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Un soldado estadounidense observa las pertenencias militares de sus camaradas muertos en Irak. Foto cortesía de Natonski.
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Cuando una guerra va rematadamente mal y las justificaciones de la misma se revelan puras mentiras, insistir en que un Irak «democrático» está a los alcances y en que «debemos mantener el rumbo» se convierte en una fantasía total. ¿Qué hacer?

En EE.UU. se reclutó a un grupo de veteranos del Departamento de Estado para que confeccionaran un informe. Admitieron lo que todo el mundo (salvo Downing Street) ya sabía: que la ocupación es un desastre y que la situación resulta allí más y más infernal. Después de que los ciudadanos de EE.UU. votasen en consecuencia en las elecciones de la mitad del período del actual gobierno, la Casa Blanca sacrificó al señor de la guerra del Pentágono, Donald Rumsfeld.

Sin embargo, el señor de la guerra de Downing Street anda suelto, cual zombie obstinado en negar que algo importante vaya rematadamente mal en Bagdad o Kabul. Todo, para él, puede remediarse con una dosis de medicina humanitaria (un veneno tan poderoso y audaz, que no hay antídoto que se le resista). Ha quedado en ridículo tanto en las capitales árabes amigas como en la Zona Verde de Irak con sus intentos desesperados de interpretar el papel de hombre de estado. Irak es el cordón umbilical que lo ata a su destino.

Mas los veteranos reclutados en Washington no pueden menos de reconocer la magnitud del desastre. Sus descripciones son recias; sus prescripciones, débiles y patéticas: “Estamos de acuerdo con el objetivo de la política de EE.UU. en Irak, conforme ha sido enunciado por el Presidente: un Irak que pueda gobernarse a sí mismo, sostenerse a sí mismo y defenderse a sí mismo”. En otro lugar, recomiendan un acuerdo con Teherán y Damasco para preservar la estabilidad después de la retirada, lo que da a entender que Bagdad no puede ser nunca independiente. Finalmente, tuvo que ser un militar realista, el teniente general William Odom, quien exigiera una retirada total durante los próximos meses, opinión compartida por los iraquíes (tanto chiítas como suníes) en sondeos sucesivos. La ocupación, según nos informa Kofi Annan, ha creado una situación peor que bajo Sadam.

¡Qué diferente fue en los embriagadores días que siguieron a la captura de Bagdad! Dos líneas de acción se dibujaban para el bando victorioso. El Pentágono buscaba un rápido acuerdo con los generales de Sadam, a fin de establecer un nuevo régimen para que EE.UU. y las tropas comparsas pudiesen retirarse a las bases del norte de Irak, y Kuwait supervisar el resultado. Pero el Departamento de Estado y su auxiliar en Downing Street querían la aplicación inexorable de un “poder duro” y una larga ocupación que instituyera un nuevo Irak como modelo de un “poder blando” de EE.UU. para el conjunto de la región.

Jamás fue ésta una opción seria. El apoyo incondicional de EE.UU. a Israel descarta cualquier posibilidad de poder blando en Irak o en cualquier otro sitio. Servirse de Fatah para promover el conflicto civil en Palestina no es probable que mejore las cosas. Incluso los regímenes árabes más proestadounidenses en la región –Arabia Saudí, Egipto, Jordania y los estados del Golfo, que hacen lo que antoja a Washington— se permiten virulentas denuncias de las políticas occidentales en los medios de comunicación para contener a su propia ciudadanía.

Ninguna de las posibilidades barajadas en la campaña electoral en Washington, incluidos las del partido demócrata, prevé una retirada total de las tropas estadounidenses. Una derrota demasiado insoportable para enfrentarla de cara. Pero la guerra ya se ha perdido, junto con la vida de medio millón de iraquíes. La vía de aplazar la derrota (como en Vietnam) con recurrentes “incrementos” de tropas difícilmente puede funcionar.

El parlamento británico, más indolente aún que su equivalente estadounidense, votó contra cualquier investigación oficial –aun en un caso como el Hutton (1)— sobre la participación británica en la guerra, a sabiendas de que una mayoría del país se opone a la continuación del conflicto. El fanatismo ideológico de Blair ha contribuido a la destrucción de Irak, al rebrote de los talibanes en Afganistán, al aumento de la amenaza terrorista en Gran Bretaña y a la introducción de leyes represivas que ni siquiera lograron imponerse durante la Segunda Guerra Mundial. Su desdichado partido y la oposición han sido condescendientes con tales medidas repulsivas. Llegó aquí la hora de un cambio de régimen.

Fuente: The Guardian.

(1) Nota del traductor: La investigación Hutton (por Lord Hutton, el juez) fue la encargada de aclarar la muerte de David C. Kelly en julio de 2003, un experto en guerra biológica y uno de los inspectores de armas en Irak. Su extraña muerte puso bajo sospecha al gobierno de Blair. Kelly estaba acusado de ser la fuente informativa de la BBC, en dónde se habló de las pruebas exageradas sobre armas de destrucción masiva que sirvieron de justificación para invadir Irak. Las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron.

Tariq Ali es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO.
Traducción para www.sinpermiso.info : Daniel Raventós