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Conferencia a Beirut, el 10 abril de 2008. De izquierda a derecha: Maria Maalouf (periodista NBN), el general Amin Hotait, Nasser Kandil (antiguo diputado), Thierry Meyssan (analista político), Sarkis Abouzaid (director de prensa).
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Queridos lectores y amigos,

Hace una decena de años que vengo realizando un estudio sistémico de Estados Unidos: ¿cómo decidió ese país, aprovechando la desaparición de la Unión Soviética, transformarse en un imperio global? De artículo en artículo he ido observando su conquista del mundo y analizando su funcionamiento. Eso me llevó a publicar, en 2002, L’Effroyable imposture sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001, la instauración del estado de excepción permanente en Estados Unidos y la conquista de Afganistán. Esa obra fue un éxito mundial y los ataques de la prensa atlantistas estuvieron a la altura de ese éxito. No sólo nada de lo que decía en aquel libro ha sido desmentido sino que lo que en él anticipaba ha ido confirmándose, desgraciadamente, con la invasión de Irak.

Fue a través del estudio del imperio estadounidenses que comencé a interesarme por la guerra israelí de 2006 contra el Líbano, y eso me llevó a escribir este nuevo libro, L’Effroyable imposture 2. Mi mirada sobre este país es por singularmente diferente a la de ustedes. No tengo aquí intereses que defender, y observo lo que aquí sucede a partir de las influencias exteriores que sufre este país, no a partir de las fuerzas que él mismo produce. Al escribir esos artículos, y después este libro, no ha sido mi intención apoyar a uno u otro partido. Sólo quise comprender y compartir con el público mi propia interpretación de los hechos.

Tengo la convicción de que es precisamente en esta tierra lacerada donde se están decidiendo el futuro y –según pienso en este momento– la derrota del proyecto imperial que los propios estadounidenses llaman «globalización». ¿Por qué en el Líbano y no en Palestina o en Irak? Porque este imperialismo nació de una conjunción de intereses económicos y una ideología, del control de los hidrocarburos y el sionismo; porque exige como condición la dominación sobre los pueblos del Gran Medio Oriente, representados en el Líbano como en ninguna otra parte. Doblegar la resistencia en el Líbano sería doblegarla en toda la región.

En este libro me di por tanto a la tarea de describir los acontecimientos recientes, la larga lista de crímenes políticos y la agresión israelíes, y de describir al mismo tiempo las superestructuras, o sea el lugar del sionismo en el imperio y los planes militares para el control de los recursos energéticos. Todo eso parece conocido. Pero cuando se analiza más de cerca, vemos que el conocimiento real sobre todo eso es muy superficial, incluso erróneo. Me impuse la obligación de verificar cada punto con la fuente original y de citarla mediante notas al final del libro. El resultado, como podrán ver, es muy sorprendente.

Todo autor interesado en el Líbano enfrenta dificultades metodológicas debido a lo contradictorio de las fuentes libanesas. Al ser el Líbano, según la expresión consagrada, un «Estado débil», no es hasta 2006 que este país se convierte en dueño de su propio destino. Cuando pasaba algo, cada cual sufría las consecuencias por su lado y elaboraba su propia hipótesis para interpretar el hecho según sus propios prejuicios. Pero cuando surgían nuevos elementos que permitían confirmar o refutar una hipótesis, eran pocos los líderes políticos que los tomaban en cuenta. En vez de revisar el discurso, se cambiaba de tema. El escritor tiene, por su parte, el privilegio de poder volver atrás para reconstituir la relación de los hechos entre sí y poner así de manifiesto la coherencia de estos. Eso es lo que he hecho. Y siempre resulta más fácil entender a posteriori que en el momento en que los protagonistas todavía están escondiendo su juego.

Partí de la decisión metodológica de privilegiar las fuentes escritas no libanesas. Como tengo el honor de presidir la Red Voltaire, estoy en contacto con numerosos periodistas, diplomáticos y militares de todo el mundo que me señalaron documentos dispersos que yo solo probablemente no habría encontrado tan rápidamente. También tuve acceso a las confidencias de algunos responsables de alto nivel. Pero, aunque ellos me guiaron en mis investigaciones, yo decidí no utilizarlos en mi proceso de razonamiento y sólo confié en documentos verificables y elementos materiales.

