Este artículo es continuación de
 «¿Por qué un Yalta II?», 15 de junio ‎de 2021.‎
 «Encuentro Biden-Putin, más parecido a un Yalta II que a la capitulación de Berlín», 22 de junio de 2021.‎

El presidente francés Emmanuel Macron logró “colarse” en la cumbre de ‎países del “Gran Medio Oriente”, realizada en Bagdad.

Mosc‎ú y Washington están preparando la reorganización del Levante, como lo acordaron en ‎el encuentro entre los presidentes Putin y Biden –el llamado «Yalta II» realizado el 16 de junio ‎de 2021. Esta reorganización de la región es consecuencia de la terrible derrota militar que las ‎potencias occidentales sufrieron en Siria, aunque la parte rusa está evitando humillar a ‎Estados Unidos. ‎

Según lo acordado en Ginebra, Siria pasaría a formar parte de la “zona rusa” mientras que Líbano quedaría “compartido” entre las potencias occidentales y Rusia. ‎

De izquierda a derecha, el rey Abdallah II de Jordania, el presidente ‎egipcio Abdel Fattah al-Sissi y el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, en ‎la cumbre del Cairo, realizada el 31 de agosto de 2021.‎

Las cumbres de Bagdad y del Cairo

Nos dirigimos actualmente hacia una próxima retirada de las tropas estadounidenses desplegadas ‎en Irak, retirada que permite a ese país convertirse en mediador, en una zona neutral, asumiendo ‎el papel que antes desempeñó Líbano. Así que Irak convocó una cumbre, en Bagdad, con la ‎participación de 7 países de la región: Arabia Saudita, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Irán, ‎Jordania, Kuwait y Turquía. Francia logró “colarse” en esa cumbre, como antigua potencia ‎colonial y representante de las potencias occidentales. ‎

El ex director de los servicios secretos iraquíes y actual primer ministro, Mustafá al-Kazimi, ‎mostró en ese encuentro su gran conocimiento de las cuestiones regionales y su habilidad para ‎mantener el equilibrio entre la Arabia Saudita sunnita y el Irán chiita. A pesar de los diversos contactos ‎que mantuvieron el año pasado y del discurso más conciliador que han adoptado, Arabia Saudita e ‎Irán –indudablemente dos potencias regionales– no saben cómo resolver las numerosas ‎contradicciones que los oponen entre sí, principalmente en Yemen. ‎

La cumbre de Bagdad permitió mostrar la alianza fraguada entre el presidente egipcio, Abdel ‎Fattah al-Sissi, y el rey Abdallah I de Jordania. Inmediatamente después de la cumbre de Bagdad, ‎el presidente al-Sissi y el rey Abdallah se reunieron en El Cairo con el presidente palestino ‎Mahmud Abbas, quien se mostró más conciliador que antes, sobre todo porque ahora está ‎consciente de que ya ningún país árabe estará dispuesto a correr en ayuda de los palestinos: ‎no es posible exigir justicia durante 70 años y traicionarse a la vez a sí mismo y a todo aquel ‎que te ayuda. ‎

La presencia de Francia en la cumbre de Bagdad se interpretó como preludio de una intervención ‎militar francesa después de la retirada de Estados Unidos. El presidente francés, Emmanuel ‎Macron, ambicionaría desplegar tropas en Líbano para defender allí los intereses occidentales, ‎en momentos en que ese país pasa a quedar bajo una tutela conjunta de Estados Unidos ‎y Rusia. ‎

Turquía se vio reticente durante la cumbre de Bagdad. Sin obtener algo de las potencias ‎occidentales, Turquía no tiene intenciones de irse de los territorios que ha invadido en Irak y ‎en Siria. Pero Ankara tampoco quiere que los mercenarios kurdos –también aliados de ‎Estados Unidos– sean tratados como Turquía. ‎

Sin embargo, Francia sigue pensando que los turcomanos y los kurdos del norte de Siria podrían ‎obtener –cada uno por su lado– una forma de autonomía dentro de la República Árabe Siria. ‎Rusia, que es una federación de etnias, parece favorable a esa posibilidad, que Damasco rechaza ‎porque la población siria es un mosaico multiétnico donde las etnias están íntimamente ‎mezcladas. Antes de la guerra, los turcomanos y los kurdos no eran mayoría en ninguna región ‎de Siria. La región siria que la prensa occidental se empeña en llamar «Rojava», un territorio ‎‎«autoadministrado» por los kurdos de Siria, es sólo una fachada fabricada para disimular la ‎presencia militar de Estados Unidos en suelo sirio. Y Estados Unidos teme que su retirada militar ‎de Irak desate entre sus colaboradores kurdos en Siria el mismo pánico que acabamos de ver ‎en Afganistán entre sus colaboradores pashtunes. ‎

