Ahora, cuando ya estamos estrenando TLC, todo será más fácil para las empresas transnacionales. Puede venir una invasión de supermercados y meganegocios semejante a la que tuvo lugar en México cuando, hace como quince años, firmó su TLC con EU y Canadá. O como ocurrió en Buenos Aires a mediados de los años 90 del siglo pasado. Escuche lo que puede pasar en un solo caso, el de la empresa de supermercados Wal-Mart (WM). Wal-Mart es la más grande empresa del mundo, mayor que General Motors, General Electric y Exxon Mobil. Su lema es ofrecer más barato que todos los demás y para eso utiliza amenazas veladas y no tan veladas a sus competidores. Su acción es doble: allí donde llega precariza el contrato de trabajo con sus propios empleados, fuerza a sus competidores a hacer lo mismo y elimina los pequeños y medianos comercios y negocios afines en el amplio radio de su cubrimiento.

A sus empleados no los llama trabajadores sino “asociados”. Tiene 1.400.000 “asociados” en EU., tres veces más que el mayor empleador estadounidense y 56 veces más que una empresa estadounidense media.

En 2005 tuvo una facturación cercana a 310.000 millones de dólares; eso representa el 2,5% del producto interno bruto de Estados Unidos, con lo cual WM es más rica que muchos de los Estados federales de ese país. Es el mayor empleador privado de la tierra y cuatro de sus dueños hacen parte de los diez personajes más ricos del planeta. En 2001 los ingresos de WM superaban el producto interno bruto de la mayoría de los países del mundo, entre ellos Suecia. En materia comercial solo Carrefour le sigue los pasos, pero de muy lejos.

Prefiere las zonas periféricas de los centros urbanos para aprovechar el bajo precio de la tierra y la mayor clientela, atraída porque sus precios son en promedio 14% más bajos que los usuales. Su táctica es triple: paga salarios muy bajos, destruye a sus competidores o bien les permite sobrevivir pero bajo su mandato de costos y salarios, y dicta las condiciones a sus proveedores, incluidos los países.

Dicen que cuando WM llega a una zona urbana, los negocios del entorno cierran. En Iowa, un Estado relativamente retrasado de EU, la firma se instaló a mediados de los años 80 y hasta ahora ha desaparecido la mitad de los almacenes que había, el 45% de las ferreterías y el 70% de los negocios de ropa para varones. El chiste es que si una localidad municipal rechaza a WM, cualquiera de sus vecinas la recibe y quienes se las dieron de muy dignos sufren las peores consecuencias por la competencia de precios, además de que pierden la oportunidad de alcanzar nuevos empleos.

Desde 2001 viene obligando a sus competidores estadounidenses de cualquier artículo —desde cucos, hasta bicicleta- a cerrar sus negocios y dedicarse a la contratación fuera de las fronteras de su país, donde ya el monstruo posmoderno está instalado. Solo en China posee un centenar de supermercados y allí estableció su centro universal de compras. WM es el principal importador mundial de artículos chinos y se ríe de los logros sociales de ese país.

Para eso acude a tres prácticas: pagar mano de obra local barata, tanto la directa como la de subcontratistas; adquirir los productos en países de salarios muy bajos, como China, Bangladesh, etc.; y no permitir la creación de sindicatos.

Cuando a los empleados de cualquiera de sus dependencias les da por organizar un sindicato, el gerente llama por un teléfono rojo y pronto hay en el lugar un alto directivo que imparte un curso pedagógico para hacerlos desistir de la mala idea. Aprovechando que en todas partes se ha precarizado el contrato de trabajo, en 2000, cuando la sección de corte de un frigorífico de Texas logró afiliarse a un sindicato la empresa suprimió la sección y echó a la calle a los revoltosos, y el año pasado hizo lo mismo con una sucursal de Quebec (Canadá, donde el sindicalismo es menos débil que en EU). Incluso en octubre de 2003 los 70.000 asociados de las cadenas de almacenes instalados en California hicieron una huelga de cinco meses, pero comenzaron los despidos masivos y su reemplazo por otros empleados y el sindicato tuvo que ceder. Sus prácticas sociales originaron seis mil demandas judiciales solo en el año 2002.

En las maquiladoras textiles de Bangladesh, que fabrican camisas y pantalones marca WM, sus obreros trabajan 87 horas semanales y solo les paga 80, porque descuenta la hora del almuerzo. Ganan 20 centavos de dólar por hora y les paga 16 dólares por semana completa de 80 horas. Para tener éxito, el modelo WM requiere pagar a sus empleados entre un 20% y un 30% menos que sus competidores, y ser más tacaño que ellos en el cubrimiento de sus obligaciones de seguridad social. En incapacidades, tratamiento de enfermedades o condiciones de jubilación, por ejemplo. Un informe del Congreso norteamericano estimó que cada empleado de WM le estaba costando a la comunidad ciudadana 2.103 dólares anuales, por concepto de complementos de asistencia social (más que todo en salud, vivienda y atención de menores de edad). La propia empresa admite que tiene una gran cantidad de sus “asociados” en los registros de la ayuda pública, lo que aquí entre nosotros sería el Sisben. En la mayor empresa de la tierra, en efecto, la proporción de sus empleados que pueden pagar la seguridad médica que les ofrece la empresa no llega al 45% y el 46% de sus hijos están desprovistos de toda protección y cubiertos por el programa reservado a los indigentes (llamado Medicaid).

Oigan esto: cada una de las130.000 mujeres que la empresa subcontrata en China puede llegar a laborar 20 horas diarias sin recibir ninguna remuneración por horas extra. En China el salario mínimo por hora es de 31 centavos de dólar, pero WM les paga apenas 16,50 centavos y encima de eso la empresa no las provee de ropa protectora adecuada, por lo cual sufren toda suerte de trastornos.

En los años 90 del siglo pasado, cuando decenas de empresas manufactureras colombianas comenzaron a cerrar sus puertas en todas partes para dar paso a la introducción masiva de mercaderías extranjeras, los supermercados ocuparon el puesto de las fábricas. Acordémonos no más de la famosa fábrica de camisas Manhattan, en la avenida de las Américas, convertida en flamante Almacenes Éxito. El área fabril que estaba asentada en Pereira y su vecina Dosquebradas en los años 80 hoy día está convertida, allí donde sobrevive, en negocios de maquila que ejecuta subcontrataciones con la producción extranjera. El resto sencillamente desapareció. En el caso de Buenos Aires, Argentina, donde WM aterrizó en 1995, la instalación de cuatro cadenas de hipermercados en los años 90 provocó el cierre de 4.000 almacenes, el 30% de los existentes entonces, y con ellos desaparecieron ocho mil puestos de trabajo que fueron cubiertos solo en un 18% con los 1.500 que ofrecieron las cadenas (Le Monde Diplomatique, marzo, 2006, p.10).

En alusión a lo que representaron para la vida económica y social las épocas sucesivas de Ford y General Motors, Nelson Lichtenstein, profesor de la Universidad de Santa Bárbara (California), escribe: “En cada época aparece una empresa prototipo que parece encarnar un conjunto innovador de estructuras económicas y de relaciones sociales (…) Pero a comienzos del siglo XXI Wal-Mart parece encarnar el tipo de institución económica que transforma el mundo imponiendo un sistema de producción, distribución y empleo transnacional fuertemente integrado (…) el revendedor global es el centro, el poder, mientras que el fabricante se convierte en el siervo, el vasallo” (ib., p. 8).