JPEG - 8.8 KB

Ciertamente, el grupo neoconservador que controla las instituciones federales de gobierno, dentro del esquema del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano, ha desarrollado una política exterior unilateral, no solamente soslayando la organización mundial, sino ignorando su propio sistema de alianzas, en especial las vitales dentro de la OTAN y el mundo islámico sunita que le habían garantizado a los EE.UU. la primacía en el sistema internacional. Las bases materiales de tal comportamiento se han fundado en su abrumadora capacidad militar estimadas dentro de la formula que ellos expresaron como de «4+2+1».

«4» por el número de lugares sobre los cuales ejercerían poder disuasivo con su arsenal nuclear. «2» por el número de guerras simultáneas en las cuales puede comprometerse. Y, «1» por su capacidad para forzar un cambio de régimen dentro de un Estado, lo cual presupone un despliegue mínimo militar en su territorio.

En el terreno disuasivo, ya tiene todas sus capacidades más que comprometidas en el intento de detener la estrategia de desgaste implícita dentro del marco de esta política contra sus principales antagonistas en este campo: la Unión Europea; Rusia; China y la India. Especialmente los tres últimos, quienes no han detenido la ampliación de sus capacidades nucleares, incluyendo la diversificación de sus vectores de envío.

Más aun, frente a esa capacidad de disuasión norteamericana, y a la progresiva de estos miembros prominentes del llamado «club nuclear», ha reemergido una tendencia hacia la proliferación de este tipo de armamento, en países como Pakistán, Irán, Israel y Corea del Norte para los cuales esta situación representa una alta amenaza a su seguridad estratégica. Un cuadro donde no ha sido efectiva la capacidad actual disuasiva norteamericana, especialmente por el debilitamiento de la Agencia Internacional de Energía Atómica, debido muy especialmente a su propia política unilateral.

Se trata de un escenario que ha forzado el compromiso de importantes recursos por parte del gobierno de Washington para intentar mantener sus ventajas en este ámbito, especialmente en los programas dirigidos a obtener armas con efecto en instalaciones fortificadas subterráneas y en el espacio extraterreno.

En cuanto a la acción bélica directa, la situación no es distinta. Ya están enfrascados en las dos guerras simultáneas dentro del tope de sus capacidades de combate anunciadas. Y en ambas están empantanados, dentro de una guerra asimétrica de baja intensidad pero de larga duración. En el caso de Afganistán, ya los señores de la guerra, con experiencia en ese tipo de confrontaciones desde 1836, cuando enfrentaron a los británicos, hasta 1979 cuando lo hicieron con la URSS, ya están apareciendo para hacerle resistencia al gobierno títere del antiguo empleado de la empresa norteamericana Unocal Co., Hamid Kazai. La ocupación de la provincia de Faryab en ese país por el señor feudal Abdurrashid Dosinh la semana pasada, en abierto desafío a las fuerzas del gobierno, a las fuerzas norteamericanas y a los ocupantes de la OTAN, marca el inicio de una nueva confrontación.

Una confrontación que, como las anteriores, tiene como el más probable futurible el establecimiento de un gobierno sobre la base del balance de poder de estos patricios que avasallan las distintas estructuras tribales con la cooperación de fundamentalistas religiosos. Un cuadro al cual habría que agregarle el fracaso de la operación combinada pakistaní-norteamericana, de «yunque y martillo», denominada "Tormenta de la Montaña", que lejos de desmontar los mandos talibanes y de Al Qaida, generó un enfrentamiento entre las tribus norteñas de Pakistán con el gobierno aliado del dictador Prevés Musharraf.

Un escenario para el cual es totalmente insuficiente la división de combate (13.000 efectivos) desplegada en ese Teatro de Operaciones, relegado a un segundo plano después de la intervención en Irak. El futurible más probable, en esta región geoestratégica donde se enfrentan los intereses rusos, chinos, hindúes y europeos, con los norteamericanos, es la búsqueda de un arreglo entre ellos que neutralice la región frente a los intereses geopolíticos de las potencias involucradas. Sin embargo, aunque ello puede implicar la salida de las tropas norteamericanas y de la OTAN de Afganistán, ello no implicará el desenganche militar en esa región, pues para mantener sus intereses en Asia Central necesitará Washington fortalecer las bases que ha establecido en Kazajstán y Georgia.

Pero donde la tranca es formidable es en Irak. Como era previsible para cualquier lego en asuntos estratégicos, pero conocedor de la historia, la invasión angloamericana a este país no iba a concluir simplemente con la deposición de Hussein y la privatización de su industria petrolera a favor de las empresas asociadas a los intereses de los jerarcas de la Casa Blanca.

