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Los sucesos del año político pasado permiten sacar la conclusión del aceleramiento notable del ritmo de los cambios en las relaciones internacionales y en la evolución mundial en general. Cada vez más socios reconocen la nueva realidad: ante nuestros ojos se está formando el orden mundial poli centrista. Sus contornos se están perfilando cada vez más visible. Por consiguiente, podemos juzgar de un grado mayor de aclaración de la situación global, incluida la comprensión por todos del significado imperecedero de la soberanía de los Estados independientes tras un período prolongado de división y bandazos para el cual eran característicos los razonamientos de la “soberanía limitada”, del “último soberano”, del “posmodernismo”, etc. Ello sienta una base común para contemplar el mundo actual donde los Estados soberanos siguen siendo jugadores principales e independientes.

En el mundo se ha acumulado un potencial sustancial de cambios. Bajo su influjo la política mundial comienza a funcionar en el nuevo sistema de coordenadas dejando en el pasado la mentalidad y la política de la “guerra fría”, sus instintos y prejuicios. Al mismo tiempo, es imposible dejar de ver que el cambio para el mejor no les conviene a todos, y ello condiciona el carácter contradictorio del momento corriente en la política global y euroatlántica.

De la multipolaridad, la diplomacia de red y la regionalización de la política global

Las Cumbres de la OCS y BRIC en Ekaterimburgo son ejemplos brillantes de la diplomacia multipolar y prueba convincente de que la multipolaridad no es el caos ni confrontación programada de los Estados rectores del mundo. Va creciendo el atractivo de la OCS, cada vez más países quieren adherirse a los proyectos de ese organismo en materia de seguridad y desarrollo. La OCS refuerza sus lazos con otras estructuras regionales, incluidas OTSC, CEI, CEEA y ASEAN. En lo que respecta a BRIC, es de momento tan sólo un formato de diálogo. Su agenda es relativamente modesta: se trata preferentemente del temario financiero y económico global. Pero importa otra cosa: este formato, al igual que las asociaciones mencionadas, determina la norma de relaciones equitativas y cooperativas en un círculo de Estados. Los mismos principios subyacen las actividades de diversas asociaciones regionales en Asia, África, América Latina, en el mundo árabe e islámico en los que Rusia fomenta una cooperación mutuamente beneficiosa.

No importa cómo se llame: multipolaridad o de otra manera. No nos pegamos a las palabras. Lo principal es que funcione, es el único criterio de la verdad. En todo caso se trata del método de red en las relaciones internacionales, que se opone a diversas construcciones jerárquicas que dominaban en la política mundial todavía hace poco. La causa consiste, ante todo, en que ha crecido bruscamente la cooperación internacional y se ha aumentado el número de sus temas. Es imposible resolver esos problemas a solas.

Está relacionada con esto la regionalización de la política global que significa varios fenómenos a la vez. En particular, se trata de la búsqueda de soluciones regionales para de los conflictos y situaciones de crisis. Del otro lado, el refuerzo del nivel regional de la dirección en las circunstancias cuando no funcionan los mecanismos mundiales generales, sirve de una especie de red de seguro para el caso del desarrollo de los procesos de “desglobalización” y de garantía de que la fragmentación no sea más profunda, cuando cada Estado defiende a sí mismo y está contra los demás. A propósito, en ello radica el sentido también de la opción de Rusia a favor de la Unión Aduanera con Kazajistán y Bielorrusia en el marco del fomento de la CEEA.

Es significativo que la comprensión de la falta de alternativa para las acciones conjuntas y la nocividad de las soluciones unilaterales se manifiesta cada vez más en el “establishment” estadounidense. Alegaré la conclusión de Brent Scowcroft sobre que la fuerza está en los esfuerzos colectivos y en la capacidad de movilizar a los socios para un trabajo conjunto. Y que sean “coaliciones de los que desean”, lo cual, en principio, en la diplomacia de red. Lo principal que actúen en el marco de la legalidad internacional y no se opongan al Derecho.

