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Homenaje organizado en la Sorbona, el 21 de octubre de 2020, por el presidente francés ‎Emmanuel Macron, después del asesinato de Samuel Paty.‎

El discurso de toda la casta mediática (y política), según el cual Samuel Paty sólo hacía su trabajo, ‎sólo cumplía con su deber republicano y enseñaba a sus alumnos la tolerancia y la libertad de ‎expresión, así como el laicismo, me saca de mis casillas. ‎

Me rebelo totalmente contra ese discurso totalmente falso, perfectamente sesgado, ‎completamente desconectado de la realidad y del sentido común y, sobre todo, ¡peligroso!‎

En todos los medios de prensa, la caricatura en cuestión se describe como un dibujo que ‎representa al «profeta inclinado con una estrella dibujada sobre sus nalgas». Aunque no es ‎enteramente falsa, esa descripción es cuando menos un eufemismo –de hecho, se puede hablar ‎incluso de una mala fe abismal. Por cierto, llama la atención el hecho que la mayor parte de los ‎medios de prensa han evitado cuidadosamente mostrar la imagen en cuestión (accessible solo ‎a veces a través del link publicado en algún artículo). ¿Por qué tanta ‎precaución si esa imagen es tan banal e inofensiva como dicen? ‎

La respuesta a esa pregunta es evidente para quien vea el dibujo… porque hay que ver las cosas ‎para poder analizarlas:‎

El profeta no aparece simplemente «inclinado». Exceptuando el turbante, está totalmente ‎desnudo, en cuatro patas, con el trasero al aire como ofreciéndolo, de manera que pueden ‎verse sus testículos peludos, su pene y hasta una gota de orina… y la estrella no está «dibujada ‎sobre sus nalgas». Está exactamente en el lugar de su ano (como si fuera su ano). ‎

Yo me expreso aquí como ateo (en el mejor de los casos como agnóstico), no como musulmán, ‎ni como católico, ni como creyente y mucho menos como fundamentalista. Pero por más que ‎me exprimo los sesos, confieso que no entiendo qué puede haber de inteligente, de ‎significativo, de pertinente, de espiritual o de simplemente cómico en tal imagen. ‎

Lo que veo en ella, al contrario, es sólo un garabato grotesco, pero sobre todo ‎extraordinariamente insultante para la comunidad musulmana, no sólo para los musulmanes ‎de Francia sino para los musulmanes de todo el mundo. No es una simple blasfemia, es un ‎verdadero insulto lanzado a más de mil millones de seres humanos que, no está de más ‎recordarlo, comparten el planeta con nosotros, los occidentales.

Resulta legítimo observar ‎lo mismo que el señor Delfeil de Ton, uno de los fundadores del Charlie Hebdo histórico –que ‎exceptuando el título no tiene nada que ver con la publicación que Philippe Val creó bajo ‎el mismo nombre, en 1992–, quien, al día siguiente de los atentados de enero de 2015, escribía:
«No había que hacerlo pero Charb [1] (Charlie Hebdo) lo hizo otra vez». Ya todo estaba ‎dicho en la tribuna de Delfeil de Ton y les invito a ustedes a que vuelvan a leerla aquí.‎

Esta imagen degradante no merecía espacio ni siquiera en una publicación satírica porque no es ‎ni remotamente emblemática de algún supuesto «derecho a la blasfemia», ni mucho menos de ‎la «libertad de expresión», ni tampoco (colmo del ridículo) del «respeto al laicismo». No voy a ‎convertirme aquí en exegeta del autor de este dibujo, supongo que la señora Corinne Rey ‎‎(quien firma como Coco) arremetía sólo contra los fanáticos de Alá (como los yihadistas ‎de Daesh) que pervierten y ensucian la religión musulmana. Quiero creer, otorgándole ‎el beneficio de la duda, que Coco no quería insultar a todos los musulmanes, sean nuestros ‎compatriotas o no. Sin embargo, es un hecho, que en honor a la verdad no es difícil de ‎entender: los musulmanes de Francia, y más aún los que viven más allá de nuestras fronteras, ‎se sienten profundamente humillados, insultados y degradados por ese dibujo. Y no sólo ellos, ‎lo mismo sucede con muchos creyentes de otras religiones, e incluso con ateos que como yo ‎respetan las creencias religiosas de sus hermanos de toda la humanidad. ‎