Siria fue la gran ausente de la cumbre de Bagdad, rica en rumores. Se dice que una delegación ‎secreta siria fue vista en Washington. Al parecer, Moscú se plantea incorporar Siria a la ‎Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OSTC), la nueva alianza militar surgida alrededor ‎de Rusia. ‎

La cumbre de Bagdad se desarrolló en un nuevo contexto, marcado por la cuestión de los ‎yacimientos de hidrocarburos del Mediterráneo. La explotación de esos recursos sigue viéndose ‎ampliamente obstaculizada por la necesidad de establecer fronteras que nunca llegaron a ser ‎trazadas, antes de conceder autorizaciones de explotación a empresas que cuenten con la capacidad necesaria ‎para perforar pozos a grandes profundidades y, finalmente, garantizar la seguridad de esos ‎trabajos. La repartición entre proestadounidenses y prorrusos sigue sin estar claramente definida y ‎dependerá de la capacidad de cada actor para adaptarse al molde político que se le propone. ‎

La cumbre intergubernamental líbano-siria.‎

El imposible caso de Líbano

En Bagdad no se habló del futuro del Líbano, a pesar de que ya se va precisando. Al menos ‎en teoría, ese país –que participó en la guerra contra Siria del lado de las potencias ‎occidentales– será el único donde el Pentágono no aplicará la doctrina Rumsfeld-Cebrowski de ‎‎«guerra sin fin» ‎ [1]‎. ‎

Hoy sigue pareciendo imposible reformar la ley electoral que divide Líbano en múltiples ‎circunscripciones vinculadas a cada una de las 17 comunidades confesionales entre las cuales ‎se divide el territorio de ese país, aunque ese sistema está al borde del colapso y ha demostrado ‎ser injusto. Si el país llegara a adoptar un sistema democrático de verdadera representación ‎política, no cabe duda de que Hassan Nasrallah sería electo presidente y el Hezbollah tendría ‎la mayoría de los curules en el parlamento. Pero nadie quiere que eso suceda. ‎

Sin embargo, quizas sería posible modificar la distribución de los poderes entre el presidente de ‎la República (según la Constitución libanesa, esa función está reservada a un cristiano), ‎el presidente del gobierno (cargo reservado, también por la Constitución, a un musulmán sunnita) ‎y el presidente de la Asamblea Nacional (posición constitucionalmente reservada a un musulmán ‎chiita). Siguiendo ese enfoque, el Consejo Europeo adoptó, el 30 de julio, un grupo de sanciones ‎contra los líderes políticos libaneses que rechacen todo cambio estructural. Por ahora, no se ha ‎anunciado que alguien haya sido efectivamente sancionado, pero esa decisión del Consejo ‎Europeo es como un revólver cargado. ‎

La cuestión resulta aún más complicada si se tiene en cuenta que en la administración también ‎hay una división establecida de los poderes entre 3 supercomunidades, pero no con cuotas ‎iguales para cada una sino con el 50% para los cristianos, 30% para los musulmanes chiitas y ‎‎20% para los musulmanes sunnitas. Sin embargo, la composición de la población libanesa ha ‎estado en constante evolución desde la guerra civil de los años 1980: los cristianos ya son sólo un ‎‎20% de la población, los musulmanes sunnitas son un 35% y los musulmanes chiitas son ahora el ‎‎45%. Pero el presidente de la República, el general Michel Aoun, defiende a fondo las ‎‎“prerrogativas” de su cargo, que son en definitiva el predominio histórico de la comunidad ‎cristiana sobre las demás comunidades libanesas. ‎

Francia se plantea el despliegue en Líbano de un contingente militar en ocasión de las elecciones ‎legislativas convocadas para el 8 de mayo –justo después de la elección presidencial francesa. ‎Los soldados franceses garantizarían la seguridad de los centros de votación y nadie duda que ‎lograrían hacerlo. Pero, en cuanto aparezca la primera reforma, los soldados franceses recibidos ‎con aplausos se convertirán en ocupantes y serán expulsados del país. ‎