En este mismo cauce se encuentra asimismo la idea de Leslie Gelb que en las páginas de la revista “Foreign Affaires” (mayo–junio de 2009) dice que la fuerza ya no trabaja tal como antes. Es necesario centrarse para hallarse en la cresta de “olas económicas y diplomáticas”, y ello requiere paciencia. Tampoco es imposible aceptar lo que dice David Greenway: “un apoyo excesivo en el uso de la fuerza y amenaza, en cuanto sustitución de la política exterior, se ha agotado” (“International Gerald Rribune, 16 de junio de 2009).

Efectivamente, el uso de la fuerza como medio para alcanzar objetivos de la política exterior se está haciendo improductivo. Lo demostró una vez más Mijaíl Saakashvili quien dio la orden criminal de matar calculando efectuar la guerra relámpago y resolver el problema de su supervivencia política habiendo roto los acuerdos internacionales que lo obligaban convenir y no combatir.

La llave del éxito de la solución de los problemas de la época actual se encuentra en la capacidad de organizar la cooperación internacional. Hoy ya no se consigue obligar a cooperar, hay que probar que no te preocupas de tus intereses egoístas sino del bien común. Si no lo pruebas, los socios serios no tratarán contigo, y la renuncia a la cooperación basta para hacer fracasar toda empresa. Un ejemplo brillante es Irak donde no era posible obligar a participar en la guerra a los que no estaban de acuerdo ni “castigarlos”.

En lo que respecta a Irán, no vemos alternativa razonable para la solución político-diplomática de su programa nuclear. Además, debe ser una solución integral en el contexto regional. No importa de qué aspectos de la conducta de Teherán se trate, el mejor método para ejercer impacto desde fuera sobre la formación de sus intenciones no es el aislamiento ni amenaza a hacer uso de la fuerza sino una incorporación integral a la cooperación. Únicamente así se puede apostar objetivamente en el mantenimiento de la estabilidad y seguridad en la región adyacente y en el mundo entero. A propósito sea dicho, la perspectiva que preocupa a muchos de incorporar Irán a los asuntos energéticos de Europa ofrece la posibilidad de abordar las cosas con responsabilidad e integralmente. Tenemos otra opción: entre los escenarios de fuerza y la disposición para buscar el balance de intereses de todos los jugadores.

La actual situación delicada en Irán también requiere la incorporación. Más aún, la reacción a los sucesos en Irán después de las elecciones hace volver a pensar en la revolución como medio para resolver las contradicciones sociales e instrumento de transformación de la sociedad. La historia, incluso la reciente, demuestra que toda ruptura del espacio legal entraña secuelas impredecibles y, con frecuencia, catastróficas que tergiversan el proceso de desarrollo interno y echan atrás el logro de los objetivos anunciados por los líderes de los movimientos revolucionarios. Hasta Freedom House se vio obligada a registrar el retroceso en el desarrollo de la democracia en los países que atravesaron por las llamadas “revoluciones coloradas”.

En general, llama la atención el ensayo sabio de Leslie Gelb y su llamamiento a una “política exterior basada en el sentido común que reconoce la diversidad del mundo”. Indica con razón a que actualmente falta el objeto de la oposición ideológica ya que nadie tiene adversarios ideológicos. Leslie Gelb, al igual que nosotros, supone que es necesario juzgar de cada problema “según sus méritos”, es decir, sin apasionarse ideológicamente ni relacionar el problema artificialmente.

La crisis financiera y económica global plantea varios interrogantes a la vez. Ahora bien, їes posible superar la crisis sin secuelas dolorosas? Sabemos cómo fue esto en los años 30 del siglo pasado. En aquel entonces la segunda oleada de la crisis en los EE.UU., tal como suponen algunos expertos, fue ligada con la salida prematura del Estado del juego. Y si sacamos esta lección, es necesario movilizar la voluntad política para que los esfuerzos del Grupo de los Veinte no sólo redunden en la conciliación del “aterrizaje suave” del sistema existente sino que sientan la base de su reforma cardinal adecuada a la nueva correlación del poderío financiero y económico en el mundo.

La crisis ha probado que del capitalismo liberal está a dos pasos al socialismo. Tal y como señala Jacques Le Goff en su libro “El nacimiento de Europa”, únicamente el poder político es capaz de garantizar la organización del espacio económico. Sabemos por nuestra experiencia qué pasa cuando el Estado lava las manos en los asuntos económicos. Ahora hay razones adicionales para considerar que la etapa actual de la evolución mundial, no sólo la económica sino también la social, hace resaltar categorías, tales como la convergencia, la síntesis y la fusión dictando la necesidad de superar las antiguas construcciones ideológicas antagonistas.

