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Por ejemplo, el Nobel colombiano no usa frac negro ni chaqueta a cuadros, ni se deja acompañar por otras rosas que no sean amarillas; huye de los seres sombríos y desprecia el oro porque está seguro de que es “el cagajón del Diablo”.

En el formidable acto del viernes en Mar del Plata, ante más de 40 000 personas, Hugo Chávez dijo que prefería no encontrarse con el Presidente norteamericano en la Cumbre de las Américas, porque “Bush es pavoso”. Tiene tan mala sombra que quien está a su lado siempre es sospechoso de criminal, cuando no de imbécil. Y a nadie —salvo en casos de aberración y cipayismo a ultranza— se le ocurre hacerle hoy cumplidos a alguien que, se sabe, está condenado al fracaso con su fanatismo antiterrorista, sus bombardeos quirúrgicos y la puerilidad de sus grandes mentiras.

Por pura casualidad, el diario argentino Página 12 publicaba el anuncio de un tabloide gratuito que regalarán este domingo, con frases de Bush. Reproducían dos o tres, a modo de carnada para los lectores, y entre ellas la que salió de la boca de W., el estadista, cuando un reportero quiso saber qué se había discutido en una reunión parecida a la de Mar del Plata: “la pregunta realmente importante es ¿a cuántos he dado la mano?”

Con buena suerte, esta vez no será la de Chávez, ni la de la gente que no pudo pasar las vallas que enjaulaban la Cumbre de las Américas, pero que se lanzó al otro lado de la calle o llegó acá desde los lugares más extraños para protestar por la presencia del emperador. Y para espantar esa mala suerte que acompaña todas sus decisiones y su visión de la América Latina como patio trasero, con ríos interminables de riquezas que se pueden explotar hasta el hartazgo. Visión equivocada que ignora que bajo la superficie de ese afluente hubo y hay otra vida, subterránea, densa, acumulativa, que puja por irrumpir contra las maldiciones que vienen del Norte y que casi nos han convencido de que en nuestro continente se canta mejor el tango, la quebrada y el lamento que la esperanza.

En cierto modo, es verdad que hay más posibilidades de encontrar sirenas en el Amazonas que gente ilusionada por las calles de nuestro mundo. Sin embargo, en este acto de Mar del Plata vi dentro de un estadio, resistiendo la lluvia, el viento y un frío de perros, a mucha de esa gente, deslumbrada por las palabras de Chávez, presintiendo que aquello, más que como fecha histórica, quedaría como un definitivo referente del camino revolucionario.

El líder venezolano sabe muy bien que por estas latitudes las ilusiones se manejan con suma cautela y una considerable dosis de pudor. Un buen deseo sin hechos que lo sostenga es también medio pavoso, y como nadie quiere pasar por tal, si es portador de alguna clase de ilusión la comunica más con la mirada que con palabras. Así que, cuando el Presidente bolivariano habló del ALBA y del ALCHA (la Alternativa contra el hambre), y de Telesur, de Petrosur y hasta de una posible Organización del Atlántico Sur frente a la OTAN, juro que vi la esperanza instalada, incómoda, ocupando buena parte del brillo en muchos ojos, retenida todavía por la sana conciencia de la realidad. La vi, a esa ilusión, peleándose furiosamente con el cinismo al que se suelen adherir esos políticos amigos de Bush que se dan automáticamente por estafados, por engañados, por traicionados, por vencidos.

Porque después de todo, ¿en qué estaba pensando toda aquella gente allí reunida? ¿Qué hay detrás de esta ilusión? Seguramente un lento y sostenido movimiento hacia la equidad. Políticos menos crueles, menos sádicos, menos psicópatas. Países habitados por personas reconciliadas con su historia personal, con su identidad, con su cultura. Gobiernos que verdaderamente respondan a sus ciudadanos y no al FMI, al Banco Mundial y a tantas instituciones depredadoras. Cumbres de presidentes que no comiencen con el discurso de un banquero, ni transcurran sitiadas y fuertemente custodiadas por temor a los pueblos que dicen representar. Y una palabra de recóndita raíz latinoamericana —pavoso— con la que se le dice al mandamás del imperio que aquí se le desprecia tanto como no se le teme.