por Jorge Rendón Vásquez; [email protected]

4-5-2011

Con la presencia de la hija de Alberto Fujimori como candidata presidencial en las elecciones de este año, la inmoralidad ha eclosionado como una erupción volcánica, cubriendo con sus densos y deletéreos gases una parte de la atmósfera social.

Se sabe que en la década del noventa, Alberto Fujimori y su grupo militar y civil dieron un golpe de Estado (5 de abril de 1992) que les permitió quedarse en el poder hasta la vergonzosa huida al Japón de Alberto Fujimori, en noviembre de 2000; que saquearon los caudales del Estado, pertenecientes a la comunidad; que Alberto Fujimori y sus secuaces impartieron las órdenes de matar a ciudadanos indefensos; que persiguieron a quienes se oponían a su régimen; que despojaron a los trabajadores de una parte de sus derechos sociales para aumentar las ganancias de los empresarios; que nuestro país fue saturado de arbitrariedad y corrupción, sirviéndose de las entidades del Estado. Fue también evidente que Keiko Fujimori sabía todo esto, y lo consentía como primera dama, y que se benefició personalmente de ese latrocinio con una parte del cual se pagó su permanencia y estudios, y los de sus hermanos, en universidades de Estados Unidos. Alberto Fujimori y muchos de sus secuaces y esbirros han sido procesados y condenados a largas penas de prisión.

Y, sin embargo, esta mujer, utilizada por el grupo que gobernó con su padre para tratar de reinstalarse en el gobierno, ha obtenido en la primera vuelta de las elecciones presidenciales el 23% de los votos; y, en las encuestas para la segunda, tiende a aumentar ese porcentaje.

¿Por qué? ¿Qué está sucediendo en el Perú?

No asistimos sólo a la decadencia de la memoria en esos votantes.

En la mayor parte de los que conforman los estratos más pobres, a los que se ha negado la oportunidad de una educación más firme, veraz y liberadora, y para quienes la economía y la política son asuntos de blancos, la memoria está ocupada por los sucesos de su existencia diaria, familiar y de barrio, a lo más. No han registrado en su mente o han olvidado la corrupción del grupo de los Fujimori y sus adeptos, no les importa o la toleran. Están por ello fuera de la moral colectiva. Y son presa fácil de la propaganda del grupo de poder económico y de sus medios de comunicación social, patrocinantes de la candidata Keiko Fujimori, basada en promesas que no se cumplirán.

En los estratos ricos la situación es distinta. Por sus intereses y nivel educacional, su memoria conserva el recuerdo de las ilegalidades y arbitrariedades del grupo de Alberto Fujimori. Y las admiten como válidas, porque se beneficiaron con ellas; porque aspiran de nuevo al ejercicio de ese proceder inmoral con un gobierno de la hija del ex dictador; y por odio o resistencia a los cambios en la economía y la política favorables a las grandes mayorías sociales, propugnados por el candidato Ollanta Humala.

En los votantes de clase media, en cambio, el apoyo a Keiko Fujimori se origina más en el miedo cerval e irracional a ciertas fantasiosas amenazas contra su patrimonio, libertad y seguridad si ganara Ollanta Humala, inducidas como un operativo psicosocial desde esa misma prensa escrita y audiovisual organizada como negocio.

Nuestro país tiene una larga experiencia en esta inmoralidad colectiva, impulsada por el poder económico. Comenzó durante la conquista, con la utilización de los clanes indígenas enemigos de Huáscar y Atahualpa para abatir al Tahuantinsuyo. Sin esa ayuda interesada, vehemente y feroz, las escasas huestes de Francisco Pizarro jamás hubieran podido imponerse. No se salvaron de su dominación, crueldad y desprecio ni aun los indígenas que se batieron por ellas. Durante la guerra con Chile, la oligarquía costeña clamaba: “Primero los chilenos que Piérola” y desmovilizó al país. A excepción del gobierno de Velasco Alvarado, los demás salidos de golpes de Estado fueron promovidos, respaldados y aplaudidos por la cúpula dueña del poder económico. La justificación esgrimida por ésta y repetida por los grupos conformistas se ha resumido en las frases: “Ha robado, pero ha hecho obra”; “Que importa que haya robado, si ha sido el mejor gobierno del Perú”; “La plata viene sola”; “Es cierto que roba, abusa, persigue a los opositores y asesina, pero por algo debe ser, con tal que a mí no me toquen”. Y esta condescendencia con la corrupción, con profundas raíces en la conciencia de esas familias, se reproduce de generación en generación como una maligna herencia y de la manera más normal.

¿Podría la ciudadanía que rige su vida por la ética enfrentar esta cultura de inmoralidad? Creo que sí, con una movilización de persona a persona y con una explicación didáctica cuyo centro sea la reafirmación en la vigencia de los valores y, principalmente, de la moral. No estamos sólo ante una campaña política. Es mucho más lo que está en juego.