‎¡Realizar elecciones legislativas bajo la vigilancia de soldados de la antigua metrópoli es la idea ‎más absurda que se pudiera concebir! No está de más recordar que en 1983 dos terribles ‎explosiones volaron casi simultáneamente el cuartel general de las tropas francesas y el cuartel ‎general de las tropas de Estados Unidos en Beirut –precisamente cuando en la instalación ‎estadounidense se desarrollaba una reunión de los jefes de la CIA en la región. Aquellos ‎dos actos de guerra sumaron 299 muertos. ‎

Pero Bernard Emié, el director de la inteligencia francesa para el exterior (DGSE), quien también ‎se ocupa del tema libanés por cuenta del equipo del presidente Macron, asegura, lleno de ‎optimismo, que ya terminó la guerra fría y que hechos como los que acabamos de mencionar ‎no sucederán nunca más. Sí, la guerra fría terminó, pero el deseo de independencia de ‎los pueblos sigue existiendo. ‎

El 23 de octubre de 1983, un atentado arrasó en Beirut el edificio de ‎‎9 pisos donde se hallaba el cuartel general de las tropas francesas desplegadas en Líbano, ‎con un saldo de 58 militares franceses muertos.

Sin darse cuenta, Francia se encamina hacia su próximo fiasco. El presidente francés Emmanuel ‎Macron repite sin parar la retórica del presidente estadounidense Joe Biden: su objetivo no es ‎construir Estados sino luchar contra el terrorismo. Esa es la canción de la «coalición internacional» en Irak y en Siria, coalición que durante 7 años se ha dedicado a ‎masacrar civiles y a orientar a los yihadistas. Es el discurso que el presidente Biden utiliza para ‎justificar la llegada de los talibanes al poder en Afganistán y el resurgimiento de Daesh –eso que ‎Estados Unidos y sus socios occidentales siguen llamando ISIS o EI. Ese es el discurso ‎comúnmente utilizado para justificar la destrucción de Estados. ‎

En Líbano se ha construido un sistema de corrupción que no se parece a nada existente en otra ‎parte. Los diferentes líderes de las 17 comunidades confesionales se entienden a la perfección ‎cuando se trata de sacarle colectivamente la mayor cantidad de dinero a sus protectores ‎respectivos. Y luego distribuyen algo de ese dinero a sus comunidades. Por ejemplo, cuando ‎alguien quiere construir una gran infraestructura generalmente tiene que recurrir al soborno para ‎compensar en algo a la gente cuyos derechos se violan y garantizar el silencio de los ‎funcionarios que tendrían que velar por el respeto de las leyes locales. En Líbano es diferente: ‎para poder ayudar a una comunidad en particular, hay que compensar a las 16 otras ‎comunidades por no haberlas ayudado. Resultado: cada ayuda se paga 2 veces, una vez al destinatario de la ayuda y otra a los 16 líderes de las demás comunidades confesionales. ‎Eso funciona mientras que las potencias externas se mantienen enfrascadas en las rivalidades ‎que las oponen entre sí, pero cuando esas potencias se ponen de acuerdo, se paraliza el flujo ‎de dinero. ‎

Apostando por que el acuerdo entre Estados Unidos y Rusia sea duradero, Francia pretende ‎reconstruir Líbano. Se apropia del puerto de Beirut y deja el de Trípoli –en el norte de Líbano– ‎en manos de Rusia, al igual que las refinerías de esa ciudad. Moscú propuso inicialmente ‎reconstruir todo aplicando el sistema de leasing, o sea adquiriendo un derecho de uso temporal ‎con posibilidad posterior de compra. Pero ciertos libaneses no ven con buenos ojos a los rusos… ‎y los rusos se niegan a pagar 2 veces. Entonces, ¿qué impide una proposición similar de parte ‎de Francia? El problema es que los israelíes pensaban que el puerto de Haifa reemplazaría ‎el puerto de Beirut, así que Israel también reclamará parte del pastel. ‎

En todo caso, nada podrá construirse en Líbano mientras el país siga sin gobierno. Y el gobierno ‎de Hassan Diab dimitió el 10 de agosto… ¡de 2020! El ex primer ministro Saad Hariri, quien había ‎sido designado para formar un nuevo gobierno, acabó tirando la toalla. Después de eso, otro ‎ex primer ministro, Najib Mikati, igualmente designado para formar gobierno, también está ‎a punto de abandonar la tarea. Tanto Saad Hariri como Najib Mikati están en pugna con ‎el presidente de la República, Michel Aoun, quien no sólo quiere conservar una minoría ‎‎“de bloqueo” en el seno de todo futuro gobierno sino controlar también los ministerios ‎del Interior y de Justicia –para evitar que sus hombres sean enviados a los tribunales– y los de ‎Asuntos Sociales y Economía –para poder controlar las negociaciones con el FMI. Mientras ‎tanto, los sunnitas quieren reequilibrar las instituciones y también proteger a sus hombres ‎así como garantizarse el acceso a la gallina de los huevos de oro. Los chiitas, por supuesto, ‎quieren exactamente lo mismo. ‎

