por José Mendívil*; [email protected] 8-1-2007

El socialismo andino no puede pretender encontrar una fácil respuesta al tema de ¿qué economía debe construirse en los países andinos que sea alternativa al capitalismo? Es un error común insistir en dar respuestas fáciles o generales, como aquellas de la ‘economía de los ayllus’ o una ‘economía socialista’. Es evidente que la primera es una opción reduccionista, y la segunda muestra su pretensión universal, que deja al socialismo andino y su proyecto histórico en la vertiente del socialismo europeo, universalismo que no lo niega, pero tampoco lo afirma. Si bien estas respuestas tuvieron validez en el siglo pasado, y no se les puede negar su importancia política y su fuerza ideológica para las ‘guerras’ con el capitalismo neoliberal, se ha hecho necesario actualizar su justificación no ya desde modelos económicos de fines particulares o universalistas, sino desde un modelo económico para el proyecto histórico del socialismo andino del tercer milenio. Cuyo anunciador fue José Carlos Mariategui aunque solamente fuera eso.

Lo primero que dicho modelo debe tener claro es que la idea de la universalidad de la propiedad privada no es su condición o supuesto fundamental, de lo que se desprende que el modelo económico deberá sustentarse en formas plurales de propiedad, como son la propiedad privada de las sociedades anónimas o de responsabilidad limitada, la propiedad familiar y comunal, la propiedad cooperativa, la propiedad municipal, la propiedad del estado; o formas combinadas de propiedad accionaria y propiedad comunal, forma ésta redistributiva de la propiedad y la riqueza que evita la concentración accionaria y de la riqueza en uno de los lados de la sociedad.

Un segundo atributo de este modelo es su racionalidad productiva y reproductiva, es decir una clara identificación del rol económico de la familia, sea esta nuclear o extensa, y de las políticas de población, tanto de crecimiento como de su desarrollo territorial y espacial. Si lo primero evitaría que el modelo reproduzca la explotación capitalista del hombre y de su trabajo, lo segundo debe permitir una distribución equitativa de la riqueza, reduciendo las desigualdades sociales y las crisis sociales por escasez o sobreproducción.

Un tercer atributo, es el del tipo de Estado necesario para este modelo. El estado federal andino, funcionalmente, es decir, en relación no ya al poder, sino a la viabilidad de este modelo económico, debe tener la capacidad de hacer posible un desarrollo equilibrado, sostenido y moderno, para lo cual no basta una reforma tributaria integral y adecuada a los fines del modelo durante su período de despegue; sino que más importante será conseguir y conservar la soberanía sobre sus principales recursos naturales; lo que no implica de por sí que la explotación de los recursos naturales estratégicos de los andes sirvan a los fines del socialismo andino que su proyecto histórico persigue, sino, inicialmente generar el ahorro nacional necesario para su desarrollo industrial, científico y tecnológico durante el período de cambios que son necesarios para romper las amarras del modelo convencional que define al capitalismo en nuestras naciones; control nacional sobre los excedentes que permita reforzar la transición hacia una nueva economía. Esto saca al socialismo andino de los límites del debate de sí el estado se hace ‘grande’ y por ello populista, o si es solo subsidiario, es decir, sometido a los vaivenes del mercado y los intereses de las trasnacionales del capitalismo.

Un cuarto atributo es que este es un proyecto desde los indígenas, pero no sólo para los indígenas. Porque los acontecimientos obligan, es un proyecto para la sociedad andina que aspira y espera que los cambios no sólo se den desde gobiernos que levanten este proyecto, sino que se sostengan desde la sociedad. Este es un camino que empiezan a andar los zapatistas, que en su última declaración de Lacandona nos dicen que para pasar del capitalismo a otra economía, es necesario tener un proyecto nacional, democrático y de avanzada. Afirman que después de los éxitos que les diera su levantamiento de 1994, han ido cambiando para resolver el problema que tuvieron entre la hegemonía del núcleo militar y la base social de los campesinos zapatistas; que ahora han horizontalizado las decisiones y que están avanzando a paso seguro, al paso de la tortuga de Aquiles, y que quieren coincidir con todo el pueblo mexicano. Reconocen que su proyecto ha sido hasta ahora un proyecto para los zapatistas y sus simpatizantes, y quieren cambiar con todos los mexicanos sumándose a un proyecto que abra nuevas confianzas y compromisos más extensos. Con esta decisión muestran que asumen la responsabilidad de construir un proyecto para toda la sociedad mexicana, porque si no lo hacen saben que podrán seguir resistiendo, pero no podrán vencer todos los obstáculos del capitalismo mexicano y del imperio que no cejarán en sus tretas para hacerlos caer o mantenerlos aislados. Es lo mismo que está intentando Evo Morales y el MAS en Bolivia, y Hugo Chávez en Venezuela. Si bien son muchas las dificultades que enfrentan, no hay mejor salida a la luz desde la oscuridad de la dependencia y el entreguismo de burguesías criollas muy antipatriotas. El cambio trae riesgos, que son mayores en las sociedades andinas cuyas mayorías querrán desde el inicio que mejore todo rápidamente. Estos riesgos son los de hacerse cargo de un Estado desbancado y corroído por la corrupción pública y de las empresas privadas. En esas condiciones, un gobierno andino, que está obligado a hacer cambios radicales, sólo podrá tener viabilidad si conserva la mayoría, si se re-integra con los otros países andinos vecinos y recibe el apoyo de otros países, entre ellos de Argentina y Brasil. Establecer nuevas sociedades en los andes no será nada fácil. La derrota de un gobierno andino será sin duda una derrota para todos los movimientos sociales y políticos que aspiran a cambiar a las naciones andinas y latinoamericanas.

