JPEG - 13.1 KB

En nuestra bella tierra, la carta política ha sido echada a la papelera cuando ha cambiado alguna circunstancia de la realidad. La constitución de 1830 fue cambiada en 1835 porque se había afianzado la independencia y unidad del Ecuador luego de la batalla de Miñarica. El presidente Juan José Flores cambió la de 1835 al sentir que Guayaquil era el centro del nacionalismo. Guayaquil no le aceptó el cambio de carta política en 1843, la que daba a Flores ocho años más de presidencia y poder serrano. Lo echó del trono y redactó la constitución de 1845.

Quince años después, el estado ecuatoriano se fraccionó en cinco estados. Para cisar estos pedazos, el presidente García Moreno gobernó con dos constituciones adaptadas a esa necesidad. Las de 1861 y 1869. Las cartas políticas de 1878, 1884, 1897, y 1906 están inscritas en las luchas pro liberalismo, el auge del cacao, el despertar de la Costa. Lideran el poder los generales Ignacio de Veintimilla y Eloy Alfaro.

La carta política de 1925 obedece a una nueva realidad económica y a un afianzamiento de Quito como centro burocrático moderno. Las de 1945 y 1946 responden a la crisis de la derrota frente al Perú y al liderazgo del presidente José María Velasco Ibarra. Se podría seguir con este cuento de la patria constitucionalista hasta nuestros días.

Ahora el contexto ha cambiado desde el atentado de las Torres Gemelas. Lo determinante es la guerra contra el terror. El imperio requiere de aliados fieles y hombres fieles. El presidente Lucio Gutiérrez lo es. Que en la plaza del pueblo se lidien toros de las ganaderías de Febres-Cordero o importados de las dehesas de Panamá o toros costeños alimentados con banano no le importa al imperio mientras la cabeza presidencial permanezca firme. Lo demás pertenece al folclore de la diversidad cultural.

En consecuencia, no pasará nada serio. La Constitución seguirá violada cada vez que una realidad superior lo requiera. El líder en la circunstancia de ahora es importante: tiene que ser fiel a esa realidad. Lo demás cuenta poco. Los miembros expulsados de los tribunales Electoral, Constitucional y de la Tremenda Corte fueron retirados del escenario por Washington aunque Washington no conozca siquiera sus nombres ni haya abierto la boca para dictar una orden.

La ventaja de ser colonos es que la vida se ha vuelto más estable.

Lo sano es mirar a los payasos más allá de las narices. No cuentan. Divierten.