Martín Becerra, docente de la Universidad Nacional de Quilmes y especialista en medios, considera que su utilización "habla de los valores que una sociedad consagra. El éxito que este recurso tenga se debe a que la sociedad esta legitimando esta tecnología para clausurar el abismo entre las palabras y las cosas".

Veamos. En la primera mitad de los años 70 la política estaba planteada con las cartas sobre la mesa y no existía en la sociedad una "disociación entre el comportamiento público y privado". La dictadura rompe ese código e instala como política de Estado -vía represión y censura- un discurso que oculta la verdad. Intenta así construir un sujeto social que evite indagar más allá de lo permitido.

El argumento que sostiene la utilización de la cámara oculta comienza a moldear en la dictadura su razón de ser. Hay una ruptura entre "las palabras y las cosas" que si bien es percibida por el ciudadano medio, lo lleva a decidir, por aprobación o por miedo al castigo, no ver ni escuchar nada.

Con el retorno a la democracia y en parte gracias a los medios, el velo comienza a caer lentamente de los ojos de los ciudadanos y se instala el interés por saber "de qué se trata," rompiendo la inmovilidad del "por algo será". Es un momento fuerte del periodismo de investigación, más allá de las posibilidades tecnológicas, que trata de recuperar el valor de las palabras y las cosas.

En esa etapa, la incapacidad de dar respuestas políticas a las necesidades de la gente fractura la credibilidad de la política. Esta tendencia se agiganta a fines del gobierno de Carlos Menem, enmarcada en los escándalos de corrupción. Es el momento de mayor utilización de cámaras ocultas en programas llamados "de investigación", donde se denuncian ilícitos, atropellos y abuso del poder por parte de funcionarios de toda índole. El periodismo vuelve a ser protagonista y la cámara oculta es la vedette del momento. Nadie cuestiona si el nuevo chiche tecnológico es ético o no. La sociedad ávida de justicia "ve" en cada hecho expuesto a la luz pública un acto de redención. Se identifica a los personajes y su forma de operar y se los condena moralmente. Pero el ciudadano medio no discrimina entre los negociados que se visualizan desde lo oculto y los millones de dólares que a plena luz del día, y sin cámara, se llevan empresarios y funcionarios. Podríamos caracterizar esta etapa como de "gran vouyerismo nacional". La cámara oculta, herramienta de uso casi exclusivo de la televisión, también sirvió -y sirve- para alimentar programas ligados a la farándula.

Es en estos últimos donde más críticas recibe y la discusión en torno a lo público y lo privado está a la orden del día. Según, Luis Alberto Quevedo, investigador de FLACSO, "la cámara oculta que se inmiscuye en el ámbito privado, no es un recurso legítimo y desde el punto de vista periodístico y moral es repudiable". Podría aplicarse este concepto al supuesto periodismo "serio". Como señala Silvana Frederik, abogada y profesora de Etica Periodística, "entre la presentación de una imagen como evidencia y la búsqueda del impacto, existe una línea débil, que puede terminar diluyendo la investigación en un mero espectáculo". Es necesario por eso que quienes se plantean el uso de la cámara oculta lo hagan desde la responsabilidad profesional. La jurisprudencia, señala Frederik, "establece también categorías de personas en relación a los ámbitos de protección de la vida privada y el honor. Si hablamos de un funcionario público la protección es menor que si hablamos de un ciudadano particular; entonces hay que ver el contexto para determinar si hay o no violación a la vida privada desde el punto de vista legal".

Si consideramos a la información como "un bien social" debemos preguntarnos que tipo de revelación contribuye a mejorar la calidad de vida de la población. Es este el nudo del debate en torno a la utilización de la cámara oculta: no desmerecer su uso pero tampoco transformarlo en el único método a la hora de investigar, habida cuenta de su impacto visual.Indudablemente la cámara oculta, como señalamos al principio, tendrá mayor o menor aceptación social en la medida que la brecha entre las palabras y las cosas no se agigante y el periodismo mantenga su credibilidad".

# Nota publicada en la Revista del Observatorio de Medios Nº 3 Diciembre de 2004 (*) Periodista