JPEG - 10.4 KB
Marco Aurelio García

La línea seguida por el gobierno de Brasil suele ser presentada en algunos países latinoamericanos como la más fuerte evidencia de que la política económica es una sola y que, por lo tanto, no existen márgenes para los cambios. El asesor especial de política externa del presidente Lula y figura política relevante del gobierno, dio al semanario uruguayo Brecha una perspectiva diferente, en la que se destaca que la "ortodoxia" no fue una libre decisión sino una imposición derivada de la herencia recibida.

Quizás uno de los errores del gobierno fue no haber explicitado la magnitud de la crisis por la que transitaba la economía cuando se produjo la asunción del presidente Lula. Era una crisis muy profunda, que amenazaba incluso con precipitar al país en el default. Durante ocho años el gobierno de Fernando Henrique Cardoso enfatizó su acción en el control de la inflación, y justo nosotros accedemos al poder en medio de una amenaza de descontrol de los precios que podría haberse transformado en hiperinflación.

Además, hubo una campaña de terror contra Lula orquestada por gente que ocupaba posiciones en la administración anterior. El candidato oficialista José Serra afirmó que Brasil iba en camino de transformarse en una mezcla de Argentina y Venezuela, que nos dirigíamos hacia el descontrol económico y político.

Para enfrentar esta dramática situación nos vimos obligados a echar mano a ciertos instrumentos de política económica. No le dimos continuidad a la política económica de Cardoso sino que, por el contrario, tuvimos que hacer las cosas que él no había hecho. Enfrentamos, por ejemplo, una deuda interna que creció diez veces, con todo lo que significa en términos del peso de los intereses sobre el presupuesto, respecto a su inhibición de las inversiones y en tantos otros planos.

Los resultados del primer año de gestión de Lula en el ámbito macroeconómico fueron positivos: pasamos de una expectativa de inflación del 40 por ciento a una de un solo dígito, bajamos el riesgo país -que no es una cuestión de prestigio sino que incide sobre el costo del crédito- de 2.400 a 440 puntos básicos, revertimos el saldo negativo de las cuentas externas, enfrentamos la falta de créditos a la exportación, tuvimos un desempeño del comercio exterior histórico, con tasas de crecimiento cercanas al 30 por ciento en cada uno de los dos años, y redujimos la tasa de interés del 25 a 16,25 por ciento. Todo esto nos permitió evitar la catástrofe y crear condiciones macroeconómicas para un crecimiento durable.

Debemos entender este período como una transición. Desde luego que los elementos de la política de desarrollo no se agotan en los que adoptamos, pero pasan por ellos. Saber hasta cuándo vamos a impulsar esta política es menos un problema teórico que práctico. De todos modos hay una cosa clara: no queremos que el desarrollo del país enfrente los grandes problemas que el crecimiento tuvo en el pasado. Sabemos que hay que crecer, pero el crecimiento tiene que ser distribuidor de ingreso y no concentrador como lo fue perversamente en el pasado.

Hay algunos indicios positivos en esta materia: aumentó el empleo y el ingreso, es decir la participación del trabajo en la renta nacional. El aumento es aún muy moderado, pero es consistente. Por otro lado el gobierno asumió una muy fuerte política de transferencia de ingresos.

El plano tributario no lo hemos usado para incidir en la redistribución del ingreso sino que tomamos medidas para favorecer la inversión y el crecimiento, para enfrentar gravísimos cuellos de botella. Hay que saber que el gobierno de Lula no sólo encontró un déficit social brutal sino también un déficit de infraestructura terrible.

La crisis energética de hace tres años fue apenas un síntoma, al punto que la gente preveía "apagones" en las carreteras, los puertos, por todas partes. Nuestra capacidad de inversión pasó de 4 a 12 mil millones de reales, pero tiene que aumentar a través de otras iniciativas, como serán la ley de parcerías público-privadas y el uso de la banca estatal para estimular el microcrédito, como el reciente paquete de medidas que la prensa llamó de "bondades tributarias" de estímulo a la producción.

La nueva política económica no está cristalizada, los que están claros son los instrumentos que usamos en esta etapa para vencer las grandes amenazas macroeconómicas. Las grandes fueron vencidas, pero las otras permanecen. De hecho hay que medir las cosas por sus resultados, y el primer año la utilización de esta política económica ortodoxa nos produjo problemas terribles: tuvimos un crecimiento negativo de 0,2 por ciento.

El segundo año de gobierno terminaría con un crecimiento del 4,5 por ciento. Mucha gente dice que es poco, pero hay que ver en qué medida fueron creadas las condiciones de sustentabilidad. Es obvio que es una apuesta, pero yo estoy convencido de que funciona.

En materia de política exterior seguimos los lineamientos a los cuales el Partido de los Trabajadores se comprometió hace muchos años. Sucede que mucha gente no creía que esto fuera a pasar. La alianza con Argentina, el énfasis en el Mercosur y en América del Sur parten del supuesto de que en el mundo de hoy tenemos que ganar fuerza y densidad para vencer las asimetrías de todo tipo que imperan. Teníamos muy claro que había que seguir este camino.

Nos beneficiamos incluso de algunos aspectos negativos: las crisis brutales que se abatieron sobre nuestros países sirvieron para despejar la paja neoliberal que tenía tanto peso en nuestras políticas. Se produjeron cambios relevantes en la región que puede que aún no sean totalmente perceptibles y que no están concluidos.

Respecto del compromiso de mi gobierno con el Mercosur, el BNDES (el banco estatal de desarrollo) adoptó recientemente la política de liberar financiamiento para proyectos, más allá de que sean brasileños o no. Ya se abrió una oficina en Buenos Aires. Estamos negociando un conjunto de iniciativas que no sólo dependen de nosotros. Por ejemplo, ¿los gobiernos sudamericanos van a restablecer los convenios de crédito recíproco? Si lo hacen, la ayuda brasileña se podrá canalizar de forma más clara.

Por otro lado hay una discusión muy fuerte acerca de la constitución de una autoridad sudamericana financiera que tenga capacidad de asumir los costos de financiación de los proyectos. En otro plano es sabido que tomamos medidas políticas para que el FMI no incluya entre sus restricciones los fondos destinados a la infraestructura.

A mí me gustaría que las cosas fueran más rápido, y al presidente Lula más aun. De hecho nos encargó hacer un control más permanente sobre la ejecución de esta política. Pero la herencia que recibimos a nivel del Mercosur no fue pequeña, sobre todo en función de las asimetrías que se fueron constituyendo entre Argentina y Brasil.

En este sentido soy totalmente sensible a las demandas argentinas pero no me puedo hacer cargo del proceso de desindustrialización que vivieron, que tampoco es responsabilidad de su actual gobierno. Hay que estudiar cómo adoptar medidas que en cierta forma abran un paréntesis en el Mercosur y articularlas con otras de mayor alcance y estructurales.