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Patio sexto, una propuesta tras las rejas

La educación, ese acto político...

Las reclusas confinadas en la Cárcel Nacional de Mujeres de Bogotá, patio sexto (presas políticas), ven la necesidad de construir un plan pedagógico que sirva como modelo educativo en todas las penitenciarias. Con tal fin han presentado una propuesta de trabajo a la Comisión Accidental del Senado. El objetivo de este artículo es contribuir a la reflexión crítica y propositiva en materia educativa de las prisiones.

| Bogotá (Colombia)
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Educar «es el acto político de ofrecer a la pulsión (deseo de saber) del ser humano un destino que no sea la inhibición, ni el síntoma, ni la angustia si no el despliegue de actividades creativas para aprender internándose para investigar lo desconocido, lo asombroso” [1].

En el marco de un sistema judicial que criminaliza el derecho a la oposición, y por ende reprime cualquier posibilidad de indignación y alternativa que se geste en el país, nos corresponde como Presas Políticas realizar este artículo teniendo en la mira un estado que no sólo sea de nombre «Social» y de «Derecho» y que no se consolide como palanca de guerra, para que sea posible soñar una propuesta educativa humanista.

Educar es el acto político que abre camino al conocimiento. Allí se asume al maestro como orientador integral o tutor, cuya función es mediar y facilitar procesos de aprendizaje, el diseño de actividades que permitan aprehender de la propia experiencia y que conduzca a la unidad entre escuchar, leer o escribir con la posibilidad de reflexión, autocrática y cambio.

Se trata de una actitud pedagógica permanente que rescate al ser humano en medio del drama, las crisis e incertidumbres de su momento histórico y relanza la confianza en sí misma, en las potencialidades transformadoras de los múltiples saberes del pueblo para enfrentar la encrucijada de nuestra sociedad y los desafíos que se presentan.

Construir una opción de vida

Esta es la utopía que intenta construir nuestra propuesta educativa en las cárceles, luego de realizar una evaluación diagnóstica de lo que ha sido la experiencia en materia educativa en los últimos años.

Como internas y muchas como profesionales de la educación, la experiencia nos muestra que desde la prisión es posible desarrollar múltiples capacidades y potencialidades, elevar el nivel de autoestima, reafirmar la dignidad, la confianza en sí misma, los valores y la voluntad de asumir un nuevo proyecto de vida. Esto es lo que debe hacer la sociedad colombiana como parte de una política de equidad, justicia social y desarrollo a escala humana. Buscar el equilibrio desde el punto de vista humanístico, esta estrategia fortalece la integración de los factores de desarrollo humano desde ejes cognitivos, procedimentales y axiológicos.

La educación en la cárcel, aparte del contacto con el silencio, bajas expectativas, ausencia de aspiraciones y la falta de estima personal, reflejo de unas condiciones objetivas adversas y también de una sociedad segregada espacialmente, significa rescatar y comprometer para la vida y la humanidad, a todos los actores sociales.

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El escenario carcelario se caracteriza hoy por estar integrado por hombres y mujeres que enfrentan largas condenas, o procesos de sindicación por largo tiempo. También de vivir con desarraigo y marginados de la producción, de responsabilidades educativas con los hijos, en un espacio fundamentalmente violento y represivo, inhóspito y relativamente incierto, anárquico e inseguro. Situación que afecta desproporcionadamente a los más pobres, y a quienes dependan económica y espiritualmente de la reclusa máxime si el o la detenida es cabeza de familia.

Los internos enfrentan en prisión múltiples crisis: económica, de subsistencia, de identidad, de adaptación, afectiva, de soledad, espiritual, de resistencia, todas sus dimensiones humanas están trastocadas. Generalmente la única opción que existe es la evasión mental momentánea a través de droga, violencia, televisión, sectas religiosas o cualquier otra ocupación que se invente.

Creemos necesario que la educación formal en sus grados básica y media debe ser verdaderamente obligatoria, por sus importantes funciones sociales y formativas. Proceso donde se fomente la exploración y descubrimiento de intereses intelectuales, artísticos, expresivos, tecnológicos y científicos de las internas, a la par de la educación para el trabajo.

Aquí la obligación del Estado radica en brindar todas las condiciones necesarias tanto administrativas como materiales para promover entre la población carcelaria unos niveles de educación acordes a las exigencias de una sociedad contemporánea (educación media y superior). Este tipo de educación requiere inversión en equipos, herramientas, talleres o laboratorios, pero es muy eficaz en la formación del pensamiento y la práctica de las ciencias y las tecnologías modernas.

Se podrá medir la calidad del proceso educativo para la ciudadanía, la calidad científica de la educación, tecnológica, estética, moral, física y la capacidad expresiva y creativa, la conciencia ambiental de las estudiantes en las cárceles. Igualmente se evitaría la degradación ética y moral de la interna, se reconstruiría el tejido social, su socioafectividad, se podrá rescatar su dignidad, su confianza en sí misma, sus valores humanos fundamentales, los principios de la vida en sociedad, y en particular, su voluntad de definir un proyecto de vida individual y colectivo.

La sociedad debe asumir su responsabilidad con los y las reclusas, de ninguna manera puede seguir limitándose a confinarlos, mantenerlos con vida, darles alimentación y preservar la seguridad de los establecimientos penitenciarios. Es necesario analizar ésta situación con todos sus aspectos, al margen de enfoques exclusivamente policivos, represivos o de seguridad. Así mismo es necesario definir realmente los casos patológicos, de enfermos psicópatas, homicidas posesivos y en general que padezcan trastornos mentales, para darles el tratamiento requerido, la asistencia médica y el seguimiento de especialistas.

El PEI en la prisión

El currículo no es simplemente un plan de estudios, pues se trata de un conjunto de intenciones, principios, acciones, planes, y experiencias que en la realidad carcelaria, no sólo definen el momento y las circunstancias en que transita el recluso, sino las nuevas relaciones que tiende a desarrollar, desafíos, problemas y exigencias que tendrá que enfrentar cuando salga en libertad.

Por lo tanto, es necesario llevarlo a descubrir este mundo, vivirlo, entender sus lenguajes, comprender las relaciones que lo llevaron a esta realidad, vivir la soledad reencontrándose consigo mismo, reflexionar sobre su pasado, presente y futuro. Hacerle frente a todas las incertidumbres, ansiedades e indefiniciones, es decir, recuperar la estabilidad emocional, espiritual, socio afectiva, material, personal y desarrollar un proyecto para la libertad.

Son asuntos a los cuales tendrá que responder de alguna manera el currículo del Proyecto Educativo Institucional. Dado que esto no es un asunto simplemente programático o sicológico, sino fundamentalmente pedagógico, pues la pedagogía tiene que ver con el arte de acompañar a estos seres humanos por este difícil tránsito en el mundo y submundo carcelario.

[1] Tomado del libro: Educar ese acto político de Frigerio Graciela y Diker Gabriela, Del Estante Editorial, Buenos Aires, 2005.

María Luisa Niño

Licenciada en Lingüística y Literatura

 
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