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Un tanque soviético T-34 avanzando en el frente de Stalingrado, Segunda Guerra Mundial.

La Segunda Guerra Mundial no terminó en mayo de 1945 en Berlín, sino en septiembre, en Lejano Oriente, después de la derrota del Japón militarista, en la cual, a la par con el Ejército de EEUU, tomó parte también el Ejército Rojo. La operación de Manchuria, llevada a cabo por las unidades del Frente de Transbaikalia, el Primero y el Segundo Frentes de Lejano Oriente y el Ejército Popular Revolucionario de Mongolia, en cooperación con la Flota del Pacífico y la flotilla del Amur de la Unión Soviética, quedó inscrita por siempre en la Historia del arte militar.

El general de ejército Mahmut GAREEV, presidente de la Academia de Ciencias Militares de Rusia, refiere unos detalles ignorados o poco conocidos de aquella operación al comentarista de RIA «Novosti» en temas militares, Victor LITOVKIN.

Litovkin: -Mahmut, al comenzar nuestra conversación, quisiera hacerle una pregunta bastante delicada. ¿Existía la necesidad de que la Unión Soviética, que ya estaba extenuada hasta el extremo por la guerra contra la Alemania nazi, entrara en guerra también contra el Japón? Los japoneses no nos amenazaban mucho.

Durante toda la guerra ellos mantenían neutralidad, mientras que los estadounidenses, a los que prometíamos ayudar, daban largas con la apertura del Segundo Frente, esperando con cinismo para ver quién iba a imponerse: Alemania o la URSS. ¿Por qué teníamos que ayudarles en su lucha contra el Japón? Ellos habrían podido librarla sin nosotros.

Gareev: -Lo de afirmar que los estadounidenses podían prescindir de nuestra ayuda en el Este es lo mismo que decir que nosotros podíamos pelear sin ellos en el Oeste, en mi opinión. No se debe olvidar que se desarrollaba la guerra mundial.

De un lado estaban los agresores: las potencias del «eje Berlín-Roma-Tokio», y del otro, la coalición anti-Hitler en la persona de sus principales participantes: la URSS, EE UU y Gran Bretaña. La guerra no podía darse por concluida ni por nosotros ni por los estadounidenses, sin haberse cumplido todas las tareas, tanto en el Oeste como en el Este.

En cuanto a la posición de Moscú, indistintamente de cómo se portasen nuestros aliados - Inglaterra y EE UU - y pese a muchos defectos que había en la actividad de Stalin dentro del país, él obraba con mucha consecuencia en lo que se concernía a la cooperación internacional y el cumplimiento de lo acordado con los aliados. En este sentido ni siquiera sus críticos extranjeros pueden reprocharle nada.

Pero no se trataba, desde luego, de desearlo o no dirigentes concretos. Desde el comienzo mismo de la guerra, la amenaza partía para nosotros tanto del Oeste como del Este. En todos los planes estratégicos de la URSS, empezando por la segunda mitad de los años 1930, se formulaba la tarea de estar preparados para combatir en dos frentes: en el Oeste, contra Alemania, y en el este, contra el Japón. Y el objetivo fundamental de nuestra política, diplomacia y acciones militares se formulaba del modo siguiente: no admitir que nos impongan una guerra que se deba librar a un mismo tiempo, sino hacerlo por turno. Primero, contra un adversario, y luego, contra otro.

Es por eso que la tarea de la derrota del Japón militarista nunca se retiraba del orden del día por los dirigentes soviéticos. ¿Por qué se procedía así? Recordemos la vergüenza de la guerra ruso-japonesa. Los pueblos de Rusia recuerdan con profundo dolor la derrota sufrida en 1905. Las personas de generación mayor estaban esperando durante varios decenios a que se lavase aquella deshonra.

Era imposible eliminar de la psicología de los rusos el sentimiento de una justa venganza. Recordemos también que en aquella guerra el Japón hizo mucho daño a Rusia: le quitó la isla de Sajalín, las islas Kuriles y otras tierras, que de hecho fueron anexadas ilícitamente por el Japón.