Alegaré la autoridad de Pitirim Sorokin quien en los años 60 descubrió los elementos de la convergencia entre EE.UU. y la Unión Soviética y predijo la derrota del capitalismo liberal en cuanto un caso particular de la inviabilidad de “formas puras” de tal o cual régimen social. No sólo predijo el tipo “integral” de la sociedad sino la formación del mundo multipolar con el desplazamiento del “liderazgo creativo de la Humanidad” a la vasta Región Asia–Pacífico.

Rusia y EE.UU.: cooperar pese a las divergencias

La Cumbre ruso-estadounidense en Moscú demostró que tanto Rusia como EE.UU. sintonizan el “pragmatismo constructivo”, valiéndose de las palabras de la Canciller Federal de Alemania, Angela Merkel. Vemos que baja la demanda de la política de confrontación, sobre todo en la Región Euroatlántica. Lo relacionamos con el cambio de la Administración en EE.UU. que ha reformulado, en el plano positivo y realista, la filosofía política de Norteamérica.

El Presidente Dmitri Medvédev saludó en su discurso en la Liga de Estados Árabes (23 de junio del año en curso) que EE.UU. comienza a darse cuenta de lo que está pasando en el mundo en categorías universales, tales como la justicia, la tolerancia, el respeto de la soberanía de los Estados y el mantenimiento del orden internacional. También está presente el entendimiento de que no sirven las pretensiones de la universalidad de modelos concretos de desarrollo sino que redundan en utopías y, a veces, en catástrofes. Ello abre posibilidades adicionales para la formación en los asuntos internacionales de una agenda unificadora.

Hablando en Moscú el Presidente Barack Obama señaló que a los intereses de Norteamérica les responde el sistema internacional que contribuya al fomento de la cooperación respetando la soberanía de todos los países. El denominador común en nuestra colaboración en los asuntos internacionales se apoya en el entendimiento de que ningún Estado puede oponerse a solas a los retos del siglo XXI o imponer sus condiciones al resto del mundo.

Esta filosofía va al unísono con el Concepto de la Política Exterior de Rusia aprobado por el Presidente Dmitri Medvédev en julio del año pasado. Ello nos permite dar en común el tono positivo en la política mundial y, como mínimo, girarla hacia el diálogo constructivo y la cooperación que se efectúe en cada tema concreto desde el principio hasta el fin, incluida la evaluación conjunta de las amenazas y la toma de decisiones en común.

He dicho una vez que tras el fin de la “guerra fría” nada divide Rusia y EE.UU. Por el contrario, nos une la responsabilidad común del destino del mundo. Los resultados de la Cumbre ruso-estadounidense en Moscú solamente testimonian una cosa: todo es posible cuando los intereses coinciden y cuando existe el acuerdo sobre los principios y la base legal de la cooperación. El objetivo radica en pasar ello a decisiones concretas y acciones conjuntas.

El que no conveníamos con los estadounidenses cuando la antigua Administración se hacía pasar por el tan mentado “antiamericanismo” en Rusia. Pero otros varios países, incluidos los europeos, tampoco entendían muchos de los criterios de la mencionada Administración. Ha desempeñado un papel considerable la reacción de EE.UU. a la agresión del régimen de Mijaíl Saakashvili contra Osetia del Sur, máxime porque la antigua Administración no podía dejar de saber lo que pasaba en realidad y cómo esto se preparaba. La tentativa tan manifiesta de “dirigir la verdad”, si citamos a uno de los protagonistas del cine norteamericano, no pudo dejar de producir una explosión de indignación en las capas más diversas de la sociedad rusa.

Por lo tanto no veo ningún problema sistémico en lo que respecta al llamado antiamericanismo. Se trata de las estratificaciones reactivas en la conciencia social. Cuando desaparezcan las razones, cambiará asimismo la actitud hacia Norteamérica en Rusia. Ya está cambiando. Ambas partes entienden las ventajas de la colaboración para sí y para el resto del mundo, lo cual atestigua nuestra aspiración común a garantizar el éxito de la próxima Conferencia para el Examen del TFACE y poner una barrera legal segura en el camino de la proliferación de armas nucleares.