En fin, tengo que decir que no salí ileso de esta investigación. Llegué con la mente virgen, pero me enamoré apasionadamente de este país en el que se expresan lo peor y lo mejor de la dimensión humana. Comprendí la pasión por esta tierra y por este pueblo que se apoderó de mi abuelo cuando presidió, hace 60 años, la comisión de armisticio Israel-Líbano.

Al término de la guerra, se planteaban dos grande interrogantes. Por un lado, ¿cómo fue asesinado Rafik Hariri (desde el punto de vista no digamos judicial sino histórico la cuestión del móvil es mucho más importante que la de los asesinos o los promotores [del crimen])? Y, por otro lado, ¿por qué atacó Israel al Líbano (¿fue una respuesta a la acción del Hezbollah, como se dijo, o por motivos estratégicos regionales?)?

Si partimos de los documentos de los tanques pensantes de Estados Unidos y del Pentágono, todo se aclara rápidamente. La agresión israelí estaba planificada desde mucho antes y contaba, como condición previa, con la retirada del ejército sirio para que el país estuviese indefenso y con la retirada de Rafik Hariri para evitar la influencia francesa.

No me asombra que cuestiones de tanta importancia estén siendo relegadas hoy a un segundo plano sin que hayan sido enteramente aclaradas. Hace poco se veían aún por la ciudad carteles que reclamaban «la verdad». Desde que todos los indicios y testimonios susceptibles de sostener la pista siria se han ido desmoronando uno tras otro, parece que ya nadie quiere saber «la verdad».

Francia que –a pedido de la justicia libanesa y por iniciativa del entonces jefe de la misión de ONU, Detlev Mehlis– había arrestado a Mohammad Al-Saddiq, el principal testigo de la pista siria, ahora declara ingenuamente que este hombre «se le perdió» desde el 13 de marzo. El problema es que ese individuo, que acusaba a los presidentes Bachar el-Assad y Emile Lahoud, había sido desenmascarado y la pista siria se había desmoronado junto con sus mentiras. El ministro [francés] de Relaciones Exteriores, Bernard Kouchner, quien anteriormente apoyó sus acusaciones de forma parcializada y perentoria, dice ahora ser incapaz de encontrar a «su» testigo.

Los cuatro generales libaneses arrestados únicamente en base a esas acusaciones y que están encarcelados desde entonces siguen sin ser liberados. El propio Consejo de Derechos Humanos de la ONU ha dejado en claro que la detención de esos hombres –a pedido de Detlev Mehlis– es exclusivamente política y violatoria de las normas internacionales. Pero al apartarlos de sus funciones en la seguridad, los que manejaron el asesinato político siguen teniendo las manos libres.

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En todo caso, como señalo en este libro, podemos afirmar primeramente que ese crimen beneficia a Israel y a Estados Unidos y, en segundo lugar, que un grupo ligado a la CIA, el US Committee for a free Lebanon, sabía de antemano [que Rafik Hariri sería asesinado].

Asimismo, también es importante saber si fue el Hezbollah el que provocó la guerra al tener una escaramuza con el ejército israelí o si nos encontramos ante una guerra que tiene ya 60 años y que fue reactivada utilizando ese pretexto. Numerosos documentos demuestran que la guerra estaba prevista para el otoño de 2006 y que se adelantó su concretización con el pretexto de aquella escaramuza. Esto ha sido confirmado posteriormente por la Comisión Winograd.

Yo explico en el libro que esa precipitación tenía como objetivo interrumpir la investigación ya en marcha sobre una «red criminal» libanesa montada por el Mossad y sobre la posible participación de esa red en el asesinato de Rafik Hariri; pista hacia la cual se orienta ahora el juez Bellemare, presidente de la misión investigadora de la ONU, como lo demuestra el informe que presentó la semana pasada ante el Consejo de Seguridad. No fue como reacción a una acción militar del Hezbollah, sino para detener la denuncia que el Líbano presentó ante la ONU sobre la existencia de esa red criminal que Ehud Olmert desencadenó la guerra.