Durante la guerra civil rusa, los japoneses se apoderaron de una gran parte de Lejano Oriente, ensañándose en su población. Fueron fusiladas miles de personas. De hecho se realizó una agresión contra nosotros. Había que dar la respectiva respuesta a todo aquello.

Pero lo más importante era, quizás, el que Stalin creyera obligatorio cumplir la palabra. Durante todas nuestras conversaciones con los aliados se hablaba de que la Unión Soviética iba a entrar en la guerra contra el Japón. Ellos insistían y pedían en que lo hiciésemos. Antes de haberse celebrado la Conferencia de Teherán, Stalin siempre daba una respuesta evasiva. Pero en Teherán prometió entrar en la guerra. El problema fue planteado en toda su gravedad en la Conferencia de Yalta.

En ésta Stalin manifestó firmemente que la Unión Soviética declararía guerra al Japón pasados dos o tres meses después terminar la guerra contra Alemania. Y exactamente al cabo de tres meses cumplió su promesa: la guerra en Europa terminó el 9 de mayo, y el 9 de agosto comenzamos nuestras operaciones de combate contra el Japón.

L.: -¿Era usted un joven capitán en aquel entonces? G.: -No, ya fui mayor. L.: -Pero usted ya había combatido en el Oeste y tenía que ir a pelear al Este. ¿Cómo era la impresión personal de usted: la gente que había recorrido el mismo camino que usted, no se sentía cansada de combatir? ¿Cómo esa gente recibió la noticia de que después de haber tenido la suerte de quedarse con vida en una guerra, tenía que dirigirse a otra, en la que también podían matar? G.:- Voy a responder a esta pregunta. Pero primero quiero acabar lo que no terminé de decir antes.

Como dije, Stalin declaró guerra al Japón pasados exactamente tres meses después de la derrota de Alemania. ¿Qué tenemos que tener presente en relación con ello? Hoy día muchos de aquellos acontecimientos se cubren erróneamente o se tergiversan. Muchos afirman que la Unión Soviética no debía entrar en aquella guerra. Dicen que con ello supuestamente violamos el tratado de no agresión. Pero es que la URSS declaró que abandonaba aquel tratado ya en abril de 1945. Por lo que no había ninguna infracción, procedíamos de acuerdo a las normas del Derecho Internacional.

Además, estaba claro (lo confirman los estudios realizados tanto por científicos norteamericanos como en Estados Mayores estadounidenses durante la guerra) que el Japón opondría la resistencia. Los propios japoneses afirmaban: si EE UU se apoderan de nuestras islas, pasaremos del lado del Ejército de Kwantung y seguiremos luchando durante decenios. Tokio tenía planes de quedarse con Manchuria, convirtiéndola en plaza de armas para seguir librando guerra. Tales ánimos estaban muy difundidos en el Japón de aquel entonces.

La Unión Soviética estaba interesada, desde luego, en que tal plaza de armas no existiese, porque amenazaba tanto a EE UU como a nuestro Lejano Oriente. Hacía falta liquidarla cueste lo que costare y derrotar el Ejército nipón.

Expertos estadounidenses hicieron sus cálculos e informaron a Roosevelt que si la URSS no entraba en la guerra, ésta podría durar un año o año y medio y llevarse vidas de hasta un millón de soldados norteamericanos. Era así como se planteaba el problema. Hasta después de haber arrojado EEUU bombas atómicas el 6 y el 9 de agosto a Hiroshima y Nagasaki, el Japón no capituló, no dejó de oponer resistencia y tenía planes de seguir luchando.

Al analizar todas esas circunstancias, comprenderemos que existía la necesidad de que la Unión Soviética entrara en aquella guerra. Ello respondía a los intereses tanto de la propia URSS como de toda la Humanidad: había que concluir la Segunda Guerra Mundial, ponerle un punto grueso.

