de la nación y que obstruye al ascenso de otras opciones civiles legítimamente nacionales y, de otro lado, una clase política nacional que no cambia, que no progresa, que no se actualiza ni mejora, ambos han venido atentando contra la democracia, produciendo una crisis política permanente o prohijando dictaduras, y aplicando, acrítica e integralmente, políticas económicas elaboradas por los organismos financieros internacionales, las mismas que han tenido como consecuencia la distorsión de metas y rumbos porque han supeditado sus logros a la satisfacción de intereses particulares que no representan los intereses urgentes de la nación, porque solamente han conseguido el enriquecimiento ilícito de sus auspiciadores dentro y fuera del Perú.

Ello explica también el nulo o limitado aprovechamiento de oportunidades históricas que se presentaron para el Perú a lo largo de estos 184 años y que surgieron de condiciones especiales específicas e irrepetibles que tuvieron su origen y punto de partida en el contexto económico y político internacional. Por ello el Perú fue siempre el país de las oportunidades perdidas, desperdiciadas todas ellas por una clase política incapaz que ha renunciado al estudio del panorama internacional y ha preferido convertir la política -un formidable y eficaz instrumento de transformación técnica en otras latitudes del planeta-, en vulgar y escandalosa denuncia policial sin trascendencia histórica para los destinos de la patria.

La organización institucional creada por la clase política nacional genera el atraso de nuestra economía y es incapaz de producir el despegue económico del país

La confirmación de este accionar negativo, pernicioso, culpable y que debería cancelar a toda una generación de políticos peruanos, son los recientes acontecimientos que han colocado a la clase política en el ojo de la crítica y la condena popular. Un quinquenio cuya política económica ha persistido en privilegiar iniciativas que nos llevaron siempre al lugar común de la prosperidad falaz, perdiendo de vista el horizonte del desarrollo sostenido y de largo aliento. Un quinquenio que cerrará aplicando una política económica cortoplacista, concentrada en el sector minero y agroexportador costeño, otra vez beneficiado por la periódica y episódica alza de sus productos en el mercado internacional. Un quinquenio que, como otros que le precedieron, ya sea el ecléctico y segundo belaundismo, el desastre estatista de García, o la subasta del oncenio de Fujimori, reincide en la fatal e irresponsable negativa a reestructurar y diversificar la economía nacional, reorientar la producción y generar más trabajo en los sectores que demandan mayor mano de obra y que tradicionalmente contribuyen a satisfacer el consumo popular.

Un quinquenio que no ha cumplido con esa tarea histórica, aún pendiente, y que no estará en manos de la actual clase política su prosecución y materialización. Ni siquiera la perspectiva largamente anunciada por Washington de iniciar las negociaciones para un Tratado de Libre Comercio hicieron que la clase política actuara con responsabilidad y a la altura de tan importante suceso. Emborrachado por logros económicos de corto plazo, el gobierno de Alejandro Toledo, al igual que los de Belaunde, de García y de Fujimori, no dio inicio a una profunda reconversión productiva que nos llevara a descubrir y potenciar actividades industriales competitivas en el marco de un plan nacional de desarrollo, no ha reestructurado los impuestos a los costos de producción y utilidades, no ha planificado el reentrenamiento de nuestra fuerza laboral y no se ha preocupado por mejorar y extender dramáticamente los medios de comunicación a lo largo y ancho del país. Hemos acudido así no solamente disminuidos sino también improvisadamente, a la mesa de negociaciones del TLC, urgidos por los términos. Y hemos acudido así con el agravante de no haber diseñado una agenda común con los países andinos, basados, primero en planes estratégicos de integración comercial y la armonización de políticas económicas consensuadas que debieron llevarse a cabo previamente.

Así, a cinco años de iniciada esta centuria y en un nuevo contexto internacional más complejo, la estructura productiva del país continúa siendo esencialmente la misma de hace 184 años, es decir orientada básicamente a la exportación de materias primas. La orientación de la política económica del país no ha cambiado porque no ha cambiado la clase dirigente que las propone y administra a través de una perversa y excluyente organización institucional, lo que ha producido 184 años de más marginación, 184 años de más pobreza, 184 años de más desempleo, 184 años de más hambre, miseria y desesperanza para una nación que ya no puede más porque no cree.

La organización institucional creada por la clase política nacional no puede administrar el Perú en un nuevo y cada vez más complejo escenario internacional

Y es esta misma clase política la que se apresta y tiene aún la osadía de querer dirigirnos para adentrarnos en este nuevo siglo. En un escenario internacional más complejo que en todos estos 184 años, donde las inversiones internacionales productivas, es decir las que generan trabajo, transmiten tecnología y contribuyen al desarrollo productivo de nuestras economías, son estructuralmente más escasas. En un escenario internacional más complejo que en todos estos 184 años, donde esas mismas inversiones se concentran crecientemente en los espacios geográficos de las potencias mundiales. En un escenario internacional más complejo que en todos estos 184 años, redefinido y organizado ahora en torno a la guerra después del luctuoso acontecimiento de setiembre 11 del 2001. En un escenario internacional más limitado en las oportunidades que ofrece a la región que en todos estos 184 años, debido precisamente al costo de la guerra para la influyente economía de los Estados Unidos, las implicancias de una estrategia que la incentive, el impacto que ésta producirá en su endémico déficit presupuestal y de cuenta corriente, su política comercial y en la exigua asistencia financiera directa que proporcionaba a la región. En un escenario internacional más complejo que en todos estos 184 años, en que la declinación de la tasa de natalidad en los países desarrollados y su impacto en esas economías podría determinar no solamente la forzada consolidación del unilateralismo que hoy caracteriza a la política exterior de los Estados Unidos, y así se está confirmando, sino además la concentración de ingentes recursos económicos y financieros en su agenda doméstica antes que en la histórica cooperación internacional con los países latinoamericanos.