De ello se desprende que la guerra de 2006 no es una guerra de Israel contra el Hezbollah, aún cuando este último le presentó una resistencia victoriosa, sino una guerra de Israel contra el Líbano. A través de ella se desarrollaba la guerra de Estados Unidos contra el mundo árabe.

Quizás sepan ustedes que los dos principales distribuidores franceses trataron, en un primer momento, de impedir la difusión de este libro en mi país y que los grandes medios de prensa se negaron durante mucho tiempo a mencionarlo en sus artículos y programas de radio o de televisión, y siguen negándose a vender espacios publicitarios para promocionar su venta. Nada de eso ha logrado impedir el éxito del libro, aunque sí lo ha hecho más lento. El problema es que este libro es en sí un crimen de lesa majestad, una herejía.

La obra incluye como anexos varias reproducciones de titulares y editoriales de Le Monde, diario de referencia de la intelectualidad atlantista, como la primera plana donde se anuncia la toma de Bint Jbeil por el ejército israelí cuando en realidad Israel sufrió allí una amarga derrota, o esa otra primera plana que muestra al ejército israelí saliendo victorioso de la guerra, ¡versión que ni el propio Ehud Olmert se atrevería a sostener! Lo cual demuestra el crimen de leso atlantismo.

La herejía está en la parte del libro que refleja la historia del movimiento sionista de Oliver Cromwell a George W. Bush. En esa parte demuestro, con las pruebas necesarias, que el sionismo no era originariamente una ideología judía sino una doctrina político-religiosa puritana, hoy la llamaríamos evangélica. Eso tiene todo tipo de consecuencias. Primeramente, no se debe analizar las relaciones entre Washington y Tel Aviv en términos de influencias recíprocas, sino en relación con la ideología que comparten, por lo menos cuando los puritanos están en el poder en Washington. Por otro lado, la naturaleza del Estado de Israel no puede verse como una respuesta a las persecuciones que sufrieron los judíos de Europa, sino como un proyecto colonial religioso que implica en definitiva un estricto sistema de apartheid.

Finalmente, y para abreviar dado el tiempo de que disponemos, las tendencias religiosas en esta región no oponen a cristianos y musulmanes, sino a cristianos evangélicos y judíos por un lado y a católicos y musulmanes por el otro. El sionismo anglosajón incluso condena a musulmanes y maronitas. Toda alianza entre los maronitas y Estados Unidos es un suicidio, por lo menos mientras que los evangélicos estén en el poder en Washington, cosa que Benedicto XVI y monseñor Sabbah han comprendido a la perfección.

Quiero hacer notar que hasta este momento, ante este libro que contiene miles de informaciones precisas, los lectores de la edición francesa han encontrado solamente dos errores menores sobre la composición sociológica de la población libanesa. Ambos serán rectificados en las versiones posteriores, pero en nada afectan el razonamiento que desarrollo en la obra. Lo mismo sucede con algunas imprecisiones de vocabulario en la traducción al árabe.

Como conclusión, quisiera subrayar la importancia de lo sucedido en este país durante el verano de 2006. En momentos en que ninguna cancillería del mundo dudaba de la victoria israelí y en que la diplomacia internacional no tenía otro objetivo que limitar los sufrimientos del pueblo libanés, ustedes cambiaron el rumbo de la Historia. En momentos en que se suponía que la asimetría de fuerzas –especialmente el uso del arma aérea– los pusiese a ustedes en estado de «choque y confusión», ustedes resistieron bajo los bombardeos y rechazaron la invasión terrestre.

Ustedes demostraron que el Imperio no es invencible y que no podía someterlos a ustedes. Son ustedes un ejemplo para el resto del mundo. Yo quiero expresarles mi admiración y, seguro estoy de ello, la admiración de todos aquellos que –donde quiera que se encuentren– siguen luchando por la libertad.