Coco puede hacer este dibujo, está en todo su derecho. Ya pagó un alto precio hace 3 años, ‎durante los atentados, y la compadezco en su calvario. En cambio, la decisión de ‎‎Charlie Hebdo de publicarlo en 2012 resulta eminentemente cuestionable y voy a explicar ‎por qué. ‎

Por supuesto, hay que poner las cosas dentro de su contexto. En Francia, las primeras ‎‎«caricaturas de Mahoma» se publicaron en febrero de 2006, primero en France-Soir y ‎después en Charlie Hebdo –que en ese entonces seguía siendo propiedad de Philippe Val, quien ‎además dirigía esa publicación. Al publicar aquellas «caricaturas de Mahoma», Charlie Hebdo ‎agrega las suyas, como otros diarios europeos e incluso en el mundo árabe. Hay que señalar que ‎en Reino Unido no las publicó ningún diario, ni siquiera algún tabloide, y que ‎en Estados Unidos –país del cual nadie sospecha que obstaculice la libertad de expresión– ‎sólo Harper’s Magazine las publicó en el marco de un artículo que era prácticamente un estudio ‎universitario. Aquellas caricaturas, a finales de septiembre de 2005 –o sea menos de 3 meses ‎después de los sangrientos atentados de Londres–, provenían de un diario conservador de ‎Dinamarca (el Jyllands-Posten), que en aquel momento tenía como editor de las páginas ‎culturales a Flemming Rose, vinculado con el neoconservador [estadounidense] Daniel Pipes ‎‎ [2]. En aquella época, el primer ministro de Dinamarca era Anders Fogh ‎Rasmussen, quien se convertiría en secretario general de la OTAN en 2009. ‎

Aquellas 12 caricaturas eran casi triviales en comparación con lo que vendría después. La más ‎‎«escandalosa» representaba a un musulmán barbudo que llevaba un turbante con forma ‎de bomba, sobre el cual estaba escrita la profesión de fe musulmana: «Dios es Grande y ‎Mahoma es su profeta». ‎

Sin embargo, a pesar de la trivialidad de aquellos dibujos, los demás diarios daneses ‎se distanciaron del asunto y lo criticaron como un exitoso golpe publicitario. Uno de los ‎dibujantes incluso confesó que «el Jyllands-Posten quería desde el principio únicamente ‎provocar». ‎

Por cierto, el [entonces] presidente [francés] Jacques Chirac, el ex presidente Bill Clinton y el ‎secretario general de la ONU, entre otros dirigentes, condenaron un uso abusivo de la libertad de ‎palabra y exhortaron a más de «responsabilidad y respeto hacia los sentimientos religiosos». ‎Ellos estaban evidentemente conscientes de que el contexto geopolítico era explosivo. Hay que ‎recordar a los lectores más jóvenes –y a los que tienen la memoria más corta– que en 2006 ‎las guerras ilegales contra Afganistán e Irak estaban en pleno apogeo, con daños inconcebibles ‎en el seno de la población civil… musulmana. Y aquellos dirigentes no estaban equivocados ‎ya que se iniciaron numerosos boicots contra productos daneses, hubo amenazas de muerte, ‎numerosos motines y manifestaciones violentas estallaron en diferentes países musulmanes, ‎sobre todo porque la Hermandad Musulmana seguía agregando leña al fuego, como siempre ‎hace. ‎

En noviembre de 2011, año de las llamadas «primaveras árabes», las oficinas de ‎‎Charlie Hebdo fueron incendiadas después de la publicación de su número especial titulado ‎‎Charia Hebdo. El dibujante Wolinski decía entonces:
«Creo que somos inconscientes e imbéciles que hemos provocado un peligro inútil. Eso es todo. ‎Nos sentíamos invulnerables. Durante años, incluso decenas de años, nos dedicamos a la ‎provocación y un día la provocación se vuelve contra nosotros. No había que hacerlo.»‎

Pero la provocación va en aumento. Como escribe Delfeil de Ton en su tribuna:
«Un año después, en septiembre de 2012, después de una provocación que puso en estado ‎de sitio nuestras embajadas en los países musulmanes, que [obligó] a desplegar todas nuestras ‎fuerzas de policía en nuestras ciudades, me vi llevado a escribir, dirigiéndome a Charb, también ‎en L’Obs: “Decirse de extrema izquierda y oír que el NPA [3] nos dice que estamos ‘participando ‎en la imbecilidad reaccionaria del choque de civilizaciones’, definirse como ecologistas y ser ‎llamados ‘estúpidos’ por Daniel Cohn-Bendit, son cosas que deberían incitar a la reflexión. ‎Sobre todo cuando en el mismo momento lo aplauden a uno la familia Le Pen, Rioufol de Le Figaro y ‎el primer ministro de Sarkozy.»‎