La derrota infligida en cortos plazos al Ejército japonés de Kwantung disipó todos los recelos que quedaban. La victoria se obtuvo rápido. De hecho salvamos decenas o centenares de miles de vidas de los soldados estadounidenses y británicos, que debían luchar allí hasta alcanzar la victoria. Lamentablemente, muchos lo olvidan, en primer lugar allende el océano.

Y ahora, en cuanto a los ánimos que reinaban entre los combatientes. Después de la toma de Koenigsberg, en la que participé yo, el 11 de abril de 1945...

L.: -Hace 60 años... G.: -Sí, yo servía en aquel entonces en el Estado Mayor del Quinto Ejército. Empezó el traslado de nuestras tropas del territorio de Prusia del Este. El 28 Ejército, que había participado en el asalto a Koenisberg, fue enviado en dirección a Berlín, y otros se fueron al Sur... L.: -¿En dirección a Checoeslovaquia? G.: -No exactamente. Fue un momento muy interesante. Es que el traslado de tropas al Este empezó inmediatamente después de haber abandonado la guerra Finlandia. Ello sucedió en otoño de 1944, en septiembre u octubre. ¿En qué consistía la particularidad de la operación de Manchuria? La posibilidad de terminar la guerra rápido y derrotar el Ejército de Kwantung sin sufrir grandes pérdidas podía realizarse sólo bajo la condición de que el Ejército Rojo garantizara el factor sorpresa en la realización de esa operación. ¿Pero cómo se podía hacerlo, si habíamos anulado el tratado de no agresión, de lo que se deducía que la Unión Soviética tenía planes de entrar en la guerra? ¿Cómo era posible trasladar un contingente de tropas tan grande del Oeste al Este sin que los japoneses lo notasen? Era de hecho imposible.

Los japoneses estaban esperando nuestro ataque, pero no sabían su fecha. Hay «analistas» que afirman hoy día que combatíamos como unos ineptos. Ello es mentira. Nuestros jefes militares encontraban a menudo soluciones sorprendentes. El general de ejército Alexey Antonov, jefe del Estado Mayor General, y el mariscal de la Unión Soviética Alexander Vasilevski (éste último a la muerte de Cherniajovski fue designado comandante del Tercer Frente de Bielorrusia, primero para acabar más rápido la derrota de los alemanes en Prusia del Este y liberar tropas para trasladarlas al Este, y, segundo, para que él adquiera hábitos prácticos de tener bajo su mando un Frente) planearon tan bien esa operación que los japoneses de hecho no notaron nada.

Ellos empezaron a trasladar divisiones al Este ya en 1944. Pero sólo aquellas que combatían en Carelia o Hungría, o sea las que habían sido trasladadas antes del Este al Oeste. Tanto los japoneses, como la población civil soviética sabían que eran las unidades que regresaban con triunfo a los lugares de su permanente emplazamiento.

Se las recibía con flores y música en estaciones ferroviarias, sin suscitar ningunas dudas. Pero bajo esa cobertura también se trasladaba sigilosamente un gran número de otras unidades, especialmente las de carros blindados y de aviación. Los soldados de éstas no salían de vagones que paraban en vías muertas.

A veces preguntan: ¿cómo se podía garantizar el factor sorpresa, existiendo distancias tan grandes y tanta cantidad de tropas? Pero los soviéticos lo consiguieron, usando de desinformación y estratagemas.

¿Qué más se debe tener en cuenta? Aproximadamente un mes antes del 9 de agosto, el Gobierno nipón se dirigió a la URSS, solicitándola actuar de mediadora en las negociaciones entre Tokio y Washington y prometiendo devolvernos a cambio de ello Sajalín del Sur y las islas Kuriles. Podíamos resolver de este modo nuestros problemas territoriales por vía política, sin perder ni una persona.

