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Al ponerse el sol sobre la sublime Sochi, entra en escena el envidioso Occidente

Para el artista estadounidense Daniel Patrick Welsh, la crisis ucraniana revela la verdadera naturaleza del Imperio yanqui: al contrario de lo que afirma el discurso dominante, los fascistas no son un epifenómeno local de una revolución democrática. Son, por el contrario, un elemento central en la estrategia de poder de Washington, controlada precisamente por personalidades extremistas. Tenemos que acabar de despertar y darnos cuenta de que nuestro mayor enemigo es precisamente el gobierno federal de Estados Unidos.

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El senador estadounidense John McCain junto al líder neonazi del partido Svoboda, Oleg Tiagnibok, en Kiev, el 15 de diciembre de 2013.

Para empezar, renunciemos a los paños tibios. Para poder decir que no hubo un golpe fascista habría que ignorar su nivel de violencia y su naturaleza abiertamente fascista. Tenemos que tener muy claro que toda la claque amaestrada para aclamar primaveras árabes, los liberales, los aficionados de la tercera vía y los radicales tienden a ver cualquier reunión de más de 100 personas como un movimiento de masas y una excusa para intervenir sin importarles –como dice un amigo mío– «que sean socialistas, fascistas o una cola de gente delante de un baño».

Pero el show ambulante de los «cambios de régimen» ya empieza a estar gastado y algunos de nosotros ya no nos tragamos la retórica absurda y también gastada del presidente de Estados Unidos cuando nos dice que no constituyen un problema «algunos fascistas» o «elementos marginales» o la presencia «inesperada» de fascistas «en las filas» de un «movimiento de protesta pacífico». Lo siento, se me acabaron las comillas.

El hecho es que los fascistas están ahora en el poder en Ucrania, que los fascistas mantienen ahora puntos de control por todo Kiev, que los fascistas custodian los edificios gubernamentales, que los fascistas están tomando bajo su control los arsenales militares ucranianos. Incluso la sede de la alcaldía de Kiev fue decorada con un gran retrato de Stepan Bandera, el héroe nazi del partido Svoboda.

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Retrato del líder de la colaboración con la ocupación nazi en Ucrania durante la Segunda Guerra Mundial, Stepan Bandera, desplegado en la alcaldía de Kiev por los nazis del partido Svoboda.

Pero los neonazis de Svoboda no son los únicos fascistas que se han apoderado de Kiev. Para no quedarse atrás, el delincuente de derecha Alexander Muzychko hizo una importante promesa desde la tribuna de Maidan: «Lucharé hasta la muerte contra los judíos y los rusos». Y también llamó a catalogar como crimen el uso del idioma ruso y exhortó a 500 de sus seguidores a asaltar el antiquísimo monasterio ortodoxo de Pecherska Lavra [también conocido en español como el Monasterio de las Cuevas de Kiev], clasificado por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad.

Ahora se sabe perfectamente que la gran mayoría de votos obtenidos en el parlamento ucraniano a favor de los objetivos de la oposición proeuropea fue resultado de tácticas de corte fascista, como el secuestro de todos los diputados miembros del Partido Comunista, el uso de la amenaza y la intimidación contra otros parlamentarios e incluso la agresión física a puñetazos en plena sesión del parlamento. Los parlamentarios que se resistían a la oposición fueron golpeados, sus familias recibieron amenazas y se les advirtió que serían perseguidos durante 10 o 15 años si no se plegaban a los designios de la oposición.

Ante tal situación, el rabino ucraniano Moshé Reuven Azman llegó a exhortar a los judíos ucranianos a salir de Kiev e incluso de Ucrania si podían hacerlo. Un amigo mío que, por decirlo de alguna manera, no tiene aspecto de ucraniano ya estaba haciendo planes para sacar a su familia del país antes del fin de semana porque estima que Kiev se ha convertido en una ciudad peligrosa.