En síntesis, es a través de este mar proceloso de intrincadas redes internacionales, de cambios y transformaciones mundiales, a los que quiere aventurarnos la clase política nacional con su probada incapacidad de liderazgo en 184 años de dirección de los asuntos públicos y de marchas y contramarchas que han producido el estado calamitoso y ruinoso de cosas que vive una nación incrédula y harta de sus dirigentes políticos.

Cambio de paradigmas: primero es la revolución política antes del despegue económico

Por todo ello es más que evidente que para el pueblo del Perú la hora de la transformación política ya no es únicamente una necesidad para la preservación de la democracia o para su conquista real. Es una necesidad de supervivencia y progreso futuro y que coincide, además, con los pasos que siguieron experiencias exitosas de países que ya cruzaron el umbral del desarrollo.

Ningún país que haya alcanzado su desarrollo lo hizo a través de su clase política tradicional. Todos ellos experimentaron primero, una profunda transformación política antes de iniciar su despegue económico. No al revés. Y todos ellos fundaron su desarrollo sobre la base de sistemas organizativos institucionales abiertos y verdaderamente democráticos, con la efectiva participación ciudadana en el planeamiento de políticas públicas consensuadas que beneficiaron a todos los sectores y a la nación en su conjunto. Lo hizo la Inglaterra preindustrial y alumbró al mundo la primera democracia organizativa, con un parlamento que generó nuevas ideas y que produjo una revolución técnica y económica de la mano con su pueblo y sin parangón en la historia universal. Ocurrió en los Estados Unidos, cuya clase política construyó también un sistema institucional plural, que protegió sin privilegios ni prebendas la iniciativa privada y que permitió la emergencia de una poderosa economía basada en el perfeccionamiento técnico de su industria con los excedentes de la tierra. Sucedió también en la China postmaoísta cuyo cambio de liderazgo político, interpretado como una revolución política al interior del régimen, permitió la progresiva y selectiva apertura de su economía al mercado mundial, privilegiando, sin embargo, el desarrollo nacional sobre la base de políticas económicas que se diferenciaron largamente de aquellas aplicadas en la rusa postsoviética.

Este recuento histórico, político y económico nos lleva, pues, a una conclusión indubitable: La causa de la riqueza de las naciones es la creatividad humana, convocada libremente y sin privilegios por una nueva organización institucional que permita que esa creatividad emerja, se manifieste, participe y se multiplique en cada rincón de un territorio nacional. Esa creatividad no es ajena al pueblo del Perú. El país cuenta con talentos, con la imaginación creadora de sus hijos, con un valioso capital humano que por la ausencia de una organización institucional abierta y plural que la convoque -es decir, aquello que sí permitió el desarrollo de otros países-, ha llevado a este enorme potencial humano a su fantasmagorización, porque se ha perdido en el anonimato, porque se halla escondido o porque se encuentra en el extranjero, donde ha podido desarrollarse y conquistar con su fuerza de trabajo, el bienestar para sus familias, lo que no pudo lograr en el Perú por un sistema institucional perverso y fundado en los privilegios feudales de la clase política nacional.

Congreso Económico Nacional: nueva organización institucional y adiós a la vieja clase política

Por esa razón es preciso realizar una revolución política en el país y recrear en él una nueva institucionalidad democrática, que genere una nueva voluntad política para llevar a cabo todo aquello que se niega a realizar la clase política nacional. Esa nueva organización institucional propuesta por Haya de la Torre e interesadamente olvidada por los decrépitos dirigentes que lideran el aprismo neoliberal de hoy, aliada a la clase política nacional y a los sectores más reaccionarios del país, es el Congreso Económico Nacional. Una nueva organización institucional que, afirmándose en la necesidad de terminar con la crisis política permanente que agobia a la nación, es, además, una formidable herramienta dual de transformación política institucional y de cambio de la economía nacional para encarar los complicados y complejos desafíos de esta centuria.

Por ello, propongo al país, a la juventud del Perú, a los sectores laborales y empresariales, a las provincias y a los pueblos del Ande olvidado, la urgente constitución de un Congreso Económico Nacional que produzca, dentro del orden, un cambio de liderazgo en la política nacional y permita convocar organizadamente, institucionalmente, representativamente, a todas las fuerzas civiles del país. Porque en esa medida el Congreso Económico Nacional será un instrumento que contribuirá decididamente a la gobernabilidad del país, porque reunirá en su seno a las fuerzas vivas de la nación actualmente excluidas del quehacer nacional, a pesar de la reconocida necesidad de contar con esas instituciones en la forja de un destino común para los peruanos.

