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Política y religión

Rusia, el Vaticano y el factor polaco

La primera oleada del interés hacia los acontecimientos en el Vaticano se ha calmado. Una segunda, como es de suponer, vendrá encima cuando se haga público el nombre del sucesor de Juan Pablo II.

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La primera oleada del interés hacia los acontecimientos en el Vaticano se ha calmado. Una segunda, como es de suponer, vendrá encima cuando se haga público el nombre del sucesor de Juan Pablo II.

El hecho tiene un significado especial para Rusia. Es evidente que el nuevo Pontífice no será de Polonia, y la verdad es que el factor polaco siempre ha determinado en medida considerable los contactos entre el Vaticano y Moscú.

Son varias las causas que explican este fenómeno pero la principal, quizás, consiste en que la historia bastante complicada de las relaciones entre Rusia y Polonia a lo largo de muchos siglos ha transformado a los sacerdotes polacos en políticos. La Iglesia polaca ha funcionado en múltiples ocasiones como un club revolucionario de carácter antirruso, y el clero ha asumido las atribuciones de líderes políticos que son impropias de los servidores de Dios.

Penetrando en Rusia, los sacerdotes polacos se olvidaban muchas veces de la misión religiosa como tal supeditándola a los intereses nacionales y políticos.

El Padre Kenar, miembro de la Orden de la Asunción francesa, escribió un día con el corazón resentido que «los polacos, de Varsovia a Vladivostok, identifican los intereses del catolicismo con los suyos propios». Y en otra ocasión, desilusionado, observó que «como regla, los polacos no quieren hacer proselitismo entre los rusos a menos que aquél contribuya a reforzar la influencia polaca».

Los designios globales y estratégicos que la Orden de la Asunción tenía para difundir en Rusia la religión católica tropezaron, obviamente, con los planes polacos, puramente egoístas en opinión de los franceses. Otro sacerdote galo, el Padre Borin, constataba con irritación que «los polacos son muy experimentados en intrigas».

Todas estas citas, por cierto, se han cogido del libro «Roma y Moscú» de Antoine Venger, católico devoto y leal y un gran experto en estudios rusos y bizantinos.

La elección de un polaco al solio pontificio implicaba, de entrada, tanto ventajas como desventajas para el Vaticano y Moscú. Por un lado, el Vaticano adquiría ciertos rasgos ecuménicos y plurinacionales que la Iglesia Católica tanto necesitaba, al tiempo que Moscú podía confiar en que el nuevo Papa eslavo estaría más versado en asuntos rusos que sus predecesores.

Por otro lado, fue un primer caso de «nacionalización» no italiana en la historia del Vaticano, pues los recursos y la autoridad de la Iglesia se orientaron en gran medida hacia un país único: Polonia. Probablemente, no podía ser de otra manera.

Incluso en caso de que Juan Pablo II se hubiera opuesto a ello, la propia Polonia jamás habría desaprovechado la oportunidad de ganar peso político con un polaco en el trono papal. Mientras en Varsovia se mantuvo un régimen comunista cuya caída, a propósito, se produjo con la participación más activa de la Iglesia Católica, la «nacionalización» del Vaticano por los polacos no fue tan explícita, pero la Polonia contemporánea ya explotó abiertamente su «parentesco» con la Santa Sede.

Cuando Polonia intervenía en la Unión Europea en nombre de los nuevos miembros de esta organización, o cuando sostenía negociaciones con Moscú, o cuando el Sr.Kwasnievski iba a «pacificar» a la Ucrania naranja, la autoridad del Pontífice les seguía en todas partes cual sombra invisible.

¿Que si era culpa de Polonia? No lo creo. En caso de que el nuevo Papa sea oriundo de América Latina, por ejemplo, va a incrementar la influencia de esta zona y en el Vaticano se podrá escuchar con mucha más frecuencia el habla hispana.

Durante largos años del último pontificado, la lengua polaca en el Vaticano causó bastante aburrimiento en mucha gente y la invasión polaca a Roma tras la muerte del Papa no hizo sino reforzar tal efecto, de modo que la influencia polaca en el seno de la Iglesia y, por tanto, en el mundo va a debilitarse.

Claro que resulta imposible predecir exactamente cuánto peso va a perder Polonia a raíz del fallecimiento de Karol Wojtyla, pero no cabe duda de que será una pérdida notable. También es evidente que los polacos intentarán librar una batalla en la retaguardia del Vaticano para preservar su influencia pero les espera una derrota inevitable. Se han quedado sin su adalid.

También habrá cambios en Rusia, no muy rápidos pero casi ineludibles. El arzobispo polaco Tadeusz Kondrusiewicz, quien es el principal representante de la Iglesia Católica en Moscú, podría regresar a la patria y ser reemplazado por algún francés, por ejemplo. Asimismo, se van a revisar probablemente muchos planteamientos del Vaticano en lo que respecta al diálogo con la Iglesia Ortodoxa Rusa.

Sólo el tiempo va a demostrar si será un cambio para mejor o para peor. Los polacos conocían a Rusia pero politizaban en exceso muchas cosas, lo cual obviamente no favorecía el diálogo. Así que algunos emisarios nuevos en las negociaciones con la Iglesia Ortodoxa serán, posiblemente, más convenientes.

Las nuevas autoridades del Vaticano tampoco tendrán problemas graves con el Kremlin. El poder laico en Rusia fue más tolerante hacia el catolicismo en estos últimos siglos que los sacerdotes ortodoxos.

Lógicamente, siempre defendió en primer término a los creyentes ortodoxos pero al propio tiempo manifestó la comprensión con respecto a los intereses de los católicos, al menos, por el hecho de valorar debidamente la ayuda de los profesionales extranjeros que residían en Rusia y muchos de los cuales abrazaban el catolicismo.

Las relaciones entre los ortodoxos y los católicos, dicho sea de paso, fue el último asunto que pudo examinar Piotr Stolypin, uno de los más grandes políticos rusos de principios del siglo pasado. Pocas horas antes de su muerte a causa de un atentado terrorista en Kíev, el primer ministro de Rusia había recibido a una delegación francesa que pedía su mediación en el caso del Padre Evrard, a quien la Policía rusa acusaba erróneamente de pertenencia a la Orden Jesuita.

Al haber examinado los detalles del asunto y recabado de Evrard la promesa de que sus prédicas no se extenderían a los rusos, Stolypin le dio el permiso para quedarse en el país. En sus memorias, Evrard escribe lo siguiente: «Siempre voy a venerar su recuerdo, porque ha sido... una persona honesta, directa, desinteresada y de principios muy firmes en lo que se refieres a la política y la religión».

Si el Vaticano manda hacia Rusia a un «nuevo Padre Evrard» y limita un tanto el entusiasmo de los clérigos polacos, y a condición de que el Kremlin sepa combinar con la misma habilidad que Stolypin los intereses del Estado ruso, la Iglesia Ortodoxa Rusa y los creyentes católicos, Moscú y el Vaticano podrán coexistir de forma totalmente civilizada también durante el nuevo pontificado.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)

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