Nos esforzaremos honestamente, en el cauce de la posición anunciada abiertamente, por conseguir oportunamente un convenio pletórico para sustituir el Tratado AOE, que garantice la estabilidad estratégica sobre la base del reconocimiento, entre otras cosas, de la interconexión ininterrumpida entre los armamentos ofensivos y los defensivos estratégicos. Sabemos que se requerirá superar la resistencia de determinadas fuerzas políticas en EE.UU. que por inercia no están inclinadas a pensar con categorías de las relaciones equitativas con Rusia.

La Cumbre en Moscú demostró asimismo que es necesario cooperar pese a las divergencias que todavía durante largo tiempo persistirán entre los países tan grandes como son Rusia y EE.UU.

La recuperación de la confianza socavada durante los últimos años será llave para las nuevas relaciones entre nuestros países. Para ello se requieren esfuerzos comunes para superar la herencia negativa común y para solucionar los problemas internacionales existentes. En este sentido importan la interactividad, el espíritu del compromiso y el tan mentado give and take.

No podemos negar que las relaciones ruso-estadounidenses, si queremos que se desarrollen estable y positivamente, deben ser estratégicas y a largo plazo. Ello debe convertirse en uno de los objetivos próximos centrales de ambas partes. El primer paso fue dado en Moscú durante las conversaciones de los Presidentes Dmitri Medvédev y Barack Obama.

Denominador común para la política euroatlántica

Quisiera detenerme en el estado de cosas en la política euroatlántica donde hemos conseguido dar inicio al proceso de toma de conciencia de la iniciativa de concertar el Tratado de la Seguridad Europea. No sabemos si algunos socios nuestros están dispuestos o no reconocerlo, pero la crisis del Cáucaso sirvió de un impulso potente para reconsiderar la situación. Ya nadie niega que exista un problema sistémico en la arquitectura actual de seguridad; la heredamos desde los tiempos de la “guerra fría” y la estructurábamos basándonos en las esperanzas frustradas de principios de los años 90. Su esencia consiste en la necesidad de superar los criterios de bloques y de confrontación de la seguridad. Estamos convencidos de que ello sólo es posible en las vías de la creación de mecanismos que garanticen la indivisibilidad de la seguridad en el espacio desde Vancouver hasta Vladivostok. Nadie debe garantizar su propia seguridad a costa de la seguridad de los demás. Este principio angular fue aprobado tanto en la OSCE como en el Consejo Rusia–OTAN, pero no se cumple en la práctica. Por tanto proponemos conferir a este principio el carácter legal obligatorio y conciliar los mecanismos que garanticen su observancia por todos los países de la Región Euroatlántica. En esto radica el quid de nuestra iniciativa del Tratado de la Seguridad Europea.

El problema de la unidad de Europa que ésta desconocía durante el siglo XX pudo haber sudo resuelto fácilmente ya a comienzos de los años 90, e incluso no por la liquidación de la OTAN tras la disolución del Tratado de Varsovia. Bastaba institucionalizar la OSCE transformándola en un organismo regional pletórico que se dedicara al conjunto de problemas de la Región Euroatlántica, sobre todo garantizara en la Región un sistema abierto de seguridad colectiva basado en el enfoque integral. Lamentablemente tan sólo ahora se acordó de este enfoque. Y en aquel entonces nuestros socios occidentales emprendieron otro camino: el de la extensión de la OTAN, lo cual, según George Cannon (citado actualmente en abundancia y con razón), fue el “error más grande de Occidente durante los últimos 50 años.” Desde aquel entonces la existencia de la OTAN en su hipóstasis antigua de bloque se convirtió en problema para todos, sobre todo para la propia Alianza y sus miembros.