Tarea inmediata del Congreso Económico Nacional: Pacto Social de seis puntos

Una vez establecido el Congreso Económico Nacional, este poder del Estado debe generar una nueva, vigorosa y auténtica legitimidad política que garantice estabilidad y permita adoptar su primera medida. Esta será dirigida al compromiso de un Pacto Social con todos los peruanos para enfrentar los problemas inmediatos del país en una necesaria etapa de transición hacia la elaboración y aplicación de un Plan de Desarrollo Nacional de largo aliento. Ese Pacto Social contemplará la siguiente agenda de seis puntos:

Reestructuración selectiva del aparato productivo y reconversión industrial. Inversión en capital humano y generación de empleo. Remuneración pública y privada y condiciones de trabajo. Programas de estímulo a la pequeña y mediana empresa. Nueva política y estrategia para enfrentar la deuda externa Programa de repatriación de talentos en el exterior con el apoyo del sector privado.

Congreso Económico Nacional y Plan de Desarrollo Nacional: Organizando concertadamente el futuro del país con responsabilidad y transparencia

Luego de esta etapa de transición el Congreso Económico Nacional se abocará a reorganizar la producción bajo la égida de un Plan de Desarrollo Nacional, común y concertado con todas las fuerzas productivas del país y que concilie las urgentes variables económicas nacionales con la innegable necesidad de exportar más y mejores productos con mayor valor agregado. Porque será imposible armonizar y coordinar ambos conceptos si no contamos con un organismo concertador y planificador que los integre, con criterio técnico y descentralizador. El Congreso Económico Nacional, repitiendo exitosas experiencias recientes y que llevaron a cabo los países del sudeste asiático para iniciar su despegue económico a través de los denominados Consejos de Planificación Económica, administrará esa política dual, centralizando y coordinando acciones que, de otra manera, quedarían aisladas en diversos ministerios o dispersos en el sector privado cuya iniciativa debe ser debidamente canalizada; todo ello sobre la base y la garantía de planes quinquenales consensuados, responsablemente financiados y con el necesario e indispensable apoyo técnico.

Congreso Económico Nacional y TLC: Eliminando distorsiones y distribuyendo beneficios

También corresponderá al Congreso Económico Nacional dictar políticas económicas nacionales y concertadas, destinadas a reforzar y promover la industria y la agricultura nativa en el irremediable marco de la aplicación de un TLC, cuyas distorsiones deberán ser enfrentadas con criterio técnico y privilegiando el interés nacional o cuyos publicitados beneficios, de llegar, serán administrados en consenso y con total y absoluta transparencia, destinando sus recursos a los sectores más deprimidos del país.

Convocando a todo el pueblo del Perú para la revolución política: porque primero son las grandes opciones morales y luego vienen las ideologías

Más allá de las razones puntualmente expuestas en este documento y que justifican una urgente transformación política del país, están las evidencias que, basadas en experiencias de reciente data, confirman la inviabilidad y el agotamiento del liderazgo de la vieja clase política nacional: todos los intentos de acuerdo nacional que ella ha protagonizado terminaron indefectiblemente en estrepitosos y resonantes fracasos, lo que ha llevado a la agudización de la crisis política en el país. En una grave situación internacional como la que ahora enfrentamos, en que la falta de inversiones internacionales productivas nos obliga nuevamente a convocar al capital nacional que ha sido históricamente la base de la recuperación económica del país, se justifica plenamente la necesidad vital de abrogar la organización institucional creada por la clase política nacional y despedir a sus representantes para dar paso a una nueva estructura de poder político que legitime consensualmente los cambios dramáticos que nos exige la hora.

En ese esfuerzo por materializar el cambio de liderazgo en el país, debe participar organizadamente la sociedad civil en su conjunto: empresarios, trabajadores, dirigentes sindicales, maestros, estudiantes, campesinos o comerciantes, trabajadores manuales e intelectuales. Porque esta es una cruzada ética contra un orden político corrupto y anti-histórico. Y porque pese a la pluralidad de pensamientos políticos que caracteriza a nuestra sociedad civil, diversa y heterogénea, primero son las grandes opciones morales y luego vienen las ideologías. Así lo demostró en su lucha urgente, valiente y heroica contra la última dictadura y así lo ha probado en la reciente demostración multitudinaria que puso fin a la vergonzosa ley auspiciada por la clase política nacional, la que beneficiaba directamente a personajes oscuros que organizaron con el cohecho o la amenaza la más grande red de corrupción en la historia de la república.

Peruanos: queremos patria y la patria la hacemos todos nosotros. Construyámosla hoy sin los fantasmas que hirieron mortalmente a la república liberal. Dejemos el pasado, dejémoslo dormir en ruinas o en sepulcros y tornadas las pupilas a la aurora renaciente bendigamos el hoy, glorifiquemos el mañana.

¡Viva la patria! ¡Viva la independencia! ¡Viva el Perú!