Después vino el atentado del 7 de enero de 2005. Un Delfeil de Ton extremadamente lúcido ‎escribe:
«Este atentado entra en el marco de una guerra declarada a Francia en conflictos donde ‎su participacion no era necesaria, donde matanzas peores que la de Charlie Hebdo ‎‎tienen lugar todos los días, incluso varias veces al día, y a las cuales nuestros bombardeos ‎agregan más muertos a los muertos, con la esperanza de salvar a potentados que se sienten ‎amenazados y que no son más recomendables que aquellos que los amenazan, cuyo poder ‎se basa ciertamente en el derramamiento de mucha sangre y que decapitan tanto como ‎sus adversarios, torturan y cortan manos y pies en nombre de Alá, como sus adversarios, y ‎‎¿por qué entonces, ¡gran Dios!, tiene nuestra República, tan orgullosa de ser laica, que escoger ‎entre sectarios que unos y otros blanden igualmente la cimitarra con una mano y con la otra ‎el Corán? Si Barack Obama no hubiese retenido a nuestro Francois Hollande, este último habría ‎ido a Siria a la caza de Bachar al-Assad, exactamente como su predecesor Sarkozy se fue a Libia ‎a la caza de Muammar el-Kadhafi, a quien eliminó, pero con el resultado que ya conocemos. ‎‎¿Cuántos sirios habría matado Francia y probablemente todavía estaría matando? ¿No es un ‎principio sagrado dejar que los pueblos dispongan de sí mismos? Si están en una guerra intestina, ‎‎¿con qué derecho vamos nosotros a meternos? Nosotros no entendemos nada de sus querellas, ‎lo único que hacemos es prolongarlas y después ¿nos asombramos de que las traigan a nuestro ‎suelo?»‎

Un simple artículo no permite abordar el vasto tema, bien documentado, de la ‎instrumentalización política del islam: yo he publicado libros fundamentales sobre ese tema, Sous ‎nos yeux de ‎Thierry Meyssan; Le Charme discret du Djihad de F.W. Engdahl o Les Guerres illégales de ‎l’Otan de Ganser y La Guerre contre la vérité de Nafeez Ahmed.

Pero volvamos ahora al dibujo «Mahoma, ha nacido una estrella».
Si en vez de un dibujo fuese una fotografía, lo habrían calificado de pornográfico. Representar ‎al fundador de una religión no sólo desnudo sino en la desnudez más cruda –pene y testículos ‎al aire– y más sucia –con una gota saliendo del pene–, cuando se conoce la importancia del pudor ‎en el mundo musulmán, es algo que va más allá de la falta de respeto. Desviar de su objetivo ‎la posición física de un musulmán durante la plegaria –cuando adopta la más humilde posición de ‎sumisión ante su Creador– para mostrarlo en cuatro patas, o sea convirtiéndolo en objeto de ‎lascivia –incluso de lujuria– es el colmo del insulto. Yo diría que lo peor de ese dibujo es que ‎reduce al profeta –simbolizado por su barba y su turbante– a la exhibición de su ano ‎‎(«ha nacido una estrella»), cuya función fisiológica es la de evacuar el excremento. ‎

Por supuesto, el poder devastador de una caricatura reside en la particularidad de no decir ‎las cosas sino sugerirlas, hacerlas sentir. Una caricatura nos hace reaccionar emocionalmente, ‎nunca pensar. Sin embargo, sin filtro, este dibujo significa literalmente que «los musulmanes ‎veneran a un falso profeta lúbrico que es sólo un ojo de culo; su religión es literalmente mierda; ‎que les den por el culo a todos esos falsos devotos lujuriosos». Por supuesto, eso no está dicho ‎con palabras porque sería castigado por la ley contra la incitación al odio, pero lo quieran o no ‎Coco, Charlie Hebdo, o el señor Paty, ese es el mensaje que, más o menos conscientemente, ‎se transmite a toda una comunidad de creyentes, de los cuales más del 99,99% no son ‎integristas islamistas ni yihadistas. Lo menos que puede decirse es que estamos ante un mensaje ‎violento. ‎

Pero además es ilegal. La injuria no tiene nada que ver con la libertad de expresión, la cual está ‎estrictamente delimitada, precisamente para impedir los excesos. Está claramente estipulado en ‎el artículo 99 de la ley de 1881 sobre la libertad de la prensa que la injuria y la ‎difamación pueden ser castigadas con penas de cárcel y multas:
«Toda expresión ultrajante, ‎términos de desprecio o invectiva que no encierre la imputación de algún hecho es una injuria» y ‎‎«Toda alegación o imputación de un hecho que atente contra el honor o la consideración de la ‎persona o del cuerpo al que se imputa el hecho es una difamación».