Las bajas humanas serían sólo de parte de los estadounidenses. Pero Stalin prefería obrar con consecuencia y consideraba un asunto de honor cumplir lo prometido. La URSS no aceptó las ventajosas propuestas de Tokio y entró en la guerra.

L.: -Usted no ha respondido a la pregunta sobre los ánimos de los soldados. G.: -Es verdad, pero volvamos a Koenigsberg. Algunas de nuestras unidades recibieron la orden de partir en tren. Nadie sabía a dónde iríamos. Acababan de terminar unos intensos combates, y todo el mundo se sentía muy cansado. Pese a ello nos hicieron pegar las mapas de las direcciones a Berlín y Praga, por lo que creíamos que íbamos allá. Pero fuimos a Moscú. El tren del Estado Mayor del Quinto Ejército arribó a la capital el 2 de mayo. Paramos en una vía muerta. Aquella noche vi por primera vez celebrar con fuegos artificiales la toma de Berlín.

En el tren empezaron a circular rumores de que vamos a pelear contra Turquía. Sólo cuando cruzamos el Volga, comprendimos en qué dirección íbamos. Nuestro desplazamiento se realizaba en un ambiente de estricto secretismo.

L.: -¿De noche solamente? G.: -No, durante las 24 horas, pero las paradas se hacían sólo de noche. Nada de terminales, sólo lejos de éstas, en vías muertas. Ni siquiera todos los comandantes de unidades sabían a dónde nos dirigíamos. El traslado de una masa tan enorme de unidades fue planeado y realizado excelentemente. Hacia aquella época, Stalin ya llegó a tener confianza a sus generales y no cohibía la iniciativa de ellos. Gracias a todo ello la operación resultó ser muy bien preparada.

En la frontera entre Manchuria y la Unión Soviética los japoneses crearon potentes fortificaciones. Para destruirlas, el Estado Mayor del frente planeó efectuar preparación artillera incesante de tres días de duración. Un día o día y media se necesitaban sólo para destapar la zona: eliminar con el fuego de artillería el matorral que encubría los fortines. Pero el comandante del Quinto Ejército, el coronel general Nikolay Krilov, propuso al comandante del Frente, Vasilevski, pasar a la ofensiva sin efectuar la preparación artillera. Éste dio su visto bueno.

El 9 de agosto, a la 1,00, hora de Jabarovsk, bajo la cobertura de una lluvia torrencial y en acompañamiento de guardias fronterizos (la víspera ensayamos con ellos en más de una vez cómo íbamos a pasar) cruzamos la frontera y nos apoderamos de los fortines.

Cuando no se libran combates nadie vive en éstos. Los japoneses se ubicaban en casitas de madera, que se encontraban a una distancia de 500 a 600 metros de los fortines. Apenas ellos salieron corriendo de allí, nosotros ya estábamos en los fortines, sin haber producido ni un disparo.

Al Norte de Gradekovo, lugar donde estábamos estacionados, se encuentran una montaña llamada Camello y otra, de Guarnición. Allí se ubicaba nuestra zona fortificada, al mando del general Shurshin. Para animar un poco a las tropas, él decidió realizar un ataque de artillería de diez minutos de duración. Terminado el ataque, aparecieron los japoneses y ocuparon los fortines.

Cuando la guerra ya había terminado, tuve que llevar un parte al Estado Mayor del frente, y al cruzar la frontera en automóvil vi a los japoneses que todavía seguían en los fortines y abrían fuego. ¿Qué significaba aquello? Si no hubiésemos elegido la táctica que propuso el general Krilov y hubiésemos empezado a avanzar rompiendo la línea de defensa del mismo modo que lo hacíamos durante la guerra contra Finlandia, sólo para apoderarnos de las zonas fortificadas habríamos necesitado de seis a siete meses. Es lo que vale una decisión sensata tomada por altos mandos.