¿Y qué estará pensando del resultado de su política el primer presidente negro [de Estados Unidos]? El supremacismo blanco que caracteriza el golpe de Estado perpetrado en Ucrania tendría que parecerle evidente sólo con ver las marchas y las expresiones de regocijo de otros partidos fascistas, como Aurora Dorada, desde Grecia hasta España y pasando por otros países. Si hace un zoom sobre las imágenes, entre las banderas desplegadas alrededor del retrato del héroe nazi Stepan Bandera podrá distinguir claramente el estandarte de los Estados Confederados de América y la cruz de Odín. Aunque, después de todo, el linchamiento de negros en Libia no le provocó precisamente una crisis de conciencia… probablemente no era un buen momento para ello.

Pero nada de lo anterior es secundario ni resultado de una pérdida de control sino que es más bien parte del plan inicial. Nadie, ni los burócratas de la Unión Europea, ni el omnipresente John McCain, ni [la secretaria de Estado adjunta] Victoria Nuland, ni ningún miembro de los equipos de estos funcionarios estadounidenses puede decir que no sabía ni que lo tomaron desprevenido. Ese viejo truco de la diplomacia simplemente no es factible en este caso.

Lo que está sucediendo estaba en el plan inicial. Las marionetas de Washington, desde la millonaria asesina Yulia Timochenko hasta el boxeador Vitali Klichko jugaron siempre con las apariencias. La violencia neonazi no es casual ni involuntaria sino que forma parte de todo el guion. Es la violencia fascista lo que sirve de fuerza motriz. Y el financiamiento y organización de esos grupos es un elemento fundamental de la guerra de 4ª generación que el Imperio está aplicando actualmente en diferentes latitudes y contra diferentes Estados.

Estados Unidos, destructor de países, protector de fascistas, manipulador de las fuerzas más oscuras del planeta, muestra una vez más como su brazo se extiende para cimentar su reputación como mayor amenaza para la paz mundial. Junto a sus Estados vasallos europeos, Estados Unidos parece siempre desesperado por demostrar que es inmune al derecho internacional, e incluso a la ley del karma. Dando siempre muestras de ignorancia y de arrogancia extremas, sus funcionarios no cesan de repetir abiertamente que Estados Unidos es el «país más poderoso del mundo».

La tormenta imperial que cayó sobre Ucrania nos muestra claramente dónde está hoy el peligro. Estas fuerzas oscuras buscan nada más y nada menos que la destrucción de Rusia y el control del planeta. Es algo que ya pude observar cuando hice mis estudios, con algunos de esos personajes, en el departamento de historia eslava de la universidad de Harvard. Estos fanáticos rusófobos ya eran peligrosos en aquella época y hoy siguen siéndolo. Los estadounidenses no acaban de darse cuenta de que casi todo lo que creen saber sobre Rusia ha sido escrito y reescrito por ese restringido grupo, verdaderos profesionales del odio contra Rusia. Al cabo de 35 años, ese pensamiento aún me congela la sangre en las venas.

A estas alturas, decir solamente que ya es hora de que nos despertemos no pasa de ser un simple cliché. Lo que tenemos que reconocer urgentemente es que la naciente alianza entre Rusia y China, con los demás países miembros del BRICS y las naciones del sur, es la única fuerza capaz de detener a estos fanáticos de los cambios de régimen que hoy están devastando el mundo.

Una vez más, el Imperio se ha extendido demasiado. La Historia y los pueblos acabarán por pasarle la cuenta y como la política no tiene nada que ver con la homeopatía, ninguna solución diluida logrará milagrosamente poner coto a lo que hoy sucede. Además, los escritos que achacan la responsabilidad a «ambas partes» son a estas alturas inútiles y muy peligrosos.

Tenemos que renunciar a las dilaciones y subterfugios. Tenemos que dejar de preguntarnos qué aventura imperial hemos de respaldar y cuál vamos a criticar. Tenemos que adoptar una posición firme y decir abiertamente dónde está el peligro y quién es el principal enemigo.

Eso es lo que tenemos que hacer. Lo contrario nos llevará al suicidio.

Fuente
Oriental Review (Rusia)

Daniel Patrick Welsh

American writer, singer, translator and anti-war activist.

 
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