Ha dicho el primer ministro Jorge del Castillo, en su ciencia infusa de notable esterilidad, que su bancada votará contra regalías a las empresas mineras porque ello afectaría los contratos de estabilidad que son parte fundamental de la imagen de confianza que “proyecta” el Perú. Para este señor, lector intenso de naderías y oídor profundo de coyunturas epidérmicas, que esta nación sea chacra de pandillas mineras delincuenciales, contaminadoras y criminales, es “natural” y no debe cambiarse. ¡Qué vergüenza! Y el presidente García, para no quedarse atrás, sostiene que hay que “renegociar” las partidas de dólares gringos. ¡La globalización de los pedigueños no puede ser más desdorosa!

Pero las empresas mineras, esas que hacen perseguir y acosar a quienes defienden los derechos humanos de las poblaciones más humildes en todo el país; esas que por interpósitas gavillas de truhanes armados, disparan y matan a campesinos, son reyes en un país de despantalonados gobernantes, pusilánimes congresistas (con muy notorias y escasas excepciones) y en que todos los miedos de comunicación están comprados por la propaganda que pagan los dólares de estos tipejos que hoy se darán el lujo de “firmar” su “óbolo” de US$ 800 millones para el próximo lustro con la administración de turno. Ganan miles de millones de dólares, pero por la miseria que “obsequian” consiguen tranquilidad, “estabilidad” y más violencia contra los más pobres y sus portaestandartes. ¿Sólo eso? ¿No hay acaso, también, CpC (comisión para los corruptos)?

Pedirle a del Castillo consecuencia ideológica sería un disparate: ¡jamás leyó una línea de Haya de la Torre y, por tanto, se siente en la obligación de actuar como actúa, de acuerdo a lo que dictan las estructuras mandonas y poderosas del país! No obstante que es secretario general del partido oficialista, es imposible reclamarle posición y postura. No las tuvo, no las tiene hoy y jamás las tendrá. Apenas la maroma, el brinco, el aderezo, de cómo mejor pasarla, siempre y cuando, eso beneficie sus muy miopes puntos de vista que son de parroquia pequeña, contorno estrecho, callejón limitado.

¿Será ése el caso también del señor Alan García Pérez? Tengo mis dudas. Sé, por lo menos, que leyó a Víctor Raúl. Otra cosa es que, hasta la fecha, en menos de 5 ó 6 meses, haya puesto todo su empeño en disimular cualquier vinculación ideológica con el fundador del aprismo. Su cometido ¡qué duda cabe! es la de “tranquilizar” a quienes no ganaron los comicios, carecen de cualquier vinculación popular y son los anti-cholos oligarcas de siempre, estafadores por convicción y temperamento, expoliadores de la rica, ancha y generosa tierra del Perú. Si de alumnos se trata, hay aquí el caso legítimo de una fractura integral que habrá de concitar el juicio letal que los historiadores no comprados habrán de emitir. Más pronto que tarde.

Leamos.

“¿Nuestros países necesitan de capitales? La respuesta es afirmativa: Sí.

Si los necesitan, ¿hay que darles entrada vengan de donde vengan y vengan como vengan? La respuesta es negativa. No.

Y es menester explicarse:

En tanto que el sistema capitalista impere en el mundo, los pueblos de Indoamérica, como todos los económicamente retrasados, tienen que recibir capitales del extranjero y tratar con ellos. Ya queda bien aclarado en estas páginas que el Apra sitúa en el plano realista de nuestra época y de nuestra ubicación en la geografía y en la historia económica de la humanidad. Nuestro tiempo y nuestro espacio económicos nos señalan una posición y un camino: mientras el capitalismo subsista como sistema dominante en los países más avanzados, tendremos que tratar con el capitalismo. ¿Cómo tratar? He ahí la gran cuestión.

Es evidente que bajo el prejuicio de que “nuestros países necesitan capitales vengan de donde vengan y vengan como vengan”, Indoamérica los ha recibido siempre sin condiciones. ¡Sin condiciones de su parte, pero sometiéndose a muy duras por parte y para beneficio de los capitales inmigrantes! Y este sometimiento y esta incondicionalidad unilateral se han debido sin duda a la ignorancia de las leyes económicas que presiden la exportación de capitales, totalmente desconocidas para nuestros “estadistas” y “generales-presidentes”. Por eso, el imperialismo ha creado el fetiche del capital extranjero, mesiánico, redentor e infinitamente generoso.

Fetichismo e ignorancia replican llenos de pavor cuando alguien señala los peligros del imperialismo: “Si oponéis condiciones al capital extranjero, no vendrá nunca y entonces nuestro país quedará sumido en la barbarie y en la degradación…” ¿No es éste el tipo standard de los razonamientos de nuestros hombres públicos, agentes del imperialismo y voceadores de su misión providencial? Con diversas palabras, con distintos objetivos, no hay ciudadano conciente de Indoamérica que no guarde memoria de este lenguaje panamericanista leído u oído. En la cantata vacua y mil veces repetida de los devotos del imperialismo, prosternados, convencidos y, no lo olvidemos, bien pagados.

No es difícil saber que el capital moderno que busca, fuera del país de origen, campos de provechosa inversión, medios de acrecentarse, no emigra para hacer el bien, por contribuir al progreso mundial, por atracción de aventura o por patriótico ensueño de llevar lejos su bandera, su cultura y su lengua. La emigración del capital se produce obedeciendo a una ley económica tan imperiosa como la que impele a recibirlo en los pueblos no económicamente desarrollados. Es ese hecho económico el que determina todo un sistema político, complementando así las características generales del fenómeno que denominamos imperialismo…….

Otra objeción que se desprende de esta facultad extraordinaria y exclusiva del Estado para controlar las inversiones del capital extranjero y de las concesiones que a éste se hagan, ha de venir de los partidos de la libertad individual, del ejercicio del derecho de propiedad, de los devotos teóricos y prácticos de las libertades y derechos heredados de Roma en beneficio de la clase dominante, y, en última instancia, del imperialismo. Esbozada anteriormente la idea, insistimos en ella. El derecho individual debe ser limitado por las necesidades de la colectividad. Un libre contrato de concesión o venta entre un ciudadano indoamericano y un capitalista yanqui no es un negocio privado. Repitámoslo mil veces: en esa libertad de contratación, en esa alianza entre el capitalista nacional o latifundista o propietario minero o agrario nacional –pequeños capitales con relación al capitalismo imperial- y el capitalismo extranjero, radica en gran parte el problema de la soberanía de nuestros países”. El Antimperialismo y el Apra, Víctor Raúl Haya de la Torre, El Estado Antimperialista, pp. 184-189.

Entonces, hay –como dice del Castillo- ¿no afear la imagen de estabilidad de los contratos porque “no vienen los capitales” o premunirse de patriotismo soberano y dignidad ciudadana y poner los puntos sobre las íes?

Pero los mendigos profesionales, del Estado y de las asociaciones civiles, no tienen –como el capital- ni Dios, ni patria, ni ley, actúan en nombre de Mr. Dollar y sus sagrados intereses. ¡A ellos no se les puede pedir nada! Pero eso no significa silencio o complicidad de los pueblos. ¡De ninguna manera!

¡Atentos a la historia; las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder; el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Hay que romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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