El pluri-nacionalismo andino que se viene, no implica de por sí nacionalismos xenófobos o culturalmente esencialistas. Los zapatistas toman toda la crítica de Marx para su lucha contra el capitalismo, sin embargo, saben que la nueva economía no puede nacer de las comunidades de autosubsistencia, que éstas, de acuerdo a sus posibilidades, deben avanzar hacia formas empresariales que les permitan generar el ahorro necesario para resistir, y para mostrar que otra economía, no capitalista, es posible y necesaria. En general se requieren construir nuevas relaciones con las organizaciones de izquierda que no se libran aún de sus defectos y vicios; pero los nuevos proyectos andinos tienen que actuar con iniciativa ante estas organizaciones y no esperar que los tengan en cuenta, sabiendo que la ventaja está de su lado y que tienen un proyecto cultural que ofrecer. Mientras las reformas constitucionales solo hablen de los derechos indígenas o de un estado plurinacional., nada cambiara sustancialmente. Se darán nuevos derechos, pero así no se cambia la estructura del estado, si dichos cambios no son parte de cambios históricos en el poder y el disfrute de la riqueza. Los andes están maduros para estos cambios.

En economía, que es el terreno más difícil y minado, no se pueden hacer cambios sólo desde la oposición al capitalismo. Sólo vence lo que esta maduro en la sociedad. La pregunta que debe responderse es con qué se reemplaza ese sistema. No basta ya suponer que resistir es el mejor camino. Es evidente que no se salvarán las comunidades y pueblos haciendo esfuerzos enormes por mantenerse en economías de subsistencia, intentando prohibir que mercancías que vienen de la economía global ingresen a las comunidades, creyendo que se puede avanzar prohibiendo que los intercambios sean en dinero, ya que con eso no se estaría derrotando al capitalismo, y lo único que se lograría es mantener un foco de resistencia, una plataforma de resistencia. Entonces una propuesta económica alternativa no solo es un modelo de economía moderna adaptada a los andes, sino un conjunto de políticas y estrategias orientadas a generar empleo digno y a inducir una redistribución equitativa del ingreso nacional, cambios que permitan avanzar hacia el socialismo andino.

Con el siglo XX termina la esperanza de justicia de la igualdad, libertad y democracia capitalista. Ahora, y lo sabe el liberalismo, la esperanza de justicia ha empezado a pasar en los andes a movimientos hasta ahora indigenistas, y que después de las lecciones de lo que significa estar en el gobierno, aunque en condición de subordinados, dadas por el movimiento Pachacutik del Ecuador, devienen en partidos o movimientos políticos andinos más abiertos, que requieren ser sostenidos por la filosofía y la ideología de un proyecto histórico andino, y jugar el juego del poder dentro de la democracia. El capitalismo no tiene ya un discurso moderno, y su discurso posmoderno no deja de ser elitista. El de la libertad y el mercado ya no le resulta muy útil. Su discurso ahora es el de la guerra abierta por los recursos naturales de los andes. El capitalismo, a pesar de que está en crisis pretende resolverla tomando los más importantes recursos que tienen los andes, y que no fueron totalmente controlados en el siglo XX: la diversidad genética y de conocimientos de los hábitat amazónicos y serranos, y particularmente de sus fuentes hídricas. Hace muy poco el Consejo Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos publicó un documento en el advierte que en los próximos 25 años el problema para la política exterior norteamericana en los andes no son los sindicatos ni los partidos políticos radicales, sino las ‘insurrecciones’ de los antiguos pueblos andinos contra sus estados, y que éstos levantamientos tienen posibilidades para establecer nuevas sociedades y estados, y por lo tanto, advierte que preventivamente tienen que prepararse para defender a los viejos estados-nación de esas revoluciones andinas. El principal recurso de dominación liberal en este siglo pasa a ser el de la guerra sostenida en la capacidad militar que tiene el imperio. Sin embargo, el capitalismo global no las tiene todas consigo, viene perdiendo hegemonía ante el crecimiento de la economía china e india que representan a más de un tercio de la humanidad, economías con proyectos civilizatorios que no están en el círculo cerrado del capitalismo moderno, y que descansan en sus propias raíces culturales y religiosas. En realidad los andes están pasando de un período largo de resistencia al mercantilismo y al capitalismo, a un período de ofensiva y de cambios liderados por los que hasta ayer fueron excluidos del poder y el gobierno; tránsito complejo y muy difícil porque el viejo y astuto capitalismo no abandonará tan fácilmente el escenario de los andes, como espacio de conquista y colonialismo. A través de ONGs gigantes, institutos internacionales y con la colaboración de otras agencias, el imperio provocó la división de COICA, la más importante organización de los pueblos indígenas amazónicos, y viene creando o sembrando otras “coordinadoras regionales”, dando pasos importantes en su objetivo de allanar el camino hacia el control de la amazonía y los andes sudamericanos, con la participación de indígenas colaboracionistas, previamente captados y mantenidos con sus capitales “sin fines de lucro”.