Mire usted, existía el Ejército de Kwantung, de un millón de efectivos, de los que tomamos prisioneros a 690 mil. Mientras que nosotros perdimos durante aquella operación 12 mil soldados y oficiales. Lo digo respondiendo a las acusaciones de que combatíamos como unos ineptos, cerrando el paso del adversario con montones de cadáveres de nuestros soldados, según afirman algunos... Es por eso que a tales personas de Occidente no les gusta recordar la operación que realizamos en Manchuria.

L.: -Existe otro aspecto de este problema, y le haré sin falta la respectiva pregunta. Pero de momento quiero escuchar de usted la respuesta sobre los ánimos que reinaban entre los soldados, a los que mandaban combatir al Este, luego que ellos ya habían tomado Berlín y Koenigsberg.

G.: -Mucho dependía de la edad. Quiero hacer una pequeña digresión. El 22 de junio de 1941, fecha en que empezó la guerra, yo era estudiante de en una escuela militar de Tashkent. Nos dieron la orden de formarnos en la plaza. Escuchamos allí el discurso de Molotov. A mi lado estaba el cadete Garkavtsev. Al conocer la noticia del comienzo de la guerra, él dijo: mientras estamos estudiando, la guerra va a terminar, como ello sucedió en Hasan y Halhin-Gol.

Garkavtsev pereció a finales de 1942, en la batalla de Stalingrado. Lo digo para que usted tenga una idea de los ánimos que reinaban entre nosotros, oficiales jóvenes en aquel entonces. En 1945, yo tenía 22 años de edad y ya era mayor. En cuanto a mí, hasta percibí con una especie de entusiasmo la noticia de la guerra declarada al Japón. Pero entre nosotros había gente mayor que nosotros, digamos de mediana edad, que asentían: sí, debemos vengarnos de los japoneses.

Pero también hubo algunos que ya habían pasado cuatro años en la guerra y otros, a los que no se les dio de baja, aunque ellos ya habían cumplido su plazo de servicio antes de empezar la guerra. Algunos de ellos llevaban la dura vida de soldado ya durante siete u ocho años, teniendo familias. Claro está que ellos esperaban con impaciencia poder regresar a sus hogares. Pero tenían que seguir combatiendo... En cuanto a mí, yo me sentía libre. O sea que había ánimos diferentes.

Recuerdo que cuando llegamos al lugar del destino y empezamos a entrenarnos, el comandante de nuestro batallón, Gueorgui Gubkin, más tarde condecorado con la Estrella del Héroe, nos enseñaba que en Manchuria había que arrojar granadas de un modo distinto que en Koenigsberg, pues allí el terreno era plano y aquí montañoso. Si uno la tira hacia arriba, va a caer y explotar bajo sus pies, nos decía. Lo cuento para llamar la atención sobre el siguiente detalle: Gubkin nos lo enseñó y luego dijo si teníamos preguntas. De la fila salió un combatiente de unos 45 años de edad y preguntó: ¿cuándo nos van a licenciar? Este problema preocupaba mucho a algunos de mis compañeros de armas.

L.: -Volvamos a las cifras que usted adujo: casi 700 mil prisioneros y 12 mil muertos. En Occidente afirman que esas bajas relativamente pequeñas del Ejército Rojo no se debieron a la experiencia adquirida por sus comandantes y su proceder dirigido a conservar la vida a los soldados, sino al hecho de que después de los bombardeos nucleares a Hiroshima y Nagasaki el Ejército de Kwantung estaba desmoralizado y ya no era aquella temible fuerza que había sido antes del 6 de agosto. Que se entregaba por regimientos y divisiones enteros. Que los rusos no realizaron allí ninguna proeza. ¿Qué puede decir usted al respecto?

G.: -Si alguien quiere justificar una estupidez, empieza a inventar. Los hechos históricos refutan tales afirmaciones. Ya le aduje algunos. Si hubiéramos actuado de manera estereotipada, no del modo como realizamos la operación en Manchuria, la guerra se habría prolongado por mucho tiempo, pese a lo de Hiroshima.

