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En la foto el científico español Pablo Escriba autor de esta nota.
Foto Red Voltaire

España fue grande en un tiempo. Decíase que en ella nunca se ponía el sol, en alusión a la amplia extensión de colonias hispanas bajo una misma bandera. El declive del Imperio tuvo una clara referencia. Eso ocurre usualmente. Sucedió antes con otros Imperios. Asirios, Egipcios, Romanos, Árabes, Ingleses... Incluso ocurrirá con el estadounidense, aunque ahora parezca difícil de imaginar.

Para España, ese declive tuvo un colofón que quedó grabado en la mente del pueblo: 1898. Entonces, el rancio poderío español era sólo una quimera en la mente de un pueblo marcado por el receso económico y político. La pérdida de Filipinas y de Cuba, llevó la reflexión a toda una nación que se había creído grande y poderosa. Sin embargo, la pérdida en lo material supuso un paso adelante en el plano del pensamiento. Una ganancia en lo humano, en lo cultural.

Cuando el pueblo español se vio desposeído de lo considerado suyo, comenzó a buscar dentro de su propia naturaleza, para descubrir que había un mundo de cultura que seguía vivo. De esa turbulencia socio-cultural, surgieron corrientes importantes, como la generación literaria del 98. No fue la única. Luego vivieron otras oleadas literarias y filosóficas.

Los comienzos de siglo XX trajeron nuevos aires, no sólo en la literatura, sino también en la filosofía y la política. Como un resorte ante la afrenta proveniente del exterior, España se cerró en sí misma. Parecía innecesario tomar elementos foráneos. Más bien, se generó un sentimiento de reafirmación nacional que ha perdurado hasta hace poco. Con la apertura a la Europa de los 25 - o quizás con la recepción de turistas de muchos de esos países - hemos comenzado a ver las bondades del mundo allende nuestras fronteras.

Uno de esos “mundos”, oculto a nuestros ojos, fue el de la ciencia. El «¡que inventen ellos!» de Unamuno ha supuesto una lacra difícil de erradicar. España ha sido un país vuelto hacia sí mismo y alejado de la investigación científica. Al menos de forma institucional. Cuando el mundo occidental se renovaba tras la destrucción de la segunda guerra mundial, cuando la ciencia sentaba las bases de la biomedicina actual, España daba la espalda al avance tecnológico.

Este efecto ha supuesto un retroceso importante que se ha manifestado no sólo en el plano de lo cultural, sino también en lo económico. Una secuela de ello es la menor inversión porcentual respecto al PIB dedicada a ciencia y tecnología. Pero, volviendo a la historia reciente de la ciencia española, el panorama oscurantista, casi medieval, terminó con la muerte de Franco. Hasta el 20 de noviembre de 1975, los pocos científicos que habían brillado en nuestro país, lo habían hecho en el extranjero.

El éxodo, por dificultades obvias, se ha mantenido hasta nuestros días. Hoy no hablaremos de él. Es un problema de base que requiere un tratamiento específico. Hoy el tema son las tres generaciones de científicos que se han sucedido desde la muerte del dictador.

La primera generación de científicos, la del 77

Se podría asociar al inicio de las convocatorias serias de proyectos de investigación. Esta generación tuvo como principal problema la falta de medios y de formación. La masa crítica de personal en universidades y centros de investigación españoles carecía de experiencia. Algunos recibieron una buena formación en centros extranjeros. Otros, eran científicos brillantes que siempre residieron en la piel de toro*. Fueron los cimientos sobre los que se basó la investigación científica moderna en España. ¿Quiénes forman esta generación? Por definición, todos los que estaban haciendo ciencia en aquella época.

La generación del 88

Dibujó un nuevo perfil en la ciencia española. Si la anterior coincidía con el inicio de la democracia en este país, la segunda fecha corresponde al inicio del PFPI, plan de formación del personal investigador. Fue un plan a gran escala, tanto en lo económico como en su perspectiva, para desarrollar la investigación científica. Uno de sus principales hitos consistió en enviar a miles de investigadores españoles a centros de excelencia en el extranjero. Asociado a este éxodo, se desarrolló una estrategia de reincorporación, que pretendía recaptar los científicos formados durante años en grupos de calidad. La problemática de los científicos de la generación del 88 ha sido diferente. La falta de recursos no era tan severa como años anteriores.

