Las recientes Olimpiadas de Pekín fueron una gran vitrina de la república de China para el mundo. Fue un evento atlético y deportivo de clara intención política. China exhibió su vieja historia y su modernidad reflejada en su enorme potencial humano y su capacidad económica: 1.300 millones de personas y un PIB de 1.266.052 millones de USD, según datos del año 2001. Invirtió 40.000 millones de dólares en infraestructura olímpica, como la que exhibió ante 91.000 espectadores en el estadio nacional “nido de pájaro” en una fastuosa inauguración.

El magnífico espectáculo se transmitió en tiempo real a cuatro mil millones de televidentes e internautas en todo el mundo. La prensa mundial calificó como la gala más inmensa y costosa de la historia olímpica. Las alegorías tuvieron mensajes atractivos como el ideal de vivir en paz y armonía entre los hombres y los pueblos, y armonía entre el hombre y la naturaleza. Pero esa fastuosidad y derroche de materiales y energía rebasó el espíritu de las olimpiadas que es la exaltación del ser humano en sus diferentes habilidades y destrezas físicas.

En un análisis objetivo, los XXVI Juegos Olímpicos fueron un certamen deportivo pero también político, como lo han sido varias ediciones anteriores, pues, sería ingenuo pensar que un evento de tal magnitud e interés mundial sea solamente una expresión de deporte, cultura y educación. La historia de las olimpiadas recoge hechos y circunstancias que no se pueden olvidar: en 1936, Hitler quiso utilizar las olimpiadas para sus fines siniestros; en 1952, en plena guerra fría, surgió la rivalidad olímpica entre Estados Unidos y la Unión Soviética; en 1968 las olimpiadas de México estuvieron precedidas de la masacre de jóvenes universitarios de la UNAM en la Plaza de las Tres Culturas (hecho que fue relatado por Elena Poniatowska en “ La Noche de Tlatelolco”); y se recuerda la incursión terrorista del grupo Septiembre Negro en la villa olímpica de Munich en 1972. Aparte de que es inocultable la intención de las potencias mundiales por demostrar superioridad en el atletismo y el deporte por intereses políticos.

En las recientes Olimpiadas, la república de China -que hace pocos años se apartó del resto del mundo- se presentó como una potencia emergente del siglo XXI con un potencial humano y económico suficiente para incidir en todos los continentes y cambiar el mapa geopolítico mundial. Una muestra de esta realidad es la invasión de los mercados con una infinidad de productos de dudosa calidad por el uso de materiales tóxicos y venenosos y elaborados sin las mínimas consideraciones ambientales, que le han convertido en uno de los países más contaminados y contaminantes, sin embargo de lo cual se resiste a adoptar medidas para revertir el patrón energético y productivo, aparte del régimen de autoritarismo y explotación laboral. China ganó en imagen internacional pero no pudo evitar el costo político interno que se expresó en críticas y protestas en varias plazas y espacios públicos y en la violenta represión al pueblo tibetano.

Todo esto reflejó una incongruencia entre el discurso y la realidad viviente. La antigua filosofía china que proclama la necesidad de vivir en paz y armonía entre los hombres y con la naturaleza ha sido olvidada; el gobierno de China se negó a asumir compromisos concretos para reducir los gases de efecto invernadero y combatir el calentamiento global. La generación eléctrica de China para el año 2001 fue de 1.420.349 millones de KWh, el 80% provino de la generación térmica a base de carbón, a pesar de tener un alto potencial de generación hidroeléctrica.

El hermoso mensaje de los niños chinos que prometían “plantar árboles” para que “regresen los pájaros” fue solo una remota ventana a la esperanza y un tierno sueño infantil, tan efímero como la suntuosa ceremonia inaugural de las Olimpiadas. La realidad es otra en la gigantesca república de China y en todo el mundo.

Las recientes Olimpiadas dejaron un sabor extraño: cada vez se ve mayor exaltación de lo individual en perjuicio de lo social; una desenfrenada mercantilización de los nombres de atletas asociados a las marcas por las empresas transnacionales; contaminación del atletismo y el deporte por el dinero (como ha ocurrido también en el fútbol); formas poco éticas de utilizar el atletismo y el deporte. Por todo esto los juegos olímpicos deberían ser repensados y reorientados con auténtico sentido humano. [email protected]