Cuando Alan García y Jorge del Castillo se sientan a charlar lo hacen, digamos, ¿para analizar la gravedad que implica cualquiera de los resultados del contencioso marítimo en la Corte Internacional de Justicia de La Haya entre Perú y Chile? Lo único que preocupa al ex presidente es que los del sur se vayan a molestar si aquí enhebramos reclamos o protestas, y a del Castillo es menester que un alma caritativa le explique de qué se trata el asunto. ¿Se reúnen para platicar, en nombre de quién o de quiénes –sindicatos, frentes de defensa, clubes de madres- o para negociar cómo y qué porciones del Apra, Partido al que ambos han destruido al alimón, quedan con cada quien?

En buena cuenta cuando los señores aludidos se juntan es para cautelar intereses privados, absolutamente reñidos con cualquier atisbo de antimperialismo, solidaridad con los pueblos y clases oprimidas del mundo o nacionalización progresiva de tierras e industrias o la integración latinoamericana. A ambos obsede la supervivencia de sus imperios forjados con trabazones, vínculos cuestionables, precios fidelizados con tarifas de a cada quien según su complicidad y silencio o sus méritos en pro de componendas al viejo estilo del civilismo repartidor de sinecuras.

¿Cabe la posibilidad que García denuncie a del Castillo o viceversa? La impresión generalizada es que ninguno puede jugarse a fondo en la destrucción del otro sin fulminarse también a sí mismo. Se conocen secretos, vericuetos y no les queda más que el sagrado culto a la omerta –silencio- que les mantiene al mando de un tinglado que posee títeres digitados por celular, email y gritos de múltiples decibeles y que también afinca en el conocimiento documental de prontuarios que, en caso de resistencia, pueden ser parte de la crónica de cualquier medio de comunicación. ¿Recuerdan el caso de los petroaudios?

A García y del Castillo cabe el dudoso honor de haber convertido en escombros y en miseria moral al Partido Aprista. La lealtad a principios, sentimientos, fraternidades y entusiasmos, reemplazaron ellos con la compra masiva de conciencias de adláteres y palafreneros que enriquecieron sus alforjas de modo inexplicable: casas de playa, de campo, departamentos en barrios lujosos, autos al por mayor, viajes a granel, diplomas y maestrías, cuentas corrientes abultadas, asesoría de abogángsteres a la medida y llave en mano. Los militantes que antaño competían por acometer las tareas, perdieron el elan y en lugar de ello hoy exhiben tarifario en dólares y euros.

La especie de enderezar, por parte de los mañosos y mercenarios al servicio de del Castillo, toda la culpa de la debacle aprista a Alan García, no resiste el más mínimo análisis riguroso. Tampoco lo inverso. La dupla es indivisa y las peleas cosmética para las tribunas amén que las querellas siempre serán epidérmicas, de forma pero no de fondo. Repitamos: quien hable se incrimina al mismo tiempo.

Los trebejos disputan como las aves de carroña con qué jirones quedarse y guarecerse ante los avances indignados que van dando cuenta de actos de rapiña, presupuestos sobre-dimensionados, inauguraciones hechizas, concesiones con nombre propio y dedicatoria, al estilo de los peores regímenes entreguistas de la castigada historia del Perú, pero saben (“conservan la esperanza”) que los capitostes se darán el abrazo y el pacto de intereses reforzará su nunca realmente horadado matrimonio.

El relativismo moral que impera en Perú ha hecho ver como normal que los políticos asesinen las reglas fundamentales de respeto, dignidad, honradez para suplantarlas con vivezas y deshonestidades abundantes. En cada examen de sus conductas públicas hay crímenes, destrucciones, falta de escrúpulos, frialdad y cinismo. Como el pueblo es más sabio que todos los sabios el Partido Aprista que antaño fuera esperanza revolucionaria de inmensas masas peruanas, en la última competencia presidencial apenas si alcanzó la ridícula cifra de 4 parlamentarios y no compitió pusilánimemente por la primera magistratura. La jibarización del Apra es un hecho sobre el que no parece importar a los esbirros que tributan su acción mercenaria a cada uno de estos dos destructores.

Para algunas personas el intríngulis existencial que padece el Partido Aprista por la contumacia que comparten por igual Alan García y Jorge del Castillo, es asunto privativo del Apra. Y la equivocación no puede ser más paquidérmica como letal: ¡precisamente, ambos representan todo lo que la gente odia de los políticos, tal como se los mal llama aquí! Son desleales, inescrupulosos, egoístas, incapaces de pensar en el colectivo ciudadano, sino en sus chacras clientelistas edificadas sobre coyunturas coactivas o coercitivas. Cuando a la gente común y corriente se menciona algo vinculado al aprismo ¡de inmediato, sin mayor examen, concluye con el siguiente término: rateros! ¿Acaso no es cierto que el principal rango que define a estos señores no es el de deshonestos? Por tanto, no es un problema del Apra, es un tema que necesita erradicación y voluntad nacional, de tirios y troyanos por extirpar el cáncer que envilece al Perú.

Los perros furiosos y asalariados u obligados por prontuarios documentados saldrán a decir que hay “odio, antipatía, antiaprismo”. Ninguno se ha atrevido a refutar cualquiera de los numerosos artículos que he escrito desde hace lustros y pergeñando, describiendo y denunciando a Alan García. ¿Por causa de qué sí apostrofan pero no argumentan? ¿pobreza e incapacidad para negar lo que todo el país ve? No descartemos, de todos modos, que los ladridos aumenten por estos días.

¿Qué esperan los militantes del Apra para echar a esas pandillas que usurpan para beneficio propio y crematístico los símbolos y registros oficiales? Valga la pena reiterar que la crisis no es coyuntural: es terminal.

Con García y del Castillo, en cualquier cargo o representación, el Apra está condenada a terminar de extinguirse sin pena ni gloria, en medio de serias acusaciones de latrocinio, estafa y monra. Para eso no murieron los mártires ni miles de peruanos y peruanas se lanzaron a la insurrección contra los mandones de turno, la epopeya y el heroísmo dieron paso a una cáfila de asaltantes cuyo destino natural no es la gloria sino la cárcel.

Documentos adjuntos