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Uno de los misterios pendientes de la diplomacia nipona es la cuestión acerca de si Tokio estaba al tanto de que la Unión Soviética, en el transcurso de la Conferencia de Yalta protagonizada por Churchill, Roosevelt y Stalin, se comprometió a declararle la guerra a Japón.

Buena parte de los historiadores japoneses afirman que Tokio lo supo en el mismo final del conflicto y había esperado hasta el último momento que Moscú asumiera la función de mediadora para organizar las negociaciones de paz entre Japón y EE.UU. También hay indicios de que el servicio de inteligencia nipón disponía de ciertas informaciones sobre los acuerdos logrados en Crimea en relación con Japón.

En 1985 fueron publicadas las memorias de Yuriko Onodera, esposa del teniente coronel de inteligencia en el Estado Mayor General del Ejército de Tierra nipón. Residiendo con su marido en el extranjero durante la II Guerra Mundial, en particular, en los países escandinavos, Yuriko Onodera trabajaba como operaria de la máquina encriptadora y como tal estaba al tanto de las informaciones enviadas al Centro. En su libro, Onodera afirma que un agente del servicio secreto de Japón, un hombre de origen polaco conocido bajo el seudónimo de Ivanov, mandó desde Londres la información de que los tres aliados habían logrado un acuerdo sobre la entrada de la Unión Soviética en la guerra contra Japón. «Muy afligida, me puse a encriptar ese mensaje que luego fue enviado a Tokio» - escribe Onodera.

Tampoco podemos descartar que el Gobierno de Japón se hubiera enterado del acuerdo entre Roosevelt y Stalin algún tiempo antes, nada más terminada la Conferencia de Yalta. Difícilmente podríamos atribuir a pura coincidencia el hecho de que el príncipe Fumimaro Konoe, un influyente político que fue primer ministro de Japón en tres ocasiones, se apresurase a presentarle al emperador Hirohito el 14 de febrero de 1945, o sea, dos días después de concluida la cumbre de Crimea, un informe secreto en el cual le recomendaba al monarca con mucha insistencia «finalizar la guerra cuanto antes».

Visiblemente preocupado, Konoe mencionaba como principal argumento a favor de tal propuesta el peligro de «una intervención soviética». «Creo que nuestra derrota en la guerra, lamentablemente, ya es algo inevitable... - señalaba Konoe -... El fracaso militar como tal no es muy preocupante para la existencia del actual régimen aunque podrá afectarle, desde luego. Lo que más debería preocuparnos en este sentido no es tanto la derrota bélica como una revolución comunista que podría seguirle».

«Tras muchas reflexiones, he llegado a la conclusión de que la situación interna y exterior de nuestra nación en este momento va evolucionando rápidamente hacia una revolución comunista - prosigue Konoe -. Por fuera, el hecho se manifiesta en una promoción inusual de la Unión Soviética... Aunque la URSS mantiene aparentemente una postura de no-injerencia en los asuntos internos de los Estados europeos, en realidad interviene en los mismos de la forma más activa, procurando encauzar la política interna de estas naciones hacia el modelo soviético.

Los planes de la URSS en relación con el Asia del Este son muy similares... Hay un fuerte peligro de que la Unión Soviética empiece a inmiscuirse en los asuntos internos de Japón ya en un futuro próximo».

A juzgar por el contenido de este documento, lo escribió una persona que estaba al tanto de la futura participación soviética en la guerra contra Japón. El mensaje principal de Konoe era anticiparse a la entrada de la URSS en el conflicto y capitular ante EE.UU. y Gran Bretaña, «donde la opinión pública no llegó a exigir todavía un cambio de nuestro modelo social».

El 15 de febrero de 1945, los dirigentes del servicio de inteligencia japonés comunicaron a los altos mandos reunidos en una sesión del Consejo Supremo de Guerra que «la Unión Soviética pretende reservarse el derecho de voto en lo que respecta al futuro del Asia del Este» y advirtieron que Moscú podría rescindir en primavera el pacto de neutralidad para incorporarse a los aliados en la guerra contra Japón. Al día siguiente, el titular de Exteriores nipón Mamoru Shigemitsu presentó el respectivo informe al emperador Hirohito: «La Alemania nazi tiene los días contados.