En rigor, se trata de una política poco perspicaz, engendrada por los viejos instintos, de la asimilación del antiguo territorio de la Organización del Tratado de Varsovia con el desplazamiento respectivo de la antigua línea divisoria al Este, es decir a las fronteras rusas. Ya no hablo de que este proceso está ligado con elementos de desestabilización de la situación en los países respectivos de los que la OTAN exigía, en rigor, hacer una opción: o estáis con la Alianza o con Rusia. Tal psicología mezquina de desconfianza hacia Rusia sólo generaba otra desconfianza. En su conferencia dada enjulio en Bruselas Javier Solana, Secretario General de la Unión Europea, señaló con razón que “la seguridad absoluta para uno significa la inseguridad total para los demás”. La OTAN y la Unión Europea deben comprender que no actúan en un espacio vacío, que el campo de su actividad “de misionero” no es un territorio pagano, ni mucho menos.

Nuestros socios entendían perfectamente en sus tiempos que había que optar entre la extensión de la OTAN y una OSCE fuerte. Se sabe qué opción ha sido hecha. Es por eso que actualmente tenemos una OSCE débil. Ahora nos proponen discutir los temas de la seguridad europea exclusivamente en la plataforma de tal OSCE, organismo que ni siquiera posee personalidad jurídica internacional. Y eso cuando nuestras propuestas relativas al refuerzo institucional de la OSCE, incluida la aprobación de su Carta, las reglas precisas de sus actividades y la garantía de su carácter real intergubernamental, ya se encuentran sobre la mesa durante unos años, sin que los socios deseen considerar todas esas reformas ya maduradas desde hace mucho.

Nuestras relaciones con la OTAN, más bien su estado de crisis, testimonian la necesidad de tomar medidas urgentes para garantizar una seguridad igual para todos en el espacio euroatlántico. No fuimos nosotros quienes congelaron el trabajo del Consejo Rusia–OTAN ni fuimos nosotros quienes violaron los acuerdos en que se basa la actividad de ese mecanismo importante. Los miembros responsables de la Alianza entienden que no se puede consentir los caprichos ideológicos de algunos novatos y aspirantes llevados por fobias antirrusas. Al fin y al cabo, hay que guiarse por los intereses nacionales reales, y éstos sólo pueden realizarse en común en la Europa contemporánea, incluso cooperando con Rusia.

Estamos dispuestos a efectuar una cooperación honesta allí donde nuestros intereses coinciden. Continuaremos prestando asistencia en el tránsito a los países que tienen contingentes en Afganistán, mientras el Gobierno afgano admita la presencia militar extranjera, y ésta responda a los objetivos del arreglo en aquel país. Rusia incrementará su participación en los esfuerzos colectivos para resolver los problemas de Afganistán, incluso desarrollando las resoluciones de la Conferencia Especial para Afganistán celebrada el 27 de marzo de este año en Moscú con auspicios de la OCS. Uno de los derroteros prometedores podría ser la colaboración entre la OTSC y la OTAN en la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico. Esperemos que triunfará el sentido común, y en la OTAN todos entenderán que las relaciones constructivas con Rusia le convienen a la Alianza. Pese a todas las dificultades, hemos aceptado dar inicio al proceso de restablecimiento del trabajo pletórico del Consejo Rusia–OTAN. La apertura de la Alianza en relación con la redacción de su nuevo concepto estratégico tendrá gran importancia para el éxito de ese proceso. La Estrategia de Seguridad Nacional de Rusia es un documento abierto. Los representantes rusos organizaron un briefing dedicado a su contenido en la sede de la OTAN.

La crisis de la confianza en nuestras relaciones con EE.UU. y Occidente en general se basaba en el “conflicto de esperanzas”. No hubo entendimiento común de qué significaba el fin de la “guerra fría”. De ahí las equivocaciones. Hubo no sólo demasiados “conocidos desconocidos” sino también “desconocidos desconocidos” (Donald Rumsfeld). Por lo visto, ello explica el fenómeno advertido por Niquita Struve de “una actitud más indulgente de Occidente hacia el régimen soviético que hacia Rusia contemporánea, mucho más libre” (“Russki zhurnal”, 20 de junio de 2009).

Ahora somos más sabios y sabemos más que hace 15 ó 20 años. Por ende ahora es la hora para estudiar la situación en la Región Euroatlántica basándose en la realidad nueva. La propuesta rusa del nuevo Tratado de la Seguridad Europea nos proporciona precisamente esta posibilidad.

