El 24 de marzo se cumplen 30 años del golpe de Estado que dio inicio a una dictadura cívico-militar tan sangrienta y genocida que casi hizo olvidar a las que la precedieron. Tal vez por eso, por sus características propias, bien diferenciadas, se la recuerda como “la dictadura”.

La mayoría de los trabajos que la estudian e investigan, lo hacen desde un análisis causal económico, en los que predomina la hipótesis de la necesidad de un régimen pretoriano para imponer un plan económico. Sin la intención de descartarla o refutarla, es interesante para profundizar en el conocimiento integral de la dictadura incorporar un enfoque distinto, el del intelectual marxista Perry Anderson. La visión del prestigioso historiador inglés es inversa, privilegia la razón subjetiva. Su hipótesis es que el objetivo primario de las clases dominantes en la década del ‘70 en Chile, Uruguay y Argentina y del Departamento de Estado Norteamericano, fue llevar a cabo una contrarrevolución preventiva mediante los golpes de Estado. Su misión fundamental era decapitar y eliminar a una izquierda influida por la Revolución Cubana, el proceso de liberación de los pueblos africanos y la heroica lucha del pueblo vietnamita. Una izquierda que cuestionaba el modo de producción capitalista. Por eso, Anderson destaca lo distintivo de este ciclo dictatorial con respecto a los anteriores.

Pero resulta necesario, a partir de este análisis general sobre los regímenes pretorianos del cono sur, poner el acento sobre la particularidad del caso argentino. La razón de ser primordial de la dictadura en Argentina fue destruir a la clase obrera más organizada, con mayor peso numérico porcentual dentro de su sociedad y con más conciencia de clase en sí del continente. No sólo se utilizó el terrorismo de Estado como metodología de exterminio de miles de cuadros políticos revolucionarios y disciplinador del pueblo en su conjunto. También, con las reformas económicas estructurales realizadas a través del plan Martínez de Hoz y promovidas por Estados Unidos, se inició un proceso de des-industrialización que a mediano plazo redujo numérica y políticamente a la clase obrera, debilitándola en forma notable. La dictadura combinó la traumatización subjetiva con la transformación objetiva de la sociedad, pero esto último también al servicio de la fragmentación, desarticulación y disminución del peso específico de la clase obrera en la sociedad argentina. Por otro lado, la dictadura militar en Brasil continuaba con un proyecto industrial desarrollista, sin que esto responda solamente a la división internacional del trabajo. La clase obrera brasileña tenía un grado muy incipiente de organización, recién a fines de la década del ‘70 comenzaba un proceso de sindicalización masiva y se daba sólo en las grandes concentraciones urbanas, especialmente en San Pablo. Las experiencias de lucha más ricas eran campesinas: las Ligas Agrarias, precursoras del Movimiento Sin Tierra.  El proletariado de Brasil no era tan “peligroso” como el de Argentina.

La dictadura cívico–militar de Videla, Massera, Martínez de Hoz y compañía fue un punto de inflexión en la historia del país. Cambió radicalmente la matriz distributiva imperante desde 1946 hasta 1976, en la que durante diferentes gobiernos constitucionales o regímenes autoritarios, los trabajadores obtenían aproximadamente la mitad del Producto Bruto Interno. Produjo profundas transformaciones sociales y culturales: el huevo de la serpiente que incubaron las clases dominantes y que permanece como un gran escollo para el pueblo argentino y sus organizaciones en el camino de reconstruir una identidad y un proyecto de liberación. Porque la función esencial de la dictadura fue la de disciplinar a la sociedad civil mediante el terror para asegurarse que no habría ninguna tentación de reincidir en desafíos revolucionarios, para aniquilar cualquier aspiración de un cambio social cualitativo desde abajo, para eliminar para siempre los conceptos “Liberación” y “Socialismo” de la agenda política nacional. Por 25 años en gran medida lo consiguieron. Podría haber sido mucho peor, sino aparecía en escena un nuevo actor político, un grupo de “viejas locas” que escudadas en su dignidad y sus pañuelos blancos desafiaban a los genocidas y exigían la aparición con vida de sus hijos. Y que se convirtieron en el símbolo de la resistencia, en las Madres de todos los que se sentían solos y huérfanos en esa oscura noche que fue la dictadura. Un faro que iluminaba el camino a los exiliados de allá y acá.

Una conclusión incómoda, antipática y  “políticamente incorrecta” que saca Anderson es que las “aperturas democráticas” y los gobiernos constitucionales de los ‘80 son producto de la debilidad y “docilidad” de la clase obrera y no de triunfos populares.

Una consecuencia de la derrota del ‘70 son los gobiernos de Alfonsín, Menem, De la Rua y Duhalde, que no cuestionaron el proyecto económico-social y cultural de la dictadura, inclusive en el caso de los tandem Menem-Cavallo y De la Rua-Cavallo, lo profundizaron. Como durante la dictadura las clases dominantes utilizaron la hiperrepresión como instrumento disciplinante, en los gobiernos constitucionales esa función la cumplieron la hiperinflación y el hiperdesempleo.

Las históricas jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 fueron la expresión y síntesis de muchos años de luchas populares, de acumulación de fuerzas y de la existencia de un nuevo actor político: las organizaciones de trabajadores desocupados. Y también una bisagra que puso fin a una etapa y dio comienzo a otra que no termina de nacer. Fue un hecho político trascendental como miles y miles ganaron las calles rechazando el estado de sitio la noche en que De la Rua lo anunciaba por cadena nacional. La manifestación popular fue heterogénea, tenía variadas motivaciones, pero un denominador común: la superación del miedo, incluso del pánico, ese que paraliza, el miedo a la represión heredado del terrorismo de Estado. Una rebelión popular espontánea, sin conducción ni organización, que gritó desesperadamente su hartazgo y que contribuyó a expulsar a De la Rua-Cavallo del gobierno. No logró la toma del poder ni imponer un presidente mediante un triunfo electoral. Pero un emergente de esa pueblada fue la reivindicación de los desaparecidos, de la generación del ‘70 y de las Madres de Plaza de Mayo por parte de Kirchner. Además de la imagen del Jefe del Ejército, Roberto Bendini, bajando los cuadros de los genocidas en Campo de Mayo por orden del presidente y la remoción de la Suprema Corte menemista. Como el planteo, aunque por ahora en algún caso sólo sea un discurso, de un proyecto nacional y popular, de la reindustrialización del país y la distribución de la riqueza que hace este gobierno. O la posición argentina en la Cumbre de las Américas en Mar del Plata junto a Chávez, Lula y Tabaré Vázquez contra el ALCA impulsado por Estados Unidos.

Otro momento político comenzó en América Latina de la mano de Fidel, Chávez, Evo Morales, Kirchner, Lula y Tabaré Vázquez. Otro momento político comenzó en la Argentina. Finalmente fue derrotada la dictadura. ¿Se podrá extirpar el huevo de la serpiente que dejó?