Después de informarnos ‎sobre el asunto, resulta que el Profeta Mahoma no denunció la difusión de ese dibujo, como ‎tampoco la denunciaron la LICRA (Liga Internacional contra el Racismo y el Antisemitismo) ni las ‎organizaciones que representan a los musulmanes, ya recelosas debido a los artículos de la ‎prensa, que durante el primer juicio sobre las caricaturas contra Mahoma, presentaron injustamente ‎a esas organizaciones como si pretendiesen imponer en Francia la prohibición de la blasfemia, o prohibir ‎la representación gráfica del profeta. Pero es que los caricaturistas también están sujetos al respeto de ‎las leyes que rigen la prensa y la libertad de expresión, no pueden sustraerse a esas leyes bajo la ‎pretensión de que el arte (aunque en el caso específico de este dibujo, es difícil hablar de arte) ‎supuestamente está por encima de las leyes, lo cual no es cierto. Por otra parte, la ‎jurisprudencia sobre el peligro para el orden público ya sería suficiente para justificar la prohibición ‎de este dibujo. ‎

Para terminar, veamos lo más importante. Desde un punto de vista penal, el hecho de mostrar ‎imágenes pornográficas a niños menores de 15 años –sobre todo tratándose de un educador y ‎en el recinto de un centro escolar, circunstancia agravante por tratarse de una persona que goza ‎de una posición de autoridad sobre los niños– puede caer bajo el artículo 227-24 del código ‎penal (poner ‎en peligro a menores), que castiga con 3 años de cárcel y 75 000 euros de multa «El hecho (…) ‎de difundir por cualquier medio y mediante cualquier soporte un mensaje de carácter violento o ‎pornográfico o de naturaleza a atentar gravemente contra la dignidad humana (…) cuando ese ‎mensaje es susceptible de ser visto o percibido por un menor». ‎

‎¿Qué pudo pasar por la mente del señor Samuel Paty, un educador de 47 años, para que escogiera ‎precisamente esta imagen para ilustrar su curso de Enseñanza Moral y Cívica, destinado a sus ‎alumnos adolescentes de 13-14 años? Yo no sabría qué responder a esa pregunta porque, para ‎hablar de la libertad de expresión, había un montón de posibilidades, empezando por la más ‎emblemática de todas: el juicio contra Julian Assange en Reino Unido, muchísimo más ‎significativo e importante. Pero no, el profesor de historia escogió el dibujo más grosero, el ‎más obsceno, el más incendiario de toda la serie de caricaturas contra Mahoma. Yo ‎me pregunto lo que supuestamente debería aportar eso a los alumnos… No sin razón ‎los musulmanes van a sentirse insultados, no sólo en su fe, sino en su existencia misma; y ‎los demás van a pensar que no hay nada grave en negar los valores espirituales del otro ya que ‎es legal y además se enseña en la escuela –y por ende avalado por el Estado, por la República, ‎por el Saber. Francamente, si yo quisiese practicar un humor “al estilo de Charlie Hebdo” ‎escribiría que ¡el señor Paty ya había perdido la cabeza antes de la intervención de su asesino!‎

Pero lo más grave en todo este asunto, que en muchos sentidos es también un hecho social, ‎es que el ministerio francés de Educación acepte y dé su aval a tales prácticas, que no tienen ‎nada que ver con vivir juntos, ni con la moral o con el civismo sino que, todo lo contrario, ‎violan los principios mismos de la Carta de la Laicidad en la Escuela. ‎