Después de haber sido el “niño mimado” de los medios financieros ‎globales, el zar del banco central libanés, Riad Salamé, cuyo escandaloso nivel y modo ‎de vida se ha convertido en la comidilla de la prensa, sería un chivo expiatorio ideal para la ‎clase dirigente libanesa.

La única posibilidad de desbloquear la situación sería sacrificar un chivo expiatorio, que podría ser ‎el director del banco central libanés, Riad Salamé, un cristiano que se puso al servicio de la ‎familia sunnita Hariri. Riad Salamé sería designado como responsable de los crímenes colectivos y ‎de la bancarrota del país… a cambio de que se mantengan los privilegios de la comunidad ‎cristiana. ‎

La única personalidad libanesa cuya imagen permanece intacta –aunque al parecer no puede ‎decirse lo mismo de otros dirigentes de su partido– es el secretario general del Hezbollah, quien ‎ha estado tratando de salvar su país. Hassan Nasrallah arregló la compra de petróleo iraní, ‎a pesar de las sanciones estadounidenses, para que sus conciudadanos pudieran tener un poco de ‎electricidad y evitar la parálisis total del país. El 82% de los libaneses vive ahora por debajo del ‎nivel de pobreza, según la ONU, en un país que fue considerado tan rico que llegó a ser llamado ‎‎«la Suiza del Medio Oriente». Sin embargo, la iniciativa de Nasrallah suscitó de inmediato una ‎reacción adversa entre los líderes de las otras 16 comunidades confesionales libaneses… ‎preocupados porque no van a recibir los sobornos habitualmente impuestos por el “sistema”. ‎

Dos tanqueros iraníes están ya en aguas del Mediterráneo. Por ahora, Estados Unidos no los ha ‎confiscado ni ha tratado de hundirlos, como tantas veces ha sucedido antes sin que nadie ‎denunciase la ilegalidad de tales actos ni las consecuencias para el medioambiente. ‎Una delegación de senadores estadounidenses, que se hallaba en Líbano la semana pasada, ‎condenó –sin gran insistencia– lo que ven como una violación del embargo decretado por ‎Estados Unidos y alabó una proposición de la embajadora estadounidense a favor de la ‎importación de gas egipcio. ‎

Una delegación ministerial libanesa viajó a Damasco, por primera vez desde el inicio de la ‎agresión exterior contra Siria, en 2011. Esa delegación conversó con las autoridades sirias sobre ‎la posible importación de gas egipcio, que tendría que transitar a través de Siria. También ‎mencionó un proyecto de compra de electricidad a Jordania, también a través del territorio sirio. ‎Posiblemente, aunque no se habla de eso, debe haberse mencionado igualmente la llegada de ‎petróleo iraní a través del puerto sirio de Banias, en vez de enviarlo directamente a Líbano. ‎

El hecho es que no será posible reformar el funcionamiento de Líbano como país mientras cada ‎comunidad libanesa viva aferrada al horror de la guerra civil y temiendo ser masacrada por las otras 16 comunidades. La única solución es comenzar por garantizar la paz civil para después ‎cambiar de golpe todo el sistema. Quizás sea eso lo que quiere Francia, pero no podrá hacerlo, ‎debido a su pasado de potencia colonial.

Otra solución sería implantar un régimen militar, dado ‎el hecho que el ejército es la única institución por la cual todos los libaneses sienten aprecio. ‎Pero los militares están muy abajo en la escala social, incluso por debajo de los inmigrantes que ‎trabajan como domésticos –la paga mensual de un soldado libanés es de 60 dólares, mientras ‎que una sirvienta gana unos 200 dólares. En todo caso, el jefe del ejército libanés, el general ‎Joseph Aoun –sin parentesco con el presidente de la República–, fue formado en ‎Estados Unidos. ‎

[1‎«El proyecto militar de Estados Unidos para ‎el ‎mundo» y «La doctrina Rumsfeld-‎Cebrowski», por Thierry Meyssan, ‎‎Red Voltaire, 22 ‎de ‎agosto ‎de 2017 y 25 de mayo de 2021.‎