La racionalidad andina aún subsistente, y que tiene su soporte material en el sistema del Capac Ñan, que pone en una línea imaginaria o “eje” a los centros religiosos del Tahuantisuyo entre Cusco y Quito, y que lo integran sus miles de comunidades territoriales, muestra que existe aún una profunda concepción de la vida y la naturaleza, que no solamente se reduce al cuidado de la tierra o de la pachamama, sino a la naturaleza como complemento vital. Bastaría solo tener en cuenta todos los problemas de contaminación provocados por el capitalismo, los problemas de crisis de recursos que vamos a tener en este siglo y los siguientes si no cambia el modelo de la economía mundial, para reconocer que los andes son una posibilidad para el mundo. Muy difícilmente se podrá encontrar en otras culturas una racionalidad como la andina-Inka, que tiene una enorme utilidad para los cambios que el mundo demanda. Una racionalidad del hombre y su devenir que privilegia la vida y no la guerra.

No vamos a afirmar que no hubo violencia en el Tahuantinsuyo, pero la violencia no fue el sentido o signo de su cultura. El Inka al expandir sus dominios acostumbraba a jugar, con los curacas que eran incorporados, el juego del Waman y el Amaru, juego de guerra ficticio en el que el Inka siempre ganaba, o el Curaca se dejaba ganar aceptando la supremacía de los quechuas del Cusco a cambio de los beneficios que recibiría. La explicación de este ‘juego’ tiene sus complicaciones, pero podemos adelantar que tiene sus antecedentes en el mito fundante de los Inkas quechuas y en la diarquía confederativa del gobierno de los Hanan o descendencia matrilineal de Mama Ocllo y de las Panacas, junto al gobierno de los Hurin, o descendencia patrilineal de los Ayllus de Manco Capac.

Le va a costar mucho a la racionalidad occidental librarse del sistema y filosofía de la dominación de la vida y la naturaleza. El hombre occidental parece vivir angustiado por una violencia innata, la de una cultura predadora, caracterizada por una desaprensión por la vida de los otros, de los ‘bárbaros’ o ‘indígenas’, y por el poco afecto por la vida del otro; tan violento, tan inhumano en el hombre individualista del capitalismo, de un capitalismo al que no le interesa que el TLC termine matando de hambre a los no-occidentales de los andes. En cambio, Túpac Amaru II no tenía esa violencia, porque cuando tuvo al Cusco rodeado no lo toma por la fuerza, ya que esperaba que los ‘chapetones’ y criollos que habían aceptado rebelarse contra la corona española se pongan de su lado como se había convenido. Sus ‘amados’ criollos, como los llamaba, estaban en su proyecto emancipador. Este es otro atributo moral y ético de un proyecto histórico para los andes, que es a la vez un proyecto cultural alternativo a occidente, y que no puede evitar verse y mostrarse como la continuidad histórica del proyecto cultural del Tahuantinsuyo, del proyecto emancipatorio de Túpac Amaru; y también como continuidad del proyecto independentista de Bolívar. Estos son los antecedentes mas remotos y valiosos de un proyecto histórico contemporáneo en los andes, y que deben distinguirlo por ser profundamente creativo y humano. Por lo mismo, la nueva historia en los andes será obra de todos, si bien en su caminar algunos irán siempre rezagados, ya que el rumbo parecen fijarlo ahora los runas herederos de la cultura andina y dispuestos a construir el socialismo andino sobre su territorio ancestral, el de la gran patria de Bolívar.

*Esta serie de artículos es una parte adaptada del libro en edición Ricardo Palma de Lima – Perú. Sus últimos libros publicados son ¿En qué nación queremos vivir los peruanos del siglo XXI?, y La Otra libertad.