Pero cuando arribamos al Lejano Oriente, teníamos a nuestras espaldas la experiencia de haber combatido durante cuatro años. Nuestro arte militar estaba al más alto nivel. Incluso hoy día, después de pasar tres o cuatro días en ejercicios militares, uno siente que ha aprendido algo, y en cuatro años se aprende muchísimo. Lo que éramos en 1941 ó 1942 y después en 1945, era como la noche y el día.

Si no lo hubiésemos sido, habríamos tenido un otro «Gradekovo». Los japoneses atrincherados en los fortines del monte Camello estuvieron disparando de allí durante un medio año más, ellos estaban provistos de todo: de municiones, agua y víveres. La guerra había terminado, pero ellos seguían disparando.

Sólo gracias a actuar de modo prudente pudimos evitar grandes pérdidas. Los japoneses estaban llenos de decisión de seguir oponiendo la resistencia. Y lo estaban haciendo. Tuve que salvar a la 84 división de caballería del general Dedeugli.

L.: -¿Era una división mongola, a juzgar por el apellido de su comandante? G.: -No, él era armenio de nacionalidad. Hace poco leí el libro «Los armenios durante la Gran Guerra Patria». Allí se habla de él también y se inserta su foto. Entre el 15 y el 18 de agosto, su división fue cercada al Noreste de Nenan, que es una ciudad china. Los japoneses peleaban con desesperación allí, igual que en otros lugares. Pero las habilidosas acciones nuestras, por ejemplo, el desembarco de un gran número de efectivos, no en paracaídas sino por medio de tomar tierra el aparato, todo ello les producía estupefacción. Usted puede juzgar de ello a partir del siguiente episodio.

Dentro del Frente de Transbaikalia se encontraba una potente fortaleza de piedra, llamada Zheje, que era toda una ciudad con 500 mil habitantes. Si se hubiese decidido tomarla por asalto, atacando de frente, se habría necesitado mucho tiempo y habría habido numerosas bajas, tanto por nuestra parte como por la de los japoneses, incluida su población civil. ¿Y qué hace el comandante del cuerpo, el general Issa Pliev? En 1941 ni podíamos imaginárnoslo.

Toma consigo una escolta de siete u ocho personas, un «Dodge» y dos «Willies». Ellos suben en esos autos y a gran velocidad atraviesan las puertas de la fortaleza, dirigiéndose al Estado Mayor. Pliev entra en éste y dice: di la orden de preparar aviones para arrojar bombas sobre vosotros. Si no queréis morir todos, entregaos. Estuvieron regateando durante hora y media, y luego toda la guarnición - 25 mil efectivos - se entregó al general acompañado sólo de escolta. Lo que significan el atrevimiento y pujanza de un comandante.

L.: -Pero el 14 de agosto el emperador del Japón había dirigido un llamamiento a su Ejército, ordenando dejar de oponer resistencia.

G.: -Sí, pero no todas las unidades y guarniciones del Ejército de Kwantung lo recibieron y no todas estaban dispuestas a cumplir aquella orden. También existía una orden secreta: entregarse a los estadounidenses y los chinos, pero seguir combatiendo contra los rusos, para que éstos conquistaran menos espacios en Corea, Manchuria y otras regiones de China. Pero pese a ello cumplimos las tareas planteadas.

Todo indicaba a que nos iban a oponer mucha resistencia, y nuestras pérdidas habrían sido grandes, si no hubiese sido por el hábil proceder de nuestros altos mandos. Las conversaciones de que los japoneses eran presa del pánico y entregaban por unidades enteras no encuentran confirmación en los hechos.

L.: -En la guerra contra el Japón actuaban dos Ejércitos: el nuestro y el estadounidense. Se entiende que su interacción se coordinaba a nivel estratégico, ¿pero existían también la cooperación táctica e interoperabilidad en el nivel de regimientos y divisiones? G.: -En aquel entonces yo no estaba al tanto de ello. Pero puesto que trabajaba en el Estado Mayor del Quinto Ejército, sabía algo. Por ejemplo, nos decían que los estadounidenses no debían entrar en Port Arthur ni en Dalni, que según lo acordado allí debíamos estar nosotros.