La Conferencia de Yalta confirmó la unidad entre Gran Bretaña, EE.UU. y la Unión Soviética». El ministro sugirió a Hirohito que no confiara en el pacto de neutralidad. El general Hideki Tojo también advirtió al monarca sobre el eventual ataque soviético contra Japón, evaluándolo como una probabilidad del 50/50.

Las informaciones de que Stalin pensaba ayudar a los aliados en el Este causaban seria preocupación en Tokio. El 15 de febrero, la cancillería nipona envió a Miyakawa, su cónsul general en Harbin, a la embajada de la URSS en Tokio, a fin de que sondeara el terreno e intentase sonsacar algunos datos adicionales sobre el contenido de las negociaciones de Yalta. Y aunque el embajador soviético Yakov Malik le dijo que la conferencia se había centrado principalmente en los asuntos europeos, los japoneses no se calmaron.

Cumpliendo los compromisos asumidos en Yalta, la URSS procedió poco tiempo después al traslado de sus tropas hacia el Extremo Oriente. El hecho no pasó desapercibido por los mandos nipones que recibían regularmente, a través del servicio de inteligencia, los datos sobre la reubicación del Ejército soviético. Hacia mediados de abril de 1945, los militares de la embajada japonesa en Moscú mandaron a Tokio el parte siguiente: «Por la Vía Transiberiana circulan entre 12 y 15 convoyes diarios... La entrada de la URSS en la guerra contra Japón parece ahora inevitable. Se requieren aproximadamente dos meses para efectuar el traslado de una veintena de divisiones». El Estado Mayor del Ejército de Kwantung enviaba comunicados similares.

Al iniciarse el verano, el Gobierno de Japón tenía muy pocas oportunidades para prevenir la implicación de la URSS en el conflicto. El Consejo Supremo de Guerra, en el transcurso de la sesión del 6 de junio, evaluó la situación configurada en términos bastante pesimistas. Un informe analítico presentado durante la reunión constataba lo siguiente: «La Unión Soviética va implementando medidas consecuentes para preparar el terreno en lo diplomático y tener la posibilidad de intervenir, si es necesario, contra el Imperio.

Paralelamente, incrementa los preparativos bélicos en el Extremo Oriente. Es muy probable que la URSS rompa hostilidades contra Japón. La entrada soviética en la guerra contra Japón podría producirse después de la temporada de verano u otoño».

A la luz de estos datos, la afirmación de que el Gobierno nipón se enteró de los acuerdos de Yalta supuestamente después de la guerra, parece poco convincente y no puede ser aceptada por historiadores. Semejantes afirmaciones se remontan al período en que se desplegó en Japón la campaña por recuperar los denominados «territorios del norte», cuatro islas del archipiélago sur de las Kuriles que se habían traspasado a la Unión Soviética a raíz del conflicto.

Quienes insisten en que Japón ignoraba el contenido de los acuerdos de Yalta, quisieran presentarlo todo como si el Gobierno de Tokio, a la hora de aceptar la capitulación, no supiera nada sobre el plan de la transferencia de las Kuriles a la URSS por decisión de los aliados. ¿Cómo entonces podemos explicarnos el hecho de que el Gobierno japonés, en su intento de evitar la participación soviética en la guerra, estaba dispuesto a entregar a título voluntario dichos territorios, que habían pertenecido a Rusia? Semejante idea podía haber surgido precisamente porque Tokio conocía las intenciones de Stalin.

Entre el anuncio de que Moscú abandonaba el pacto de neutralidad y la entrada real de la URSS en el conflicto transcurrieron cuatro meses, período suficiente para que el Gobierno de Japón hubiera tomado la única decisión correcta en aquellas condiciones, la de capitular, evitando así no sólo la implicación de la URSS en las hostilidades sino también los bombardeos atómicos.

Son los militaristas nipones, seriamente dispuestos a pelear hasta que quedara el último japonés, los que tienen la culpa de que Moscú entrara en la guerra contra Tokio. Esta intervención de la URSS, objetivamente, ayudó a salvar también a millones de japoneses, y es algo que no debería olvidarse.

Fuente
RIA Novosti (Rusia)

Ria Novosti 22 agosto 2005