Ella no solamente ha sido confrontada por una resistencia interna en la cual se han unido las distintas denominaciones islámicas, sino que plantea la posibilidad de una escalada que podría involucrar a toda la «dorsal islámica» que conforma la «línea verde» que separa el Norte del Sur y se extiende desde el Atlas marroquí en el Atlántico hasta las islas Filipinas en el Pacífico. Un conglomerado de países que habían sido los aliados más antiguos y confiables de Washington - ahora minados por el unilateralismo norteamericano y de su aliado israelí - en su intento de controlar el fortalecimiento de Europa, Rusia, China, Japón y la India, colocando amenazas en sus fronteras.

Este cuadro en el momento actual hace insuficiente, como lo han manifestado los propios estrategas del Pentágono, el Cuerpo de Ejército de unos 120.000 efectivos desplegados en el Teatro Iraquí, lo que obligaría a desenganchar tropas, ahora comprometidas en Europa y Sur Corea como parte del esfuerzo disuasivo con medios convencionales, debilitando esta estrategia que intenta contener la proliferación de armas nucleares. Y desde luego, de producirse la escalada, comprometería todo el potencial bélico instalado norteamericano y, eventualmente, el redespliegue y uso de su arsenal nuclear.

Del mismo modo se agotó su capacidad calculada para una acción destinada a derrocar un gobierno establecido. Su intervención en Haití, destinada a controlar el Paso de la Mona que intercomunica al Caribe con el Atlántico y comunica a la Isla con Puerto Rico facilitando las migraciones de la empobrecida nación francoparlante, remató sus estimaciones de fuerza para estos fines. De hecho, la brigada de infantería de marina empleada (1.200 efectivos) ha mostrado su insuficiencia para controlar el pequeño país antillano en donde ya se manifiestan acciones de los paramilitares organizados y entrenados por las fuerzas especiales y los servicios de inteligencia de los EE.UU. en la frontera dominicana. Muestran su descontento por su exclusión en el régimen provisional impuesto por Washington para lograr su dominio en ese golpeado estado caribeño. Más aún, esa acción ha enajenado la voluntad de los gobiernos miembros del Mercado Común del Caribe (Caricom), que integran los gobiernos angloparlantes de las Antillas Menores, generando problemas políticos y estratégicos adicionales en la región geoestratégica del Caribe.

A lo que adicionalmente tiene que agregársele como compromiso militar adicional el desarrollo del Plan Colombia, ahora identificado como Iniciativa Andina, que demanda el empeño de recursos adicionales dados los escasos avances en el control de la situación interna de nuestro incomodo vecino y la disminución sensible de las posibilidades de la llamada estrategia del «balance de ultramar».

Otra forma de acción unilateral estudiada dentro del Proyecto para el Nuevo Siglo Americano que postula la no intervención directa norteamericana, substituyéndola con el estimulo al enfrentamiento entre poderes regionales para que se controlen o eliminen mutuamente. En todo caso, cualquier esfuerzo para aplicar la posibilidad de derrocar un gobierno sudamericano, requeriría para los países medianos de la región ( Bolivia, Chile, Ecuador, Venezuela, Uruguay o Paraguay) por lo menos una fuerza de tarea de 70.000 efectivos, solamente para controlar estos espacios superiores en promedio al medio millón de kilómetros cuadrados. Un calculo que tendría que triplicarse por lo menos, sí el derrocamiento apareja una resistencia interna irregular. Un hecho que tendría altas probabilidades.

Es todo este complejo cuadro el sustento de la afirmación sostenida al inicio de este artículo sobre la colocación de los EE.UU. en el límite de sus capacidades estratégicas, con la consecuente baja probabilidad de una intervención directa en Venezuela. Ciertamente, sí se mide esfuerzo únicamente a través del gasto público norteamericano, se puede constatar el enorme déficit fiscal de ese país, que hoy supera los 500 millardos de dólares.

Un déficit que esta siendo financiado desde Europa y China fundamentalmente lo que implica un creciente condicionamiento estratégico de esta superpotencia militar, una limitante importante a su libertad de acción en la arena internacional. Problema que sólo podría ser resuelto con un programa severo de ajustes, como el realizado por el ex Presidente Bill Clinton, materializado por un recorte sustantivo de los gastos militares y una elevación significativa de los impuestos.

De modo que la cuestión norteamericana actual no es embarcarse en nuevos compromisos externos que implican mayor gasto público, sino como desengancharse de los que actualmente tiene contraídos sin perder más la cara de lo que hasta ahora la ha perdido.