Que en Corea, al Sur del 38 paralelo estarían los estadounidenses. Al acercarse los batallones de nuestro 25 Ejército, al mando del coronel general Iván Chistiakov, desde el Norte a Seúl, estuvieron parados en aquel lugar durante dos días, esperando a que llegasen los estadounidenses. Cuando los aliados llegaron, retiramos nuestras tropas allende el 38 paralelo. Quiero decir con ello que conocíamos ciertos detalles de las acciones coordinadas.

Pero cuando las unidades de nuestro 39 Ejército se acercaron a Port Arthur, allí intentaron desembarcar de lanchas veloces dos destacamentos estadounidenses. Los nuestros se vieron obligados a abrir fuego, pero no contra ellos sino hacia arriba, haciendo retirarse a los yankis.

Los estadounidenses creyeron que podrían apoderarse de Port Arthur y permanecer allí luego. Como regla, los acuerdos se cumplían, pero no siempre. Por ejemplo, estaba acordado con Washington que participaríamos en la ocupación del Japón y que una o dos brigadas soviéticas quedarían en Tokio, como ello se hizo antes en Berlín.

Nuestro 35 Ejército, al mando del coronel general Nikolay Zajvataev, se preparaba ya a desembarcar en la isla de Hokkaido. Pero el general Duglas MacArthur, hombre muy decidido, que gozaba de mucha influencia en la Casa Blanca, repudió esos compromisos de EE UU. Parece que el presidente Truman no se sentía muy seguro, y MacArthur de hecho impuso su punto vista respecto a muchos problemas de Lejano Oriente, adoptó todas las medidas para impedir el desembarco soviético en territorio del Japón.

Los estadounidenses insistían en instalar sus bases en territorio de la Unión Soviética con el fin de librar guerra contra el Japón, por ejemplo en las islas Kuriles. Pero estaba claro que si lo hacían, no se irían de allí durante mucho tiempo, como mínimo. La propuesta de ellos fue declinada.

Conviene señalar que nuestra diplomacia no funcionó muy bien ya después de terminada la guerra. No teníamos que marcharnos de la Conferencia de San Francisco dando un portazo. Debíamos concertar un acuerdo o posponer su concertación junto con otros países. Y puesto que nos fuimos, ellos lo suscribieron sin nosotros. Las consecuencias de ello se sienten hasta hoy día.

L.: -Es mi última pregunta. ¿Cómo recibía la población china al Ejército Rojo? ¿Qué impresiones tuvo usted del trato con ella y con los comunistas chinos? Intencionadamente o sin querer, no lo sé, pero ustedes ayudaron a los comunistas chinos a vencer al Kuomintang y a realizar en el país la revolución socialista.

G.: -Este es un tema para una conversación aparte, además no está estudiado ni cubierto en ninguna parte. Allí hubo muchos problemas que todavía no están desentrañados ni por los periodistas ni por los historiadores, temas que esperan ser investigados. Pero de modo preliminar su puede decir lo siguiente. Quizás en ninguna otra parte nuestras tropas fueran recibidas tan bien, excepto Bielorrusia, como las recibían en Corea y China.

De la operación de Manchuria se puede hablar sin cesar, tan bien la planearon. Existe un documento. El jefe del servicio de reconocimiento del Quinto Ejército de Kwantung (ellos también tenían su Quinto Ejército) informa al comandante Yamada que se observa una concentración de tropas soviéticas, indicando, según suele hacerlo su servicio, el largo y la profundidad de esa concentración. Pero encima de su parte el comandante japonés escribe: «Solamente un loco puede lanzar la ofensiva en temporada de lluvias».