La traba principal fue la incorporación real en el mercado laboral científico. Los que vinieron atraídos como moscas a un panal de miel, veían cómo pasaban los meses y cómo se consumían sus tres años de contrato de reincorporación, sin conseguir un puesto, ya fuese transitorio o permanente. No es que no hubiera plazas. Haberlas, habíalas. Lo malo es que las ocupaban personas con menor formación, que habían permanecido vinculados a los estamentos universitarios. La paradoja era patente. Por un lado, las universidades se nutrieron de profesionales menos cualificados, mientras que los que habían sacrificado cuestiones personales para formarse eran espectadores de su propio descarte.

Este grupo de científicos aportó savia nueva a la investigación española. Trajeron nuevas técnicas. Trajeron nuevos conceptos. Pero, sobre todo, trajeron calidad. Su influencia en la ciencia nacional ha sido determinante para configurar un panorama competitivo y una ciencia que ya empieza a ser tenida en cuenta en foros internacionales. Increíblemente, de forma paulatina, sin ruido y apelando más a la constancia que a cualquier otra virtud, los que sobrevivieron más de cinco años en universidades y centros de investigación han ido haciéndose un pequeño hueco.

Consiguieron la tan ansiada “plaza” o puesto de trabajo permanente. Si hay una característica que define a esta generación de científicos es su mayor edad a la hora de estabilizar su posición laboral. Y es que llegar con casi cuarenta no deja de ser un logro tardío. Una vez logrado este objetivo, la actitud de los beneficiados ha sido diametralmente opuesta. Algunos pensaron que para estabilizar un laboratorio re requerían diez años, lo que les dejaba poco tiempo para hacer algo relevante antes del retiro.

Bajo esos condicionantes no parecía merecer la pena esforzarse. El resto, ha hecho un esfuerzo por mantener un nivel alto. En cualquier caso, este problema persiste. No es un asunto banal, ya que la incorporación tardía de científicos supone una importante pérdida en productividad.

La última generación es la del 2002

Como los eventos son caprichosos, no hay una distancia exacta entre sucesos parejos. De ser así, la tercera generación debería ser la del 99. Eso hubiera alentado a aquellos que creen en magos y brujas. Hubiera dado alas a los que proclaman que los ciclos solares, sabido es que duran once años, controlan las humildes vidas de los seres terrenos. Afortunadamente para los creyentes del fatum, la fecha de la última generación es también capicúa.

En eso tenemos los científicos ventaja sobre los literatos. Siendo ellos gente de letras, que no de números, su destino no se alineó con las cifras, dejando generaciones tan insignificante en lo cabalístico como las del 98 o del 26. Quiso el destino, siendo magnánimo en su contexto, que esa insignificancia fuera compensada con el genio de las letras, con un rastro de novela y poesía que permanecerá indeleble.

Retomando las generaciones de científicos, la del 2002 es la de los “Ramón y Cajal”**. En ese año se inició este plan de incorporación de científicos para enmendar los problemas de la generación del 88 y agilizar el mercado científico español. Este plan ha supuesto la incorporación de investigadores mediante la contratación a medio plazo (cinco años con posibilidad de prolongación).

Dado que los méritos científicos priman sobre cualquier otro (mérito o demérito), sólo aquellos científicos de calidad objetivamente contrastada tienen cabida en el nuevo esquema. Ellos y otros tipos de figuras académicas, como los doctores contratados, han generado un cuerpo de investigadores con situación laboral no permanente. La problemática de la generación del 2002 es que van a tener que convivir en el mismo contexto que los profesores “funcionarios”, contratados de por vida y con una serie de derechos adquiridos. En sus respectivos centros están lejos de recibir reconocimiento y derechos - tanto académicos como laborales - adquiridos por los profesores permanentes.

A pocos parece preocuparles su futuro. Y casi nadie tiene intención de concederles un mínimo de representación. Paradójicamente, aunque han sido captados para investigar y a pesar de que legalmente tienen derecho a espacios de investigación, en muchos lugares no se les otorga lo necesitan para realizar su trabajo. Quizás sea pronto para tener una buena perspectiva de lo que pasará con esta generación pero, entre tanto, no estaría de más sanear la ciencia nacional. ¿Cómo hacerlo? Existe una receta fabulosa para ello: invertir el 3% del PIB en I+D+I.

Pablo Escribá y Esteban Morcillo***

*La piel de toro es un sinónimo de España, cuya geografía recuerda el cuero del animal. **Santiago Ramón y Cajal fue un científico Español que desempeñó su trabajo a finales del siglo XIX y principio del XX. Recibió el premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1906. Es el científico más citado en la historia mundial de la ciencia, por encima del mismo Albert Einstein, por sus investigaciones sobre el cerebro. Su figura se ha escogido para darle nombre al programa de contratación de científicos de élite en España. ***El Dr. Esteban Morcillo es Decano de la Facultad de Medicina de Valencia (España)