Creer a pie juntillas lo que dicen ciertas patotas cuando alcanzan cuotas misérrimas de administración del poder que viene de ultramar y que aquí se traduce en gobiernos, congresos y administraciones públicas, instituciones todas al servicio “de la inversión”.

Tragarse el sapo que la solución integral de los cruentos atolladeros de desigualdades, discriminaciones, leyes con nombre propio, contratos de estabilidad jurídica y tributaria con tarjeta ad hoc, pasa por fórums, talleres, conferencias, folletines y recetas que hay que editar en forma de libros para justificar contabilidades de dineros que arriban al Perú en forma de dólares o euros.

Aguantar a castas políticas cuya producción ideológica o doctrinaria, intelectual o académica no hace sino reiterar las mismas monsergas desde hace más de treinta años. Y que estos tagarotes se crean con el “derecho sagrado” a representar a la nación, en el gobierno o en el congreso, una raya más de un tigre famélico y decadente.

Soportar medios de comunicación que privilegian los crímenes ricos en aristas morbosas, sangre a raudales y pésima pronunciación de un castellano que se aleja más del cerebro de reporteros, cronistas o dateros para quienes el mataburro ya no es el Larousse, Sopena o Espasa, sino palurdamente “la web”.

El complejo de vasallos que exhiben ciertos funcionarios a quienes todo lo que venga de fuera les seduce y encandila. No es sólo su servilismo sino su traición a la tierra que los vio nacer cuando reniegan de su historia, mancillan la dignidad y cabeza gacha se arrastran para cobrar deleznables sobornos.

Ser cómplices de lo que antaño, en época del nipón cobarde Alberto Kenya Fujimori y su socio indesligable, Vladimiro Montesinos, se llamaba psico-sociales y que ahora, gracias a la modernidad y a la tecnología, se llama igual y caer en añagazas como las que se refieren al “rebrote del terrorismo”; de marchas “subversivas en las universidades”. No tendría nada de raro que al holandés y al chino se les condecorara, de repente no por sus crímenes, sino por distraer la atención y capturar la no tan gratuita cobertura de una prensa adocenada y de alcantarilla.

Ver cómo se regala el patrimonio nacional en grandes porciones so pretexto que impugnar la pillería puede “ahuyentar la inversión”.

Aceptar que retrasados mentales sean dueños de las ciencias infusas y tengan en sus “libros” y “ensayos” la piedra filosofal que solucione atávicos y añejos intríngulis que padece la nación. Me comentaba pocas horas atrás un notable periodista aludiendo a los susodichos: se alaban entre ellos, se citan unos a otros, los homenajes son en casa y a la hora del comicio “no llegan al 2%”.

Saber que se eliminaron los barruntos fundamentales de historia, educación cívica, geografía en la educación escolar so pretexto que “son cosas del pasado” y que la “modernidad” demanda acríticos, idiotas de voz engolada y cínicos capaces no sólo de vender a sus madres sino hasta de negociar el precio, centavo a centavo. Asimilar el mercenarismo de los intelectuales de pacotilla que sirven al patrón o a los dueños del negocio, deviene una absoluta vergüenza.

¿Qué es obsceno en Perú, por último?: ver cómo se fabrica la impunidad para el próximo lustro y ser ineptos para construir la alternativa militante y refundadora del país. Constatar cómo ladrones vulgares han fungido de cabilderos de grandes empresas y cada quien no puede ocultar las riquezas inmobiliarias, materiales y diplomadas obtenidas en muy rápidos cinco años.

Mirar y no hacer nada bajo el supuesto que “así es la política”. No querellarnos con esa sentencia vomitiva es ser imbéciles y merecer todo cuanto ocurre en un país que produce análisis por toneladas y soluciones por gramos. La asimetria es palmaria.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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