Ese documento estipula que la laicidad en la escuela:
§6. Protege [a los alumnos] de todo proselitismo y de toda presión que les impida tomar sus ‎propias decisiones.‎
§7. La laicidad garantiza a los alumnos el acceso a una cultura común y compartida.‎
§8. La laicidad permite el ejercicio de la libertad de expresión de los alumnos dentro de ‎los límites del buen funcionamiento de la Escuela y del respeto de los valores republicanos y del ‎pluralismo de convicciones.
§9. La laicidad implica el rechazo de toda violencia y de toda discriminación, garantiza la ‎igualdad entre muchachas y muchachos y se basa en una cultura del respeto y de la comprensión ‎hacia el otro.
§10. Es tarea de todo el personal transmitir a los alumnos el sentido y el valor de la laicidad, ‎así como de los demás principios fundamentales de la República.
§11. El personal tiene el deber de observar la más estricta neutralidad: no debe manifestar sus ‎convicciones políticas o religiosas durante el ejercicio de sus funciones.‎

Pienso que he demostrado exhaustivamente que el dibujo en cuestión no tiene nada que ver ‎con «una cultura del respeto y de la comprensión hacia el otro», que somete los musulmanes, ‎los creyentes de otras religiones y los ateos a una intensa «presión que les impide tomar sus ‎propias decisiones» (¿Qué vale la palabra de un adolescente de 14 años ante la de un educador ‎de 47 años que representa la institución escolar?), que ese dibujo no «rechaza la violencia» ‎sino que la promueve y que desvirtúa «el sentido y el valor de la laicidad», y que, ‎por consiguiente, el señor Paty, al manifestar sus «convicciones políticas o [anti]religiosas ‎durante el ejercicio de sus funciones», infringió su «deber de estricta neutralidad». ‎

En un mundo normal, el señor Paty habría tenido, como mínimo, que recibir de sus superiores un ‎enérgico llamado al orden, habría tenido que ser amonestado e incluso sancionado. ‎

Es evidente para todos que sus graves y múltiples violaciones de la Carta de la Laicidad ‎no deberían haber llevado a su ejecución capital en condiciones abominables por parte de un ‎adolescente mentalmente perturbado. Se trata de un suceso vil y macabro y no podemos menos ‎que asombrarnos al ver que las autoridades políticas y judiciales tratan, por ahora sin éxito, de ‎presentarlo como un atentado terrorista con vastas ramificaciones. ‎

Pero me quedo estupefacto al ver que, bajo la influencia de una emoción comprensible, se han ‎levantado voces que proponen inhumar al señor Paty en el Panteón [4], que el Presidente de la República en persona le rinde un ‎homenaje nacional, y que toda la clase política, toda la prensa, son unánimes en cuanto a ‎celebrar al «héroe muerto por la libertad». ‎

Nuestro país [Francia] claramente se ha vuelto loco, literalmente ha perdido la cabeza. ‎A lo largo de las 3 últimas décadas, la ley de 1905 que codifica la ‎laicidad (la separación entre la Iglesia y el Estado) ha sido adulterada hasta llegar a verse ‎totalmente desviada de sus objetivos. Recordemos que esa ley estipula en su Artículo 1º:
«La República garantiza la libertad de conciencia. Garantiza la libre práctica de los cultos.»
‎No promueve el odio contra religiones ni creyentes, ni la injuria, ni la estigmatización o el ‎ostracismo contra una parte de nuestros conciudadanos debido a sus convicciones religiosas. ‎

A quienes no se sientan convencidos por mi análisis del dibujo «Mahoma, ha nacido una ‎estrella», les propongo un ejercicio de pensamiento. Que traten de imaginarse el impacto que ‎podría tener en nuestro bello país laico y en el mundo el equivalente cristiano de esa caricatura, ‎presentando a la Virgen María desnuda, en cuatro patas, a tres cuartos de espaldas, con la grupa ‎empinada, el sexo peludo abierto y goteando semen (del Espíritu Santo), con el siguiente texto ‎‎«Exclusiva. ¡La Procreación Medicalmente Asistida tiene 2 000 años!» [5]. ‎

Tenemos dos caminos: continuar agravando las provocaciones o volver al sentido común ‎regresando al espíritu de la ley de 1905. La primera opción, que por desgracia parece ‎concretarse cada día más, seguramente acabará llevándonos a la realización de la profecía ‎autocumplida de las guerras de civilizaciones –las mismas causas producen los mismos efectos. ‎‎¿Podemos querer eso? Es evidente que no. El integrismo islamista no puede combatirse con una ‎guerra santa de la laicidad. Negarse a «ser Charlie» en 2015 no equivale a justificar ni avalar ‎los crímenes, negarse hoy a «ser educador» no significa alegrarse de lo ocurrido al señor Paty; ‎en ambos casos se trata simplemente de rechazar la falsa opción que se nos ofrece: ‎ni Charlie, ni Kouachi [6] (ni profesor, ni asesino) porque no tenemos que ‎escoger qué vía seguir para llegar a la guerra de civilizaciones. Lo que tenemos que hacer es ‎rechazar esa guerra. Esa es, muy felizmente, la voluntad de la inmensa mayoría de nuestros ‎conciudadanos. ‎