Las discusiones en los últimos meses, incluidas las reuniones no formales del Consejo Rusia–OTAN y de los Ministros de Exteriores de los Estados de la OSCE con la participación de los Jefes de la OTSC, la CEI, la OTAN y la UE en Corfú demuestran convincentemente que tal enfoque va cobrando fuerza. Presenciamos los síntomas del entendimiento de que ahora lo principal es hallar respuestas colectivas y no unilaterales a los desafíos y amenazas comunes para todos.

Tampoco vemos una alternativa razonable para la colaboración triple entre Rusia, la Unión Europea y EE.UU., colaboración que, tal como ha subrayado reiteradamente el Presidente Dmitri Medvédev, debe convertirse en estructura portadora de la unidad política en la Región Euroatlántica.

їVolver el tiempo hacia atrás?

Hoy día, cuando se ha perfilado un viraje hacia el saneamiento en los asuntos euroatlánticos y globales, se están poniendo nerviosos los que se conforman con la política de confrontación de los últimos años y los que quisieran convertir el destino de Europa en rehén de su pasado estorbando la política dirigida al futuro.

Tomemos las tentativas de presentar la propia posibilidad de la normalización ruso-estadounidense como una amenaza para los intereses de Europa. Acaso, їEE.UU. hará algo detrás de la espalda de sus aliados? No creo que EE.UU. haya merecido esta desconfianza, tanto más EE.UU. que ha reconocido la necesidad de su propia transformación en el espíritu de la época.

La aspiración peligrosa a asociar sus intereses nacionales con la confrontación se manifestó en la reciente carta abierta de varios ex estadistas de países de Europa Oriental al Presidente de los EE.UU. Parten patentemente de la lógica de los “juegos de suma cero”, o sea si gana Rusia, esto quiere decir que a costa de ellos. Efectivamente, ellos y sus partidarios poco numerosos en Rusia, según el juicio sensato de Anatol Lieven, manteniendo la tirantez en las relaciones ruso estadounidenses complican las relaciones de Norteamérica con el resto del mundo (artículo en la revista “National Interest”). Esta lógica es sencilla: todos están hartos de la tirantez, todos quieren cooperar, por tanto cualquier retorno a la confrontación producirá erosión de la unión transatlántica. Acaso, їno bastó el agosto de 2008?

Intentando defender la mentalidad de confrontación, se destacó el Comité de Defensa del Parlamento británico con su informe dedicado al tema “їNueva confrontación con Rusia?”. Pero hasta los autores del informe tuvieron que reconocer la necesidad de estructurar relaciones con Rusia basándose en el realismo y no en las “ideas abstractas y disponentes de los valores comunes”.

Cualesquiera tendencias protectoras y tentativas de estorbar el proceso histórico y juzgar de lo que está pasando, incluso de Rusia, desde las posiciones de la inmutabilidad del antiguo statu quo o la inminencia de su restauración están condenadas al fracaso. En el mundo entero lo entienden, y ahora también en Norteamérica cuya experiencia plasmaba lo relacionado con la tradición cultural y civilizacional de Occidente.

Las bases del nuevo orden mundial han madurado en el antiguo, el de centrismo occidental. También en la actualidad esta dialéctica eterna que explicaba la mayor parte de la historia de la Humanidad ayuda a comprender lo que está pasando. Al igual que ayuda a comprender este veredicto de la historia que es ideológicamente imparcial. Si analizamos la caída del muro de Berlín o la desintegración de la Unión Soviética, la inutilidad de los intentos de la solución armada de los problemas internacionales existentes o los actuales trastornos financieros y económicos cuyos orígenes remontan al olvido de las enseñanzas de la Gran Depresión en el límite de los años 20 y 30 del siglo pasado y al comienzo de la demolición de la regulación del sector financiero ya en 1928, veremos que se vislumbra una sola crisis “permanente” del sistema del gobierno global. Tal como sucedía reiteradamente en el pasado, nos queda tan sólo volver a arreglar este mecanismo de acuerdo con la nueva realidad para que no niegue sino que sea la encarnación de la diversidad cultural y civilizacional del mundo. Y el fin de la “guerra fría” y de la confrontación ideológica relacionada con la misma ayuda a todos, tanto en Oriente como en Occidente, a estimar sobriamente las cosas y evaluar la situación en categorías del sentido común, sin lo cual será difícil solucionar conjuntamente este problema fundamental.