Es que en agosto habían empezado los aguaceros. Pero escogimos intencionadamente ese momento, sabiendo que todo el mundo lo creería una locura.
Surgieron colosales dificultades. Se interrumpió el abastecimiento...

L.: -Las piezas de artillería y los carros blindados... G.: -Todo se atascaba en el lodo. Lo vi con mis propios ojos en Corea del Norte, en primer lugar en Nenan, Jilin, Donghua y otros distritos. Para ayudarnos a sacar carros blindados y automóviles atascados acudían habitantes de aldea enteras... Llevaban carros de una aldea a otra casi en brazos. Nadie los obligaba a hacerlo. Por el odio que sentían a los japoneses, ellos estaban dispuestos a hacer todo para expulsarlos de su tierra. Los japoneses realmente los trataban brutalmente. Tanto en China como en Corea se permitía comer arroz sólo una vez al mes. Los productos cárnicos estaban limitados. Se aplicaban muchas medidas represivas con respecto a la población local. El régimen ocupacionista nipón era muy duro.

A menudo nos reprochan: ¿por qué ustedes, en vez de soltar a los prisioneros japoneses, se los llevaron a la Unión Soviética? Yo era jefe de un grupo al que estaba encomendado controlar los campos de concentración de prisioneros de guerra en la parte Norte de Manchuria.

Cuando nuestras unidades se preparaban para irse de allí en 1945 (luego tuvimos que quedarnos por unos meses más), entregamos unos cuantos campos a los chinos. ¿Y qué hicieron éstos? Les quitaron a los japoneses todos los víveres. Cuando un chino transitaba cerca del campamento, veía su deber en disparar... L.: -¿Contra un japonés? G.: -Sí. Los japoneses nos suplicaban arrodillados: No nos dejéis. Hay demagogos - lamentablemente, también entre los periodistas - que dicen: ustedes los sacaron ilegítimamente, infringiendo el Derecho Internacional...

¿Pero a dónde teníamos que meter a aquellas 650 mil personas? No había transporte para sacarlas a todas al Japón, además en derredor todo estaba minado. No podíamos dejarlos en aquel lugar, pues los chinos los habrían matado a todos. Los japoneses mismos nos pedían que los llevásemos con nosotros. Cuando la gente no conoce todas las circunstancias, empieza a juzgar categóricamente... Pero en la vida todo es mucho más complicado.

Surgían situaciones enredadas. Antes de comenzar la guerra contra el Japón, la Unión Soviética había concertado un acuerdo con Chiang Kai-shek respecto a Port Arthur , el Ferrocarril de China del Este y otras cuestiones. Los comunistas se ofendieron muchísimo. Traté en aquel entonces con el presidente del Consejo Militar de China del Noreste, el compañero Gao Gang, un revolucionario muy inteligente. Él expresaba su indignación al respecto.

L.: -¿Por qué, entonces, ayudábamos a Mao Tse-tung, y no a Chiang Kai-shek? G.: -Antes de empezar la guerra, todos los primeros acuerdos los concertamos con Chiang Kai-shek. Fijamos la siguiente condición: donde están nuestras tropas, allí no deben entrar ni los comunistas ni el Kuomintang. ¿Cómo era aquello? Según lo acordado con Chiang Kai-shek, entre octubre y noviembre de 1945 teníamos que retirar nuestras unidades de Manchuria.

Pero de repente Chiang Kai-shek ve: si nos vamos, los comunistas van a ocupar inmediatamente todas las ciudades. Esto último no le convenía y tampoco le alcanzaban fuerzas para ocupar nuestro lugar. Él estaba atascado en la Zona Especial y otros distritos. Además, estaba recibiendo la capitulación de las tropas niponas.

Por todo ello él se dirigió a Stalin, pidiendo dejar el Ejército Rojo allí donde éste se encontraba. Enseguida surgieron contradicción entre nosotros y Mao. Verdad que las relaciones con los dirigentes chinos también es un tema aparte. Vamos a dedicarle otra conversación nuestra.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)