Algunos replicarán que renunciar es abdicar ante los integristas y los yihadistas. Para empezar, ‎haríamos bien en tomar conciencia de que el islamismo político ha sido favorecido desde hace ‎mucho tiempo por diferentes potencias occidentales con fines geopolíticos, como en el momento ‎de la Gran Revuelta árabe orquestada por los ingleses contra el Imperio Otomano durante la ‎Primera Guerra Mundial. O podemos tomar un ejemplo mucho más reciente: olvidamos ‎demasiado fácilmente que hubo una época en que algunas mujeres afganas usaban falda para ir a ‎la universidad de Kabul, en los años 1970 (aunque era una ínfima minoría perteneciente a la ‎élite). Eso era antes de que Afganistán fuera desestabilizado por Estados Unidos, que quería ‎imponer a la URSS su propio Vietnam. ¿Quién puede decir cómo sería Afganistán 50 años ‎después si no le hubiesen impuesto 40 años de guerra ininterrumpida? En aquella época, ‎los yihadistas eran presentados en Occidente, y acogidos en la Casa Blanca, como ‎‎«combatientes de la libertad», funesta estrategia utilizada muchísimas veces a partir de ‎entonces, hasta llegar a nuestros días (desde Bosnia-Herzegovina y Kosovo, pasando por ‎Chechenia, Libia o por el Frente al-Nusra y Daesh en Siria). ‎

El integrismo, el fanatismo no son exclusividades de ninguna religión en particular. También ‎se puede ser un integrista fundamentalista de la laicidad y adulterarla exactamente como los ‎fanáticos religiosos, sin importar su confesión, son capaces de adulterar una religión. Creer que ‎el integrismo religioso se puede combatir adoptando una posición de antagonismo violento ‎‎(aunque la violencia en este caso es sólo simbólica, el hecho es que sigue siendo real) no sólo es ‎una ilusión sin fundamento sino una posición intelectualmente y humanamente inadmisible, que ‎resulta peligrosa, mortífera y –como lo demuestran los atentados contra Charlie Hebdo y la ‎decapitación del señor Paty– literalmente mortal que no lleva ninguna parte. ‎

[1] Charb es el seudónimo profesional del dibujante satirico ‎Stephane Charbonnier, director de la publicación satirica Charlie Hebdo, asesinado con varios de ‎sus colaboradores en el ataque terrorista de enero de 2015 contra las oficinas de dicha ‎publicación. Nota de la Red Voltaire.

[2] «Daniel Pipes, experto del odio», Red Voltaire, 12 ‎de julio de 2005.

[3] El NPA (Nuevo Partido Anticapitalista) ‎es una formación política francesa clasificada como de “extrema izquierda” y sucesora de la Liga ‎Comunista Revolucionaria (LCR). Nota de la Red Voltaire.

[4] El Panteón de París es el ‎lugar donde están depositados los restos mortales de grandes personalidades de la historia ‎de Francia. Nota de la Red Voltaire.

[5] ¡Muy importante! ‎No incito a los caricaturistas de Charlie Hebdo ni a ningún otro a hacer tal dibujo porque ‎se correría el peligro no sólo de herir gravemente la sensibilidad de los cristianos en el mundo ‎entero sino incluso de provocar motines, manifestaciones violentas y probablemente daría lugar a ‎la muerte de personas –basta recordar las reacciones que suscitó en Francia el estreno, en 1988, ‎de la película La Última Tentación de Cristo, realizada por alguien tan respetuoso y tan católico ‎como el director Martin Scorsese. En realidad, la problemática puede resumirse fácilmente: ‎‎¿acaso el derecho a la blasfemia implica de facto la necesidad o la obligación de blasfemar de ‎la manera más injuriosa posible? Nota del Autor.

[6] La matanza del 7 de enero de 2015 en las oficinas de Charlie Hebdo ‎fue perpetrada por los hermanos Cherif y Said Kouachi, nacidos en Francia en 1982 y 1980 ‎respectivamente. Nota de la Red Voltaire.