El castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole, fue la primera novela del género gótico dada a conocer en los albores de la revolución francesa. Sus orígenes, no sólo en cuánto a particularidades sino en sus bases concretas, habrán de remontarse siglos atrás, a finales del medioevo, de acuerdo a un entorno y arquitectura dados. Seres sobrenaturales, cementerios, castillos, suspenso… son sólo algunas variantes de una estética que ha venido configurándose antiguamente y que busca conmocionar lo cotidiano. En los lindes del romanticismo, devela un entorno sobrenatural, a través de lo oculto a la imaginación rosa, el límite. Encantando ya no el deseo amoroso, sino el misterio no siempre irreconocible de lo humano.

Algunos siglos después, los hechos sociales siguen conmocionando la vida de todo un pueblo, y aquel pueblo podría ser el mismo. El ritmo dialéctico de las corrientes estéticas se readapta, es replanteado, salvo que en el caso actual con un poderoso ingrediente, la tecnología. Un género que trascendió las páginas numerosas de artistas hace siglos, el cual, aunque condicionado en parte por los paradigmas del consumo, se presenta hoy con sus propias variantes dentro de la música.

Posterior a los catastróficos acontecimientos de la discoteca Factory, los espacios de opinión, en un intento por alcanzar rating, iniciaron una campaña de polemización torno a la cultura del mundo rockero. Entiéndase cultura por modos de pensar, de vivir, estilos y formas de conducta, controvirtiendo los movimientos conocidos como “underground”. Valiéndose de reproducciones parciales del día mismo de los hechos, pretendiendo vincular de manera itinerante la afición a este estilo musical con el mero gusto por la muerte. Satanizando aquellos espacios donde los gustos musicales, tan marcados como en el caso de la juventud actual, representan una forma de resistencia ante los devastadores efectos de una sociedad impasible, la cual prefiere los estereotipos a la comprensión de los hechos que marcan la vida en sociedad. La devastación del entorno, la discriminación, la pobreza, la falta de oportunidades, quizá son sólo algunos de los tópicos, no que conllevan a optar por un estilo “erróneo o degenerado”, sino que son los únicos espacios vinculados al arte propio del mundo contemporáneo, a través del cual es posible visibilizarse.

No es la muerte, la tristeza, lo terrorífico o tenebroso lo que invalida o pervierte las formas de expresión. El mismo Edgar Allan Poe, maestro de la literatura de suspenso, en su filosofía de la composición, remarca “confrontar y abordar el misterio, el absurdo de la consciencia”. Posee como todo arte un móvil, conmocionar la opinión del público. Y ningún sentimiento es más poderoso a la hora de sensibilizar, que el de la tristeza o la muerte. Aún así no son ellas, categorías conceptuales de sentimientos comunes a todos los seres, las que deben ser sometidas según sus usuarios a duda, son aquellos que confieren “lugares”, que califican de acuerdo a su anacrónica percepción de desarrollo, los espacios ideales para ciertos “tipos” de expresión. Como se mencionara aunque temerosamente en aquellos mismos espacios; es la sociedad la que creó el underground. De ahí que no deba sentirse amenazada, son aquellos que piensan o sienten de acuerdo a sus propias inclinaciones, quienes corren peligro. No es la sociedad la que debe sentirse temerosa por la existencia de rockeros o “satánicos”, sino éstos últimos, que son catalogados con demasiada facilidad y recluidos a espacios deleznables donde toda manifestación no puede encontrar más que un reflejo lúgubre y degradante de su propio proyecto. Como es el caso de una muerte indigna y más aún injusta, la cual obtuvo demasiado rápido un eco en los personeros y autoridades del Municipio, quienes son capaces de conmoverse ante la tragedia, pero indiferentes a la hora de otorgar espacios, garantías, en un tratamiento humano y digno para los espectáculos que prefiere la juventud. De existir lo “satánico”, ello entendido en sus formas más simples, mantiene de seguro alguna relación con la impavidez torpe de aquellos que se regodean en sus funciones, y que de acuerdo a una administración partidista, fragmentaria e injusta, sólo buscan su beneficio.

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